Capítulo 1. Alemania - España
Ya son casi las diez de la noche. Paso firme, y una bufanda blanquinegra al cuello. Klaus se despide de un vecino con el que se paró camino de casa de Germán, siempre dispuesto a pararse, a ser amable, atento a cualquier observación de sus vecinos, y así, muchas veces se le hacía tarde. Pero siempre con esa sonrisa, más aún cuando bromean con su Alemania, tan lejana, pero que se percibe en esos ojos claros, su porte, por encima del promedio en esta aldea asturiana, y su sutil acento, casi imperceptible después de tanto tiempo, pero que se resiste a desparecer del todo. Justo llegando a la puerta de su viejo amigo Germán, hijo de Marcela, la maestra de todo un pueblo allá por los tiempos de la post-guerra, se topa con Ulpiano, y como no, haciendo referencia a la imagen llamativa, en la noche inminente del 21 de junio, de Klaus, con su bufanda de Alemania al cuello.
—Qué, ¿hace frío, eh? Parece mentira que lleves aquí tanto tiempo, total, si vais a perder. — Le decía con sutil sorna Ulpiano.
— Ya veremos, ¿lo vas a ver? — replicó Klaus.
— Si me deja la parienta, al menos hasta que marquéis, luego lo quito — afirmaba de vuelta su vecino, mientras se alejaba.
Nuestro protagonista entra por la portilla, saluda acariciando la cabeza al perro de la familia vecina, Milo, y entra por la puerta saludando primero a Eloísa, y luego a Germán, su marido, que salía del baño y le apremiaba a entrar en la salita y ponerse a ver ya el partido.
— Venga, que ya empieza, y quita esa bufanda, que no os va a servir — le dijo el hombre.
— ¿Preparado Nico? Ya verás cómo se juega al fútbol, y como se nota que hay clases, y clases. — le dice con leve sonrisa Klaus al primogénito de su amigo.
— Bueno, bueno, si os ganamos, me enseñas como se dice en alemán “sois muy malos” — le dijo con burla el pequeño.
El partido lo vivieron los tres, con algo de cena preparada por Eloísa, y no pudo resultar menos conflictivo el resultado. Empate, y todos contentos. Fue entonces, cuando al terminar, casi a la media noche, surgió una conversación casual, o no, entre los dos adultos. Solo fueron 5 minutos, pero significativos.
— ¿Qué, no sientes nostalgia? — le soltó esbozando una pequeña sonrisa Germán al invitado.
Y éste respondió tranquilo — no, son muchos años ya, y además el país es tan diferente, parece otro.
— Es que cambiaron mucho las cosas, ¿cómo era el mundial de aquella? Mira ahora, equipos de todos los lados. El otro día jugasteis contra Bolivia — reflexionaba el anfitrión.
— ¿Qué me vas a decir? Son como dos mundos diferentes. Y eso que conocí gente que se fue para allá. Pero nada que ver — argumentaba Klaus con semblante seguro.
Entonces ahí le incidió más su amigo — Bueno, ahora en estos tiempos, parece que nos vamos mezclando más —
— Pero eso es porque la gente viaja más, por trabajo, necesidad, pero vamos, no se puede comparar — replicó Klaus, con gesto más firme y seguro. Ante lo que su vecino intentó indagar más. — ¿A nivel cultural, dices? — preguntó mientras se incorporaba en su asiento.
Después de una sutil sonrisa, y un par de segundos, contestó — En todo, no todos desarrollamos igual, es como los animales, son diferentes, unos más inteligentes, otros más capaces, otros no tanto—.
Asiente levemente Germán, cuando cae en la cuenta — meca, me acordé ahora, que mi hijo, bueno, el mayor, Pablo, era muy amigo de Dani, creo que se llamaba. El hijo de Amelia y Oscar, los que vinieron de México. Que luego marcharon como de golpe, de un día para otro —. Mientras Klaus lo mira recostado sobre su sillón.
— Sí, hombre, haz unos años ya — afirmó Klaus con rotundidad. Y ante esto, su amigo siguió recordando — Me suena que además fue, eso, como de repente. No me acuerdo tanto, porque yo era cuando estaba en la mina antes de prejubilarme, pero llamó la atención de aquella—. Klaus escuchaba mirando fijamente la mesita delante de la tv.
Y, entonces, irrumpe en la habitación Eloísa, para ofrecer a Klaus si quiere tomar algo más. Y este responde que ya se marcha, que ya son horas.
No sin antes Eloísa intervenir en la conversación. — ¿Oscar y Amelia? Sí, fue raro aquello, parecía que se quedaban, pero marcharon de un día para otro, y el hijo hacia buenas migas con el nuestro mayor. Yo digo, que igual vieron que no encajaban y echaban de menos aquello—. Mientras Klaus iba saliendo de la casa, acompañado por el matrimonio, afirmó relajado — Seguro, esto no era lo suyo—. Y se despidió de ambos, y de su perro, bufanda en mano, y camino de vuelta a su casa, pero rumiando algo en su cabeza, tras la conversación final con sus vecinos, y el recuerdo de aquellos que llegaron de México hace 10 años para quedarse, y se marcharon de golpe sin dar casi explicaciones.
Un par de noches después, casi a medianoche, Klaus está casi medio dormido en el sillón de su casa, cuando es avisado por Aurora, su esposa, de que ya llega la hora. — Venga, levanta, que son casi las 12 —. Mientras le tocaba tres veces el hombro. Klaus la acompañó a la cocina. Ella le dijo — Mira, ya tengo los papelinos preparados para quemar—. A la vez que habría la cocina de carbón para meterlos dentro y quemarlos.
Era la noche del 23 de junio, San Juan. La noche de las hogueras. Y allí estaban los dos, delante de esa vieja cocina de carbón, llevando a cabo su ya habitual hoguera casera. En su intimidad, con Klaus reculando para sentarse en su rincón de la mesa donde come, mientras su esposa deposita los papeles en la cocina para que ardan en la brasa. Más que por superstición, lo hacían por costumbre, por sentir que formaban parte de ese día, sentir que dejaban cosas atrás.
Y mientras lo hacía, Klaus habló para romper ese ceremonial silencio, mientras observaba de reojo el reloj de la pared marcando las 00:00 del 24 de junio. — ¿Te acuerdas de Amelia y Oscar? —. Provocando que Aurora se girase ligeramente frunciendo algo el ceño, mientras ardían los papelinos. Y le contestó — claro, me acordé el otro día, por ejemplo, que estaban poniendo por la televisión algo de unas inundaciones por allí, por un país de esos, y me acordé. ¿Por qué te acuerdas ahora? — Y el marido con la mirada fija en el brillo incandescente de las brasas replicó — Se acordó el día del partido Germán, y hablábamos de no encajaban mucho, por eso marcharon —. A lo que su mujer añadió un punto interesante, que quizás Klaus no recordaba. — Y lo otro, lo del brazo—. Klaus siguió en silencio, y Aurora, mientras terminaba de tapar el hueco de la cocina de carbón para que no saliese ya más calor, se le acercó y le dijo bajando algo la voz, como si fuese un tema más extraño y del que nunca se habló mucho en el pueblo — Lo del brazo, que cuando marcharon casi a la carrera parecía, él tenía el brazo derecho, creo que era, envuelto como en una venda, desde la muñeca al codo, y es más, se le veía un poco de la mano, como así, como cuando te quemas, ¿no te acuerdas? Si fue aquí en casa —. Le comentó mientras su marido ponía gesto cariacontecido casi como si no lo recordase.
Entonces Aurora, volviendo a subir el tono, le dejó en la cocina diciendo que tenía una revista pendiente de leer en el salón, y le dejó en la cocina, mientras él le dijo que en seguida iría para la cama.
Pero estuvo unos minutos más en la cocina, pensativo. Poniéndose a pensar en aquellos visitantes que llegaron al pueblo hacía una década, para quedarse, y que, en cambio, acabaron marchando de vuelta para México en un abrir y cerrar de ojos.
Y no fue por casualidad.