Prólogo
Se dice que el mictlan no es un castigo, sino un viaje. Uno donde las almas avanzan para soltar el dolor y los recuerdos de quienes fueron.
Asi comenzó el viaje de Xochiyáhual, cuyo espíritu descendió por el oscuro valle donde ningún sonido de la tierra logra llegar.
Su guía, un Xoloitzcuintle de pelaje café rojizo caminaba silencioso a su lado. La niebla se alzaba ante ellos como un velo espeso, sin embargo ella no sintió miedo solo un extraño vacío...
En el primer nivel, junto al río Apanohuaya, vio otra figura perdida en la corriente: un joven alma que intentaba cruzar sin guía.
El xolo, un poco inquieto gruño suavemente, pero Xochiyáhual se acercó
-Necesitas ayuda?- pregunto con una voz suave y amable
El joven la miro, sus ojos apagados por la muerte aún guardaban un calor profundo.
—No sé quién soy —respondió—. Solo sé que buscaba a alguien… pero no la encuentro.
Xochiyáhual extendió su mano sin pensarlo, ofreciendola hacia el.
Su xolo se acercó al joven y, sorprendentemente, lo aceptó.
Era una señal: el destino había entrelazado sus caminos de alguna manera.
Cruzaron juntos.