Llegada a la Torre Valmont
Llegada a la Torre Valmont
El ascensor se detuvo en el piso cincuenta y dos con un suspiro metálico. Emma Moretti respiró hondo, intentando parecer más tranquila de lo que sentía. Su reflejo en las puertas cromadas mostraba una mujer compuesta, discreta, profesional… nadie imaginaría el temblor que intentaba ocultar.
No era su primer día en la empresa, pero sí la primera vez que la solicitaban directamente en la sala ejecutiva.
El silencio del pasillo era imponente. Pisos pulidos, paredes de vidrio que dejaban ver la ciudad en todo su caos y grandeza, y esa energía fría que parecía gobernarlo todo. La Torre Valmont tenía ese efecto: hacía que cualquiera se sintiera diminuto.
Emma avanzó con paso firme hasta la sala de reuniones. Apenas cruzó la puerta, el aire cambió. Más denso. Más serio. Más… controlado.
Esteban Valmont estaba de espaldas, mirando la ciudad como si le perteneciera.
El hombre era una figura impecable: traje oscuro perfectamente entallado, hombros rectos, postura dominante. Tenía una forma de estar de pie que transmitía poder sin necesidad de hablar.
—Señor Valmont —saludó ella con voz suave.
Esteban no se giró. Pero su voz, grave y profunda, la atravesó.
—Señorita Moretti. Justo a tiempo.
Emma tragó, ajustó la carpeta entre sus manos y avanzó un paso. Todo en él la intimidaba y, a la vez, la dejaba extrañamente inmóvil, como si tuviera un efecto gravitacional.
—¿Necesita que tome nota de algo? —preguntó ella.
Antes de que él respondiera, la puerta se abrió de golpe.
El contraste fue inmediato.
Donde Esteban era hielo, presencia contenida y elegancia afilada… Sebastián Ravenscroft era fuego, movimiento, magnetismo. Entró sin pedir permiso, como si el mundo estuviera obligado a adaptarse a él. Traje negro, camisa ligeramente desabotonada, sonrisa peligrosa, mirada que lo absorbía todo.
—Vaya, vaya —dijo él, clavando sus ojos en Emma—. Parece que hoy tenemos compañía interesante.
Emma sintió cómo la temperatura subía un grado. O dos. O tres.
Esteban se giró por fin, con ese gesto lento que siempre parecía calculado y mirada penetrante.
—Llegas tarde —dijo, sin ocultar su molestia.
—Tú siempre tan rígido —replicó Sebastián con una sonrisa torcida—. Deberías relajarte un poco.
La tensión entre ellos llenó la sala, vieja, profunda, casi eléctrica. Un enfrentamiento silencioso que no necesitaba palabras. Emma había oído rumores, susurros en los pasillos: antiguos amigos, ahora casi enemigos; socios que parecían competir incluso por el aire.
Pero no estaba preparada para sentir esa rivalidad tan cerca.
Sebastián caminó hacia ella con pasos seguros. No para intimidarla, sino como si quisiera observarla de cerca. Esa mirada suya era intensa, directa, demasiado honesta para alguien acostumbrado al mundo del poder.
—Emma, ¿verdad? —preguntó, pronunciando su nombre como si ya fuera un secreto compartido.
—Así es —respondió ella, manteniendo la compostura.
—Bienvenida al piso cincuenta y dos —dijo él, con una sonrisa que era pura provocación.
Esteban lo observó, frío, calculador.
—Sebastián, basta —ordenó.
—¿Qué? ¿No puedo saludarla? —replicó el otro, sin quitarle los ojos de encima.
Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Y fue entonces cuando comprendió algo que la sacudió desde dentro:
La reunión no tenía nada que ver con contratos, ni con informes, ni siquiera con trabajo.
Tenía que ver con ella.
Con el modo en que Esteban Valmont la había observado desde el primer día. Con la atención inesperada y peligrosa de Sebastián Ravenscroft. Con una tensión flotando en el aire que no entendía… pero que ya la estaba atrapando.
Emma respiró hondo.
El problema no era estar en esa sala, el problema era lo que esa sala estaba despertando en tres personas que jamás debieron encontrarse.
Y ese… solo era el comienzo.
El silencio que siguió a las palabras de Sebastián fue incómodo. No el tipo de silencio vacío, sino uno cargado, denso, lleno de cosas que no se dicen porque, de decirse, lo romperían todo.
Emma sostuvo la carpeta con más fuerza, intentando mantener su respiración estable. Aun así, Esteban se dio cuenta.
Siempre lo hacía. Siempre notaba lo que nadie más veía.
—Tome asiento, señorita Moretti —ordenó, señalando una de las sillas.
La voz de Esteban no era dura. Era firme. Precisa. La clase de voz que espera obediencia sin discusión.
Emma se sentó, cruzando las piernas con suavidad. Sebastián ocupó la silla frente a ella, recostándose con una comodidad descarada, como si aquel despacho de cristal y acero fuera su sala de estar personal.
Esteban, en cambio, permaneció de pie.
—Les recuerdo —dijo sin apartar la mirada de Sebastián— que esta reunión es estrictamente profesional.
—Claro —respondió Sebastián, ladeando la cabeza—. Totalmente profesional.
Pero sus ojos, esos ojos de un azul oscuro casi tempestuoso, no estaban mirando a Esteban.
Estaban mirando a Emma.
Emma sintió un calor inesperado en el pecho. Desvió la mirada hacia los documentos que llevaba, intentando encontrar refugio en las letras.
—Señor Valmont… —comenzó ella, buscando volver a la razón— ¿en qué puedo ayudar?
Esteban caminó hacia la mesa con pasos calculados. Cada movimiento suyo parecía diseñado para imponer respeto.
—Quiero que revise el informe de los contratos internacionales —respondió él—. Necesito una actualización antes de la junta del viernes.
Ella abrió la carpeta, pero no alcanzó a revisar nada porque Sebastián intervino:
—¿De verdad la trajiste solo para eso?
Emma sintió que el corazón se le detenía.
Esteban lo fulminó con la mirada.
—¿Cuál es tu problema hoy?
Sebastián sonrió como si disfrutara el conflicto.
—Mi problema es que no me gusta que subestimes a las personas —respondió él, volviendo a mirar a Emma—. Ella tiene más potencial que revisar informes.
Emma tragó saliva. Nunca nadie había dicho eso de ella en esa empresa. Ni siquiera en trabajos anteriores.
Esteban respiró hondo.
—No es tu decisión. —Tampoco es solo la tuya —replicó Sebastián—. Somos socios. —No en esto.
Ese “en esto” no se refería a un trabajo.
Emma lo sintió. Lo supo. Lo entendió sin entenderlo.
“En esto” eran… ellos.
Los dos. Y ella.
Una corriente fría le recorrió la piel.
Intentando romper la tensión, Emma cerró la carpeta con suavidad.
—Si no necesitan nada más, puedo— —Quédate —ordenó Esteban.
Lo dijo… como si fuera inevitable.
Sebastián arqueó una ceja.
—Interesante elección de palabras —murmuró.
Emma sintió que se le secaba la boca.
¿Qué estaba pasando?
Y entonces, todo cambió.
De la nada, la pantalla principal de la sala se encendió. Una alarma suave sonó, indicando un mensaje de emergencia del comité de inversiones.
Esteban se tensó. Sebastián dejó de sonreír.
Emma miró la pantalla y sintió frío.
El proyecto más grande del año estaba en riesgo. Y su nombre estaba en el reporte como la persona que había enviado el último documento.
—¿Qué…? —susurró ella— Yo no… no sabía que eso iba a—
Esteban cerró los ojos por un instante. No estaba enojado. Estaba pensando. Analizando. Decidiendo rápido.
Sebastián se levantó de su silla en un movimiento fluido y se colocó detrás de Emma, inclinándose para mirar la pantalla por encima de su hombro.
Su cercanía la desordenó. Su perfume, cálido y suave, la envolvió como una caricia peligrosa.
—Esto no lo hiciste tú sola —dijo él, seguro—. Y definitivamente no es tu culpa.
—No lo es —confirmó Esteban, mirándola fijamente.
Ella levantó la vista, sorprendida.
Era la primera vez que veía a ambos de acuerdo. Y la primera vez que sentía que la estaban defendiendo sin siquiera conocer la verdad.
Esteban pasó una mano por su cabello hacia atrás, frustrado.
—Necesitamos descubrir quién modificó el archivo —dijo— antes de que esto escale.
—Y necesitaremos ayudarte a limpiar tu nombre —añadió Sebastián, mirándola con una intensidad inesperada.
Ayudarla y protegerla.
En sólo una hora, dos de los hombres más poderosos del país estaban envueltos en un problema que giraba alrededor de ella.
Emma tragó saliva. No sabía cómo, ni por qué… pero su vida acababa de cambiar para siempre.
La sala volvió a sumirse en silencio. Un silencio extraño… como si el mundo hubiera contenido la respiración para ver qué pasaría después.
Emma sentía el pulso acelerado, casi palpable en la garganta. No sabía si era por la alarma, por el miedo a haber cometido un error, o por la cercanía de los dos hombres que la miraban como si fuera algo que no comprendían, pero necesitaban descifrar.
—Muéstrame el documento que enviaste —pidió Esteban finalmente.
Emma abrió rápidamente su correo en la pantalla lateral. Sus dedos temblaban un poco, pero intentó ocultarlo. Sebastián lo notó, por supuesto.
Él siempre notaba lo emocional antes que lo lógico.
—Respira —le murmuró, apenas audible.
Ni siquiera fue una orden, fue… casi una caricia verbal.
Emma tragó saliva y trató de concentrarse.
Cuando el archivo se abrió, Esteban se acercó a la pantalla principal. Ella y Sebastián se quedaron a sus espaldas.
Esteban analizaba el informe con la mirada quirúrgica de un hombre acostumbrado a detectar errores en milisegundos.
Finalmente, dijo:
—Este no es el documento original.
Emma sintió las piernas aflojarse.
—P-pero yo solo envié lo que me entregaron…
—Lo sé —interrumpió Esteban—. La edición no es tuya.
Sebastián cruzó los brazos.
—Entonces alguien está saboteando el proyecto —concluyó.
Emma se quedó helada.
Sabotaje, esa palabra no pertenecía al mundo normal. Pertenecía a su mundo. Al mundo del poder, las rivalidades y los enemigos silenciosos.
—¿Quién tenía acceso al archivo antes de mí? —preguntó Emma, intentando mantener la calma.
Sebastián soltó una pequeña risa sin humor.
—Querida, aquí todos tienen acceso a todo, si lo saben buscar.
Esteban lo miró con reproche por su forma directa, pero no lo contradijo.
Emma apretó los labios para no dejar salir la ansiedad.
Fue entonces cuando Esteban dijo algo que la dejó sin aire:
—A partir de ahora, Emma, trabajarás directamente conmigo.
Ella parpadeó, desorientada.
—¿C-con usted?
—Sí —respondió Esteban, sin explicar más—. No quiero que se repita un error como este. Quiero supervisar personalmente tu trabajo.
Sebastián chasqueó la lengua, divertido.
—¿Supervisar… o proteger?
Esteban lo ignoró.
Emma abrió la boca para protestar, pero Esteban levantó una mano.
—No es negociable.
La firmeza en su tono tenía un peso que ella no sabía si provenía de la autoridad… o de algo más.
Sebastián la miró, inclinándose un poco hacia ella.
—Si te incomoda, puedes trabajar conmigo en su lugar —propuso, con esa sonrisa peligrosa.
Ella casi se atraganta.
—N-no, yo solo… quiero hacer bien mi trabajo.
Sebastián se inclinó un poco más, su voz un susurro que parecía deslizarse por la piel.
—Eso ya lo haces, Emma. Créeme.
Ella sintió el corazón acelerarse.
Esteban se aclaró la garganta.
—Sebastián, deja de intimidarla.
—¿Intimidarla? —Sebastián sonrió, sin mirarlo—. ¿O estás proyectando?
El clima volvió a cargarse, una tensión afilada entre dos hombres que habían sido algo más que socios, y ahora parecían fuego y hielo chocando en cada respiración.
Emma se levantó de su asiento.
—Creo que debería regresar a mi puesto.
Los dos la miraron y respondieron al mismo tiempo. Ella tragó saliva. Fue casi… demasiado.
—No —dijeron ambos, simultáneamente.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Esteban se acercó primero.
—Emma, desde este momento, serás parte del proyecto principal. Tendrás acceso a información confidencial. Y necesitarás aprender rápido.
—Yo me encargaré de eso —añadió Sebastián, dando un paso hacia ella.
Ella retrocedió ligeramente. No porque tuviera miedo… sino porque su cercanía la confundía.
Esteban la observó unos segundos.
No con deseo. No con interés superficial. Sino con algo más profundo, más peligroso, más controlado: curiosidad.
—Necesito que confíes en nosotros —dijo con seriedad.
—¿En ustedes… o en uno de ustedes? —preguntó ella, sin saber por qué esa frase salió de su boca.
Sebastián sonrió como si acabara de escuchar la mejor línea del día.
Esteban se quedó en silencio.
Y en ese instante, la puerta se abrió de golpe.
La asistente principal irrumpió, pálida.
—Señores… necesitan ver esto.
En la pantalla, comenzó a reproducirse una serie de correos filtrados.
Correos que involucraban a la empresa. A los accionistas. A Valmont. A Ravenscroft. Y… a Emma.
Su nombre aparecía en un hilo que ella jamás había visto.
Sebastián murmuró un insulto bajo. Esteban se puso rígido como una sombra tallada en mármol.
—Alguien nos quiere destruir —dijo Esteban. —Alguien la quiere destruir a ella primero —corrigió Sebastián.
Los ojos de ambos se posaron en Emma.
Y Emma, por primera vez, sintió miedo de verdad.
Pero también sintió algo más…
Algo que no podía nombrar, que vendría a cambiarlo todo y que sería imposible detener.
El silencio volvió a instalarse en la sala cuando ambos hombres se sentaron frente a la larga mesa de vidrio. Emma permaneció de pie unos segundos, esperando instrucciones que nunca llegaban.
Esteban abrió una carpeta negra y deslizó varios documentos hacia ella.
—Siéntate, Emma —ordenó con voz firme, sin mirarla directamente—. Necesito que revises estos archivos y tomes nota de cualquier inconsistencia.
Ella obedeció en silencio, aunque algo dentro de su pecho comenzaba a latir de forma irregular. Los papeles que tenía delante no eran simples reportes contables. No eran hojas de cálculo de ventas ni contratos corrientes.
Eran… demasiado complejos. Demasiado sensibles.
Cuentas en paraísos fiscales. Transferencias que no llevaban nombres, sino códigos. Firmas que parecían idénticas, casi demasiado idénticas.
Emma tragó saliva.
—Señor Valmont… esto parece un poco… —vaciló.
—Confidencial —completó Esteban, cruzando sus manos sobre la mesa—. Y por eso necesito que seas tú quien lo revise.
—¿Yo? —preguntó ella, desconcertada—. Pero mi puesto…
—Tu puesto ahora es donde yo te necesite —la interrumpió él, clavándole sus ojos grises, tan afilados que parecían leerle el alma—. Sé que eres meticulosa. Observadora. Y no hablas de más.
Sebastián soltó una risa suave, inclinándose hacia atrás en la silla.
—Traducido: no te metes donde no te llaman —dijo él, guiñándole un ojo a Emma—. Perfecto para lo que necesitamos.
Emma sintió un escalofrío subirle por la columna.
Lo que necesitamos. La palabra la golpeó como hielo.
—¿Puedo saber qué es exactamente lo que estoy viendo? —preguntó con cautela.
Esteban respondió sin pestañear:
—Información que no debe salir de esta sala.
Sebastián añadió:
—Y que tampoco puedes olvidar.
Ese matiz, esa forma en la que lo dijo, la hizo tensarse.
Emma bajó la mirada hacia los documentos. Había aprendido a leer ambientes, tonos y silencios. La Torre Valmont estaba llena de secretos, rumores, sombras que se movían sin nombre. Pero nunca imaginó estar en el centro de uno.
—¿Qué esperan que haga? —preguntó finalmente.
Esteban se incorporó ligeramente.
—Verás movimientos bancarios sospechosos —explicó—. Necesito que señales cualquier cifra que no encaje. Es un trabajo delicado. Requiere precisión.
—¿Y por qué yo? —insistió Emma.
Esta vez fue Sebastián quien respondió, con una calma peligrosa.
—Porque nadie sospecharía de ti.
El corazón de Emma dio un vuelco.
Nadie sospecharía de ti, eres invisible en el mundo donde los gigantes caminaban con trajes caros y nombres que abren puertas.
—Tranquila, Emma —dijo Sebastián, suavizando el tono—. No te estamos pidiendo nada ilegal.
—Todavía —murmuró, demasiado bajo para que Esteban lo escuchara.
Ella sí lo escuchó.
Y ese “todavía” le heló la sangre.
Cuando terminó de revisar la primera carpeta, sus manos estaban frías. Cada línea, cada número, cada firma la hundía más en la sensación de estar mirando algo prohibido. Algo que podía costarle su carrera. Su reputación. Su libertad.
Sebastián se levantó y caminó hacia ella, apoyando una mano en el respaldo de su silla. Su cercanía la desestabilizó.
—¿Algo interesante? —preguntó en voz baja.
Emma no supo si responderle. No sabía de qué lado estaba, ni si había lados. Apenas entendía qué demonios estaba haciendo allí.
—No termino de comprender estas transacciones —admitió ella.
—No necesitas comprenderlas —intervino Esteban desde el otro extremo de la mesa—. Solo detectarlas.
Emma levantó la mirada, sintiendo que una red invisible comenzaba a cerrarse a su alrededor.
—¿De dónde provienen estos fondos? —se atrevió a preguntar.
Esteban la observó en silencio. Muy largo. Muy intenso.
—Esa información no te corresponde —dijo finalmente.
Sebastián sonrió. No por burla, sino como alguien que sabe un secreto que los demás no.
—Emma —susurró él, inclinándose lo suficiente para que solo ella lo oyera—. A veces es mejor no hacer preguntas.
Ella sostuvo la mirada unos segundos. Después bajó los ojos.
Porque entendió algo sin necesidad de que se lo dijeran:
Ya la habían involucrado. Ya estaba dentro. Y no había forma de retroceder.
Cuando la reunión terminó, Emma salió de la sala con las piernas temblando. Caminó por el pasillo brillante, sintiéndose pequeña, vigilada, estudiada.
Justo antes de llegar al ascensor, escuchó pasos detrás de ella.
Sebastián.
—Emma —la llamó, suave pero firme.
Ella se detuvo, aunque todo en su intuición gritaba que siguiera caminando.
—Solo un consejo —dijo él, guardando las manos en los bolsillos—. No confíes en nadie aquí arriba.
Emma tragó saliva.
—¿Ni en usted?
Él sonrió apenas, una sonrisa oscura.
—Menos en mí.
Las puertas del ascensor se abrieron. Emma entró sin mirar atrás.
Mientras descendía, comprendió que algo en su vida acababa de romperse. O abrirse. No sabía cuál de las dos. Pero era irreversible.
Porque si los Valmont y los Ravenscroft la habían escogido… no era por casualidad.
Y ella estaba a punto de descubrir por qué.