El Guardián del sol y la joven duquesa

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Summary

Fioretta de Serentia ha vivido una vida protegida entre jardines de lirios y salones de mármol, lejos de las intrigas de la corte imperial. Pero todo cambia cuando el emperador anuncia que ha sido prometida al príncipe heredero de Nur-Sahir, un hombre envuelto en rumores de temperamento feroz, noches pecaminosas y una inteligencia tan afilada como una serpiente del desierto. Aterrada por un futuro impuesto, Fioretta encuentra consuelo en su único refugio: un amigo anónimo con quien se escribe en secreto desde hace meses. Sus palabras son suaves, cálidas y curiosamente familiares, como si él comprendiera su alma mejor que nadie. Lo que ella no sabe es que su confidente es el mismo príncipe que teme... y que él ya ha empezado a enamorarse de la joven que, sin siquiera conocer su nombre, desafía su carácter y despierta algo que creía muerto. Entre la pureza de los lirios y el ardor del desierto, dos destinos se entrelazan antes de que sus rostro salgan a la luz. Cuando la verdad se revele, ¿podrá el amor que nació entre palabras sobrevivir a las sombras que rodean al heredero... y al miedo que Fioretta siente por él?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Lirios, Sombras y Alas

Fioretta era una joven dama de la corte Osthadria, hija del duque de Serencia, un hombre cuya vasta fortuna y amplio poder lo convertían en una de las figuras más influyentes del imperio. A pesar de la grandeza que lo rodeaba, su reputación no se sostenía en riquezas ni alianzas estratégicas, sino en su carácter intachable.

Era un padre dedicado, un hombre que jamás había manchado su nombre con amoríos pasajeros ni escándalos, algo poco común en un entorno donde los enredos eran casi una moneda de cambio. Por ello, muchos lo consideraban un ejemplo de honor y rectitud, y Fioretta había crecido bajo esa misma luz, rodeada de respeto… y de expectativas que parecían demasiado pesadas incluso para ella, lo cual hacía que la joven duquesa, por momentos, sintiera atrapada.

A sus dulce dieciséis años, Fioretta había aprendido lo que la mayoría de las joven de su estatus aprendían, como mantener la espalda recta, una sonrisa impecable, una mirada medida y unos modales irreprochables. Sin embargo ella también había aprendido algunas artes que para un dama como ella eran casi prohibidas: economía, filosofía, matemáticas e incluso anatomía. Todo por que su padre no deseaba que su pequeño lirio enfrentará la crueldad de la corta sin armas

Sin embargo un miedo latente se encondia detrás de las grandes paredes de mármol, uno que poco a poco iba carcomiendo a la joven duquesa, se preguntarán cual es, pues era... su linaje, o mejor dicho el linaje de su adorada madre Geneviève la anterior "condesa de Chăteaunoire" o mejor conocido como la antigua princesa de Lysverne, un reino que cayó a manos del imperio Osthadria del cual procedía su padre, apesar de todo sus progenitores poseían un amor envidiado en la corte puesto que fue uno de los casos en donde un matrimonio político se llenó de amor un sincero y verdadero.

Esta tarde debía presentarme en el jardín de lirios para ver a mi adorada madre. Sentía un leve temblor en el pecho, pues ella me había mandado a llamar a través de un sirviente, algo que solo hacía cuando se trataba de asuntos verdaderamente serios. Cerré con cuidado la gran puerta de abedul a mis espaldas y avancé hacia el inmenso jardín que se extendía ante mí. Suspiré hondo mientras caminaba con paso firme, admirando cada árbol frutal, cada flor y cada arbusto colorido. Sin embargo, eran los lirios —esas flores que invadían el paisaje como una marea plateada— los que me indicaban que ya estaba cerca de mi madre.

Antes de continuar, decidí detenerme en el pequeño puente que separaba el jardín del campo de lirios. Desde allí, me tomé un momento para observar mi reflejo en el agua calma. Mi largo cabello plateado caía en espirales por mi espalda, un rasgo heredado de mi madre y una característica emblemática de la antigua familia real de Lysverne. Mis ojos almendrados, de un profundo tono esmeralda, eran el orgullo de mi padre, quien veía en ellos no solo su herencia, sino también su carácter.

Dejé escapar un suspiro agobiado y levanté la mirada hacia la gran mansión que se alzaba a varios metros de distancia. Era imponente y magnífica, un símbolo del linaje de los duques de Serencia. Cada uno de ellos había habitado esos mismos pasillos y dejado su huella en los tapices que aún colgaban en las paredes, cargados de historias y recuerdos.

Volvi a apreciar el campo de lirios en donde a un par de metros se alza un gran mirador, entre cerré los ojos para enfocar y pude apreciar un manto plateado que danza con el viento, era el cabello de mi madre, avance retomando mi paso, podía sentir el dulce olor de los lirios el cual llena mi nariz mientras me daba un cosquilleo agradable.

Volví a apreciar el campo de lirios, y a unos metros se alzaba el gran mirador. Entrecerré los ojos para enfocar mejor y entonces lo vi: un manto plateado que danzaba con el viento. Era el cabello de mi madre. Retomé el paso con más firmeza; el dulce olor de los lirios llenó mi nariz, provocándome un cosquilleo agradable que siempre asociaba con la tranquilidad de este lugar.

Finalmente llegué al pie del mirador. En el cual predominaban los tonos dorados, creando un contraste pronunciado con el campo plateado detrás. Levanté la mirada y observé a mi madre, sentada en el centro mientras tomaba el té con la gracilidad que siempre la caracterizaba. A su diestra se encontraba Marie, su dama de compañía quien era leal y la única persona en quien mi madre confiaba por completo. Alta y esbelta, Marie tenía un rostro apacible, casi esculpido, y unos ojos dorados que brillaban como si retuvieran la luz del sol. Era, sin duda, una auténtica mujer de Lysverne.

Mi madre, en cambio, se veía magnífica. Su cabellera plateada se movía suavemente con las pequeñas brisas, como si el viento la adorara. Mantenía los ojos cerrados, apreciando el aroma de las hojas de té que, por su color y fragancia, supuse que eran oolong, uno de los pocos recuerdos que aún podía permitirse de su patria perdida.

Sonreí para mis adentros, guardando aquella imagen en mi memoria. En ese momento entendí por completo a mi padre; ¿cómo no enamorarse de alguien tan magnífica como mi madre? Solté una pequeña risa al recordar una escena fugaz en la que lo vi alabándola en su oficina, donde, por supuesto, tenía un enorme cuadro de ella y varios regalos destinados únicamente a su amada. Realmente eran una pareja atípica dentro de la alta sociedad, pero aun así éramos una familia singular: una llena de amor. Mi padre también tenía cuadros de nosotros repartidos por la mansión y jamás hizo distinciones entre mis hermanos y yo.

—Querida madre, ya estoy acá —dije, haciendo una reverencia que había ensayado mil veces.

—Fioretta, mi dulce niña hermosa, siéntate conmigo y tomemos el té —habló mi madre con una sonrisa radiante, señalando la silla frente a ella—. Marie, por favor, sírvele el té.

Marie se inclinó con elegancia y tomó la tetera, vertiendo el líquido en mi taza. Mientras tanto, miré con mayor atención a mi madre. Llevaba un vestido rosado de mangas largas; aunque era holgado en la parte delantera, dejaba ver con claridad su estado. Estaba embarazada por cuarta vez. Otro miembro se uniría pronto a la familia. Yo, en silencio, deseaba que fuera una niña… alguien con quien pudiera compartir mis cosas más íntimas, además de mi madre, Marie o Isotta, mi dama personal.

En silencio tomé un sorbo del té; el líquido cálido se deslizó por mi garganta mientras recordaba la última vez que había venido a este lugar. Fue cuando todos estábamos reunidos, celebrando después de las nupcias de Raniere y Gisele.

Aquel día fue especialmente animado. Los lirios estaban en su máximo esplendor, el sol brillaba con una fuerza amable y todos felicitábamos a los recién casados. Me acerqué entonces a Gisele.

Yo apenas tenía quince años, y ella, con sus diecinueve, parecía la imagen perfecta de una joven lista para formar un hogar. La encontré sosteniendo un lirio entre sus dedos.

—Cuñada, ¿te sientes bien? —pregunté.

Ella se sobresaltó un poco antes de girarse hacia mí.

—Pequeña Fioretta, me asustaste —dijo con una sonrisa suave—. La verdad es que sí.

La miré confundida. Había algo en su expresión… ¿melancolía?

Gisele bajó la mirada hacia el lirio que sostenía, como si buscara en sus pétalos la fuerza para decir lo que llevaba guardado.

—No es que no esté feliz —murmuró al fin, con una voz tan suave que casi se la llevó el viento—. Solo… es un poco extraño pensar que ya no volveré a mi casa.

Me quedé en silencio, observando cómo apretaba el tallo entre sus dedos. Había algo en su expresión que no había visto antes: una mezcla de nostalgia y alivio.

—¿Los extrañas? —pregunté con cautela.

Ella soltó una risa breve, amarga y cálida al mismo tiempo.

—En parte. Pero sabes cómo es… nunca fui realmente su hija. Siempre la segunda, la que no destacaba, la que pasaba desapercibida. Mi padre apenas me dirigía la palabra si no era para corregirme, y mi madrastra… bueno, ella tenía a su favorita.

Hizo una pausa y luego levantó la vista hacia mí. Sus ojos estaban brillantes, pero no por el llanto; era más bien la emoción contenida de alguien que por fin se siente libre.

—Por eso estoy agradecida —continuó—. Raniere podría haber sido como tantos hombres: áspero, frío, alguien que triplica mi edad o que me ve solo como un adorno. Pero no. Él es… amable. Me escucha. Y me trata como si realmente importara.

La sonrisa que apareció en sus labios esta vez sí era genuina.

—Tu hermano es un buen hombre, Fioretta. Tuve suerte. Mucha.

Mientras hablaba, los lirios se mecían con la brisa y el sol resaltaba el brillo dorado de su cabello. En ese instante, comprendí que su melancolía no era tristeza por dejar un hogar, sino el dolor silencioso por un pasado que nunca la hizo sentir querida… y la esperanza por una vida que, tal vez, por fin le ofrecía un puesto que sí le pertenecía.

Eso me generó un miedo profundo. Pensé en mi propio futuro, en el momento en que llegara mi mayoría de edad y tuviera que casarme. ¿Y si el hombre destinado a ser mi esposo resultaba terrible? Aunque sabía que en la nobleza los matrimonios se sellaban por conveniencia, todavía albergaba la esperanza de tener uno como el de mis padres, lleno de amor sincero… o como el de Raniere, tan dulce y libre de amarguras.

Volví al presente al contemplar el fondo vacío de mi taza de té. Levanté la vista y me encontré con mi madre, que me observaba con una ternura tranquila mientras posaba una mano sobre su vientre de seis meses. A su lado, Marie me sonreía con cariño, dándome ánimos, haciendo un pequeño gesto para que yo también sonriera.

–Mi niña, te llamé hoy a este lugar para hablar de un tema importante –mi madre se tomó una breve pausa; pude ver cómo sus dedos temblaban apenas–. Se ha decidido tu matrimonio.

Me quedé sin palabras. La miré incrédula. No podía ser posible. Ni siquiera me habían presentado en sociedad, y mucho menos había alcanzado mi mayoría de edad.

–Sé que es sorprendente lo que te estoy diciendo –continuó, frunciendo el ceño y formando una mueca de incomodidad–, pero es algo que no se pudo evitar. Tu padre no pudo rechazar la oferta… pues el mismo emperador exige esta unión.

–Madre… no entiendo a qué te refieres.

Ella inspiró hondo antes de responder.

–El príncipe heredero del Imperio Nur-Sahir ha solicitado tu mano.

Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones. Primero fue miedo, un frío que me subió por la espalda al imaginarme entregada a un desconocido; luego vino la indignación, amarga, clavándose en mi pecho.

—¿Cómo pudieron decidir algo así sin mí…? —mi voz tembló más de lo que esperaba.

Mi madre extendió la mano hacia mí, con los ojos vidriosos.

—Fioretta, perdóname. Si hubiera habido una forma de rechazarlo, lo habría hecho. Pero tu padre y yo… estamos atados. El emperador no dio opción.

Antes de que la tensión me ahogara, Marie dio una ligera palmada en la mesa, suave pero firme, como solo ella sabía hacerlo.

—Vamos, pequeña —dijo con una sonrisa cálida que contrastaba con su postura erguida—. No todo está perdido. Respira. Ninguna decisión es definitiva sin que tú lo enfrentes primero.

Su tono, duro pero maternal, alivió apenas la presión en mi pecho, aunque el miedo seguía allí, latente.

Marie volvió a ponerme la taza en las manos para que dejara de temblar, pero mi mente apenas podía procesar nada. Mi madre respiró hondo, como si lo que venía fuese aún más difícil.

—Fioretta… sé que has escuchado historias del Imperio Nur-Sahir —murmuró con suavidad.

Y, en efecto, las imágenes surgieron solas en mi mente: un imperio inmenso, brillante como el oro bajo un sol eterno, con palacios de cúpulas talladas y jardines tan amplios como desiertos. Era un lugar exótico y majestuoso, donde las noches se llenaban de música, perfumes intensos y colores sobrenaturales… pero también donde el poder se medía en intrigas, secretos y un lujo que podía devorarte viva si no sabías moverte con cuidado.

—Y del príncipe heredero —añadió Marie con un suspiro que parecía pesar incluso para ella.

El corazón se me encogió.

Claro que había escuchado de él.

Un hombre temperamental, casi impredecible; se decía que cambiaba de amante cada noche, como quien cambia de máscara para un nuevo espectáculo. Rumores hablaban de una crueldad elegante, de un sadismo disfrazado de juego, de una inteligencia afilada que lo volvía peligroso.

«Astuto como un zorro», decían algunos.

«Una víbora en forma de príncipe», murmuraban otros.

Sentí un nudo en el estómago.

¿Ese hombre… ese desconocido… sería mi esposo?

Mi madre tomó mis manos, apretándolas

con ternura desesperada.

—Mi niña… sé que su reputación asusta. Pero por eso quería hablar contigo antes de que lo escuches de labios ajenos. No estás sola, ¿sí? Pase lo que pase, no lo estarás.

Marie asintió, cruzando los brazos con firmeza.

—Y si ese príncipe quiere intentar asustarte —dijo con una media sonrisa desafiante— tendrá que vérselas conmigo primero.

Su comentario no borró mi miedo… pero sí logró que respirara un poco más hondo.

Mi madre desvió la mirada hacia el campo de lirios y luego volvió a mí, con una expresión suave.

—Conseguimos que el matrimonio se realice diez meses después de tu mayoría de edad —dijo con calma—. Será tiempo suficiente para que puedas elegir, mi niña. Sea cual sea tu decisión, estará bien.

Apreté los labios, sintiendo un pequeño alivio abrirse paso entre el miedo.

—Por ahora tienes dos años y ocho meses —añadió—. No te sientas presionada. El tiempo aún está a tu favor.

Marie dejó una mano firme sobre mi hombro.

—Y si hace falta, ganaremos más —dijo con una ligera sonrisa.

Un poco del peso en mi pecho cedió. No del todo… pero suficiente para respirar mejor.

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La biblioteca siempre había sido mi refugio, un mundo silencioso donde nadie exigía nada de mí. Apenas crucé sus puertas de roble, el olor a papel antiguo y pergamino me envolvió como un abrazo tibio. Cerré la puerta con cuidado, como si temiera que el mundo exterior pudiera colarse detrás de mí.

Me dejé caer en mi rincón favorito, entre los estantes de historia y anatomía, allí donde la luz dorada del atardecer entraba por el gran ventanal. Solo entonces permití que mis manos temblaran.

¿Un compromiso?

¿Con él?

La idea me apretó el pecho con fuerza.

Busqué un libro al azar, uno cualquiera, solo para tener algo entre los dedos. No podía leer; las palabras se deshacían antes de formarse. Apreté el lomo con fuerza, como si el cuero pudiera darme esa calma.

—Dos años y ocho meses… —susurré para mí misma, intentando creer que era suficiente.

El silencio era tan profundo que podía escuchar mi propio corazón. Allí, sola entre miles de historias ajenas, sentí por primera vez que la mía acababa de tomar un rumbo que jamás había elegido.

Me recogí las piernas contra el pecho y apoyé la frente en ellas.

La biblioteca era grande, imponente… pero en ese momento me sentí pequeña, demasiado pequeña para cargar con un futuro que aún no entendía.

Solo los libros fueron testigos de mis lágrimas silenciosas...

Escuché un golpeteo en el vidrio. Levanté la vista y, para mi sorpresa, allí estaba el halcón joven que había empezado a visitarme desde aquel día en que, por error, envié una carta a un destinatario equivocado.

Golpeó el vidrio otra vez, inclinando la cabeza.

Sin pensar, me levanté y abrí la ventana. Él entró con naturalidad, posándose en el respaldo del sillón frente a mí.

Su presencia, silenciosa y firme, me arrancó una pequeña sonrisa.

—Hola, pequeño… —susurré.

Y aunque no podía hablar, su simple compañía me alivió más que cualquier palabra.

Me acerqué a el en busca de la carta que me debería haber llegado de aquel misterioso amigo por correspondencia, efectivamente había un papel atado en su pie con un hilo morado, me senté en el sillón junto al halcón que se posó en mi regazo con mucha cercanía.

“Querida duquesa de Serencia:

Hoy recibí su carta con mucha ansiedad, pues lo que viene de usted siempre trae algo nuevo y entretenido. Quería felicitarla por el nuevo miembro de su familia; espero que este acontecimiento llene de alegría su corazón.

Debo destacar que el lirio que me envió mantuvo su frescura y su dulce fragancia. Ahora, gracias a su obsequio, creo saber a qué huele usted.

También debo decirle que quedé maravillado con la historia de sus padres; es algo verdaderamente único.

Le envié una flor que me recuerda a usted, a través de Orión. Espero que sea de su agrado.

Se despide su amigo.”

Me sonroje un poco por el comentario de que podía imaginar mi olor, no estaba errado pero aun así me daba vergüenza que lo dijera tan a la ligera, acerqué un poco la carta a mi nariz aún olía a su escrito era una mezcla algo picante.

Deci que le iba a comentar algunas cosas a mi amigo o como yo lo llamaba el señor sol porque el en una de sus cartas había comentado que de donde el provenía siempre había un sol abrasador, mientras le escriba le decía todas las cosas nuevas que habían pasado exceptuando mi posible matrimonio.

Cuando termine Orion se me acercó y de su plumaje saco una cala verde, la tome en mis manos analizándolo era de un color verde esmeralda parecida a mis ojos, no pude evitar reírme, solo le había menciona un par de veces el color de mis ojos, al final me acerqué al halcón y le ate el papel con una cinta plateada apenas termine se sacudió y emprendió vuelo a quien sabe donde.

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Aquel joven halcón se elevó con un impulso ágil, atravesando el cielo que aún conservaba los últimos tonos rosados del atardecer. Voló por encima de las copas altas de los árboles, dejando atrás la mansión blanca que brillaba como un sueño sereno entre los lirios. Con cada aleteo firme, el mundo de Fioretta se hacía más pequeño en la distancia, mientras él se dirigía hacia su verdadero destino.

Allá, más allá de colinas suaves y bosques verdes, el cielo comenzaba a tornarse más cálido, casi dorado, como si un sol eterno custodiara aquel territorio salvaje.

Orión volaba hacia Nur-Sahir.

A medida que avanzaba, el paisaje cambiaba bajo su sombra. Los bosques se volvían más escasos; la tierra, más seca; los colores, más intensos. El viento ya no olía a lirios, sino a especias, arena caliente y metales bruñidos. El horizonte se teñía de un rojizo profundo, donde las dunas parecían mareas inmóviles que brillaban bajo la luz del sol como si estuvieran hechas de oro molido.

Era un reino hermoso, sí… pero también cruel. En Nur-Sahir solo los fuertes sobrevivían, y los débiles aprendían a esconderse bajo las sombras de sus propios palacios.

Los oasis eran pocos, verdaderos tesoros por los que alguna vez se habían librado guerras interminables. Y en el corazón de ese imperio, como una joya peligrosa incrustada en la arena, se alzaba Qahir-Es-Sahra, la capital.

Desde el aire, Orión podía ver sus murallas negras, talladas con símbolos antiguos que advertían a los forasteros. Las cúpulas doradas del palacio brillaban con tal intensidad que parecía que ardían, y los minaretes largos y estilizados se alzaban hacia el cielo como lanzas.

La música de las plazas, los aromas de los mercados nocturnos, el tumulto de esclavos, guerreros y mercaderes… todo se mezclaba con un ritmo feroz, casi indomable.

Y en el centro de aquel mundo abrasador, en el corazón de la capital imperial, se alzaba el Gran Palacio: una obra majestuosa de mármol blanco y cúpulas doradas que reflejaba la gloria de su linaje. Construido junto al oasis más vasto y próspero del imperio, sus jardines flotaban sobre espejos de agua turquesa, y palmeras centenarias custodiaban sus pasillos como guardianes silenciosos. Desde sus torres, la vista abarcaba toda la ciudad—mercados, templos, avenidas—donde la vida fluía con un orden casi ritual.

Allí, entre intrigas que serpenteaban como sombras vivas, aguardaba el destinatario de la carta:

el príncipe heredero.

Temido.

Adorado.

Rumoreado.

Una tormenta disfrazada de hombre.

Orión plegó las alas y descendió con rapidez hacia los balcones altos del palacio, donde su amo lo esperaba.

Mientras tanto, muy lejos de aquella ciudad de fuego y música, una joven entre lirios aún no sabía que su destino volaba directo hacia las manos de un hombre cuyo nombre bastaba para hacer temblar imperios.

Orión cruzó el último tramo del cielo con un giro veloz y descendió hacia los balcones altos del Gran Palacio. El viento caliente del desierto se arremolinó a su alrededor cuando plegó las alas y se posó sobre la baranda de mármol blanco, donde dos guardias abrieron de inmediato las puertas talladas para dejarlo entrar.

La alcoba del príncipe heredero era amplia y silenciosa, un refugio apartado del bullicio de la capital. Lámparas de aceite proyectaban destellos dorados sobre las paredes cubiertas de tapices carmesí, donde estaban bordadas antiguas leyendas de sangre y gloria. El aire olía a mirra y a acero recién pulido. Frente al ventanal, cortinas ligeras ondeaban como velos, dejando entrar la luz del oasis que brillaba más abajo. Armas ceremoniales colgaban en perfecta simetría, y sobre una mesa de ébano reposaban mapas, sellos y documentos que dictaban el rumbo del imperio.

Allí, sentado en un diván oscuro, estaba él.

El príncipe.

Su silueta destacaba como una herida trazada contra la luz. Tenía el cabello negro, largo hasta los hombros, cayendo como una sombra domesticada. Su piel, curtida por el sol de Nur-Sahir, contrastaba con los detalles dorados de su vestidura ligera, hecha para resistir el calor abrasador. Los ojos —ámbar profundo, casi felinos— eran lo primero que cualquiera notaba: firmes, calculadores y peligrosamente serenos, como el sol antes de una tormenta de arena.

Su presencia imponía, pero no por la fuerza de sus músculos o la riqueza de su ropa, sino por esa calma fría que solo tienen quienes saben que todo el desierto les pertenece.

Cuando Orión se posó frente a él, el príncipe alzó la mirada.

—Has vuelto —murmuró, y su voz fue un susurro grave, casi sorprendido.

El halcón extendió una pata, dejando caer el pequeño rollo de papel que llevaba atado. Las letras del sello —un lirio azul rodeado de hilos plateados— hicieron que algo, casi imperceptible, se aflojara en su rostro.

Tomó la carta con cuidado, como si tuviera entre los dedos algo frágil, precioso.

Por un instante, toda la dureza de Rhazim pareció desvanecerse a su alrededor.

Porque esa carta venía de ella.

De la muchacha de los lirios.

De la única persona capaz de atravesar sus muros sin espada, sin permiso y sin miedo.

Entre la mirra y la arena caliente, el príncipe sintió algo extraño, cálido, casi dulce:

felicidad.

Y aunque nadie más en el imperio debía saberlo, él se permitió una leve sonrisa mientras rompía el sello.