Cuando deje de ser invisible

All Rights Reserved ©

Summary

Sinopsis Desde niña, Lucía aprendió a caminar sola. No por elección, sino porque nadie elegía caminar con ella. En el colegio, en la universidad, en los planes, en las relaciones… siempre era la opción descartada. Con el tiempo dejó de doler y se convirtió en costumbre: ir sola, hacer sola, llegar sola. Pero aunque disfruta su independencia, hay algo que aún pesa: no querer sentirse sola.

Status
Complete
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
16+

El asiento que siempre está vacío

Siempre me pregunté en qué momento me convertí en “la chica sola”. No sé si fue un día específico, una situación concreta, o si simplemente nací así: apartada, invisible, como si la vida me colocara un letrero en la frente que dijera “no se acerquen demasiado”.

Lo que sí sé es que mi historia no empezó en la universidad ni en el colegio. Empezó desde mucho antes… desde que tengo memoria.

Mi mamá siempre decía que yo era tranquila, demasiado tranquila. Nunca lloraba para que me cargaran, nunca pedía brazos, nunca hacía escándalo para llamar la atención. Mientras otros bebés exigían compañía, yo me quedaba mirando el techo, jugando con mis dedos, entreteniéndome sola.

A veces pienso que desde ahí la gente asumió que yo “no necesitaba a nadie”. Como si la independencia se pudiera leer desde una cuna.

En el colegio, la cosa se volvió más evidente. Yo entraba al aula y las miradas no eran malas, simplemente… pasaban de largo. Como si yo no ocupara espacio. Como si fuera un ruido de fondo, algo que está ahí pero que nadie procesa realmente.

El momento que más odio recordar era cuando los profesores decían:

—Busquen un compañero.

Ese comando simple era para mí una sentencia. Veía cómo todos se giraban rapidísimo, se elegían entre risas, se llamaban por nombres diminutivos, se agarraban del brazo con esa confianza automática que yo nunca tuve con nadie.

Y yo, como siempre, respiraba hondo, contaba hasta cinco y esperaba.

Me quedaba de pie sin moverme, esperando que alguien dijera mi nombre, que me hiciera un gesto, que al menos me mirara. Pero nunca pasaba.

Y cuando ya todos tenían a alguien, la maestra me asignaba a la persona que sobrara… o me dejaba hacer el trabajo sola.

Lo peor de todo es que con los años dejé de sentir vergüenza. Me acostumbré. Me resigné. Aprendí a no esperar nada de nadie porque, cuando no esperas, no te decepcionas.

La gente tiene esta idea de que la soledad se siente como un vacío enorme, como un cuarto frío donde nadie te habla. Pero para mí no es así. Para mí la soledad es silencio. Es una ausencia suave. Es saber que puedes caerte y nadie lo notará, pero igual levantarte sola porque ya aprendiste a hacerlo.

Ahora, en la universidad, sigo siendo la misma. Entro al salón y mi puesto siempre está libre. Nadie lo toca. Nadie lo reclama. A veces alguien pasa cerca, pero nunca se sienta. Cuando los profesores dividen el aula en equipos, ya ni espero. Me quedo donde estoy, porque sé que al final terminaré trabajando sola o me mandarán con un grupo que ya no quiere sumar a nadie más.

Pero, aunque suene extraño, no es algo que me rompa. No me hace sentir menos. No me hace sentir fea ni insuficiente.

Yo sé quién soy.

Sé mi valor.

Sé lo que aporto, aunque nadie lo vea.

Lo que sí duele —aunque lo niegue— es llegar a casa, quitarme la mochila, acostarme en mi cama y darme cuenta de que pasé otro día entero sin que alguien me eligiera. No por obligación. No porque sobraba. Sino porque realmente quería estar conmigo.

Hay personas que crecen rodeadas de risas, de amistades, de conversaciones interminables. Yo crecí con mis pensamientos como compañía fiel, con mis silencios como refugio y con mis propios pasos resonando en pasillos donde nadie caminaba conmigo.

Y a estas alturas, estoy acostumbrada. No derrotada. No rota.

Acostumbrada.

Pero, aun así, a veces me pregunto:

¿Existirá un lugar donde yo no sea la última opción? ¿Una persona que me vea sin que yo tenga que hacer ruido? ¿Alguien que se siente en ese asiento vacío porque quiere estar ahí… conmigo?

No lo sé todavía.

Pero para eso empieza esta historia.