I
La muerte del protagonista.
Samuel abrió los ojos y estaba ahí, parado en mitad de la calle. Había nacido en ese momento, con los recuerdos de una infancia que nunca tuvo y con sueños que no se cumplirían. Se arregló la corbata y se preguntó de quién era la voz que escuchaba, la misma voz que dijo que ese mismo día Samuel iba a morir.
—¿Qué? —exclamó preocupado—. ¿Cómo es eso de que voy a morir? ¿Y por qué la voz que escucho describe todo lo que está pasando conmigo?
Como se puede apreciar, Samuel no entendía bien las reglas de este mundo y, lamentablemente, yo no se las podía explicar… ¿y si mejor hablo en presente? Yo no se las puedo explicar. Es un joven con mucho ímpetu y quizá por eso es uno de mis favoritos. Existen muchos motivos por los cuales no le puedo explicar las reglas, pero no es algo que interese ahora. Sea como sea, su muerte se aproxima y él no puede hacer nada.
—¿¡CÓMO QUE NO PUEDO HACER NADA!? —Se pone a correr por la calle, en dirección a una puerta que hay cerca de él. Reconoce esa puerta: es del edificio en el que se junta con los demás a almorzar; los puede encontrar ahí. Al entrar, continúa corriendo a través del pasillo por el que recuerda que siempre camina con sus amigos a la hora de comer.
—Deben estar comiendo; quizá me llamen loco, pero debo decirles lo que me ocurre —piensa, mientras siente el miedo de que la voz esté diciendo la verdad.
—Cállate, mierda —le grita a la voz, sin saber que la dichosa y hermosa persona que escucha no está hablando, solo está escribiendo. Eso último lo deja con más dudas; sin embargo, ya llega a la puerta del comedor y la atraviesa, esperando encontrar a sus fieles amigos.
El comedor es amplio y hay muchas personas comiendo. Empieza a buscar con suma prisa la mesa de sus amigos. En cada mesa hay personas que le parecen familiares y lo saludan a medida que avanza. Nadie dice su nombre, pero Samuel tampoco recuerda el de ellos.
—¡Samuel, por aquí! —su mejor amigo lo llama desde una mesa, y Samuel le sonríe mientras corre a buscarlo.
—Por fin los encuentro… creo que me estoy volviendo loco —jadea por el cansancio. —Respira hondo y cuéntanos qué te ocurre —dice la chica de la que él está enamorado.
—Gracias por tu preocupación —responde con una sonrisa que solo ella puede sacarle en un momento así—. Estoy escuchando voces… no se alarmen, sé que sueno como un loco. Hoy venía caminando por la calle y, de pronto, escuché una voz. Dijo que nací en ese momento y que todos mis recuerdos son falsos. —La impotencia domina a Samuel y empieza a ahogarse mientras habla.
—¡TE DIJE QUE TE CALLES, MIERDA! —Me grito y todos en el comedor miran a Samuel; incluso el más psicópata se preocupa por él.
Pobre Samuel, el destino a veces es cruel y, al parecer, él no entiende que yo no estoy hablando, solo estoy escribiendo.
—Samuel —dice la chica—, esa voz que escuchas, todos la escuchamos.
—¿Qué? ¿Y no les parece raro?
—No lo es —dice un hombre que Samuel recuerda como su padre—. Es el autor o narrador, como prefieras llamarlo.
—¿Autor? ¿¡De qué me hablas!?
—Es el hombre que te hizo nacer, Samuel, y esta vez eligió que nacieras en mitad de la calle. Por alguna razón quiere que nosotros podamos escucharlo. Este es su mundo, y él lo controla —explica la mujer que él reconoce como su madre, y que más de una vez lo será.
—No… no puede ser cierto. Se están burlando de mí —Una lágrima corre por su rostro al darse cuenta de que está perdido.
—¿Perdido? ¿A qué se refiere el autor? —pregunta el psicópata desde otra mesa, que, pese a ver poco a Samuel, se preocupa por él… porque es algo obsesivo.
Samuel no puede hablar, tiene la garganta tomada. Su mejor amigo lo consuela junto a la chica, que está igual de enamorada que él. Es lamentable: aún no saben que Samuel morirá hoy. Bueno… ahora sí lo saben.
—¿¡Morir!? —gritan el amigo y la chica, preocupados.
—Así que ese es el destino que eligió para ti —dice el psicópata mientras se acerca a Samuel—, y el autor tiene cara de llamarme a mí «psicópata» cuando es él quien está matando a su protagonista.
Samuel vuelve en sí finalmente y, mientras estuvo fuera, procesa toda la información que escucha de todos.
—No quiero morir —les dice a los presentes.
—Y no permitiremos que mueras —responden todos.
—Tengo un plan —dice el psicópata—. Reúno a todos en círculo y empezamos a hablar en voz baja, como si yo no escuchara lo que va a suceder. Pero les doy su oportunidad, porque, a pesar de que yo soy el autor, ellos tienen algo que nunca quebrantaré: su personalidad. Se las di en un momento y no pienso, por nada del mundo, cambiarlas. Entonces me entretengo viendo qué planean y qué cosas harán.
El plan debe seguir en marcha y Samuel morirá el día de hoy.
—Lector —grita el psicópata—: deja de leer. Si tú dejas de leer, Samuel no morirá.
El psicópata es alguien muy astuto pero algo torpe; su plan es simple, pero tiene una falla: lo único que mantiene a Samuel vivo es que tú estés leyendo esto. Si dejas de leer, él deja de vivir, y todos los que están con él, porque eso es lo único que los mantiene con vida. Por ende, si terminas la lectura, todos morirán, incluido Samuel. Debes seguir leyendo para que solo uno muera y los demás tengan un final. Dejar un cuento a medias mata a todos los personajes sin que consigan nada; además, quién sabe, puede que su muerte sea digna.
—Autor, eres un imbécil. Es obvio que me subestimaste —dice alguien—. Si te fijas, Samuel, la chica y su amigo ya no están aquí.
Y por eso digo que me encantan mis personajes: ni yo espero que hagan esas jugadas. Ahora tendré que buscar a Samuel por los rincones de este mundo. Por suerte no he creado más que este edificio y unas calles, así que iremos habitación por habitación y luego, ¡zas! La muerte. Por cierto, lector, no puedo hablar con ellos directamente y te tengo a ti como un buen intermediario; te necesitamos aquí para que esta historia continúe.
—Hey, no te vayas aún de esta habitación —exclaman los padres—. Te detendremos todo lo que podamos para que él se vaya lejos.
El amor de la familia es algo increíble; creo que aún no entienden que están solo en este edificio. Por cierto, lector, debo decir que este par de padres son algo sin igual. ¿Por cierto, dónde están sus gemelas? Seguramente están ayudando a Samuel por ahí también.
Me voy de la habitación y sus padres, junto al psicópata, se quedan gritándome algo, pero ya no tengo tiempo de observarlos. Ya es tarde y debo matar a un protagonista; no están en el pasillo exterior. Lector, te seré honesto: si quieres dejar de leer aquí, Samuel sobreviviría y todos también, pero no soy un psicópata —es necesario que él muera—. No soy un mal padre... o eso creo; debo darle una lección, y créeme, hay personajes que mueren y… mira, ahí está el amigo.
—Déjalo en paz —está gritando en el pasillo. No me puede ver, pero seguramente me escucha mientras te hablo, lector. Sería bueno que me dijera dónde está Samuel, pero es tan fiel que es capaz de entregarme su vida a cambio de que salve a Samuel. Eso, sin embargo, no está en discusión: mi amado hijo morirá —y me refiero al protagonista—.
—Te odio tanto… ¿por qué quieres matarlo?
Qué obstinados son. Yo sé que ellos saben que tú sabes y que yo sé que no puedo hablarles directamente, y aun así me obligan a seguir escribiendo y escribiendo. ¡Quieren que pierda mi tiempo! Qué inteligente es mi pequeño mejor amigo. Si te das cuenta, lector, el único que tiene nombre es Samuel. Despídete del mejor amigo: ya no lo volveremos a ver… creo, a menos que me sorprenda. Siempre lo hace.
Pasamos a la habitación del gimnasio en el segundo piso. Reviso los pasillos rápidamente y no lo veo por ningún lado. Creo que veo a una de las gemelas, pero no hay tiempo para hablar con ella. Además, es la gemela sarcástica: es alguien muy mala conmigo. Ni yo me atrevo a tanto, y eso que este es mi mundo.
En el gimnasio están los mafiosos: los yakuza, los pandilleros, los italianos… todos con sus jefes.
—Ya nos contaron que quieren matar al protagonista —dice el jefe de la yakuza, mirando al cielo como si yo estuviera ahí. En realidad, estoy en todos lados, así que, de cierta forma, está en lo correcto.
—¡Ya escucharon! —gritan los pandilleros—. Si está en todos lados, disparen y acuchillan a todos lados.
Todos en el gimnasio empiezan a golpear y disparar al aire. Algunas katanas se desenvainan y también cortan el aire. Mientras tanto, yo me voy de esa habitación, pero ellos se quedan disparando, creyendo que me hacen daño. Es interesante ver a los mafiosos; me sorprenden cada día más.
Bueno, ya no queda mucho por revisar. En la piscina están las gemelas. Ya las entiendo: ellas aceptan el destino junto a los demás que las acompañan. Qué ganas de poder hablar más de todos ellos, pero realmente ya es bastante tarde y, bueno… llegó el momento.
Lector, este es el último piso. Detrás de esta puerta hay una oficina con grandes ventanas. Me gusta esta oficina; si me preguntas, la puse porque sí. Al entrar vemos a Samuel y a la chica enamorada. Se están abrazando, y ella lo está besando. Quién sabe cuánto hablaron mientras yo lo buscaba… pero qué bueno que terminaron besándose, aunque yo no esperaba que eso sucediera. Realmente pensaba matarlo sin que eso suceda.
Samuel mira al cielo, porque por alguna razón todos creen que estoy ahí, y no aquí, en la puerta, se que dije que estoy en todos lados pero no puedo mirar a todos lados solo soy un escritor. Ahora ambos miran la puerta: él y la chica. Él toma un jetpack que está colgado y decide seguir escapando. Abre el gran ventanal y se va volando mientras la chica se despide con un beso. Pero recuerda, lector: yo solo dije que he hecho este edificio y unas calles; no hay dónde más escapar, y él lo sabe.
El edificio comienza a temblar al mismo tiempo que Samuel escucha una explosión. Al parecer, los mafiosos colocaron bombas para destruirme. Una de esas bombas debilita el piso donde está la chica. El suelo empieza a quebrarse y todos comienzan a salir del edificio… excepto ella, que no tiene forma de escapar porque la puerta está bloqueada y la ventana da a una muerte segura.
Samuel entiende todo y me dice:
—Hijo de puta.
No lo culpo; yo diría lo mismo en su lugar. Vuela de regreso con el jetpack y besa por última vez a la muchacha. Le coloca el jetpack a ella y le da instrucciones para que aterrice.
—No se detendrá hasta que muera. Me hubiese gustado disfrutar más —la empuja por la ventana, obligando a activar el jetpack que solo soporta peso para uno. Antes de que preguntes por qué no se la llevó volando: el suelo se rompió y Samuel empieza a caer; al mismo tiempo, otros escombros caen sobre él. Cae dos pisos, pero un gran pedazo del edificio lo aplasta desde las costillas hasta las piernas.
—¿Por qué tenías que matarme?
Pero, lector, yo no puedo hacer nada para detener esta muerte. Si no muere así, morirá de un paro cardíaco mientras duerme; así funciona la vida: se acaba en algún momento. Te digo esto para que Samuel lo pueda escuchar mientras aún le quedan energías. Él volverá a nacer en algún momento y los demás lo volverán a acompañar, en historias distintas, y en cada una aprenderá algo. En esta aprende que la vida hay que disfrutarla aunque sepas que vas a morir; en las demás irá aplicando lo aprendido. Samuel, al parecer, entiende lo que este pésimo padre quiso enseñarle, y el muy obstinado sonríe antes de morir. Por eso lo amo; siempre luchó por su libertad.