La casa de enfrente
Nunca pensé que volvería a vivir justo aquí, frente a la casa donde empezó todo.
La llamo “la casa del inicio”, aunque para cualquiera es solo una casa normal. Pero para mí… fue donde descubrí que mi corazón tenía dueño desde mucho antes de que yo supiera lo que era enamorarme.
Chris Evans.
El vecino del frente.
Mi obsesión silenciosa del colegio.
Yo tenía quince, él veintitrés, y venía a visitar a su hermana de vez en cuando. Para mí, esos “de vez en cuando” eran suficientes para convertir cada día en un evento astronómico. Me sentaba frente a la ventana con mis libros, fingiendo estudiar, pero mis ojos siempre terminaban buscándolo a él: cortando el césped, sacando la basura, riéndose con su hermana, existiendo como si no fuera ilegal verse tan bien sin esfuerzo.
Nunca se enteró.
Nunca me habló.
Nunca lo esperé.
Por eso, cuando el camión de mudanzas se estacionó justo enfrente de mi nuevo apartamento, no estaba preparada.
Y cuando lo vi bajar del vehículo con una caja entre los brazos, el mundo se detuvo.
Era él.
Él.
Mi pasado, mi secreto, mi vergüenza adolescente… convertido en un adulto de treinta y dos años que seguía siendo igual de perfecto, pero ahora con barba y hombros más anchos.
Me escondí detrás de la cortina como una idiota.
—No puede ser —susurré, pero mi corazón gritaba: Sí puede. Sí es.
Tomé mi celular con manos temblorosas y marqué a Maru, mi mejor amiga.
—¿Yone? ¿Llegaste bien al nuevo departamento?
—Maru… ay, Maru…
—¿Qué pasó? ¿Quemaste algo?
—No. Peor.
—¿Te robaron?
—Mucho peor.
—¿Se te cayó el refri en un pie?
—MARU.
—Bueno ya dime.
—MI VECINO. DEL FRENTE.
—¿Qué tiene el vecino?
—Es Chris Evans.
Hubo silencio. Luego un grito tan fuerte que casi tiro el teléfono.
—¡¿EL DE TU ADOLESCENCIA?!
—SÍ. Y ESTÁ VIVO. Y MÁS GUAPO. Y AHORA VIVE FRENTE A MÍ.
—Ok, necesito respirar —dijo Maru—. ¿Y tú?
—No estoy respirando.
Me asomé con cuidado por la cortina. Chris estaba sacando otra caja del camión, y cuando levantó la vista… me vio.
Directo. A los ojos.
Me quedé congelada. Todavía tenía el celular en la mano y la boca entreabierta como si estuviera a punto de cantar una ópera.
Él sonrió.
Yo olvidé cómo se usaban las piernas.
Chris levantó la mano para saludarme, casual, amable, como si no estuviera destruyendo todos mis sistemas internos.
Yo levanté la mía, pero no sé qué gesto hice. Parecía un robot defectuoso intentando decir “hola”, “socorro” y “no me mires” al mismo tiempo.
Y entonces escuché su voz.
Su maldita voz.
—Hola, vecina nueva.
Sentí que me derretía. Literalmente. Si no me senté, fue porque me quedé paralizada.
Intenté responder algo coherente:
—Ho… hola… yo… sí… viva…
¿“Viva”?
¿QUIÉN DICE “VIVA” PARA SALUDAR?
Chris soltó una risa suave, esa que te hace querer tirarte por un barranco y abrazarlo al mismo tiempo.
—Bueno, es importante seguir estándolo —me respondió con humor.
Yo quería evaporarme.
En ese momento, una figura apareció detrás de él: una mujer rubia, alta, delgada, con cara de “tengo mi vida resuelta”.
Lo tomó del brazo con naturalidad.
Su novia.
Obvio.
Porque el universo no me odia a medias: me odia con dedicación.
—Parece una chica dulce —le dijo ella, mirándome como si fuera una ardilla perdida.
—Se ve simpática —respondió él.
Sim. Pá. Ti. Ca.
Excelente. Mi corazón acaba de ser puesto en la sección de “cosas monísimas pero no necesarias”.
Chris volvió a mirarme.
—Si necesitas algo, estoy al frente. Literalmente.
Se metieron en la casa.
Yo cerré la cortina tan rápido que casi la arranco, me dejé caer en el piso y abracé una almohada.
—Estoy jodida —murmuré.
Y lo peor no era que él estuviera ahí.
Lo peor era que parte de mí…
la parte que todavía tenía quince años…
estaba feliz.