El Inquilino Inesperado
Capítulo 1: El Inquilino Inesperado
Luka Yume era el tipo de persona que definía "rutina" como un arte mayor. Despertarse a las 7:15 AM, café negro sin azúcar (porque el azúcar era un lujo para poetas, no para estudiantes de contabilidad), y una hora exacta revisando correos universitarios antes de salir a la facultad. Su departamento en el tercer piso de un edificio decrépito en el barrio de Palermo era su santuario: un sofá hundido, una estantería con mangas a medio leer y una cocina que olía perpetuamente a ramen instantáneo. Nada de drama. Nada de sorpresas.
Hasta esa noche de jueves.
Todo empezó con un libro. No un libro cualquiera, claro. Luka lo había encontrado en una feria de usados, cubierto de polvo y con una portada que gritaba "edición pirata de los 80". Invocaciones para Principiantes: Cómo Llamar a Tu Guardián Interno (Sin Morir en el Intento). Lo compró por 200 pesos porque parecía gracioso, y porque Nari, su amiga obsesionada con lo paranormal, le había mandado un meme esa mañana: "¡Invoca un demonio y dile que te ayude con los parciales!".
"Ja, ja", pensó Luka mientras lo hojeaba esa noche, recostado en su cama con una lata de cerveza tibia. Las páginas eran un desastre de diagramas torcidos y advertencias en letra gótica: No invoques en luna llena. No uses velas rojas. Y por el amor de todos los dioses, no digas el nombre tres veces.
Luka rodó los ojos. "¿Qué es esto, Beetlejuice para góticos?" Siguió leyendo, aburrido, hasta que llegó a la "Invocación Básica de Compañía". Sonaba inofensivo. Dibujó un círculo con tiza en el piso de la sala (que, en realidad, era solo un pentágono irregular porque su geometría apestaba), encendió una vela de vainilla que usaba para emergencias olfativas, y murmuró las palabras en latín falso que venían en el libro.
Dominae umbrae, veni ad me... o lo que sea.
Nada. Silencio, salvo el zumbido del refrigerador. Luka se rio solo, apagó la vela y se fue a dormir. "Nari va a flipar con esto mañana".
Despertó a las 3:33 AM con un estruendo. El sofá crujió como si alguien hubiera saltado encima, y una voz ronca, con acento que parecía sacado de una película de Tim Burton, resonó en la oscuridad:
—¿Esto es el mundo real? ¡Por las pelotas de Belcebú, qué decepción! ¿Dónde está el azufre? ¿Las almas en pena? ¿El brunch eterno?
Luka se incorporó de un salto, el corazón latiéndole como un tambor de rock. En la penumbra de la sala, iluminado por el resplandor de la calle que se colaba por las persianas rotas, había... algo. Un tipo alto, desgarbado, con cuernos retorcidos como ramas de sauce, piel grisácea que brillaba levemente (¿como si estuviera untado en aceite?), y ojos rojos que parpadeaban con irritación. Vestía una camiseta negra raída con el logo de una banda que Luka no reconocía —probablemente porque era de los 90 en el infierno— y pantalones cargo llenos de parches.
—¿Quién... qué carajo eres? —balbuceó Luka, buscando a tientas su teléfono bajo la almohada. ¿Llamar a la policía? ¿A Nari? ¿Al exorcista de Google?
El intruso —el demonio, porque ¿qué más podía ser?— se dejó caer en el sofá con un suspiro teatral, haciendo que los resortes gimieran en protesta. Cruzó las piernas y olfateó el aire.
—Draeve, a tu servicio. O no, porque aparentemente invocaste al demonio equivocado. ¿Ves este cuerno aquí? —Señaló uno torcido—. Es el sello de los "caóticos menores". No soy el tipo que conquista reinos, soy el que se encarga de las quejas por ruido en el noveno círculo. Y tú... —Lo miró de arriba abajo, como si evaluara un mueble de segunda mano—. Eres Luka Yume, invocador accidental, contable en potencia y rey de los noodles fríos. Encantado.
Luka parpadeó. ¿Cómo sabía su nombre? ¿Y por qué sonaba como si hubiera leído su biografía en LinkedIn?
—Sal de mi casa. Ahora. Esto es allanamiento.
Draeve soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas. Era una risa grave, contagiosa, como si el mismísimo diablo hubiera aprendido stand-up en Las Vegas.
—¿Allanamiento? Chico, tú me invocaste. Reglas del tratado: una vez que cruzas el velo, tengo derecho a... digamos, un período de prueba. ¿Tres meses? ¿Un año? El libro no era claro. Pero oye, relájate. No muerdo. Mucho.
Intentó levantarse, pero sus piernas se enredaron en la sábana, y cayó de culo al piso con un "¡Mierda!" que sonó extrañamente humano. Draeve lo miró desde el sofá, mordiéndose el labio para no reírse.
—Bienvenido al club de los torpes, invocador. ¿Café? Huele a que lo necesitas.
Luka no sabía si gritar, huir o googlear "cómo deshacer invocación demoníaca". Solo sabía que su vida de rutina acababa de ser poseída por un inquilino que no pagaba alquiler, no lavaba platos y, peor aún, parecía decidido a quedarse.
A la mañana siguiente, Nari llegó a las 9 AM con un termo de mate y una carpeta llena de "investigación paranormal". Golpeó la puerta con entusiasmo, gritando:
—¡Luka! ¡Traje el podcast de fantasmas que te dije! ¿Ya invocaste algo o sigues siendo un escéptico aburrido?
La puerta se abrió de golpe. Draeve, ahora disfrazado con una sudadera oversized de Luka (que le quedaba como un vestido) y un gorro que cubría sus cuernos, asomó la cabeza con una sonrisa lobuna.
—Oh, ¿amiga de la casa? Pasa, pasa. Justo estábamos discutiendo el pago de la luz. Luka dice que los demonios no pagan facturas, pero yo creo que un alma por mes es justo, ¿no?
Nari se quedó congelada, el termo colgando de su mano como una granada a punto de explotar. Sus ojos se abrieron como platos, pasando de Draeve a Luka, que asomaba detrás con cara de "explícame esto después".
—Luka... ¿eso es un...?
—Dem... inquilino temporal —murmuró él, frotándose las sienes—. Nari, te explico en cinco minutos. O en cinco vidas.
Draeve, ajeno al pánico, extendió una mano con uñas afiladas como cuchillas. —Encantado. Soy Draeve, el demonio que no paga alquiler. ¿Querés un pacto? Puedo hacer que tu ex vuelva arrodillado... o que desaparezca para siempre. Tu elección.
Nari chilló de emoción, no de terror. —¡Esto es mejor que el podcast! ¡Fotos! ¡Necesito fotos para el grupo de lo paranormal!
Luka suspiró. Su departamento ya no era un santuario. Era un circo. Y en algún lugar del Inframundo, probablemente alguien se reía de su error garrafal.
Pero lo peor —o lo mejor, dependiendo de cómo lo miraras— era que, mientras Draeve devoraba el último paquete de galletitas y contaba anécdotas de "la vez que Lucifer se emborrachó con hidromiel", Luka sintió algo extraño. Una chispa. Como si, por primera vez en años, su vida monótona tuviera... cuernos.