INFERNICUS.

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Summary

Santiago era un tipo cualquiera hasta que despertó en caída libre. Su aterrizaje forzoso es directamente en el Limbo, el Primer Círculo del Infierno, una caótica metrópolis que se parece demasiado al mundo humano, pero con demonios, suciedad y leyes de tránsito letales.

Genre
Fantasy
Author
ShadowRed
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Bienvenido al infierno

Narrador:

Hace un largo tiempo, después de la creación, un ángel se rebeló contra el cielo. Su castigo fue eterno… y arrastró con él a la mayor obra de su creador: la humanidad.

20XX después de Cristo — Primer círculo del Infierno: El Limbo.

Un tipo cualquiera (cayendo del cielo):

—¡¡AAAH!!

Se estrella contra el piso del Limbo... y, milagrosamente, sobrevive.

—Estoy vivo… ¡estoy vivo! ¡¡ESTOY VIVO!!

Segundos después, lo atropella un transporte infernal.

La cámara se eleva y muestra cómo el Infierno se ha convertido en una ciudad inmensa, caótica, casi idéntica al mundo humano… pero más oscura, más ruidosa, más viva.

El transporte que lo atropelló se detiene con un chillido metálico.

Del interior baja un Cacervero, un demonio con forma de perro humanoide, hocico afilado y una gorra de conductor que dice “Transito Círculo 1”.

Cacervero:

—Ey, mortal, si vas a caer del Cielo mínimo avisá. ¡Hay tránsito, ¿sabés?!

El tipo en el piso, aturdido, apenas logra levantar un dedo.

Random:

—¿E-estoy muerto?

Cacervero:

—No, vivito y coleando. Bueno… técnicamente muerto, pero todavía con garantía. —Lo agarra del cuello de la camisa y lo pone de pie como si fuera un trapo mojado—. Primer día, ¿no?

Alrededor, el Limbo respira.

Edificios que parecen torres humanas, pero retorcidas; letreros escritos en idiomas olvidados; demonios pequeños corriendo entre las sombras; Súcubos en las azoteas, cambiando de forma como si fuera maquillaje; Picis nadando en canales de agua negra que recorren las calles como alcantarillas vivas.

Random:

—¿D-de verdad… este es el infierno?

Cacervero (bufando):

—Primer círculo, papá. El barrio más tranquilo de todos. Si esto te asusta, ni te cuento lo que hay del cuatro pa’ abajo…

Un estruendo recorre el cielo grisáceo del Limbo.

Las nubes tiemblan.

Un destello blanco atraviesa la ciudad.

Cacervero mira hacia arriba, empalideciendo (para ser un demonio, no es buena señal):

—Genial… otra purga… justo hoy.

El Random se queda paralizado.

Random:

—¿P-purga? ¿De qué hablás?

Cacervero:

—De los Purgadores, humano. Ángeles con licencia para entrar y limpiar el Infierno cuando les pint—

Pero no termina la frase.

Una lanza de luz cae del cielo, incrustándose en un edificio cercano. Las sombras retroceden. Las criaturas se ponen nerviosas.

Y desde el agujero en las nubes, se ven figuras con alas… pero no como las de los cuadros: alas afiladas, frías, diseñadas para cazar.

Cacervero empuja al Random hacia un callejón.

—Si querés seguir “vivo”, mortal… corré.

Las calles del Limbo estallan en caos:

Demonios escapan metiéndose en ventanas rotas, tragaluces, alcantarillas; un Picis se mete entero dentro de un inodoro público y salpica sangre que no es suya; un grupo de Súcubos empuja a un pecador para usarlo de escudo:

Súcubo:

—¡No corras! ¡Te estamos protegiendo, bebé!

Pecador:

—¿PROTEGERME DE QUÉ?

Una lanza de luz baja del cielo y lo atraviesa como un shish kebab.

Súcubos (todas a la vez):

—De eso.

Random y el Cacervero doblan una esquina, resbalan sobre un charco de sangre medio coagulada y se meten en un callejón estrechísimo, lleno de tuberías y graffiti infernal que dice “Lujuria 4ever”.

Cacervero (jadeando):

—¡Apurate, apurate, apurate! Estos maniáticos alados olfatean culpa. Y vos tenés cara de que pecaste más de lo recomendable.

Random:

—¡No tengo tanta culpa!

Cacervero:

—¡Cayó un humano directo del cielo, obvio que tenés culpa!

Random:

—¡¿Y qué querés que haga?!

Cacervero:

—No grites. Les atrae el drama.

Un rayo de luz recorre el callejón.

Las sombras tiemblan.

Un demonio pequeño, uno de unos 50 cm, intenta esconderse dentro de una lata de basura… y una mano luminosa baja desde arriba, lo agarra de las piernas y se lo lleva hacia la oscuridad celestial.

Demonito (de lejos):

—¡NOOOO! ¡AÚN NO PAGUÉ EL ALQUILAAAAA—!

Santiago palidece.

Cacervero:

—Sip. Hora pico.

Llegan al fondo del callejón, donde hay una pequeña pared aparentemente lisa. Cacervero empieza a tantear la superficie.

Cacervero (sin dejar de mover la zarpa):

—Sé dónde podemos escondernos. Pero antes… ¿cómo te llamás? No voy a salvarle el culo a un anónimo.

Random:

—Me llamo Santiago.

Max encuentra una ranura minúscula oculta entre ladrillos. Mete la garra hasta el fondo.

Se escucha un chirrido, como si alguien estuviera siendo molido a mano, pero mecánicamente.

Max, sonriendo:

—Un gustó, Santiago. Podés decirme Max.

La pared se abre… lentamente… como si estuviera masticando algo por dentro.

Santiago:

—¿Ese ruido… es normal?

Max:

—Sí, sí. El refugio a veces “come cosas”. Nada serio.

Un chorro de sangre sale por la ranura y le cae a Santiago en la cara.

Max:

—Ok, bueno, a veces come gente. Pero es de confianza.

Del cielo cae otra lanza. Esta vez impacta en medio del callejón.

El suelo se parte.

Una figura comienza a descender:

Un Purgador, con seis alas, casco dorado, y un arma que parece un crucifijo convertido en ametralladora.

Max agarra del cuello a Santiago y lo empuja hacia la abertura.

Max:

—¡Adentro, adentro, adentro, que este modelo NO viene con seguro de vida!

En cuanto ambos atraviesan la entrada viva, la pared los traga como si fuera una boca y se cierra detrás de ellos.

Silencio absoluto.

Y del otro lado… empieza lo raro.

Interior del Refugio

El refugio vivo se cierra detrás de Santiago y Max con un CHUP.

La oscuridad se enciende sola con unas luces rojizas que parecen ojos parpadeando desde las paredes.

Lo primero que ven es un charco enorme de sangre extendido desde una mesa metálica llena de herramientas oxidadas, tornillos, y un par de huesos que claramente son —o fueron— humanos.

O imitaciones… malas. O buenas. En el Infierno nunca estás seguro.

Santiago intenta no pisar nada. Falla.

Chof.

Max:

—Ups. Bueno, al menos no se te metió entre los dedos. Cuando pasa eso… es feo.

Antes de que Santiago pueda procesarlo, una sombra aparece encima de una escalera de caracol que cruje como si se estuviera comiendo sus propios escalones.

Sombra (voz tranquila, elegante):

—Vaya, vaya… miren quién entró sin golpear.

Santiago parpadea.

En el siguiente parpadeo…

Sombra (a 10 cm de su cara):

—Hola, nuevo.

Santiago da un salto hacia atrás que parece animado cuadro por cuadro.

Santiago:

—¡¿CÓMO LLEGASTE TAN CERCA?! ¡¿Y TAN RÁPIDO?!

La figura, completamente normal y sonriente, le toma la mano en un apretón firme.

Pero demasiado firme.

Como si quisiera sacarle la mano “por si las moscas”.

???

—Un gusto. Mi chiamo Marco.

Dueño, gerente, supervisor, y víctima habitual de este… acogedor establecimiento.

Mientras habla, su cuerpo entero gira para darle la mano desde otro ángulo…

pero su brazo NO gira.

Solo su torso.

Y luego su cabeza.

Y por último sus piernas, que llegan tarde a la conversación.

Santiago (aturdido):

—¿Eres… italiano?

Marco suelta una carcajada seca, casi musical. Lo deja ir y se endereza con una pirueta innecesaria.

Marco:

—No.

(Imitando un acento perfecto)

Pero imito el acento y el dialecto mejor que los demonios reales.

Los italianos se enfadan cuando me escuchan… y yo disfruto eso muchísimo.

Empieza a alejarse entre charcos, cadáveres incompletos y muebles que claramente están vivos.

Da tres pasos, se detiene, gira sobre un talón como un bailarín macabro y mira a Santiago por encima del hombro.

Marco:

—Perdón por el desorden, es que…

Respira hondo.

Y grita hacia el fondo del refugio con un tono digno de un marido italiano enojado:

Marco:

—¡¡¡UNA LOCA NO LIMPIA SU PUTO DESASTRE!!!

Al fondo, detrás de un biombo hecho de piel humana, se escucha una voz femenina:

Voz:

—¡¡CHUPAME EL HORNO INFERNAL, MARCO!! ¡LIMPIATE VOS TU PROPIO DESASTRE!

Marco suspira.

Marco (sonriendo):

—Convivir es complicado, Santiago.

Marco suelta una risa cargada de sarcasmo, esa risa que parece que viene de alguien que ya vio demasiadas cosas… y ninguna buena.

Marco:

—Bueno, ¿qué te puedo decir?

Tener un bulldog bípedo come–cadáveres… —mira a Max con una ceja levantada—

…y una caníbal compulsiva como compañera de casa no es exactamente vida de lujo.

Max intenta sonreír, pero sus colmillos no ayudan.

Santiago lo mira con cara de “¿en serio come cadáveres?”.

Max se encoge de hombros.

Marco pasea la mirada por la mesa de metal llena de huesos, sangre, herramientas crueles y cosas pegadas que claramente NO deberían estar ahí.

Marco:

—Pero me alegra… ya no ser el único pecador de este lugar.

(Mira la mesa, luego a Santiago, luego la mesa otra vez, luego a Santiago.)

Bueno… al menos el único que NO llegó inconsciente.

Santiago traga saliva. Max lo palmea en la espalda… casi lo tira al suelo.

Antes de que alguien pueda decir algo más, el refugio entero tiembla.

Un estruendo retumba como si un gigante le hubiera pateado las paredes desde afuera.

BOOOM

CRRRAAAACK

El techo desprende un poco de polvo… y algo que se parece demasiado a un diente humano.

Santiago:

—¿Eso es normal?

Max:

—Para nada. Pero ya te vas a acostumbrar.

Marco aplaude una sola vez, como si hubiera decidido algo.

Marco:

—Bueno, si me disculpan, tengo una ciudad que ver ser destruida.

(Se estira, girando la cabeza 180° y volviéndola a su lugar con un crac exagerado.)

Cada año es más entretenido que el anterior…

Aunque el del 2018 fue una joya, lástima que nadie lo grabó.

Se gira hacia Max mientras sube las escaleras.

Marco:

—Max, enseñale a nuestra visita el lugar.

Y no dejes que Rosa salga de su cuarto. No todavía.

Max asiente con un gruñido.

Marco abre la puerta que da al piso superior; un viento caliente y lleno de gritos entra por un segundo.

Luego la cierra, y la casa vuelve al silencio… o a lo que para el refugio equivale a silencio.

Max se estira, hace sonar su espalda como si fuera cartón húmedo y señala hacia un pasillo iluminado por luces orgánicas que palpitan.

Max:

—Bueno…

Creo que te voy a enseñar un poco el lugar.

Y si ves algo que se mueva y no debería moverse…

—hace un gesto de “mejor no preguntes”—

solo seguí caminando.

Santiago respira hondo.

Santiago:

—¿Hay algo aquí dentro que… no quiera comerme?

Max:

—Mmm…

(Piensa seriamente, contando con los dedos.)

—No.

Max le da unas palmadas en el hombro, esta vez más suave.

Max:

—Tranquilo, si te come algo… yo te saco.

(Señala sus colmillos.)

De una forma u otra.

Y ambos se adentran en el pasillo…

Santiago y Max avanzan por un pasillo que parece tener personalidad propia.

Algunas paredes están manchadas de cosas que es mejor no mencionar, mientras que otras están impecables, tan limpias que casi reflejan la luz rojiza del refugio.

Santiago:

—¿Por qué una parte está… limpia?

Max:

—Porque Rosa llega hasta ahí.

Se detiene.

—Y las manchas… bueno, esas son de Marco. Ambos son detallistas.

Santiago decide no preguntar más.

Pasan frente a un cuadro gigante: hombres humanos con trajes elegantes, todos con un aura de mafia antigua. El más joven —sonrisa de tiburón, mirada peligrosa— es idéntico a Marco.

Santiago lo señala.

Santiago:

—Ese… es Marco, ¿no?

Max:

—Sí. Dice que en vida tenía una “empresa familiar”. Nunca aclara de qué. Cuando le pregunté, me ofreció un seguro de vida.

(suspira)

Fue raro, porque ya que estar en el infierno te asegura que estás muerto.

Siguen caminando.

En un pedestal, un cráneo con un sombrero impecable se ríe cuando ellos pasan:

—Jejejejeje—

Pero cuando Max retrocede medio centímetro por error, el cráneo se calla inmediatamente… y luego vuelve a reír como si nada.

Santiago:

—¿Ese cráneo…?

Max:

—Decoración interactiva. Marco dice que era su cuñado.

Todo va “bien” hasta que llegan a un gran espejo enmarcado con huesos que parecen estar masticándose unos a otros.

Santiago lo mira un segundo…

Luego gira bruscamente la cabeza hacia atrás como si hubiese visto un fantasma.

Santiago:

—Whoa, espera, espera, espera…

(Se acerca al espejo, coloca una mano sobre la superficie fría)

Ese… ¿soy yo?

El reflejo muestra una criatura humanoide:

—Cuatro brazos largos, cada uno con cuatro dedos afilados.

—Piel celeste apagada, casi translúcida.

—Ojos rojos con pupilas amarillas que parecen moverse sin permiso.

—Colmillos pequeños pero numerosos, como una sonrisa arácnida.

Santiago se toca la cara.

La criatura en el espejo hace lo mismo.

Santiago:

—No puede ser…

Max levanta una ceja, sin sorpresa.

Max:

—Ah, sí.

—Los pecadores se transforman según sus… tendencias.

Algunos por culpa. Otros por hábito.

Otros porque sí. El Infierno es caprichoso.

Santiago:

—¿Y yo por qué carajos tengo cuatro brazos?

Max:

—No sé, ¿vos sabrás?

(sonríe mostrando colmillos)

Quizá eras muy “manos libres”.

Santiago se queda helado.

Max continúa:

—Igual, tranquilo.

Para ser tu primera mutación, saliste bastante lindo.

El tipo de al lado —señala otro espejo con un pecador convertido en un saco de ojos que lloran—

empezó mucho peor.

Santiago:

—Puta madre…

Max le da dos palmadas en la espalda.

Max:

—Eso mismo le dijo Rosa cuando se vio por primera vez.

Aunque en su caso dijo “¡Puta madre, qué sexy quedé!”…

y después mordió el espejo.Ven, te mostraré lo demás. Irónicamente, la cocina es lo más limpio de aquí… creo que Marco es el único que entra allí.

Mientras caminan, la cámara se eleva hacia el exterior del edificio. En lo alto, los Ángeles purgadores descienden como meteoros con alas, atravesando a demonios que caen por cientos. Sus lanzas dejan rastros de luz que iluminan el cielo carmesí. Los pecadores comunes apenas duran unos segundos: un impacto, un destello, y desaparecen. Para los demonios, es casi un halago sobrevivir más de un minuto.

A kilómetros del epicentro, un edificio altísimo sobresale entre el caos. La punta del rascacielos está reforzada con vigas metálicas improvisadas y cables que vibran con cada explosión a lo lejos. Dentro, en una oficina amplia y oscura iluminada sólo por pantallas, alguien observa el desastre.

???:

—Maldita sea… cada año es peor. Ni con toda la maldita plata que meto en estos cables logro que aguanten…

Un ascensor suena detrás, sus puertas abriéndose con un chirrido metálico. Un pequeño pecador, nervioso, entra con una tablet entre manos.

Pecador:

—Disculpe, señor Rex…

Rex —sin apartar la vista del ventanal donde un ángel atraviesa un demonio del tamaño de un auto—:

—Dime que traes una buena noticia.

Pecador:

—Recuperamos las señales y las conexiones de las cámaras, señor.

Rex gira lentamente, y una sonrisa predadora se dibuja en su rostro.

Rex:

—Perfecto. La Tele necesita un buen espectáculo para olvidar el caos.

—(apoya las manos en el escritorio y vuelve a mirar el infierno en guerra)

—Es hora de darle a este lugar lo que pide… un maldito espectáculo.

Las pantallas parpadean a su alrededor. Una por una, se activan mostrando distintos puntos del infierno: las caídas, las calles destruidas, los pecadores corriendo, los demonios luchando por sus vidas. Rex ajusta un control y una señal roja se enciende sobre su cabeza:

ON AIR.

Las televisiones de cada círculo —todas menos la del círculo de la Envidia, cuyas pantallas siempre fallan por razones que nadie quiere investigar— comienzan a encenderse una por una. En cada rincón del inframundo no atacado, los supervivientes se reúnen frente a los monitores, esperando el espectáculo anual.

Una voz femenina, elegante y artificial, habla como presentadora:

Presentadora (voz en off):

—Bienvenidos a todos los supervivientes. Antes sus ojos, el mayor catálogo inter-círculos, presentado por el Lord más influyente, el más brillante cristal del inframundo… ¡Rex!

La pantalla cambia a una intro exagerada: luces de neón, flashes, un montaje rápido de Rex posando en distintos trajes ridículos y extravagantes, desde rey demoniaco a cocinero con delantal brillante.

Finalmente, aparece Rex sentado en su escritorio, piernas cruzadas y sonrisa afilada.

Rex:

—Hola a todos mis queridos televidentes, desde los círculos más profundos hasta los preciados supervivientes.

(Muestra una pequeña pantalla lateral que se abre con la transmisión en vivo de los purgadores cayendo como bombas)

—Ya saben… lo usual de cada año. Ángeles purgadores limpiando el desastre y convirtiéndonos a todos en confeti celestial. Pero…

(ríe mientras minimiza la ventana de los purgadores)

—ese no es el público al que apuntamos.

La pantalla hace un clic y cambia la interfaz: cientos de canales disponibles, todos con la cara de Rex.

Rex:

—Veamos lo que realmente le interesa a la gente…

Cambia de canal con un chasquido. En todos aparece él mismo:

Canal de Cocina – “Cocinando con el Fuego del Infierno”

Rex, vestido de chef, sostiene un cuchillo:

—¡Hoy prepararemos una pierna de demonio clase C con salsa de superviviente fresco!

Canal de Novelas – “Amor, Mentiras y Maldiciones”

Rex como protagonista dramático, llorando exageradamente:

—¡No me dejaste opción, Margarita! ¡El contrato decía alma completa!

Canal de Noticias – “RexNews 24/7”

Rex, con traje serio y papeles que claramente están en blanco:

—Último minuto: El infierno continúa en llamas. Más detalles cuando me dé la gana.

Canal de Reality – “Supervivientes del Círculo 3”

Rex, vestido de explorador, rodeado de pecadores aterrorizados:

—Aquí vemos a nuestros concursantes intentando no morir durante la purga. Awww… qué tiernos.

Regresamos al estudio principal. Rex mira directamente a la cámara.

Rex:

—Así que pónganse cómodos, queridísimos. Aún falta lo mejor… y créanme, este año el infierno va a romper récords.

Las pantallas parpadean y se escucha un estruendo lejano, como si algo —o alguien— hubiera entrado en escena demasiado pronto.Los programas continúan de fondo, algunos con el logo del círculo en la esquina, otros con Rex en diferentes disfraces gritando recetas, chismes o titulares falsos. Pero la atención ya no está en la tele: la pantalla es solo ruido, mientras el cielo del Limbo se abre de nuevo.

La cámara baja desde las nubes desgarradas hasta el epicentro de la destrucción. Los ángeles purgadores, brillantes y deformados por la luz divina, se dividen en cinco puntos, como estrellas que caen sobre un mapa infernal.

Cada uno aterriza con explosiones de fe que borran demonios enteros, como si fueran errores gráficos de un videojuego.

Corte al techo donde están Santiago, Max y Marco.

Marco, sentado sobre una chimenea rota, mueve las piernas como si fuera un niño disfrutando un espectáculo de fuegos artificiales.

Marco:

—Che bellezza… che spettacolo. —Se ajusta el sombrero y saca unos binoculares de la nada—. Espero que este año, por fin, terminen con el barrio caníbal. Han estado… eh… haciendo más ruido del habitual.

Mira por los binoculares un segundo. Ve un ángel atravesar un edificio como si fuera manteca caliente.

Marco:

—Oh… se vede benissimo! —Se ríe, emocionado—. Este año vienen con ganas. ¡Con ganas de trabajar!

Max, cruzado de brazos:

—No sé si trabajo sea la palabra…

Marco:

—No, sí, trabajo… Mira ese, ¡ese! Ese está limpiando como si le pagaran por hora. ¡Me encanta!

Otro estallido sacude la zona. Un barrio entero se ilumina por un instante, luego desaparece.

Marco:

—Mmm… Ojalá ahora sí limpien el barrio caníbal. Es una mugre… y no de la buena.

De pronto, la cámara de Marco se queda sin señal: los binoculares se oscurecen por completo.

Marco:

—¿Eh? ¿Qué…? —Golpea el costado del binocular— Ma che schifo… —se desespera— È terribile non poter più vedere il finale!

Con una mezcla de frustración y berrinche adulto, lanza los binoculares al carajo, fuera del techo. Se escucha el grito de un demonio abajo, seguido de un golpe, y luego silencio.

Marco:

—Ugh. Esto me pasa por comprarle cosas a un vendedor del círculo de la Avaricia.

Se levanta, arregla su saco manchado de sangre y resopla.

Marco:

—Bueno, tengo que limpiar… otra vez. ¡Qué tedio!

Se retira caminando con un aire teatral, claramente molesto no por el caos… sino por no poder verlo.

La cámara vuelve a bajar al pasillo interior, a ese contraste extraño entre polvo, paredes podridas y rincones que parecen demasiado limpios como para ser naturales.

Max se detiene frente a una puerta de madera vieja. Con una pata empuja el picaporte y la abre.

Max:

—Bueno, teniendo en cuenta que Marco es… muy bueno con los nuevos —pone comillas con sus garras—, seguramente te deje quedarte hasta que termine la purga. Y capaz un día extra… si no muere nadie importante. Así que… —abre más la puerta— esto sería tu cuarto.

Santiago entra. El cuarto está apretado, feo, decadente… pero sorprendentemente libre de sangre, vísceras, restos humanos o demoníacos. Con eso ya califica como “lujo” en el primer círculo.

Santiago mira alrededor y suspira resignado.

Santiago:

—Gracias. Oye… ¿puedo preguntarte algo?

Max:

—Claro.

Santiago:

—Es cierto eso de que comes cadáveres?

Max se rasca la nuca con una garra.

Max:

—Bueno… —se encoge de hombros, como quien admite una mala costumbre— técnicamente sí como cadáveres, pero… muy situacionalmente.

Santiago:

—(suspira) Bueno, al menos sé que no me comerías si sigo vivo.

Max:

—Exacto. Yo respeto la cadena alimenticia. Si respira y se mueve rápido, no va al menú.

Santiago no sabe si agradecer o llorar.

De pronto, un estruendo brutal sacude TODO el edificio.

Un temblor casi de terremoto, intenso y largo, hace vibrar los focos, crujir los muros y caer polvo del techo por casi un minuto entero.

Santiago se agarra a la cama para no caerse.

Max ni se inmuta; solo mira hacia el techo, como contando cuántos ángeles acaban de caer del cielo esta vez.

A lo lejos, se escucha un grito potentísimo, casi cantado, casi divertido:

Marco (muy lejos):

—¡MAAAX!

(Voz melodiosa, como si estuviera cantando ópera barata)

—¡Ve-en aquí cuando terminees con eeeel nueevooo!

Max:

—Tch… ese italiano falso exagerado. —Le da un golpecito en el hombro a Santiago—. Si necesitas algo, grita. Pero no grites muy fuerte, porque Rosa se excita con los ruidos.

Santiago:

—¿Quién es Rosa?

Max sonríe como si le preguntaran por su mascota favorita.

Max:

—Nuestra caníbal residente. Marco dijo que no la suelte todavía. Así que… por ahora estás a salvo.

Santiago:

—¿Por ahora?

Max ya se estaba alejando por el pasillo.

Max:

—No abras la puerta de al lado. Si escuchas risas, ignóralas. Si escuchas llantos, también. Nos vemos.

Y se va trotando hacia las escaleras mientras el temblor residual termina

En la oficina de Marco

El televisor antiguo, una caja enorme llena de cables expuestos y pegotes de algún fluido no identificado, chisporrotea… y finalmente muestra la imagen de un purgador cayéndose de un tejado.

Marco (saltando de alegría como un niño con juguete nuevo):

—¡SÍ, MIERDA! ¡SÍ! ¡FUNCIONA, CARAJO!

En ese momento, Max entra corriendo, resoplando.

Max:

—¿Por qué me llamo?

Marco, sin apartar la vista del televisor:

—¿Recuerdas que te dije que NO dejaras salir a Rosa?

Max se queda quieto. Sus orejas se bajan.

Su cola también.

Max:

—No me digas que…

Marco señala con el pulgar hacia las cámaras.

La pantalla muestra un pasillo oscuro. Paso a paso, una figura larga y delgada se arrastra por el techo como una araña esquelética.

Marco:

—No está allí.

Max:

—Mierda.

---

Mientras tanto…

Santiago está acostado en la cama, sudando, respirando rápido.

Santiago (pensando):

—Tiene que ser una pesadilla… Tiene… tiene que…

Un sonido lo corta.

Una respiración.

Baja, profunda, áspera.

Justo del otro lado de la puerta.

Santiago abre los ojos lentamente.

Mira hacia la madera.

Hay una grieta… mínima… y detrás de ella, un ojo vacío, blanco amarillento, fijo en él.

Voz femenina, suave pero con un eco extraño:

Rosa:

—¿Eres el nuevo?

Santiago traga saliva.

Intenta sonar firme… y fracasa.

Santiago:

—¿Quién… pregunta?

Una risa.

Húmeda.

Cercana.

Rosa:

—Solo tu nueva compañera…

Se escucha cómo se lame los labios.

Un sonido viscoso, largo.

Rosa:

—¿Podría entrar?

Antes de que Santiago responda, la puerta se hunde hacia adentro como si algo grande la empujara con el hombro.

La figura entra.

Es alta, demasiado alta para el marco de la puerta.

La piel, blanca como un cadáver reciente.

Los ojos, dos pozos negros sin iris.

El cuerpo, flaco al punto de que cada costilla sobresale.

Una sonrisa enorme se curva de mejilla a mejilla, con dos filas de dientes filosos, chorreando una línea roja.

Sus dedos, largos como cuchillas.

Rosa abre los brazos como si diera la bienvenida a un viejo amigo.

Rosa:

—Saludos…

—Soy Rosa.

Santiago se queda congelado.

Ella avanza un paso.

La madera cruje bajo sus pies.

Rosa inclina la cabeza hacia un lado con curiosidad infantil.

Rosa:

—Hueles a… miedo fresco.

Se acerca más.

Rosa:

—Me encanta.

Rosa da un paso más cerca, casi rozando con su sombra los pies de Santiago. Su movimiento es suave, pero hay algo… demasiado calculado, demasiado felino.

Santiago siente el apretón de sus dedos: frío, firme, con una fuerza que no coincide con su aparente figura delicada.

Rosa

—Santiago… nombre tan gracioso. —le suelta la mano muy despacio, casi como probando cuánto puede tensarlo—. Un verdadero gusto conocerte.

Se relame los labios con un gesto tan lento que parece estudiarlo.

Santiago abre la boca para decir algo, pero entonces…

¡¡BRUUUUUM!!

Otro estruendo. Esta vez el suelo tiembla más fuerte y la luz parpadea una vez.

Santiago pega un salto involuntario.

Rosa (mirando hacia arriba, molesta)

—Cada año se pone peor… no sé cómo Carlo lo soporta. —chasquea la lengua— Supongo que ya se acostumbró.

Antes de que Santiago pueda preguntar “¿qué es eso?”, un golpe metálico suena detrás de ellos.

Max aparece en el pasillo, serio, rígido como siempre.

Max

—Rosa. Santiago. Carlo solicita su presencia.

Rosa gira lentamente la cabeza hacia él, como si ya supiera lo que venía.

Rosa

—¿Así que el viejo quiere mostrarle eso tan rápido? Qué imprudente.

Max no responde. Solo asiente una vez, firme.

Santiago

—¿Mostrarme… qué cosa?

Rosa sonríe, pero su expresión no dice nada bueno.

Rosa

—Oh, cariño. Si Carlo decidió que ya es hora… —le mira de arriba abajo— entonces tienes más suerte que cerebro.

Max carraspea, incómodo.

Max

—Acompáñenme. Carlo está en la oficina, pero… —hace una pausa, como si pensara si debía decirlo— después quiere que bajemos al nivel inferior.

Rosa se acomoda el cabello, divertida.

Rosa

—Entonces no perdamos tiempo. No querrás que eso se impaciente.

Santiago traga saliva.

Mientras caminan, al fondo de los pasillos el estruendo se repite, más débil pero constante.

Como si algo enorme se estuviera moviendo.

O despertando.

---

En la oficina de Carlo

Carlo cierra lentamente su reloj de bolsillo y lo guarda en el chaleco.

La habitación está en silencio, iluminada solo por una lámpara antigua.

Una vibración leve recorre el escritorio y la tinta en su tintero ondula.

Carlo

—No ha gritado aún… perfecto. Eso significa que sigue “intacto”.

(mira un punto del techo, como si escuchara algo que nadie más percibiría)

—Hora de que vea a nuestra pequeña joya.

Max asoma la cabeza por la puerta.

Max

—Señor, ya los traje.

Carlo sonríe, satisfecho.

Carlo

—Excelente. Pasen. —hace un gesto amplio con la mano— Y prepárense… el espectáculo ya comienza.

Marco da un paso al frente, con esa sonrisa torcida que ya es marca registrada de él.

Se acomoda el saco, como quien va a presentar una obra de teatro privada.

Marco

—Como el nuevo quiero mostrarte un poco del spettacolo. Sarà una grande e bellissima esplosione.

Santiago frunce el ceño, confundido.

Santiago

—¿Una qué?

Marco no responde.

Solo camina hasta una pesada cortina roja en la pared derecha de su oficina y la abre de golpe.

Detrás hay un ventanal enorme.

Un ventanal que no debería existir, porque según el plano del edificio —y según la lógica— esa pared da directamente a la calle.

Pero lo que se ve afuera no es la calle.

Ni siquiera es el mundo como Santiago lo conoce.

Es un horizonte de sombras y destellos, como si el cielo estuviera hecho de metal líquido.

Rosa entrecierra los ojos y sonríe con un gesto cansado.

Rosa

—Tanto tiempo desde que la probaste. Supongo que mejoró.

Marco suelta una carcajada suave, casi elegante.

Marco

—Molto meglio, almeno meglio di te che impari a pulire.

Agarra un control remoto pequeño, viejo, con un solo botón rojo.

Lo aprieta.

Un estallido de luz brota desde el horizonte.

Una expansión brutal, blanca, pura.

No hubo sonido. No hubo onda expansiva.

Solo una luz tan intensa que atravesó la ventana, la oficina y la retina de Santiago como una aguja caliente.

Santiago grita y tapa sus ojos demasiado tarde.

Un silencio absoluto.

La luz empieza a disiparse.

Marco lo mira fijamente, como si estuviera evaluando cuánto resistió.

Marco

—Santiago.

(breve pausa dramática, sonrisa fría)

—Bienvenido al infierno.

Las luces de la oficina parpadean una vez.

Afuera, lo que dejó la explosión aún se mueve… como si la misma luz respirara.

FIN