El cuarto vacío
La cafetería Midnight Brew siempre olía a café tostado, madera húmeda y un poco de melancolía. Quizá porque Yesung pasaba más horas allí que en cualquier otro lugar. A sus 26 años, mantenía el negocio a flote con una disciplina casi obsesiva; era la única estructura que le quedaba para no desmoronarse.
El resto de su vida estaba dedicada a Young Ah.
Young Ah…
La joven que antes reía con chispas en los ojos ahora apenas podía sostenerse en pie algunos días. Su adicción no era un secreto entre las paredes del pequeño departamento que compartían, pero Yesung se aferraba a ella como si perderla significara morir él también.
A veces, cuando la encontraba derrumbada en el suelo del baño, él recordaba ese día.
El día en que los gritos de su hermana no alcanzaron para salvar a su novio.
Había cosas que simplemente se quedaban grabadas para siempre.
Una tarde gris, el teléfono vibró en la mesa de la cafetería. Yesung lo tomó sin mucho interés hasta que vio el nombre:
Siwon.
Su mejor amigo desde la universidad. El único que seguía llamándolo aunque las respuestas fueran cortas y los encuentros, casi inexistentes.
—¿Hyung? —se escuchó la voz cálida al otro lado—. Estoy en Busan. Necesito un sitio donde quedarme unos días… o semanas.
Yesung levantó la vista hacia el ventanal empañado. Afuera llovía. Adentro, Mi Rae, la chica de la mesa 4, lo miraba de reojo con ese aire dulce que él fingía no notar.
—El cuarto de mi mamá sigue vacío —respondió.
—Perfecto. Voy camino allá.
Cuando Siwon llegó al edificio, la lluvia ya se había convertido en un aguacero. Yesung lo recibió con una toalla en mano y una sonrisa cansada.
—Sigues flacucho —bromeó Siwon, dejándose abrazar.
—Y tú sigues hablando demasiado.
Entraron al departamento. El pasillo olía a humedad y a desinfectante barato. No era el hogar ideal, pero para Siwon era suficiente… hasta que escuchó un ruido.
Un frasco cayó en algún punto al fondo del pasillo.
Yesung cerró los ojos un segundo, como reuniendo paciencia.
—Es Young Ah —dijo en voz baja—. Ten… días complicados.
Siwon asintió, serio. Sabía la historia. La conocía desde el día en que Yesung llegó a la universidad con las manos temblorosas, diciendo que su hermana “ya no era la misma”.
—¿Puedo saludarla? —preguntó Siwon.
—Solo… no esperes mucho —suspiró Yesung.
Llamaron a la puerta del cuarto.
Nada.
Cuando Yesung la abrió, Young Ah estaba sentada en el piso, la cabeza apoyada contra la cama, los ojos rojos pero no por haber llorado, sino por el efecto de lo que sea que Zhan Wang le hubiera vendido esa tarde.
Aun así, cuando levantó la mirada…
Había belleza en ella.
Una belleza rota, peligrosa, casi fúnebre.
Siwon se quedó helado.
—Hola, soy Siwon —dijo, suave.
—No me hables como si fuera una niña —murmuró ella, apartando la mirada—. No necesito más salvadores.
Yesung respiró hondo.
Siwon entendió al instante que no era un visitante más.
Young Ah estaba en el borde.
—Solo quería presentarme —añadió él, sin ofenderse—. Y avisarte que usaré el cuarto de al lado. No haré ruido. Lo prometo.
Ella entrecerró los ojos, analizando su rostro.
Su forma correcta de hablar…
Su presencia limpia, casi luminosa.
Le molestaba.
Le intrigaba.
—Haz lo que quieras —murmuró al final.
Esa noche, mientras Yesung preparaba té para su hermana y Mi Rae observaba la puerta de la cafetería desde la calle, preguntándose si debía entrar a despedirse, Siwon desempacaba en el cuarto vacío.
Y mientras colocaba su laptop sobre el escritorio, no podía dejar de pensar en los ojos rotos de Young Ah.
Había visto dolor antes.
Había visto pérdida.
Pero lo de ella era distinto.
Era como mirar a alguien que se estaba ahogando…
y que aun así, seguía luchando por respirar.
Siwon cerró los ojos un momento.
Tal vez Busan iba a cambiarle la vida más de lo que esperaba.