La Última Media Noche

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Summary

Tras la misteriosa muerte de la señora Agatha Loraine, una familia desconocida llega al antiguo castillo que domina el pueblo. Nadie sabe de dónde vienen, solo que su belleza es inquietante y su presencia, imposible de ignorar. Daven, un joven maestro, decide acercarse para ofrecer sus condolencias... sin imaginar que esa visita lo arrastrará a un mundo de secretos, pasiones prohibidas y verdades que desafían la razón. Nathaniel, el más carismático y peligroso de los hermanos, parece fascinado con él, pero su interés oculta algo más profundo... y mortal. A medida que la atracción entre ambos crece, Daven descubre que todos los miembros de la familia guardan un propósito con él, uno que podría costarle la vida -o el alma. Un amor condenado. Una familia maldita. Y un castillo donde nada duerme realmente.

Genre
Romance
Author
mateo
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1: Murmurando Tragedias

-1- w

"En toda penumbra duerme un corazón que ha renunciado al día." — fragmento atribuido a un autor olvidado.

El pueblo de Haverford se hallaba cubierto por una calma incómoda, un silencio que parecía oírse incluso en medio de las conversaciones. Las campanas de la iglesia se apagaban antes de tiempo, los perros no ladraban al caer la tarde, y los habitantes, tan acostumbrados al murmullo del viento, hablaban en susurros sobre la familia recién llegada al Castillo de las Nieblas.

Desde que la señora Agatha Loraine murió, la vida cotidiana se había vuelto un eco del pasado. Nadie recordaba haberla visto enferma, ni siquiera cansada. Se decía que seguía subiendo a la torre más alta a leer sus cartas bajo la luna, o que pasaba las noches en el jardín conversando con alguien invisible.

Fue una muerte demasiado silenciosa, y la aparición de aquellos parientes desconocidos la volvió aún más inquietante.

En el mercado, entre los puestos de verduras, las mujeres cuchicheaban detrás de las balanzas:

—Dicen que llegaron de madrugada, con tres carruajes. Nadie los vio entrar.

—Tres hombres y una dama, ¿no?

—Eso cuentan. Todos tan pálidos… y ninguno envejecido.

El nombre Loraine era un eco respetado, pero olvidado. Ahora, con el castillo nuevamente habitado, el eco se había transformado en un rumor vivo, húmedo, que arrastraba curiosidad y miedo a partes iguales.

Daven, desde la ventana del café donde trabajaba cada tarde, los escuchaba sin intervenir.

Había conocido a la señora Agatha cuando era niño. No había sido cercana, pero sí gentil: le ofrecía pan y té en tardes de tormenta, y le hablaba de libros con un tono que siempre ocultaba algo. Su casa era un laberinto de relojes y cortinas.

A veces, en las noches, cuando pasaba frente a su verja, creía ver una luz moviéndose detrás de los ventanales, como si alguien la siguiera.

La noticia de su muerte lo había sorprendido tanto como al resto, pero algo en su pecho se resistía a creer que fuera el final. Agatha había tenido esa clase de presencia que parecía eterna.

Esa noche, mientras cenaban, su madre rompió el silencio.

—Pobre señora Agatha —dijo sirviendo el estofado—. Siempre tan sola, y aun así tan elegante.

—Dicen que tenía familia —añadió su hermana, distraída—. Llegaron para el funeral.

—¿Familia? —preguntó Daven, deteniendo la cuchara—. Nunca habló de ellos.

—Yo tampoco sabía —respondió su madre con cierta tristeza—. Quizá quiso mantenerlos lejos. No todos nacen para convivir con los demás.

Daven no respondió.

Afuera, el viento soplaba desde el norte, trayendo un aire distinto, pesado. Esa sensación le acompañó durante toda la noche, como un murmullo en la mente. Y al amanecer, después de dar sus clases en la primaria, decidió que pasaría al castillo. No por curiosidad, sino por respeto.

El camino era largo y empinado. A medida que se alejaba del pueblo, el cielo se volvía más gris y el aire más húmedo. Las hojas crujían bajo sus zapatos, y un olor a tierra vieja y a madera podrida flotaba en el ambiente.

El bosque que rodeaba la propiedad parecía observarlo, y la neblina, que se alzaba en espirales suaves, le impedía distinguir dónde terminaba el camino y dónde comenzaban los árboles.

El portón apareció entre la bruma, alto y cubierto de hiedra. Las verjas de hierro retorcidas tenían un diseño tan antiguo que parecía vivo. Al apoyarse para empujar, escuchó el chirrido del metal y una sensación de frío recorrió su brazo.

El aire cambió al cruzar el umbral. Dentro del terreno, el viento cesó. El silencio era absoluto. Podía oír el sonido de su respiración y el eco de sus pasos sobre el empedrado húmedo. El castillo se erguía imponente, con sus torres ocultas entre la niebla.

Cada piedra, cada ventana, tenía la solemnidad de algo que había resistido siglos.

Tocó la puerta principal tres veces.

Un sonido hueco, profundo, respondió.

Esperó.

Entonces la puerta se abrió lentamente, sin que nadie pareciera haberla tocado.

Una mujer lo observaba desde el umbral. Alta, de cabello oscuro como tinta, y ojos que brillaban con una tristeza inexplicable. Su belleza no era de este tiempo; era antigua, fatigada, pero imposible de ignorar.

—¿Daven, verdad? —su voz tenía un tono suave, como el roce del agua sobre el mármol—. Te estábamos esperando.

Él parpadeó, sorprendido.

—¿Esperándome? Yo solo… vine a dejar mis condolencias.

Un movimiento en las sombras lo hizo girar. Otro de ellos apareció, un hombre de porte refinado, casi idéntico en altura y elegancia. Sonrió con un gesto breve, casi felino.

—Mi tía hablaba de ti —dijo con una voz grave, cargada de curiosidad—. Dijo que eras… especial.

El corazón de Daven se aceleró.

—Yo apenas la conocía.

El hombre sonrió de nuevo, inclinando la cabeza.

—A veces, lo poco que uno conoce es suficiente para quedarse grabado. Soy Nathaniel. Bienvenido a nuestro hogar.

Detrás de él, las escaleras se desplegaban hacia la penumbra, donde tres figuras más se mantenían inmóviles, observando. Todos compartían la misma serenidad, el mismo rostro inexpresivo.

El mayor de los hombres asintió con cortesía, sus gestos exactos, medidos, como si hubiera ensayado la calidez.

—Nos alegra tu visita —dijo—. Nuestra familia no recibe a muchos.

Daven sintió una presión en el pecho.

La atmósfera del lugar era densa, casi viscosa. La luz del atardecer se filtraba a través de vitrales polvorientos, tiñendo el suelo de tonos rojos y dorados.

La joven mujer se acercó un paso. Su sonrisa era la más humana de todas, pero sus ojos… sus ojos parecían doler.

—Soy Lucienne —dijo apenas—. Mi tía te recordaba con cariño. Gracias por venir.

El aire olía a cera y a flores muertas.

Daven asintió con un intento de cortesía.

—Yo… lo lamento mucho. Ella fue muy amable conmigo.

Nathaniel inclinó la cabeza, y por un instante, su mirada pareció recorrerlo con un interés que no supo interpretar.

—Entonces te quedarás un rato. Sería una ofensa que marcharas tan pronto.

La puerta, a sus espaldas, se cerró con un sonido seco.

El eco resonó como un suspiro antiguo que sellaba el destino.

Y Daven comprendió que no lo habían esperado por casualidad.

-2-

"Hay casas que no pertenecen al tiempo, sino a la memoria de lo que las habitó." — Agatha Loraine.

El comedor del Castillo de las Nieblas era una catedral en miniatura: techos abovedados, lámparas que parecían suspendidas del vacío y una mesa de roble tan larga que el fuego de las velas apenas lograba iluminar sus extremos.

Las paredes estaban cubiertas por retratos —rostros idénticos, tan antiguos como el polvo— y un reloj en la esquina marcaba las horas con un sonido hueco, irregular, como un corazón que late cuando ya no debería.

Daven se sentó donde le indicaron, sintiendo el peso de tantas miradas silenciosas sobre él. El aire era frío, aunque la chimenea ardía. El calor parecía quedarse atrapado en las llamas, sin atreverse a escapar.

Nathaniel ocupó el asiento frente a él. Tenía una elegancia inquietante: la espalda recta, las manos perfectas, los labios apenas curvados en una sonrisa que parecía conocer demasiados secretos.

A su derecha estaba Lucienne, la hermana, con los dedos entrelazados sobre el regazo, mirando el fuego con expresión ausente.

Del otro lado, el mayor —a quien todos llamaban Lord Adrien, aunque nunca lo hubiera pedido— cortaba la carne con una precisión ceremoniosa.

El más joven, de ojos más claros que el resto, apenas tocaba su plato, entretenido observando a Daven como quien estudia un mapa que aún no comprende.

—Es extraño volver a oír voces ajenas aquí —murmuró Lucienne de pronto, su voz dulce y lejana—. El castillo se acostumbra al silencio.

—Tal vez demasiado —respondió Adrien, sin alzar la mirada.

Nathaniel apoyó los codos en la mesa, sonriendo.

—El silencio puede ser un lujo… o un castigo.

Daven no supo qué responder, así que optó por sonreír con torpeza.

—Entonces supongo que traeré algo de ruido —dijo, intentando sonar ligero.

Nathaniel rió apenas, con un sonido que se perdió en el aire.

—Eso esperamos.

Por un momento, solo se escuchó el crepitar del fuego.

Luego Adrien habló, con la calma de quien mide cada palabra:

—Nos instalaremos aquí definitivamente. Ha sido… demasiado tiempo en tránsito.

Daven levantó la mirada.

—¿Van a quedarse?

—Sí —respondió el menor con un tono casi infantil—. Viajamos demasiado. Al fin un lugar que podemos llamar nuestro.

—¿Y… dónde estuvieron antes? —preguntó Daven, con sincera curiosidad.

Un silencio sutil cayó sobre la mesa. Nathaniel bajó la vista a su copa de vino y la giró lentamente entre los dedos, mientras Adrien lo observaba de reojo.

Lucienne fingió sonreír, pero su gesto se quebró al instante.

—Por todas partes —dijo Nathaniel al fin—. Algunos pueblos olvidados, ciudades antiguas… lugares que ya no existen.

—¿Y a qué se dedican? —insistió Daven, intentando sonar cortés.

Lucienne dejó escapar una risa apenas audible, que se desvaneció al instante. Adrien apoyó el cuchillo y el tenedor sobre el plato, mirándolo directamente.

—Nos dedicamos a vivir —respondió con voz grave—. A sobrevivir, cuando es necesario.

Daven sonrió, incómodo.

—Eso hacemos todos, supongo.

Nathaniel se inclinó un poco hacia adelante, sus ojos brillando a la luz de las velas.

—Y tú, Daven, ¿a qué te dedicas exactamente? Mi tía decía que eras… trabajador.

—Soy maestro —contestó—. Enseño en la primaria del pueblo, y en las tardes trabajo en el café del centro. No es mucho, pero… lo disfruto.

Lucienne lo miró con una ternura casi dolorosa.

—Debe ser hermoso enseñar. Estar cerca de los niños, verlos crecer.

—Lo es, aunque… a veces el pueblo se siente pequeño —dijo, girando la copa entre sus dedos—. Pero no me quejo. Mi madre y mi hermana están aquí, eso basta.

Nathaniel ladeó la cabeza, intrigado.

—¿Tu padre no vive con ustedes?

Daven se quedó quieto unos segundos. El fuego chispeó.

—No —dijo al fin—. Mi padre desapareció el día que nací. Nadie supo qué pasó con él. Algunos dicen que se fue, otros… que el bosque lo tomó.

Lucienne bajó la mirada. El más joven dejó su copa y observó a Daven con curiosidad contenida.

—El bosque —repitió, como probando el sabor de la palabra—. Siempre el bosque.

Adrien, que había permanecido en silencio, limpió su boca con la servilleta y habló con un tono grave, casi ritual.

—Los bosques aquí son antiguos. Antes de que el pueblo existiera, ya tenían dueño. Hay historias… rumores, si prefieres.

Daven lo miró, interesado.

—¿Rumores?

—Dicen —continuó Adrien, su voz descendiendo a un susurro— que el castillo no fue construido como una residencia, sino como un refugio.

Que las piedras que lo sostienen se trajeron de una abadía destruida, donde antiguas criaturas se escondían del sol. Y que quienes vivían aquí no eran del todo humanos.

Nathaniel giró lentamente la cabeza hacia él.

—Hermano —intervino con una sonrisa—, asustarás a nuestro invitado.

—No lo creo —replicó Adrien, sin perder el tono sereno—. Daven tiene un alma curiosa. Se nota en su mirada.

—Aun así —respondió Nathaniel, con voz baja—, quizá no todas las historias deberían contarse durante la cena.

Daven sonrió, incómodo pero intrigado.

—Interesante… aunque me parece curioso que conozcan tanto de la historia del pueblo. Pensé que eran recién llegados.

Adrien lo observó fijamente, sin parpadear.

—Estuve aquí —dijo despacio—. En espíritu, al menos.

El silencio que siguió fue absoluto. El fuego pareció apagarse un instante, o quizás solo fue la sombra de las palabras.

Lucienne cerró los ojos, el menor desvió la mirada. Solo Nathaniel rió, rompiendo la tensión como si la hubiera esperado.

—Mi hermano quiere decir que ama la historia —dijo, girando la copa en su mano—. Le gusta conocer los secretos de los lugares donde vivimos.

—Eso —corrigió Adrien, suavemente—. Los secretos.

Daven iba a preguntar algo más, quizá sobre su vida antes del castillo, pero un estruendo sacudió la casa. Las copas tintinearon, y la lámpara más cercana se apagó con un destello. Un sonido seco, metálico, resonó desde el exterior.

Lucienne se puso de pie de inmediato, su rostro pálido, casi transparente.

—¿Qué fue eso?

Nathaniel ya estaba junto a la ventana, corriendo las cortinas con un gesto lento. Su expresión cambió por un instante: sorpresa, luego una sonrisa ligera, forzada.

—Dos venados —dijo—. Han chocado contra las rejas.

—¿Dos? —repitió Daven, levantándose.

Adrien caminó hacia la puerta del salón con una calma sobrehumana.

—Sucede a veces —murmuró—. Los animales se desorientan cuando la niebla cae demasiado temprano.

Daven se acercó a la ventana.

Afuera, la bruma era tan espesa que apenas se distinguían las sombras. Pero las vio: dos cuerpos inmóviles junto a las verjas, el vapor de su aliento disipándose lentamente. Ningún ruido, ningún aleteo.

Nathaniel colocó una mano sobre su hombro.

—El bosque los confunde —susurró, demasiado cerca—. O tal vez… los llama.

Daven lo miró, y por un instante, creyó ver en sus ojos algo imposible: un brillo oscuro, como el reflejo de una llama antigua.

El reloj volvió a sonar, lento, profundo.

Adrien regresó, con la misma expresión tranquila.

—No hay nada que temer —dijo, aunque su voz no convencía a nadie—. El castillo simplemente recuerda.

Y mientras la noche se cerraba sobre ellos, Daven comprendió que la cena apenas había comenzado.

-3-

"Hay noches que parecen no pertenecerle al hombre, sino a lo que lo observa desde la oscuridad." — Diario de Agatha Loraine.

El silencio que siguió a la muerte de los venados se extendió como un perfume denso por el comedor. Las llamas de las velas titilaron, y durante un momento el aire pareció no moverse. Daven tragó saliva, mirando todavía por la ventana empañada; la niebla se había espesado tanto que ni siquiera podía distinguir la verja desde el interior.

El bosque era solo un murmullo gris detrás del vidrio.

—Debería marcharme —dijo, sin atreverse a girarse—. Ya es tarde… y mi madre se preocupará.

Las palabras parecieron caer con un peso inesperado. Lucienne levantó la cabeza lentamente, sus ojos brillando con una tristeza más honda que el miedo.

Adrien lo miró en silencio, los dedos entrelazados sobre la mesa como si reflexionara algo importante.

—¿Marcharte? —repitió con voz baja, tan serena que dolía—. No lo aconsejaría, Daven. La niebla es más traicionera de lo que parece. No es solo humedad… tiene un modo de torcer los caminos.

Daven giró hacia él, intentando sonreír.

—Conozco bien el camino, Lord Adrien. He subido y bajado esa colina desde niño.

—Conoces el camino —asintió Adrien—. Pero no esta noche. No cuando el bosque recuerda.

La forma en que lo dijo hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Había algo en su tono que no sonaba a superstición, sino a experiencia. A advertencia.

—¿Recuerda? —repitió Daven.

Adrien sostuvo su mirada, y por primera vez, la penumbra pareció vibrar entre ellos.

—El bosque fue testigo de demasiadas cosas, maestro Daven. No olvida lo que le pertenece.

Nathaniel rió suavemente, rompiendo el peso de las palabras.

—Mi hermano tiene una forma muy teatral de hablar —dijo, con una sonrisa que desarmaba y desarmaba a la vez—.

Pero tiene razón en algo: sería insensato aventurarse a pie. No hay estrellas, no hay luna, y el aire está tan espeso que los pájaros dejaron de cantar.

—Agradezco la preocupación, de verdad —respondió Daven, recogiendo su abrigo—. Pero estaré bien. No es tan lejos.

Lucienne se levantó despacio, su voz un susurro que parecía venir desde otra habitación.

—Si insistes en irte, al menos espera a que la niebla baje.

—No puedo —dijo él—. Mi madre enferma cuando no duermo en casa, y mi hermana tiene miedo de quedarse sola.

Nathaniel lo observó con atención, los ojos brillando con algo que parecía ternura, o curiosidad, o ambas.

Luego miró a Adrien, y sin que uno dijera palabra, algo pasó entre ellos: un acuerdo silencioso, casi ritual.

—Entonces te acompañaré —dijo Nathaniel, poniéndose de pie con elegancia—. No acepto réplicas.

Daven alzó una mano en protesta.

—No, no puedo molestarte.

—No es molestia —replicó, con una sonrisa en la que había un toque de juego—. Me vendrá bien respirar el aire del bosque. Además… debo conocer los alrededores de nuestro nuevo hogar.

Adrien lo observó durante un largo instante, sin expresión. Finalmente asintió con un leve gesto de cabeza.

—Ten cuidado —dijo, y su voz fue más grave que antes—. Mantente en el sendero, y si escuchas algo… no te detengas.

Daven frunció el ceño, intentando no dejar ver su inquietud.

—¿Qué podría escuchar?

Adrien lo miró con esa calma que parecía provenir de otro siglo.

—Esperemos no tener que averiguarlo.

Nathaniel rió otra vez, aunque esta vez el sonido se sintió distinto, forzado.

—No asustes a nuestro invitado. —Se volvió hacia Daven con un gesto de cortesía impecable—. ¿Listo?

Lucienne se acercó, colocando una mano suave sobre el brazo de Daven.

—Camina siempre al lado de él —dijo—. Y si la niebla te susurra, no respondas.

Él asintió sin saber bien por qué.

Salieron al vestíbulo, donde el aire era más frío, casi irrespirable. Las puertas del castillo se abrieron con un gemido profundo, y un torbellino de bruma se deslizó hacia adentro, cubriéndoles los pies.

El jardín se había transformado en una extensión de plata líquida: todo era neblina, sombra y silencio.

Nathaniel caminaba a su lado, sin parecer sentir el frío.

Ni siquiera llevaba abrigo. Su paso era ligero, seguro, y cada tanto giraba la cabeza hacia Daven con una sonrisa leve, como si disfrutara de algo invisible.

—Tu tía solía decir que el bosque es un espejo —comentó en voz baja mientras descendían por el sendero—. Que muestra lo que el alma teme.

—Mi tía decía muchas cosas extrañas —respondió Daven, intentando mantener el tono casual—. Pero era buena. Solo… misteriosa.

Nathaniel asintió.

—Los buenos siempre lo son. Lo malo rara vez se esconde.

El viento sopló entre los árboles, trayendo un murmullo distante. Daven creyó oír algo, un sonido leve, como si alguien los siguiera a cierta distancia.

Miró por encima del hombro, pero solo había niebla.

—¿Oíste eso? —preguntó.

Nathaniel sonrió sin girarse.

—No temas al bosque, maestro. Teme a lo que lleva dentro.

Daven lo miró, confundido.

—¿Qué significa eso?

—Nada —respondió, con un brillo en los ojos que no invitaba a seguir preguntando—. Solo me gusta hablar como mi hermano.

Siguieron caminando. La niebla parecía cerrar el camino detrás de ellos, como si el bosque los tragara con lentitud.

En un momento, Daven notó que el sendero se curvaba de una forma que no recordaba; los árboles parecían distintos, más altos, más juntos. Iba a decir algo cuando Nathaniel habló de nuevo, con voz suave:

—Tu madre debe ser una mujer fuerte. Criar sola a dos hijos en un pueblo tan… particular.

—Lo es —respondió Daven, mirando al frente—. A veces pienso que el pueblo la agota. Pero no se queja.

—Y tú —dijo Nathaniel, casi susurrando—, ¿no te agotas?

Daven sonrió débilmente.

—Supongo que sí, pero alguien tiene que quedarse.

—Tal vez —murmuró Nathaniel—. O tal vez el quedarse sea solo otra forma de perderse.

Por un instante, el silencio volvió a caer. Solo se oía el viento y el sonido húmedo de sus pasos sobre las hojas. Entonces, sin que él pudiera explicarlo, la niebla comenzó a disiparse, abriendo paso a la tenue luz del pueblo en la distancia.

Nathaniel se detuvo.

—Hasta aquí —dijo, con voz suave—. No querría que tu madre pensara que te sigo hasta la puerta.

Daven asintió, agradecido, aunque su corazón seguía acelerado sin razón clara.

—Gracias… por acompañarme.

—No fue un favor —respondió él, con una sonrisa casi triste—. Fue una oportunidad.

—¿De qué?

Nathaniel se inclinó apenas, sus ojos brillando con un fulgor imposible.

—De recordarte.

Daven iba a preguntar algo más, pero cuando alzó la vista, Nathaniel ya se había dado la vuelta, caminando de regreso hacia la niebla.

Su silueta se desdibujó con cada paso, hasta desaparecer por completo.

4-

“La noche respira en mi ventana. Escucho el eco de los que amé, sus pasos suaves en el polvo de los siglos. No temo a la muerte, temo a lo que se queda mirándome cuando cierro los ojos.”

—Último fragmento del diario de Agatha Loraine, fechado un día antes de su muerte.

Daven ajustó su bufanda y comenzó el camino de regreso. El aire estaba denso, cada paso sonaba húmedo, como si caminara sobre algo vivo. Las calles, que siempre conocía de memoria, parecían otras.

Las luces de las casas eran manchas lejanas, distorsionadas por la niebla.

El reloj del campanario dio las once.

Y el sonido, en lugar de guiarlo, lo desorientó.

A mitad del camino notó que el suelo estaba cubierto de hojas, aunque no había árboles cerca. Un olor agrio, metálico, lo hizo detenerse.

No había viento, pero las hojas se movían, agitadas como si respiraran.

Un murmullo recorrió el aire.

Una voz.

—Daven…

Se giró tan rápido que el corazón le dolió. No había nadie. Solo la niebla, estirándose en formas que parecían brazos.

Intentó reírse. Decirse que estaba cansado, que solo era el efecto del día largo y del vino extraño que le habían servido en la cena.

Pero algo en el aire lo seguía, un pulso, una presencia.

El camino a casa debía ser corto. Diez minutos a pie. Pero llevaba caminando mucho más.

Las calles se retorcían, doblando sobre sí mismas. Reconocía una esquina, luego otra, y otra más… pero todas llevaban al mismo punto: el portón oxidado del cementerio viejo.

Sus manos temblaban.

—No… no es posible… —susurró.

El reloj volvió a sonar.

Doce campanadas.

Pero esta vez, sonaron cerca.

Muy cerca.

Daven echó a correr. No pensó, solo corrió. Las sombras lo acompañaban, alargadas, girando con él.

El aire se espesaba más con cada paso, el corazón golpeándole el pecho con una violencia que dolía.

El sonido de algo arrastrándose lo siguió, no detrás, sino a su alrededor, como si el suelo murmurara su nombre.

El pueblo había desaparecido; solo quedaba un sendero y árboles que no recordaba haber visto nunca.

La luna apareció entre la neblina, y bajo su luz vio algo entre los árboles: una silueta quieta, alta, delgada.

Parecía esperarlo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Nathaniel? —llamó con voz rota.

La figura no respondió.

Solo giró el rostro, y en el instante en que la luna iluminó su perfil, Daven sintió que el aire le fue arrancado del pecho.

No era Nathaniel.

No era humano.

Intentó retroceder, pero el suelo cedió bajo sus pies. Las hojas lo tragaron, y el mundo se partió en un susurro agudo, como el grito de un animal.

El silencio cayó después, espeso, absoluto.

El viento volvió a moverse.

Solo quedó su bufanda, manchada de algo oscuro, colgando del ramal de un árbol.

A lo lejos, en la mansión, Nathaniel levantó la cabeza, como si escuchara un eco.

Una leve sonrisa curvó sus labios.

—Los sueños… lo han encontrado.