1
La lámpara del comedor parpadeaba como cada noche, nadie se había preocupado en cambiarla. El ruido de la televisión era lo único que llenaba el silencio tenso que envolvía la cena. Park Jimin masticaba despacio, sin sabor, cada bocado de pollo era una rutina más que un alimento. Frente a él, Min Yoongi no levantaba la vista del teléfono.
—Saldré esta noche —dijo el beta, sin molestarse en fingir interés—. Reunión con inversionistas.
Jimin no respondió. Ya no se molestaba en hacerlo. Había aprendido que guardar silencio dolía menos que la pelea inevitable que vendría si osaba preguntar a qué “inversionistas” se refería, o lo inusual de la hora.
Yoongi era un beta bastante aceptable, exitoso, de voz grave y mirada afilada. Pero bajo su encanto frío, se escondía el veneno de la indiferencia. Jimin, su esposo legal desde hacía tres años, había pasado de ser una joya en exhibición a una carga. Al menos, así lo sentía.
—¿Comiste todo eso tú solo? —comentó de pronto Yoongi, arrugando la nariz al mirar el plato vacío frente a él—. Te estás volviendo enorme, Jimin.
¿Tú te has visto?
Bah, no sé ni por qué me molesto, total ya no me interesas.— Dijo más para si mismo que para que Jimin lo escuchará. Pero lo hizo...
Las palabras lo golpearon más fuerte que un puñetazo. No respondió. Solo bajó la cabeza y apretó los puños sobre sus muslos. Sabía que discutir no cambiaría nada. Ya había pasado por esto muchas veces. Los insultos pasivo-agresivos, las comparaciones con otros omegas “mejores”, las miradas de asco disimuladas en sarcasmo.
Cuando Yoongi se marchó con su chaqueta de diseñador y perfume costoso, Jimin se quedó solo en el apartamento impecable. Las paredes estaban decoradas con cuadros que él eligió con esmero, pero ya no los sentía suyos. Nada le pertenecía. Ni su cuerpo, ni su vida, ni su reflejo.
Fue al baño y se miró en el espejo. Sus mejillas estaban más redondeadas, su mandíbula menos marcada. La ropa le apretaba, pero lo que más le dolía no era eso... sino la mirada vacía que lo observaba desde el cristal. ¿Cuándo había dejado de amarse?
Las lágrimas corrieron silenciosas. Luego, respiró hondo.
—Basta —murmuró.
Al día siguiente sin más dilación, marcó el número de un nutricionista, también se inscribió en un gimnasio pequeño, lejos de las zonas exclusivas donde alguien podría reconocerlo. No buscaba aprobación, solo quería sentirse en control y bien con él mismo.
Comenzó a cambiar su alimentación. Las primeras semanas fueron un infierno: hambre, cansancio, inseguridad. Pero también, cada gramo perdido era una victoria. Su cuerpo comenzó a responder. Sus músculos, aunque pequeños, se endurecieron. Su piel empezó a verse más sana, y su energía volvió poco a poco.
Pero lo más importante: Jimin volvió a mirarse al espejo sin asco.
Yoongi no pareció notar nada. O si lo hizo, no lo mencionó. Sus ausencias eran más frecuentes, sus “reuniones” más largas, su olor impregnado de otros cuerpos cada vez más a menudo. Jimin ya no se ilusionaba con explicaciones ni excusas. Solo esperaba el momento correcto para irse y seguir con su vida fuera de ese lugar que alguna vez considero hogar.
Sin embargo, el miedo aún lo retenía. No tenía familia que lo respaldara. Su padre, un empresario en bancarrota, había hundido a la familia con deudas. Su madre había muerto años atrás. Su abuela no estaba de acuerdo con ese matrimonio y llevaban años que no se hablaban, nunca le gustó Yoongi. Y Jimin, aunque omega dominante y con estudios en administración hotelera, llevaba años dependiendo de Yoongi. No podía irse con las manos vacías. Necesitaba un plan.
Una noche cualquiera, mientras Yoongi le decía que se iba a “una cena de negocios” sin siquiera mirarlo a los ojos, Jimin hizo algo impulsivo. Se puso una camisa que le quedaba ligeramente holgada ahora y unos pantalones ajustados que había comprado recientemente. Y tomó un taxi hacia un pub elegante que recordaba de su juventud.
Quería... sentirse deseado.
Nada más.
El pub Blue Velvet era un lugar elegante, discreto, con luces tenues y música de blues en vivo. Nada ostentoso, pero con un aire de exclusividad que atraía a alfas refinados, omegas exigentes y betas silenciosos en busca de anonimato.
Jimin entró con paso firme, aunque por dentro temblaba.
Pidió un whisky. No tomaba alcohol desde la universidad, pero lo dijo con seguridad, como si lo hiciera cada noche. El barman le sirvió con una sonrisa suave, sin hacer preguntas. Hubo un tiempo en que Yoongi lo exhibía como un trofeo en lugares similares, eran bastante cococidos en estos ambientes. Tal vez el camarero lo reconocía, tal vez no. No importaba.
Se sentó en una de las butacas junto a la barra. Sus ojos recorrían el lugar, no buscando a alguien, sino intentando no parecer fuera de lugar. Bebió un sorbo. Le ardió la garganta, pero no hizo muecas.
Estaba por rendirse y marcharse —porque ¿a quién engañaba? No pertenecía allí— cuando lo sintió.
Una presencia detrás de él. Firme, tranquila, muy masculina, invasiva sin avasallar.
—No es común ver omegas solos tan seguros aquí —dijo una voz profunda, con un tono suave pero autoritario.
Jimin giró la cabeza. El alfa era alto, vestía traje oscuro a medida, que realzaba una ancha musculatura, el cabello negro como el tizón, por los hombros peinado con los dedos le daba un aire informal, y unos ojos grandes oscuros que lo escudriñaban como si ya lo conocieran. Tenía una belleza tremendamente sexy, peligrosa, de esas que nacen del interior y de una arrolladora personalidad.
—¿Y qué esperabas ver? —replicó Jimin, con una ceja alzada.
El alfa sonrió.
—Nada tan interesante como tú.
Jimin no supo qué responder. Había olvidado cómo se sentía recibir una frase así sin desprecio, sin doble filo. Con interés genuino.
—Jeon Jungkook —se presentó el hombre, extendiendo la mano.
—Jimin —dijo simplemente, aceptando el apretón. El contacto fue breve y eléctrico.
Hablaron amenamente, bebieron y rieron. Jimin, al principio estaba tenso, fue aflojando los nudos invisibles que cargaba en la espalda. Jungkook era un excelente conversador, y no parecía interesado en exhibir su poder, aunque su aura lo delataba. Era claramente un alfa acostumbrado a conseguir lo que quería.
Y esa noche, quería a Jimin.
Cuando Jungkook deslizó una mano por su espalda, preguntando con voz baja si quería ir a “un lugar más privado”, Jimin solo asintió.
El hotel no estaba lejos. Una suite. Lujo silencioso, sábanas blancas. Jimin no preguntó nada, no quiso pensar.
Solo quiso sentirse vivo, que alguien se interesara por él y se lo mostrará.
La suite estaba en penumbra. El zumbido lejano del tráfico nocturno era apenas un susurro tras los cristales gruesos. Jimin entró primero, guiado por la presión firme de la mano de Jungkook en su espalda baja.
Apenas la puerta se cerró, el alfa lo empujó suavemente contra la pared. Sus cuerpos encajaron igual que piezas de un rompecabezas. Jungkook lo miró a los ojos, sus pupilas dilatadas, el aliento cargado de deseo.
—¿Puedo? —murmuró, aunque su cuerpo ya hablaba por él.
Jimin no respondió con palabras. Solo levantó el mentón, retándolo. Jungkook se inclinó y lo besó. Nada suave, nada casto. Fue un choque de bocas que hablaba de necesidad. Labios contra labios, lengua contra lengua. Humedad, jadeos, y mordiscos.
Jimin arqueó la espalda cuando las manos de Jungkook se deslizaron bajo su camisa, subiéndola sin delicadeza. La prenda terminó en el suelo, y sus pezones se endurecieron al contacto con el aire fresco. El alfa no dudó en atraparlos con la boca, alternando mordidas con succión, dejando marcas oscuras sobre la piel pálida.
—Tienes un sabor adictivo —ronroneó Jungkook, mientras bajaba lentamente, desabrochando el pantalón de Jimin con los dientes.
El omega se apoyó contra la pared con la respiración agitada, mientras Jungkook lo desnudaba por completo, sin prisa, igual que si desenvolviera un regalo que había deseado durante años. Cuando lo tuvo expuesto, no dijo nada. Solo lo observó. Lento. Inmóvil. Memorizando cada línea y cada curva. Era hermoso, figura esbelta y caderas redondeadas, su polla rosada estaba erecta y goteando presemen. Jimin sentía el corazón en la garganta.
—Abre la boca.
La voz del alfa fue grave, baja, autoritaria.
Jimin obedeció. Jungkook introdujo dos de sus dígitos y Jimin los chupó como si de un caramelo se tratara.
—Girate. —Le ordenó de nuevo.
Jimin se dió la vuelta y puso las manos sobre la pared. Sintió el aliento cálido de Jungkook en la nuca, el roce de sus dedos húmedos de su propia saliva, bajando por la columna, se detuvo justo donde la tensión se acumulaba, el lubricante natural comenzaba a salir y se mezclaba con la humedad de su saliva. Un dedo, luego dos, exploraron, y prepararon, le provocaron gemidos que se ahogaban. Jimin ya no pensaba, solo sentía. Se aferraba al instante era un náufrago asiéndose a una tabla en medio del mar.
Cuando Jungkook lo penetró, lo hizo con un gemido gutural, agarrando sus caderas con fuerza. El ritmo fue firme desde el inicio, sin delicadeza ni dulzura. Solo el golpe de carne contra carne, con jadeos ahogados y respiración entrecortada. El placer fue crudo, físico y voraz.
Jimin gemía alto cuando el alfa golpeaba su punto dulce una y otra vez. Jimin se empujaba hacia atrás, sus piernas temblaban. Apoyó la nuca sobre el hombro de Jungkook y las manos lo agarraron de las nalgas, sus uñas dejaron marcas que durarían dias. Jungkook tiró del cabello del lado izquierdo y se inclinó sobre él, mordiendo su cuello, murmurando palabras sucias entre jadeos y gemidos, empujándolo al borde.
Llegaron juntos al clímax, fue simultáneo. Jimin gritó y se derramó salpicando la pared, Jungkook a su vez lleno de su semilla el canal de Jimin con un gruñido que casi pareció un aullido. Los cuerpos colapsaron sobre la alfombra gruesa que todavía temblaban por las réplicas.
No dijeron nada durante minutos.
Solo respiraron.
La noche fue intensa. Jungkook sabía tocarlo como si lo conociera desde siempre. Era dominante y duro, hizo que Jimin se quebrara más de una vez entre sus brazos. Fue sexo, sí. Pero también fue un acto de redención.
Después, Jungkook lo llevó a la cama y lo abrazó por detrás. Pero Jimin ya estaba dormido, con el cuerpo rendido y la mente en blanco.
Cuando despertó, al amanecer, Jimin se encontraba avergonzado y solo en la cama. Oyó la voz de Jungkook al otro lado de la suite, hablando por teléfono.
—Sí, la transferencia me la hizo el asistente. Dile que no me moleste con eso. Lo que quiero es que cumpla su parte —decía con tono firme—. No me interesa si es tarde. Si me pagó por ser su acompañante, que se comporte, yo cumplí mi parte del trato, tiene que asistir a esa cena como se comprometió. No hay excusas.
Las palabras fueron un puñal.
El mundo de Jimin se rompió otra vez.
No quiso oír más. Se levantó de la cama, temblando. Encontró su ropa, se vistió lo más rápido que pudo. Sacó su cartera del bolso, tomó un fajo de billetes que se había llevado de la caja fuerte antes de salir de casa, y dejó mil dólares sobre la mesita, con una nota:
“Gracias por la noche. No era necesario fingir.”
Y se fue.