Tarde de verano
☀️ Hospital Maciel, Ciudad Vieja, Montevideo, Uruguay ☀️
Hacía tanto que no iba a la Ciudad Vieja que necesitó un momento para ubicarse después de bajarse del omnibus. El día era caluroso y las calles estrechas sin árboles y casi sin techos o balcones para dar sombra lo hacían peor. Al acercarse al hospital empezó a sentir la brisa fresca proveniente del mar. A esa altura las calles están casi vacías; en verano las oficinas públicas y ministerios cierran y los turistas están del otro lado, caminando por las ferias artesanales y admirando la Plaza Matriz. La sala de espera de la emergencia tenía menos gente de lo usual, algunas personas sentadas otras de pie. Natalia va al mostrador y después de unas palabras con la enfermera, se retira con un número en la mano a sentarse en la primera fila. Sabiendo que puede llevar tiempo, Natalia se pone los auriculares para escuchar música. Un chico al lado de ella está jugando juegos con una PS Vita, un señor del otro lado le da golpecitos a su yeso como si quisiera comprobar que todavía está ahí, unas señoras sentadas en la fila de atrás conversan sobre algo que vieron en la tele.
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Natalia es más bien baja, de rasgos delicados, con la cara redonda como una luna llena. Su pelo ondulado negro normalmente cae en lustrosos mechones sobre sus hombros, sus ojos grandes y azules miran el mundo con asombro e inteligencia. Hoy llevaba un vestido de algodón floreado, el pelo atado con unos brochecitos y una cartera al hombro. Cuando el hombre la atacó ella estaba sentada esperando a que la atendieran por unos dolores agudos y persistentes en el pecho que venía sintiendo. El manager del centro artístico en La Paloma, donde ella estaba haciendo una residencia, había sugerido que fuera a Montevideo en lugar de Rocha o Maldonado que están mucho más cerca. Natalia pensó que era una buena idea ya que su familia y amigos viven ahí, si precisaba algo tendría en quien apoyarse.
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Los recuerdos de Natalia son vagos y plagados de agujeros. Estaba sentada en la sala de emergencias cuando un hombre que ella no conocía le saltó encima y la empujó o la golpeó. Recuerda haberse caído al piso… recuerda las sillas tiradas y los gritos y pies que se movían a su alrededor. Alguien la levantó y se la llevó a rastras, pero no recuerda quién, sólo recuerda una voz grave diciéndole algo al oído y puteando en voz baja. El sonido se aleja y todo se vuelve oscuro y desaparece.
Ahora, acostada en una superficie algo dura y estrecha, ella siente las ropas empapadas enfriándose sobre su piel. Hay un bulto bajo su cabeza, alguien probablemente le puso el bolso ahí para que no lo pierda. Mentalmente, Natalia sonríe pero no se traduce en ningún gesto sobre su cara. El mundo se zarandea y rezonga pero su mente ya está demasiado lejos para que le importe. Lo que está pasando, le está pasando a alguien más.
Elcar mira por el espejo trasero para comprobar que Naty está bien. La mordedura está sangrando todavía pero el trapo que le ató parece ayudar, al menos por ahora. El bolso de almohada bajo la cabeza, y el maletín en el piso para que el contenido no se rompa. Suficiente por ahora. El vestido floreado se está oscureciendo lentamente pero no hay nada que él pueda hacer, con un poco de suerte absorberá el sangrado hasta que pare.
Elcar putea por lo bajo, se limpia el sudor de la cara, y arranca el auto. Odia manejar, no sabe y no tiene licencia, lo poco que conoce es porque alguien insistió en enseñarle. En aquél momento le pareció inútil, ahora con suerte los sacará a los dos del ground zero.
Elcar acelera y el viejo cacharro se mueve con un salto y una sacudida. En la madrugada, sin un alma en la calle, el auto se mueve fácilmente y si se apura, puede que logren dejar la ciudad sin problemas. Probablemente porque es verano y la gran mayoría de la población capitalina está de vacaciones. O quizás sólo estén durmiendo, Elcar no sabe realmente, sus horarios son retorcidos y una vida de abuso deja huella. Quién hubiera dicho que viviría tanto a pesar de todo...
Elcar es alto, flaco y fibroso, de manos y piernas huesudas, es más fuerte de lo que parece. Sus ojos negros y hundidos, su pelo desaliñado y su forma de mirar fijo sin hablar muchas veces da la impresión de estar bajo la influencia. A veces esa impresión es cierta.
Elcar estaba de salida con un maletín médico lleno de muestras y testers cuando vio un hombre perder el control en un brote de furia y saltar sobre un grupo de personas sentadas en la sala de espera. La mayoría lo vio venir y corrió pero una chica fue atacada. Elcar iba a seguir su camino cuando se dio cuenta que esa chica era una antigua amiga de infancia. Fue allí que decidió intervenir, incluso sabiendo que estaba arrojando todo su trabajo por la ventana.
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Ya afuera de la ciudad, Elcar se las arregla para meterse en un camino lateral rodeado de arboles, y parar a revisar el auto y sus pertenencias. En sus bolsillos hay algo de plata hecha ñoqui, la cédula, el carnet de miembro de Peñarol, un paquete de pañuelos a medio empezar, un puñado de pelusas, virutas, tickets varios y papelitos, y un caramelo de menta viejísimo. En la guantera encuentra un celular prehistórico, un tornillo suelto y un pañuelo usado y arrugado que le hace fruncirse con asco. Cierra la guantera con fastidio. Protegido por los arboles, Elcar decide salir del auto e ir a chequear el baúl. Encuentra una caja de herramientas, una variedad de bolsas viejas de supermercado, algunos objetos polvorientos de los que no tiene ni idea qué son o para qué sirven, y un kit básico de emergencia. Manotea el kit y cierra el baúl de un golpe porque parece tener una tendencia a abrirse por su cuenta.
Abre la puerta del asiento trasero y chequea que Naty esté viva. Tiene el pulso débil y la piel demasiado pálido pero respira y el sangrado parece haberse detenido. Ahí mismo abre el botiquín y el portafolio que tenía en el piso. Saca una botellita con la etiqueta “toma uno”y, con la habilidad que da la experiencia, llena la jeringa con un tercio del contenido, comprueba que no hay burbujas de aire y le busca la vena en el brazo a Naty. “Espero que no se mueva” piensa y le mete la aguja. Deja que la sangre y el líquido se mezclen y de a poco, suavemente, lo empuja hacia la corriente sanguínea. Por un segundo, una sonrisa aparece en su cara, la escena le trajo un recuerdo… pero Naty se queja y su mente vuelve a la realidad presente. No hay tiempo para recuerdos ni sonrisas. Con una mano la sostiene firme en su lugar y con la otra termina de inyectarle la sustancia. Cuando la jeringa esta vacía, agarra un pedazo de algodón del kit y con cuidado la desliza fuera de la vena. Sostiene el algodón por un momento y luego se ocupa de empacar todo. Nunca había sido tan cuidadoso en su vida. Probablemente porque ésta vez era la vida de ella y no la propia.
Después de asegurarse de que ella está bien, usa los cinturones de seguridad para afirmarla en el asiento y vuelve a su lugar. Sentado al volante piensa en dónde encontrar una casa vacía o al menos la casa de un amigo que los deje quedarse por un tiempo. Pensándolo bien, regresar a Montevideo a buscar un amigo es arriesgado, Elcar no sabe cómo va a reaccionar Naty y las cosas se podrían poner violentas. Es mejor ir a un lugar solitario. En el peor de los casos, serán dos muertos, él y ella. En el más probable, será uno sólo, pero al menos las infección se habrá contenido.
Con un suspiro resignado, Elcar arranca el auto. Más adelante va a retomar la ruta y si todo va bien, encarar hacia el norte donde él recuerdo un lugar donde podrían parar por unas horas, quizás unos días. Dudoso que llegue a una semana, incluso con suerte.