CAPÍTULO 13 EL RUMOR QUE PUEDE DESTRUIRLO TODO
La sala de prensa estaba llena. Luces, micrófonos, murmullos tensos: el ecosistema donde Ana Elise solía moverse con soltura… pero esa mañana algo era distinto. Había demasiada atención sobre Liam. Demasiadas preguntas afiladas.
Ella, acreditada como cronista especial del Delfines JSA, estaba en primera fila. No debía participar, solo observar para su reportaje en profundidad sobre el equipo.
Pero la atmósfera olía a pólvora.
—¿Confirmaría que Liam Lisader Levré no llegará al clásico? —preguntó un periodista de canal nacional.
—¿Su recuperación va peor de lo que dicen?
El director técnico, Mauro, intentó mantener el control.
—La situación está dentro de lo previsto. No comentaremos especulaciones.
Pero la pregunta que congeló el ambiente vino después.
—¿Es cierto que la lesión de Liam podría no haber sido accidental?
Ana Elise sintió cómo el aire se le escapaba del pecho.
La frase era demasiado directa.
Demasiado anticipada.
Demasiado parecida a lo que ella había escuchado en los pasillos del club horas antes.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
¿Quién había filtrado ese rumor?
¿Y por qué justo ahora?
En la tercera fila, vio la sonrisa de Darío Van Garden, periodista de chimentos, especializado en derrumbar carreras. Ese hombre no soltaba nada sin tener un motivo oscuro detrás.
Mauro cortó la tensión:
—No responderemos a esas insinuaciones. Pregunta siguiente.
Pero el daño ya estaba hecho.
Cada cámara apuntaba a Liam… y a quienes lo rodeaban.
Ana Elise tragó saliva.
Sintió que su pluma temblaba en la mano.
Ella tenía una misión como periodista:
observar, registrar, contar la verdad.
Pero lo que había escuchado esa mañana, escondida detrás de una puerta apenas entreabierta, todavía la quemaba por dentro:
“El golpe que le di fue suficiente”.
No tenía pruebas.
Pero tenía miedo.
Cuando la conferencia terminó, Ana Elise salió de la sala en busca de aire fresco. El murmullo de las gradas vacías parecía más amable que los micrófonos recién apagados.
Se apoyó en una baranda y respiró profundo, intentando volver a su eje.
—Te vi —dijo una voz familiar detrás de ella.
Se giró.
Liam estaba allí, con ropa deportiva, cabello húmedo por el entrenamiento y esa mirada que atravesaba cualquier defensa.
—¿Viste qué? —preguntó ella, intentando sonar neutral.
—Cómo te tensionaste cuando mencionaron lo de la lesión intencional. —Se acercó un paso—. ¿Qué está pasando, Ana Elise?
Ella tragó saliva.
Quería contarle.
Lo necesitaba.
Pero no podía dar información sin confirmar.
No podía arriesgar su carrera… ni la de él.
—Me sorprendió la pregunta —mintió suavemente—. Eso es todo.
Liam la observó, buscando la verdad en sus ojos.
—No quiero que te metas en problemas por mí —dijo en voz baja—. Ni con tu medio ni con la prensa.
Ella sostuvo su mirada.
Y por primera vez en días, dejó que la vulnerabilidad saliera a la superficie.
—No sos un problema, Liam. Nunca lo fuiste.
El aire entre ellos se cargó, denso, eléctrico.
Un silencio que decía más que cualquier palabra.
Entonces, una voz cortante rompió el momento:
—¿Interrumpo?
Ana Elise se tensó al instante.
Era Nicolás Arendt, mediocampista del Delfines.
El mismo cuya voz había escuchado admitiendo el golpe en los pasillos.
Su expresión era inescrutable, pero su mirada…
su mirada tenía una sombra.
—Solo hablábamos de la conferencia —respondió Liam.
Nicolás sonrió de forma superficial.
—La prensa siempre mete donde no debe. ¿No, Noelani?
Ana Elise sintió un escalofrío.
Estaba claro que él recordaba haber estado cerca de donde conversaba.
Demasiado cerca.
—Es mi trabajo —respondió, firme pero cautelosa.
Nicolás dio un paso más cerca.
Apenas.
Pero suficiente para que solo ella lo escuchara murmurar:
—Hay historias que es mejor no investigar, periodista.
Un sudor frío le recorrió la espalda.
Liam frunció el ceño.
—¿Qué te dijo?
Ella respiró hondo y devolvió la voz a su lugar.
—Nada… un comentario fuera de lugar. Nada más.
Nicolás se alejó dando pasos tranquilos, como si no acabara de dejar un mensaje cargado de veneno.
Esa noche, en su pequeño departamento lleno de cuadernos, grabadoras y tazas de café frío, Ana Elise abrió su laptop y volvió a cargar el video del partido donde Liam se había lesionado.
Colocó los auriculares.
Pausó.
Reprodujo.
Retrocedió
Zoom.
Otra vez.
Su cuerpo estaba rígido.
Un nodo se formaba en su garganta.
Por fin vio el gesto.
Un movimiento previo.
Una intención clara en el contacto.
Era Nicolás.
Era él.
No había dudas.
Y cuando el golpe impactó…
una sonrisa fugaz apareció en su rostro antes de que la cámara lo perdiera.
Ana Elise se llevó la mano a la boca.
—Dios… esto es real.
Lo que había escuchado.
Lo que había dudado.
Lo que nadie quería creer.
No era un rumor.
Era una traición.
Una venganza disfrazada de juego.
Y ahora ella tenía una decisión imposible:
callar y proteger a Liam de un escándalo que podría destrozarlo…
o publicar la verdad y ver arder al Delfines JSA desde adentro.
Mientras apagaba la laptop, solo una certeza le quemaba el pecho:
La historia recién empezaba.