ANTES DE LA GUERRA
La infancia de Tristán
El sol caía sobre los campos de Britania con un resplandor cálido, como si el mundo aún creyera en la paz. En medio de aquella tranquilidad, un niño corría entre las hierbas altas, riéndose mientras perseguía a un perro que le ladraba juguetonamente.
—¡Tristán, vuelve aquí! —gritó su madre desde la entrada de la casa—. ¡Te vas a ensuciar antes de la cena!
El niño, de apenas siete años, se detuvo solo para sonreírle.
—¡Pero mamá, quiero ver el río!
Su padre se acercó por detrás, levantándolo en brazos con facilidad.
—Deja al niño divertirse —dijo, acariciándole la cabeza—. Estos momentos no duran para siempre.
—Lo sé —respondió ella con tristeza suave—. Por eso me da miedo.
Tristán los miró a ambos sin entender.
—Papá, ¿por qué mamá tiene miedo?
El hombre lo bajó y se inclinó frente a él.
—Porque hay reyes en Irlanda que desean controlar estas tierras. Y a veces la guerra llega más rápido que las estaciones.
—Pero tú eres fuerte, ¿no? —preguntó Tristán, abriendo los ojos con admiración.
Su padre sonrió.
—Haré todo lo que esté en mis manos para protegerlos.
Aquella fue la última tarde tranquila que tendrían juntos.
Esa noche, los cuernos de guerra rompieron el silencio. Tristán despertó sobresaltado y vio humo saliendo por la ventana. Su madre entró corriendo.
—¡Tristán, levántate!
—¿Qué pasa? —balbuceó él.
—¡Irlanda nos ataca! ¡Debemos correr!
Tristán sintió cómo el mundo se hacía pequeño alrededor suyo.
El grito de su padre resonó desde fuera:
—¡Protejan a los niños! ¡A las murallas!
Su madre lo tomó de la mano y corrió hacia el camino, pero cuando llegaron al patio, vieron a su padre enfrentarse a varios guerreros enemigos. Tristán gritó:
—¡Papá!
—¡Corre, hijo! —ordenó el hombre sin girarse.
Tristán no quería moverse, pero su madre lo jaló con fuerza.
—¡Vamos! ¡No mires atrás!
Pero él sí miró. Y lo último que vio fue a su padre caer.
El corazón del niño se rompió en ese instante, pero el destino no había terminado con él. Los britanos los guiaron hacia un escondite bajo tierra, donde el humo no los alcanzaría.
Tristán se acurrucó, temblando, mientras la aldea ardía arriba.
—Mamá… ¿papá está bien? —susurró.
Ella lo abrazó fuerte.
—Tristán… mi amor… lo estará, de alguna manera.
El niño se aferró a ella sin comprender.
Al amanecer, su mundo sería otro.
La infancia de Adelina
A millas de allí, entre los muros altos del castillo irlandés, otra niña también escuchaba ecos de guerra… aunque ella no entendía nada de eso aún.
Los pasillos resonaban con pasos apresurados mientras la pequeña Adelina, de cabello negro suave y ojos azules como el océano, corría detrás de su hermano mayor.
—¡Espérame, Aidan! —reía ella.
—Eres muy lenta, Adelina —se burló él, subiendo las escaleras de piedra.
—¡No es cierto! —protestó ella, intentando alcanzarlo.
Cuando llegaron al balcón, Aidan se agachó para que pudiera asomarse.
—Mira —le dijo—. Ahí está el mar. Algún día, papá te enseñará todos los nombres de las islas.
Adelina abrió los ojos maravillada.
—¿Crees que podamos ir algún día?
—Cuando seas grande —respondió él, orgulloso—. Y cuando yo sea un gran guerrero como papá.
Ella rió y lo empujó jugando.
—No quiero que seas guerrero. Quiero que te quedes conmigo.
Aidan la revolvió el cabello.
—Los guerreros también vuelven a casa, hermana.
No siempre.
La risa de los dos quedó atrapada entre las piedras del castillo
porque esa misma noche, su hermano partiría a una misión de la que nunca regresaría.
Y Adelina aprendería lo que era perder… antes de aprender lo que era amar.
El destino avanza
Años más tarde, Tristán ya no era un niño.
Convertido en un joven fuerte, con cicatrices que contaban más que sus palabras, entrenaba día y noche entre los hombres de Marke. La rabia por lo que había perdido se había transformado en lealtad y habilidad.
Un día, mientras afilaba su espada, su amigo Melot se acercó con una sonrisa burlona.
—Sigues ahí desde el amanecer, ¿no te cansas nunca?
—No puedo cansarme —respondió Tristán—. Los irlandeses no lo harán.
Melot chasqueó la lengua.
—No toda Irlanda es como la que destruyó tu aldea…
Tristán lo miró con una dureza que helaría a cualquiera.
—Para mí, sí lo es.
Marke apareció entonces.
—Tristán —lo llamó—. Necesito hablar contigo.
El joven dejó la espada y se acercó.
—¿Qué pasa, mi lord?
Marke lo observó con tristeza contenida.
—Nuestros espías aseguran que Irlanda planea una nueva ofensiva. Y necesitamos hombres valientes. Tú liderarás el avance.
—Estoy listo —respondió Tristán sin dudar.
Marke lo tomó por los hombros.
—Tu padre estaría orgulloso.
Tristán bajó la mirada.
—Lo único que quiero… es que nadie más pierda lo que yo perdí.
Marke asintió lentamente.
—Entonces lucha como siempre lo has hecho. Con el corazón.
Tristán respiró hondo.
Porque ignoraba que, al otro lado del mar, una joven princesa irlandesa —la misma niña que reía detrás de su hermano—
estaba destinada a cambiarlo todo.
Y el destino de ambos acababa de comenzar a entrelazarse.