B$ CR3W

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Summary

En los barrios ásperos de Neuquén, la música nace como un grito. A partir de una serie de encuentros callejeros y coincidencias caóticas, un grupo de jóvenes con vidas marcadas por la violencia, el abandono y el hambre de algo diferente termina formando la B$ Crew: un colectivo de rap que se convertirá en leyenda.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

LA CIUDAD CHICHA NO DUERME

Neuquén, 2011.

El frío se filtraba por las hendijas del departamento como si el viento tuviera permiso de entrar sin pedirlo. Para Valentín Vega —al que todos en el barrio conocían simplemente como El Vago— eso era parte del paisaje. No había mucho que reclamarle a la vida cuando uno vivía donde podía y no donde quería.

Su pieza era un rectángulo mal pintado, paredes descascaradas y una mesa de madera improvisada con dos ladrillos de base. Allí tenía su tesoro: una laptop vieja que tardaba media hora en prender, un par de parlantes pequeños que distorsionaban si el beat subía mucho, y un programa pirata con el que aprendía a hacer sus instrumentales.

A veces, cuando se quedaba hasta tarde, pensaba que esa máquina era lo más parecido que tenía a un futuro.

Esa mañana, como casi todos los días, El Vago se despertó antes que el sol. No porque fuera disciplinado, sino porque la ciudad chica nunca dormía del todo: ruidos de motos, perros ladrando, vecinos discutiendo, chicos que no habían vuelto a casa todavía. Todo eso formaba parte del ritmo del barrio.

Se sentó al borde de la cama, se pasó una mano por la cara y suspiró.

Tenía 25 años, pero a veces sentía que la vida se le había ido más rápido de lo que debería.

Encendió la laptop y esperó los minutos eternos mientras cargaba.

Cuando por fin abrió el programa, le dio play a un loop que había dejado a medias. Era un beat oscuro, simple, pero tenía algo. Algo que él todavía no sabía explicar.

—Si esto lo agarro con Maxi… lo rompe —murmuró.

MaxiKill era uno de los suyos. Un pibe de flow agresivo, hijo de la calle, con una facilidad para rimar que asustaba. De esos que podían destruirte en una plaza sin levantar la voz.

HDZ era el otro: más técnico, más ordenado, el que equilibraba el quilombo que llevaba Maxi encima.

Ellos tres rapeaban desde hacía un tiempo, sin nombre, sin crew definida, solo pibes del barrio que necesitaban decir algo.

Ese día tenían un pequeño evento.

Algo chico, improvisado, como todo en 2011. Una juntada llamada Doble H, en el parque central. No era una batalla formal, ni un show grande. Era lo clásico: un parlante medio roto, un cable que había que mantener fijo con el pie, un cacho de plaza, y un grupo de pibes esperando su turno para rapear.

Para El Vago significaba un escenario, aunque fuera de cemento y frío.

---

Cerca del mediodía, HDZ tocó la puerta del departamento.

El Vago abrió mientras se ponía una campera gastada.

—¿Listo? —preguntó HDZ, con los ojos encendidos como si la noche anterior hubiera dormido dos horas.

—Listo para que ese parlante se rompa apenas subamos el volumen —respondió El Vago, agarrando su mochila.

Bajaron la escalera del edificio, esquivando botellas vacías y grafitis viejos. Afuera, MaxiKill los esperaba sentado en la vereda, golpeando rítmicamente el piso con un encendedor como si fuera una batería.

—Eh, Vago —saludó Maxi—. ¿Llevaste el beat o vamos a tener que hacer beatbox otra vez?

El Vago levantó la mochila.

—Lo llevo. Pero si el parlante hace corto, vos metés beatbox sí o sí.

—Tranqui —sonrió Maxi—. El barrio siempre nos salva.

Los tres caminaron hacia el parque central.

Era un día frío, pero con ese sol típico del sur que te pega en la cara y te hace sentir que todo es un poco más llevadero. La gente ya estaba armando el pequeño círculo donde iban a rapear. Algunos fumaban, otros afinaban rimas en cuadernos viejos; chicos de 13, 14, 15 años que parecían tener diez vidas encima.

Nadie era profesional.

Nadie tenía futuro claro.

Pero ahí, en esa plaza, todos se sentían algo más que pibes del barrio.

El Vago conectó su parlante alargado con cinta y un cable que parecía haber sobrevivido a una guerra. Le dio play a un beat suave para probar volumen.

—Eso suena bien, hermano —dijo un pibe que estaba cerca, con gorrita y buzo enorme.

—Suena hasta que deje de sonar —respondió El Vago.

A las tres de la tarde, el círculo se cerró.

Los primeros en pasar fueron dos chicos que improvisaron un freestyle prolijo, sin mucho ruido. La gente los escuchó, algunos movieron la cabeza, otros ni miraron.

Así era el rap de plaza: podías ser bueno y aun así pasar desapercibido.

Después entró MaxiKill.

La atmósfera cambió al instante.

Tenía algo que no se aprende: presencia, filo, olor a calle verdadera.

—Este guacho tiene veneno —susurró alguien detrás.

Maxi se cruzó con un pibe de la otra punta del parque.

Un flaco flaquito, alto, con la capucha colocada como si quisiera esconderse del mundo pero al mismo tiempo desafiarlo. Tenía apenas 15 años. O al menos eso parecía.

Miraba fijamente, serio, como si estuviera acostumbrado a no confiar en nadie.

El Vago sintió una curiosidad rara.

No lo había visto nunca.

—¿Quién es ese pibe? —preguntó.

—Ni idea —respondió HDZ—. Pero parece que se la banca.

La ronda comenzó.

Maxi tiró un par de barras agresivas, moviendo las manos como queriendo romper el aire. El público explotó con gritos.

Pero el pibe respondió.

Y lo que dijo cambió la energía del círculo.

Sus rimas eran filosas, rápidas, pero limpias.

Tenía flow, tenía actitud, tenía cosas que los de 25 decían recién a los 20.

Y él las decía con cara de que no le costaban.

El Vago se quedó quieto, sin parpadear.

Sintió una mezcla extraña: sorpresa, respeto y una chispa que no solía sentir a menudo.

Ese chico tenía algo. Algo que nadie más había mostrado esa tarde.

El futuro.

Eso era.

No sabía su nombre.

No sabía de qué barrio venía.

No sabía si iba a volver a verlo.

Pero la sensación quedó marcada.

En un momento, el parlante falló de golpe. Chispazo, silencio.

Nadie se quejó.

El flaquito simplemente dio un paso atrás, miró alrededor y dijo:

—Si no hay beat… le meto igual.

Y empezó a rapear a capela, con una seguridad que parecía prestada de alguien con diez años más de experiencia.

La ronda estalló.

Gritos, risas, manos arriba.

El Vago sintió un escalofrío.

Ese pibe… ese pibe era distinto.

Cundo terminaron, la multitud se dispersó.

El Vago intentó acercarse para preguntarle el nombre, pero lo perdió entre los pibes que se fueron rápido.

Caminó un rato buscándolo, preguntó a dos o tres, pero nadie sabía quién era.

—Che, ¿el que la rompió recién? —preguntó a un grupo.

—¿El flaquito? No, ni idea. Creo que no es de acá —respondió uno.

—Debe ser del otro lado del parque —dijo otro—. O capaz vino con los de la esquina.

El Vago quedó mirando el suelo.

No estaba frustrado, pero sí inquieto.

Había visto algo que no veía todos los días.

Un brillo raro, genuino, que solo se encuentra cuando no lo estás buscando.

Esa noche, ya en su pieza, se quedó un momento en silencio.

El barrio seguía sonando afuera.

La ciudad chica no dormía.

Y él tampoco.

Reprodujo el beat que había hecho esa mañana.

Sintió que algo había cambiado.

No sabía qué, ni por qué.

Solo sabía que la música, por primera vez en mucho tiempo, parecía tener un camino.

Y que ese pibe —ese flaco de 15 años que improvisó en una plaza con un parlante roto— era parte de ese camino, aunque todavía no supiera su nombre.

Era apenas el comienzo.

Un encuentro fugaz, casual, de esos que parecen no significar nada…

Pero que después, con el tiempo, uno se da cuenta de que lo significaron todo.