Capítulo 1
Confianza. Esa sensación de seguridad absoluta que te permite dormir tranquila por las noches, sabiendo que las decisiones que estás por tomar te conducirán a la felicidad.
Una sensación de la que Scarlett carece por completo esta mañana.
Después de no conseguir conciliar el sueño en toda la noche, Scarlett terminó por rendirse. Se incorporó con el cuerpo pesado, como si cada músculo cargara el eco de sus pensamientos, y apartó de su rostro un mechón de su cabello rojizo y ondulado, enredado por tantas horas de insomnio. Caminó hacia el balcón en busca de un poco de aire. Al abrir la puerta corrediza, una ráfaga fría de madrugada le rozó la piel, erizando las pequeñas pecas que se extendían sobre sus hombros y obligándola a rodearse el torso con los brazos en un intento instintivo de conservar algo de calor.
La ciudad aún dormía. Las calles, vacías y silenciosas, daban la impresión de estar suspendidas en un tiempo ajeno, mientras el cielo comenzaba a teñirse con los primeros indicios del amanecer: un matiz tenue entre azul profundo y naranja que apenas despuntaba en el horizonte. Scarlett levantó la mirada hacia las pocas estrellas que aún resistían la llegada del día y, por un instante, se preguntó cuántas personas más habrían pasado la noche en vela, luchando contra sus propios fantasmas.
Sin poder evitarlo, una sonrisa triste se dibujó en sus labios cuando el recuerdo de aquellas llamadas de madrugada que Ethan solía hacerle irrumpió en su memoria—susurros torpes, risas ahogadas y la promesa tácita de que, al menos en ese momento, ninguno de los dos estaba solo.
La promesa de que, al otro lado del teléfono, unos ojos café oscuro se achinaban al sonreír, recordándole que todavía existía un lugar donde sentirse a salvo. Aunque, en el fondo, la Scarlett de hace tres años sabía que no tenía idea de lo que se ocultaba detrás de aquella fachada de chico despreocupado.
Si bien Scarlett y Ethan se habían conocido desde niños, nunca llegaron a ser verdaderamente cercanos. La joven había pasado gran parte de su infancia y adolescencia interesada en él. Lo había conocido cuando ambos tenían cinco años, pues sus madres eran amigas. Ethan, de pequeño, solía ser tímido hasta el extremo, y los demás niños no tardaban en burlarse de él. Aun así, la niña de cabello rojizo siempre había sido amable con él.
Scarlett recuerda que se entretenía haciéndole preguntas infantiles, mal formuladas y cargadas de la lógica torcida de la niñez. Como aquella vez en que le preguntó:“¿Haces telepaticación y por eso casi no hablas?”o cuando, con absoluta seriedad, quiso saber:“¿Solo me hablas a mí porque los dos tenemos pecas y somos especies iguales?”.
A los once años conocian los apellidos del otro, su fecha de cumpleaños, el nombre de sus padres y el camino más corto hacia sus respectivas casas desde el parque del vecindario, pero jamás hablaron de temas mas serios, como el monstruo que se escondía debajo de sus camas, la ausencia del padre de Scarlett en su graduación de primaria, o la razón por la cual Ethan desaparecía de las aulas por semanas.
A los quince años compartian salon de clases pero no intercambiaban mas que miradas. Scarlett notó cómo el joven comenzaba a distanciarse cada vez más, no solo de ella, sino también del resto del mundo.
Solía observarlo en clases, intentando descifrar qué pasaba por aquella mente capaz de hablar con total naturalidad y, aun así, no revelar jamás nada personal. Ese joven que podía estar y no estar al mismo tiempo, como si su presencia fuera apenas una sombra que se desvanecía cuando alguien intentaba acercarse demasiado.
Intentar descifrar a Ethan siempre había sido uno de los pasatiempos favoritos de Scarlett. De alguna manera, él lograba distraerla de su propio caos interior; incluso llegaba a pensar que aquel misterio que lo rodeaba era un remedio más efectivo para su ansiedad que cualquier fármaco.
Sin embargo, después de su graduación del colegio, Scarlett se había visto privada de aquel antídoto durante casi cinco años. Ethan se había mudado a otra ciudad y, con su partida, se llevó también esa calma extraña que ella apenas empezaba a comprender. No volvió a saber de él, salvo por algún rumor perdido, hasta que el destino —caprichoso como siempre— decidió que sus caminos debían cruzarse de nuevo.
Y fue a raíz de ese reencuentro que comenzó a desarrollarse la cadena de acontecimientos que terminaron llevando a Scarlett hasta aquella mañana de insomnio, en la habitación de un hotel, preparándose para lo que se suponía debía ser el día más feliz de su vida. O al menos, eso le habían hecho creer los cuentos de hadas con los que creció.
El sonido de los vehículos pitando arrancó a Scarlett de sus pensamientos y la devolvió al presente. El sol ya había ascendido por completo y la calle comenzaba a llenarse de movimiento. Scarlett regresó a la habitación y se detuvo frente al espejo de cuerpo completo que colgaba junto al ropero.
No tenía idea de cómo lograría desprenderse de aquel aspecto demacrado. Sus ojos estaban hinchados, surcados por unas profundas ojeras que parecían mancharle el rostro como sombras persistentes. Su cabello, rojizo y ondulado por naturaleza, lucía grasoso y enredado tras días sin ver un peine ni agua. Y sabía, con una mezcla de resignación y vergüenza, que le tomaría bastante tiempo depilar cada rincón de su cuerpo para cumplir con las expectativas del “gran día”.
—Deberías estar feliz, te vas a casar —se dijo a sí misma, obligándose a sostenerse la mirada—. ¿Por qué no sonríes? ¿Dónde están las mariposas?
Intentó esbozar una sonrisa, pero lo único que consiguió fue una mueca extraña, rota, ajena a cualquier emoción real. Con un suspiro vencido, dejó caer su peso sobre la cama una vez más, mientras un pensamiento insistente, casi desesperado, le atravesaba la mente.
¿Qué estás haciendo, Scarlett?