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Te Lo Prometo | yoonmin

Summary

Jimin teme amar. Yoongi solo quiere que deje de huir. Entre silencios, heridas y sentimientos que crecen sin permiso, descubren que a veces el amor llega para sanar lo que parecía imposible.

Genre
Romance/Drama
Author
VAN
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

ÚNICO

"Hay corazones que laten en silencio, esperando que alguien, alguna vez, los escuche sin pedirles nada a cambio."

Jimin siempre había sido una persona que miraba hacia el suelo cuando caminaba, no era timidez exactamente; era una costumbre que se le había adherido al cuerpo, como un reflejo que no sabía cómo desactivar. Sus pasos eran ligeros, casi silenciosos, aunque por dentro todo lo que cargaba pesaba más que él mismo. Nadie lo habría dicho a simple vista: tenía el tipo de sonrisa que podría iluminar una habitación entera, pero era de esas sonrisas que se ofrecían como un regalo que él mismo nunca se permitía recibir.

Yoongi conocía esa sonrisa, o mejor dicho, conocía la forma en la que se rompía cuando Jimin creía que nadie lo estaba mirando.

Se habían conocido hacía años, en una de esas noches frías en que el viento arrastra papeles viejos por las veredas del centro. Jimin caminaba con los auriculares puestos, tratando de ahogar el temblor de sus pensamientos con música; Yoongi, con una cámara colgando del cuello, buscaba fotografías que pudieran capturar la soledad de la ciudad. Ninguno de los dos pensaba encontrar nada más que eso: ruido, luces, tránsito, el mismo cansancio crónico de siempre.

Pero se encontraron entre ellos.

No hablaron mucho aquella primera noche. Apenas un “perdón” cuando chocaron sin querer en la esquina, un “¿estás bien?” de Yoongi al notar que Jimin tardaba demasiado en recuperar el equilibrio, y un “sí, todo bien” que sonó como la mentira más pequeña y más triste del mundo.

Aun así, algo se abrió entre ellos. Algo mínimo, algo como una grieta que dejaba pasar luz.

A veces el destino es una suma de accidentes. A veces, es simplemente que alguien mira en la dirección correcta en el momento justo. Sea como sea, desde ese instante, Yoongi notó que volvía a esa esquina con más frecuencia de la que debería, y Jimin comenzó a levantar la mirada un poco cada vez que pasaba por allí, como si esperara volver a verlo.

Con el tiempo, se volvieron constantes en la vida del otro, como dos trenes que se cruzan una y otra vez en las mismas estaciones sin darse cuenta de que llevan recorridos enteros buscándose.

Yoongi era tranquilo, de palabras calculadas, pero era también sorprendentemente cálido. Jimin, por su parte, parecía una tormenta a punto de desatarse y al mismo tiempo una flor intentando abrirse con cuidado. Y aunque ninguno de los dos dijo nada al respecto, una tensión suave —inconfundible— fue tejiéndose entre ellos.

Pero Jimin tenía un secreto, o varios, dependía de cómo se quisiera contar.

Era el tipo de dolor que no hace ruido, pero que se queda quieto en el pecho durante años. Un pasado que no lo dejaba avanzar, un amor viejo que lo había dejado aprendiendo a reconstruirse de las cenizas, un miedo irracional —y a la vez perfectamente comprensible— a volver a entregarle su corazón a otra persona. Era el recuerdo de alguien que lo lastimó sin gritos, sin golpes, pero con esa indiferencia devastadora que hace sentir que uno no vale absolutamente nada.

Yoongi no sabía los detalles, pero lo intuía. Siempre lo intuyó.

Y aun así, lo esperó.

El invierno llegó más rápido ese año, la ciudad se llenó de luces temblorosas, de cafés calientes y abrigos demasiado grandes. Yoongi comenzó a notar que Jimin temblaba incluso dentro de lugares cerrados, como si llevara un frío propio, uno interno, del que no sabía cómo deshacerse.

—Estás distraído hoy —comentó Yoongi una tarde, mientras caminaban por un parque casi vacío.

Jimin se encogió un poco de hombros.

—No dormí bien —respondió, como si eso explicara la profundidad del dolor que se le escapaba por los ojos.

Yoongi lo observó ladear la cabeza, esconder las manos en los bolsillos, respirar hondo como quien intenta que el aire no le duela.

—Puedes hablar conmigo —dijo suavemente.

—Lo sé.

Pero no lo hizo.

No esa vez.

Ni la siguiente, ni la siguiente.

El problema no era falta de confianza, Jimin confiaba en Yoongi más de lo que había confiado en cualquiera en años. Pero justamente por eso no podía hablar, porque sabía que decir la verdad implicaba admitir que ya no quería seguir viviendo como si no pudiera ser amado, y que había encontrado en Yoongi algo tan real que lo aterraba perderlo.

Así que se calló.

Y poco a poco, empezó a alejarse.

Primero fueron mensajes que tardaba horas en responder, luego excusas pequeñas cuando Yoongi proponía verlo, después, silencios cada vez más largos, más pesados. Hasta que un día, simplemente desapareció.

Yoongi se quedó en la misma ciudad, rodeado de gente, pero sintiéndose completamente solo. Sabía que algo estaba mal, sabía que Jimin no se marchaba por indiferencia… pero también entendía que perseguirlo sería empujarlo a un borde del que tal vez no podría volver.

Así que lo esperó.

Pero no de forma pasiva.

Yoongi siempre esperaba moviéndose.

La ausencia de Jimin se convirtió en una rutina extraña, los cafés que antes compartían empezaron a saber más amargos, las caminatas largas se sintieron incompletas, como canciones cortadas por la mitad. Yoongi seguía fotografiando la ciudad, pero las imágenes salían vacías, como si la composición hubiera perdido la luz que antes tenían.

Se debatía entre escribirle o dejarlo respirar, entre golpear a su puerta o aceptar que Jimin tal vez no volvería. Pero él no era impulsivo: respiraba, analizaba, volvía atrás.

Dos semanas después, decidió que ya no podía seguir esperando sin saber.

Lo llamó.

Sin adornos, sin rodeos.

—Jimin —dijo cuando la voz al otro lado respondió con un susurro casi inaudible—. Estoy preocupado.

Del otro lado hubo silencio, largo, doloroso y denso.

—Lo siento —fue lo único que Jimin dijo.

No pidió que se vieran, no pidió que lo entendiera, solo se disculpó, como si fuera él el que estuviera rompiendo algo que no sabía cómo sostener.

Yoongi cerró los ojos, apoyando la frente en la pared.

—No quiero que me pidas perdón —murmuró—. Solo quiero saber qué pasa.

Pero Jimin no podía.

No todavía.

La historia de por qué Jimin no podía amar estaba escrita en marcas invisibles. Años antes había estado con alguien que lo había llenado de promesas vacías, que lo hacía sentir culpable por necesitar cariño, que lo hacía dudar de su derecho a existir en la vida de los demás. Lo había dejado creyendo que entregar su corazón era sinónimo de perderse a sí mismo.

Y haber encontrado a Yoongi… dolía. Por lo bueno que era, por lo diferente y por lo paciente.

Pero uno no aprende a recibir amor solo porque alguien bueno aparece. A veces, eso lo hace más difícil.

Jimin empezó a encerrarse otra vez en su departamento pequeño, dejando que la humedad se acumulara en las paredes. Se pasaba las noches sin dormir, mirando el techo, preguntándose si realmente tenía derecho a sentir algo tan grande por alguien.

Y la respuesta le daba miedo.

—Yoongi no merece esto —susurraba para sí mismo en la oscuridad—. Yo no merezco esto.

Pero lo quería, lo quería tanto.

Un mes pasó.

Yoongi seguía enviándole un mensaje cada pocos días, no presionaba, no exigía, no reclamaba, Solo estaba. A veces le mandaba fotos de cosas pequeñas: un gato dormido en un auto, un café derramado formando una forma rara, el cielo de la tarde con tonos rosados que sabía que a Jimin le gustaban. Otras veces, solo escribía:

“Pensé en ti hoy.”

Nada más.

Y aunque Jimin nunca respondiera, guardaba cada uno de esos mensajes como si fueran pedazos de algo que se le escapaba entre los dedos.

Finalmente, una noche, cuando la lluvia repicaba contra el vidrio, Jimin abrió la puerta apenas Yoongi tocó. No lo había invitado; Yoongi simplemente había decidido que ya era suficiente de distancia.

No dijo nada al entrar, solo lo miró, notando lo demacrado, lo cansado, lo quebrado que estaba.

Jimin bajó la mirada.

—No puedo —susurró con la voz rota—. No puedo darte lo que quieres.

—¿Y qué es lo que quiero? —preguntó Yoongi, avanzando un paso.

Jimin tragó saliva sin decir nada.

Hubo un silencio, no uno incómodo, no doloroso.

Yoongi respiró despacio.

—Jimin… yo nunca te pedí que me des nada, solo quiero que no te escondas.

—Pero es que si no me escondo voy a lastimarte —dijo Jimin, retrocediendo un paso, como si incluso estar cerca fuera peligroso.

Yoongi negó suavemente con la cabeza.

—No eres tú el que lastima, es tu miedo.

Jimin apretó los labios, sintiendo cómo el corazón se le comprimía.

—Yo no sé amar como la gente normal.

—No quiero que ames como la gente normal —contestó Yoongi, acercándose aún más—. Quiero que ames a tu manera, quiero conocerte, quiero ayudarte a sanar si me dejas.

—¿Y si no puedo sanar?

Yoongi levantó su mano despacio, como si tocara a un animal herido que debía acostumbrarse al contacto.

—De igual manera me quedaré, No estoy aquí por una versión futura tuya, estoy por tí. hoy, así.

Jimin sintió que se quebraba algo adentro, algo que necesitaba romperse.

No fue inmediato, no hubo milagros, no hubo besos dramáticos bajo la lluvia ni promesas apresuradas. Lo que hubo fue un proceso lento, lleno de retrocesos. Jimin tenía días en los que lograba hablar, y otros en los que se encerraba de nuevo en su propio silencio. Yoongi aprendió a caminar ese camino con él: a retroceder cuando hacía falta, a avanzar cuando se lo permitían.

Hubo lágrimas, hubo noches sin dormir, hubo confesiones a medias. Hubo discusiones también, porque sanar no es lineal y porque a veces Jimin sentía que era un peso demasiado grande.

Pero Yoongi siempre volvía.

“Estoy aquí.”

“Estoy contigo.”

“No te voy a dejar solo.”

Jimin empezó a creerle.

No porque Yoongi fuera perfecto—no lo era—sino porque era constante. Y para alguien que había aprendido a desconfiar de todo, esa constancia era el acto de amor más grande.

La primera vez que Jimin se atrevió a tomar la mano de Yoongi fue una tarde de marzo. No estaban hablando de nada profundo, solo caminando despacio junto al río. De repente, sin pensarlo demasiado, Jimin estiró la mano y la rozó con torpeza, como quien prueba si el mundo se va a romper.

El mundo no se rompió.

Yoongi apretó su mano suave, sin mirarlo, sin decir nada. Y Jimin supo que era suficiente.

Los meses que siguieron fueron una sucesión de aprendizajes.

Jimin empezó a abrirse más, a contar su historia en fragmentos pequeños, Yoongi lo escuchaba con paciencia, sin juzgar, sin pretender arreglar lo irreparable, solo acompañándolo mientras reconstruía sus propias ruinas.

Y un día, sin darse cuenta, Jimin se encontró riendo, de verdad, con el pecho abierto y sin miedo a que el eco de la risa lo lastimara.

Yoongi lo miró entonces con un brillo extraño en los ojos.

—Así te quiero ver siempre.

Jimin se sonrojó, bajando la mirada como siempre.

—No siempre puedo.

—Pero puedo intentarlo contigo. —respondió Yoongi, acercándose apenas.

Jimin sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

El final feliz no llegó como un golpe repentino, llegó como un amanecer lento, suave, inevitable. Un día, Jimin despertó y se dio cuenta de que ya no temblaba cuando Yoongi lo abrazaba por la espalda, que ya no dudaba cuando Yoongi lo miraba a los ojos demasiado tiempo, que ya no sentía que amar era una amenaza.

Un día, simplemente supo que podía.

Que quería.

Y esa tarde, al atardecer, mientras caminaban por el mismo parque donde Yoongi una vez le dijo que podía hablar con él, Jimin se detuvo.

Yoongi se giró, confundido.

—¿Sucede algo?

Jimin respiró hondo.

Muy hondo.

Como quien se prepara para dar un salto del que no hay vuelta atrás.

—Yoongi… —dijo con una sonrisa avergonzada, mientras los dedos de sus manos jugaban timidamente.— Te amo.

Yoongi parpadeó una vez, luego otra, y después se rió bajito, como si hubiera esperado ese momento desde la primera vez que lo vio.

—Tardaste —respondió suavemente, acercándose.

Jimin sonrió, con los ojos húmedos.

—Lo sé.

Yoongi tomó su rostro entre las manos.

—Pero valió la pena.

Y se besaron, por primera vez sin miedo, sin dudas, sin fantasmas.

Un beso pequeño.

Suave.

Tranquilo.

Pero lleno de todo lo que habían sobrevivido para llegar ahí.

Jimin nunca prometía cosas, le daba miedo romperlas, pero esa noche, mientras se quedaban mirando las luces de la ciudad desde el balcón del departamento de Yoongi, apoyó la cabeza en su hombro y susurró:

—No voy a volver a escapar.

Yoongi le acarició el cabello despacio.

—No necesito que prometas eso —dijo—. Solo que sigas eligiéndome cada día, aunque duela, aunque cueste.

Jimin cerró los ojos, dejando que el viento le rozara la piel.

—Entonces te lo prometo.

No como un juramento vacío.

No como una frase para quedar bien.

Sino como la certeza de alguien que, después de estar roto demasiado tiempo, finalmente había encontrado un lugar seguro para quedarse.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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author

Hi there!
I just started reading your story, and it completely captured my heart. Every scene is written so beautifully that it felt magical.

I’d love to share it with a few friends who would appreciate it just as much. Can’t wait to see more of your amazing work! You can also find me on Instagram: @lizziedoesitall.

Thank you for creating such a heartfelt story!

7 months

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