El primero
Ya era hora. Hay un silencio absoluto. Un valle lleno de muerte. La tierra desolada del verde; arboles carbonizados, decenas de cadáveres quemados de dos formas diferentes. Y en la cima de una pequeña colina se halla un hombre.
Este viste una gabardina militar desprovista de un símbolo. Es de un verde oscuro que fácilmente uno creería que es negro. Este tenía en sus manos dos armas: en la derecha se encontraba una especie de escopeta corta, de doble cañón superpuesta, para uso de una sola mano y en su mano izquierda, tenía una daga larga, de tipo tanto que fácilmente uno podría llamarlo un sable corto. La apariencia del hombre es el de un tipo que aparenta unos treinta años, de una estatura promedio, cabello negro corto y piel blanca, que resaltan unos ojos de diferente color: siendo el derecho un azul vivo y el izquierdo un fuerte escarlata. Con ellos mira hacia el horizonte y observando como el sol se oculta.
Transformando la tarde en un sólido crepúsculo, donde se distingue fácilmente en como la tierra queda dividida entre el día y la noche, avanzando la noche hacia el hombre tras su espalda. Un pequeño destello en blanco sigue la por detrás la frontera eclíptica.
Con un sigilo tan excelente y preciso, el hombre en la cima de la colina no lo percibe “no desde esa distancia” pero al acercarse lo suficiente, a cinco metros, el hombre de la colina percibe que alguien se acerca muy rápido. Velozmente empieza a girar por su derecha, a la vez levantando su escopeta hacia la dirección del atacante. Su ojo derecho es el primero en apreciar la imagen del enemigo: es un joven muchacho, que resaltaba la atención en su cabello blanco, un poco largo y manchado por barro y polvo, al igual que su rostro, el cual demostraba una expresión fría y serena. Al igual que su oponente, su tez es blanca, y viste un traje negro el cual parece que su función es de camuflaje natural.
Este se encuentra extendiendo la mano hacia el hombre. A un metro de distancia, estos dos oponentes alinean miradas a través de la mano del muchacho. La expresión del hombre expresa una mirada de alerta y decisión, listo para contratacar sin vacilación. A unos pocos centímetros y milésimas de segundos de alinear el cañón de su arma. Con el dedo en el gatillo y ejecutar el disparo, el hombre desaparece en un instante del lugar en el que se encontraba. No ha quedado nada, solo sus huellas: eran la única prueba de que hubo alguien ahí.
El muchacho cae de rodillas y manos al suelo. Temblando y sin aliento, empieza a respirar para recuperar el aire que necesita
— Estuvo cerca — Exclamo con una voz muy temblorosa y con falta de aire.
Luego de recuperarse, se pone de pie y, en el lugar del hombre, él se posiciona en la cima de la colina, contemplando en cómo llega la noche. Y con una cansada voz, pero gran tranquilidad murmura:
— Bueno, ahí va el primero.