Capítulo 1
Capítulo 1 — La Caída del Héroe
El viento tocaba los bordes de Los Ángeles con una voz susurrante, como si la ciudad entera respirara bajo un peso antiguo y cansado. En lo alto de un rascacielos, bajo la luz mortecina de un neón parpadeante, se alzaba Mecha Man, su armadura reluciente en un pasado no tan lejano, ahora hecho añicos. Robert Robertson III, su identidad detrás de ese casco, contemplaba su reflejo en el metal roto de su pecho. ¿Qué quedaba de él, ahora que su coraza —su razón de ser— había sido destrozada por la traición y la explosión de un núcleo llamado “Astral Pulse”?
El Había heredado el legado de su padre, Mecha Man Astral, ese diseñó el traje donde fue su abuelo el primer Mecha Man.
Pero la fortuna no duró. El mantenimiento de la armadura devoró sus recursos, y su vida personal se redujo a un pequeño departamento con un sólo cuarto, sin muebles, donde vivía con su perro Beef, su compañero más fiel.
Y entonces, llegó Shroud. El villano, una sombra sin nombre al principio, lo tendió una trampa. Robert logró infiltrarse en su guarida (gracias a su habilidad para hackear sistemas y pilotear), pero la traición estaba escondida en su propia armadura. Un bombardeo interno lo dejó en coma durante meses.
Cuando despertó, su mundo ya no era el de los cielos. No tenía traje, no tenía aliados seguros, solo ruinas y preguntas. Por lo que Declaró su retiro al mundo.
Fue así que En uno de esos días grises, tras una fallida intervención en un robo, fue rescatado por Blonde Blazer. Ella apareció como un faro dorado: fuerza, vuelo, liderazgo. Su amuleto le daba poder, y su presencia imponía respeto.
Ella lo llevó a un bar para héroes, un lugar donde las cicatrices no se ocultan, se cuentan. Allí, bajo luces tenues, hablaron de sueños rotos. Robert, con su humor seco y su melancolía sincera, la impresionó. Y en un momento íntimo, ella lo llevó al techo de un cartel luminoso, se quitó la máscara, con suavidad tomó su cara. El mundo se detuvo. Podían haberse besado, si él se atrevía. Pero no lo hizo
Donde tras ese incomodo momento donde pudo tener promesas vacías, Blonde Blazer le ofreció algo mucho más real: un trabajo. Ella le propuso un trato: trabajar como dispatcher para la Superhero Dispatch Network (SDN) a cambio de ayudarlo a reparar su traje destrozado. Él, cansado y roto pero no vencido, aceptó.
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El día que comenzó en SDN, su corazón latía con una mezcla de miedo y esperanza. Blazer le hizo un tour por la sucursal de Torrance; él la veía con admiración, casi con devoción. En ese pasillo silencioso conoció a Chase (Track Star), viejo amigo de su padre, ahora envejecido por sus poderes.
Más tarde, fue presentado al Z-Team, un grupo peculiar de exvillanos en rehabilitación, reclutados bajo el programa Fénix para reintegrarse. Entre ellos estaban Invisigal, Malevola, Prisma, Coupé, entre otros.
El recibimiento no fue amable. Burlas sobre su nombre, apuestas sobre cuánto duraría. Robert fue firme, con su voz serena, dio su presentación formal: “Robert Robertson III, a su servicio.” Hubo risas, pero algo cambió. No era solo un exhéroe; era alguien dispuesto a reconstruir, a creer.
La primera que conoció fue Courtney / Invisigal (antes Invisibitch):
Ella fue la primera en cruzar su camino. Era audaz, agresiva, con su poder de volverse invisible al contener la respiración.
Conocía demasiado bien su pasado: ella misma había sido parte de la conspiración que destruyó su armadura.
En su primer encuentro formal, él la vio espiar mientras él se cambiaba, burlándose con descaro, diciendo que lo había visto en ropa interior.
Esa insolencia le incomodaba, pero, secretamente, la conmovía: detrás de la fachada dura, había una vulnerabilidad que él intuía.
Continuo con Malevola Gibb:}
Ella Es una mitad demonio, altísima, imponente, con ojos amarillos sin pupilas y una actitud que mezclaba sarcasmo con poder.
Sus portales y su espada eran mortales, pero su risa era cálida, irónica. Robert la vio por primera vez en una reunión del equipo, cruzando los brazos, sin pedir permiso. No la juzgó, solo la escuchó. Ella habló con él, explicando por qué se unió al programa: no por redención pura, sino porque encontraba en él un propósito distinto. Sus mitades demoníaca y humana le susurraban que Robert no huiría de su oscuridad.
Seguimos con Prisma (“Prism”):
Con ella Su presencia era luminosa, casi etérea, una figura que parecía multiplicarse en sus propias sombras, como reflejos que no terminaban de coincidir. Robert la miró esa primera tarde y sintió algo extraño, como si ella viera más allá que cualquiera: no solo su traje roto, sino su alma desnuda. Esa mirada analítica lo inquietó y lo atrajo a partes iguales.
Y finalmente Coupé:
Era la mercenaria implacable: silenciosa, eficiente, con rig de vuelo y armas sombrías.
Provenía de un pasado violento, no de redención romántica al principio, pero su determinación, su profesionalismo duro, con el tiempo despertaron en Robert un respeto profundo. No era amor a primera vista; era admiración y temor mezclados. Ella lo evaluaba, y él lo notaba, incluso cuando se ocultaban sus verdaderas intenciones.
Con cada conversación, con cada llamado que despachaba, Robert comenzó a ver más que exvillanos en ese equipo. Veía historias rotas, almas heridas. Y ellas, una por una, vieron algo en él que no era solo el héroe caído, sino el pilar que podría sostenerlas.
Por el otro lado Blonde Blazer, era una luz y su fortaleza, cuando lo vio no fue solo como un exhéroe necesitado, sino como un hombre con dignidad, y ofreció su fuerza para reconstruirlo.
Invisigal, a pesar de su insolencia y sarcasmo, empezó a desear su aprobación; esa voz apagada que ella creía que no tenía la encontró en él.
Malevola vio en su paciencia una forma de redención, y en su vulnerabilidad, algo poderoso, más importante que cualquier portal.
Prisma lo miró como si estudiara un experimento fascinante: multiplicable, impredecible, con fallas pero lleno de potencial.
Y finalmente Coupé, fue distante, lo valoró por su honestidad: ya que él no pretendía esconder nada, ni ser perfecto.
Sus sentimientos no brotaron como flores suaves, sino como grietas en el hielo: siendo frágiles, profundas, inevitables.
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Esa noche, al volver a su departamento pequeño y silencioso, Robert abrió la puerta con cuidado. A su lado, Beef, su perro, lo recibió con un pequeño salto. Le ofreció un pedazo de comida: una forma simple, casi cotidiana, de mostrar que su vida seguía, incluso sin poder volar. Beef lamió su mano, contento, como si no existiera otro mundo que ese pequeño apartamento.
“¿Quién de ellas se quedará con él?
¿Cuáles de esas miradas rotas se unirán a la suya para reconstruir algo que jamás fue perfecto?”
La luna, implacable testigo, brilló en el cielo, sin respuestas, solo con promesas veladas de lo que estaba por venir.
CONTINUARA. . ..
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