PRÓLOGO:
El día de acción de gracias, es la excusa perfecta para derrochar comida mientras que nosotros paganos, nos disfrazamos de creyentes y fingimos una benevolencia divina. Se recrea año tras año, la imagen de una familia feliz. Un núcleo que comparte la receta secreta de la abuela, salivando cual lobos hambrientos por el enorme pavo brillante que la madre pasó toda la mañana preparando, y que justo recién extrae del horno.
Envidiaba mucho a la familia Rogers. Nuestros vecinos perfectos. Vivían en frente, en una enorme casa perfecta, con una vida de ensueño. Un matrimonio feliz criando a tres hijos varones, los cuales tan solo se llevaban un año de diferencia. Y un San Bernardo, que corría con emoción por el frondoso jardín de la casa.
Siempre que los veía desde la acera de enfrente, pensaba: "Quiero eso. Una familia de anuncio, sin grietas ni secretos".
—¡Jessica...! ¡Entra ya! —Pero luego regresaba a mi grisácea realidad. Una, en la que mi madre desgasta mi nombre día y noche, para impedir que cruce la calle sin su consentimiento.
Algunas veces pienso que lo hace porque detesta el mundo exterior como los misántropos, pero hace poco descubrí la verdad. Hay algo perturbador ocurriendo en casa. Mi familia no es normal. Es oscura, fría y extraña. Por eso no podemos relacionarnos con la gente al otro lado de la calle.
Con rabia y temor en mi pecho, cruzo la vereda deformada de nuestro jardín sin vida, contando los ladrillos rotos y las flores marchitas alrededor del camino. Los escalones en el pórtico crujen bajo mis pies a medida que escalo hacia la puerta. Y al atravesar la entrada, el calor del exterior desaparece por completo. Entro al salón donde toda la familia se ha reunido para la cena, siguiendo el aroma putrefacto de la carne, que me obliga a adentrarme en la habitación como un buitre carroñero.
Mi hermano mayor Michael y mis primos, se queman las retinas con el brillo de las pantallas en sus celulares. Mamá intenta quitarles los dispositivos sin éxito. La tía Cinnamon solo se limita a servir el guisado, mientras relata una anécdota divertida sobre su difunto marido. El tercero este año, según palabras de la corpulenta mujer. Gesticula animadamente con el cucharón en la mano contando la historia, regalando una mirada asesina a mi padre, que se encuentra impaciente por comenzar a tragar.
En ese momento todo deberían ser risas y comida deliciosa en abundancia. Una familia feliz, rezando antes de probar bocado. Contando historias ridículas y poco interesantes, como alivio cómico entre las comidas.
Pero ahí, justo en el centro de la mesa, entre los platos y los vasos de cristal, yace el cuerpo de mi hermano gemelo Justin. Su piel ha adquirido una coloración púrpura que reconozco de los videojuegos de Michael. Es especialmente visible en su cuello y en el dorso de sus manos, que cuelgan inertes como guantes fuera de aquella diminuta mesa de madera. Sus ojos permanecen abiertos, vidriosos, mirando hacia el techo con una expresión que jamás podría olvidar.
—¿Jessica...? —Mi cuerpo se sobresalta inconsciente, al escuchar a mi madre llamar mi nombre con una enorme sonrisa pintada en el rostro—. Cariño, ¿puedes pasarme la sal, por favor? —Es lo único que pregunta. Y extiende su brazo por encima del torso inmóvil de mi hermano, sin siquiera bajar la mirada.
Mi labio inferior tiembla ante esa encantadora actitud. Mis ojos se sacuden al observar cómo el codo de mi madre roza el cabello enmarañado de Justin. Su piel prácticamente toca la frente fría de mi gemelo, pero mamá sigue sonriendo. Espera que le alcance el salero como si nada hubiera cambiado. Como si no hubiera un cadáver dividiendo nuestra mesa por la mitad.
—¿Están todos mal de la cabeza? —hablo sin pensar en las consecuencias. Mi corazón dudó por un segundo, pero el miedo fue más imponente—. Justin está muerto. ¿Y ustedes actúan como si se tratara de un mísero trozo de carne?
—... ¿De quién estás hablando, corazón? —pregunta mi padre fingiendo ingenuidad. Afilando los cuchillos con los que se dispone a rebanar a mi hermano.
—Ten cuidado con lo que dices, cariño. No es divertido —mamá le sigue la rima, alcanzando el salero junto a mi brazo por su cuenta.
Por un segundo, cuando se levantaba a tomarlo, pude observar su expresión seria y como en sus ojos se reflejaba verdadera confusión. Algo que me hizo temblar muchísimo más que antes. Llevándome a cuestionar mi realidad. Una realidad que quizás estaba fallando. Haciendo que viera cosas horribles que solo existen en mi cabeza, y no ante los ojos de todas estas personas a mi alrededor.
Mis primos siguieron el coro: —¡Jessica está loca! ¡Jessica está loca! —Exclamaban al unísono cual infantes idiotas, apuntándome con sus dedos ensangrentados, o repletos del gombo de la tía Cinnamon. Quién sabe.
—¿Jessica...? —Era la tercera, o cuarta vez que llamaban mi nombre durante la cena, pero la tía Cinnamon era mucho más aterradora que mi madre. El sadismo en sus ojos buscando un comportamiento ejemplar por parte de todos los presentes, transformaba a la hermana de mamá en un carnicero. Y mientras sujetaba un cuchillo en sus manos, fulminándome con la mirada, era difícil saber si me veía como un miembro de la familia o un trozo más, de carne insignificante—. Si no quieres cenar mi comida, sé sincera... —continuó diciendo, logrando exaltarme al clavar el cuchillo en la madera de la mesa, a pocos centímetros de mi brazo—. No hace falta que inventes hechos absurdos sobre los muertos. Lo único que consigues así, es que todos en esta mesa pierdan el apetito.
"¿Todos en esta mesa?"
Reí tras la ironía de esa frase. E internamente me dio curiosidad. Quise saber desde cuándo Justin había perdido el apetito, tendido como un trofeo porcino sobre la mesa. Quizás Justin era el plato fuerte de esa noche.
Y de ser ese el caso... ¿Quién sería el postre?
¿Sería Michael?
¿Mis primos, Jonathan y Jacob?
¿Mis padres?
No, por supuesto que no. Ellos no estaban trastornados. Y tampoco blasfemaban sobre la comida. Yo era el postre perfecto. El fruto de la tentación, podrido hasta la médula.
¿Por eso actuaban tan indiferentes? ¿Para no verse involucrados en las crueles intenciones de la tía Cinnamon? La verdad es que no me quedaría sentada para averiguar dichas respuestas. Mucho menos ahora que sentía la soga tan cerca del cuello.
En ese momento no vi ninguna otra salida. El cuchillo a mi lado, relucía como si fuese el utensilio protagonista sobre la mesa. En una situación de vida o muerte, no había mayor precursor para trazar un camino distinto. Me aferré al mango entregándole toda la confianza para sobrevivir que había en mi cuerpo. Arranqué la hoja de la madera y salí corriendo de casa. Corrí sobre el sendero de ladrillos irregulares, pisando aquella maleza y las flores marchitas en el camino por última vez.
—¡Jessica...!
—¡Vuelve aquí ahora, niña!
La voz de mi madre ya no me intimidaba. La de la tía Cinnamon tampoco. Solo tenía que cruzar la calle y llegar a casa de la familia Rogers. De conseguirlo, haría desaparecer todos mis problemas.
Así que lo hice.
Crucé aquella avenida que parecía cerrada para alguien como yo. Desde la acera podía ver al señor y a la señora Rogers junto a sus hijos, cenando y riendo frente al televisor. Eran mi salida perfecta. Salté cada baldosa bien colocada en el sendero del jardín, como una niña pequeña hipnotizada por la belleza y la alegría de un lugar utópico. El olor de las rosas me tranquilizó. Y el timbre de la mansión Rogers, al tocarlo, soltó una simple campanada que consiguió llenarme de esperanza.
—... ¿Sí? —Habló el señor Rogers al abrir la puerta. Tardó un poco, pero al final apareció. Vestía un traje blanco impecable, con una rosa azul en el bolsillo—. ¿Quién eres, tú?
—S-soy... Yo, soy... —las palabras se trababan dentro de mi boca. Parecía como si mi lengua fuese sujetada por agujas detrás de la garganta—. M-mi nombre es, Jessica Johnson —conseguí decir. Y eso sin duda calmó mis nervios—. Soy su vecina, de enfrente —solté señalando la casa tras mi espalda—. Necesito su ayuda, por favor. Mi familia se ha vuelto loca.
—¿Tu, familia...? —comenzó a decir el señor Rogers, con una voz tranquila y rasposa. Me observó y luego a mi casa al otro lado de la calle, antes de sonreír amablemente invitándome a pasar—. Dime algo, Jessica... ¿Algún, miembro de tu familia, sabe que estás aquí?
—No, no estoy segura... —negué la pregunta con escepticismo, entregándole el cuchillo en mis manos al señor Rogers—. Ellos... ¡Ellos mataron a mi hermano Justin! ¡Por favor, no me obligue a volver allá!
El resto de la familia me observaba confundida. Las situación se mantuvo tensa, hasta que la señora Rogers intercambió miradas con su marido. Se observaban con complicidad como si sus expresiones fuesen mejores que cualquier palabra no dicha. Entonces, la actitud de la señora Rogers hacia mí, se tornó cordial y comprensiva.
—¿Jessica, cierto? —Habló la mujer con una encantadora sonrisa, inclinándose a mi altura—. Es un gusto conocerte... Me llamo Liv. Estos son mis hijos, Lewis, Erick y Simon. —Los tres chicos se turnaron para saludar después de ser presentados por su madre. Del menor al mayor, sin protestas. Su educación estaba fuera de este mundo. —Nuestro guardián, Bruce... —El San Bernardo fue el siguiente miembro de los Rogers en ser introducido. Sentado junto a los chicos, ladró un par de veces antes de abrir ligeramente la boca, mostrando su lengua en una tierna sonrisa. —Y el cascarrabias tras de ti, es mi esposo, el señor Rogers. Pero puedes llamarlo Sam. —Liv presentaba a su familia como en los créditos iniciales de una película. Su tono angelical también era parecido.
Sabía que la familia Rogers era perfecta. Lo supe desde el primer instante en que los ví. Una mujer risueña de cabellos rubios y pecas casi imperceptibles. Unos hijos hermosos como copos de nieve. Y un esposo amable pero con aspecto protector.
Y también...
Un cuerpo sin vida en medio del salón, bajo la mesa donde supuestamente deberían estar cenando.
Mi cuerpo volvió reaccionar de manera esquiva. La familia Rogers parecía ajena a la incomodidad y el pavor que desprendía. Y aunque fingir no haber visto nada, iba a ser difícil a esas alturas, tendría que intentarlo. Le había entregado mi único mecanismo de defensa al señor Rogers al entrar a este lugar. Y una niña de nueve años desarmada, no iba a ser capaz de enfrentarse a cinco criminales con actitudes radiantemente psicóticas.
—Jessica, nos gustaría, que te quedaras aquí.
—... ¿Ah? —No pude interiorizar las palabras del señor Rogers por completo. Mis ojos no paraban de curiosear el cadáver bajo la mesa en el salón.
Estaba siendo demasiado descuidada.
Con algo de esfuerzo, conseguí desviar la mirada hacia el señor Rogers, el cual me veía con aquella amable sonrisa que, ahora junto a su extravagante estatura, me resultaba cuanto menos, un gesto espeluznante.
Desde afuera, el gesto del señor Rogers podía ser percibido con buenos ojos. Un ejemplo de humanidad. Sin embargo, no había nada ni remotamente humano en esa expresión hueca. En sus ojos cerrados o en su sonrisa hipócrita. Ni siquiera en sus uñas, que funcionaban como las garras de un depredador amenazante, aferrándose a la piel indefensa de una presa ingenua y temerosa.
Nuestro hijo mayor, Simon, apenas tiene cuatro años más que tú... —comenzó a explicar el hombre tras mi espalda, sujetando mi hombro—. Estoy seguro de que se harán buenos amigos, bastante rápido —concluyó. Y fue fácil notar que Simon, no estaba contento con esa idea.
De hecho —ahora que ponía atención a las grietas de la familia Rogers—; Simon ni siquiera le sostenía la mirada a su padre. Ninguno de los hijos lo hacía. Las diferencias entre nosotros, se iban haciendo difusas a medida que mi estancia en ese lugar se prolongaba.
Durante el transcurso de la noche, pensé que el hijo mayor de los Rogers y yo, no íbamos a ser capaces de entablar una conversación el uno con el otro. No comí nada de lo que Sam o Liv me ofrecieron, tampoco toqué ningún objeto en la habitación de Simon, a excepción de las llaves para salir.
Poca fue mi sorpresa, al descubrir que el hijo mayor de los Rogers se encerraba en su habitación. Yo también lo haría teniendo unos padres tan jodidos como los suyos.
Incluso, creo que los tengo realmente.
—No abras, por favor —susurró Simon, escondiéndose bajo las sábanas tras observarme caminar sigilosamente hacia la puerta de su habitación—. Debemos esperar, hasta la media noche —indicó, tomando el reloj junto a su cama en las manos para mostrarme la hora exacta. Claramente se podía leer que faltaban solo treinta minutos para las doce—. Si mamá y papá, pierden su racha, estarán muy enojados.
—¿Tus padres...? Ellos asesinaron a la mujer en el salón, ¿no es así?
Temeroso de que las paredes tuvieran oídos, Simon asintió a mi pregunta con prudencia desde la cama. La piel de mi espalda se erizó y mis manos comenzaron a temblar. Empecé a cuestionarme si era buena idea o no salir de este cuarto. Pero si lo que Simon decía sobre la media noche era cierto, necesitaba escapar de la mansión Rogers antes de que fuera demasiado tarde.
—Lo siento, no puedo quedarme aquí...
—No, espera... —Simon trató de detenerme, pero actué mucho más rápido saliendo de su habitación, sellando la puerta al otro lado tras mi espalda—. Al menos, llévate esto... —susurró el chico dentro de la habitación, y por debajo de la puerta, dejó pasar un objeto brillante y filoso. Un pequeño bisturí como el que utilizan los cirujanos—. Se lo robé a papá del bolso ayer en la noche, para proteger a mis hermanos. Pero ni siquiera tengo el valor para salir de mi habitación —confesó Simon, riendo con impotencia—. Ten cuidado, Jessica. Espero que al menos tú, consigas escapar.
El chico tenía un punto. Estaba claro que mi objetivo en ese momento era salir de esa situación. Yo también me sentía decaída, atrapada en un bucle del que nadie iba a venir al rescate, excepto quizás, yo misma. Es por eso que mi objetivo era escapar de aquel pueblo sin mirar atrás. Sin ayuda ni provisiones; nada me preocupaba más en ese momento. De poco me serviría la mano de un asesino, o la comida, sin un estómago para digerir.
—Esos miserables Johnson, en serio... —la voz de Liv se escurría fuera de su habitación, junto al contenido de varios perfumes que parecía estar destrozando contra la puerta—. Resultaron ser más astutos de lo que esperaba... ¡Demonios! —Pude escuchar el estruendo de los cristales y la frustración de la mujer al otro lado. Y mi curiosidad por conocer el resto de la historia, fue bienvenida antes que la precaución. Y terminé por acercarme a la puerta con cuidado, dispuesta a escuchar atentamente—. ¿En serio crees que hayan matado a su hijo como confesó la mocosa? —preguntó la señora Rogers. Y más al fondo, se escuchó a su esposo responder:
—Eso es lo que menos me preocupa ahora Liv. Si lo hicieron realmente, los Johnson de seguro ganarán el premio gordo a la media noche, ¿no te das cuenta?
"¿Premio?" Repetí internamente. El desconocimiento a estas alturas era perturbador, porque cada nuevo secreto que se desvelaba me sorprendía aún más, y me estremecía al mismo tiempo.
—Tú fuiste el que sugirió matar a mi madre... —señaló Liv con indiferencia. Como si hablara de una simple mala hierba que arrancó de su jardín—. ¿De quién es la culpa?
—Solo seguí el consejo de Scott durante el partido de tenis la semana pasada —se excusó el señor Rogers, añadiendo extrañas carcajadas a la conversación—. Me aseguró que su padre le daría la victoria. Si ese imbécil en serio creyó, que un leproso saco de huesos lo haría ganar, entonces fumó más hierba de la que cultiva en su jardín.
—No fue tanto como la que consumieron esos desalmados, Johnson. ¿Matar a mi propio hijo...? ¿Cómo demonios no se me ocurrió? Traje tres al mundo, maldita sea.
Mis pupilas se dilataron y llevé las manos hacia mi boca para contener un grito ahogado. Escuchar a Liv reírse de manera histérica, me hizo pensar en lo hipócritas y contradictorias que me parecían sus palabras y sus pensamientos.
—Bueno, está hecho, Liv... —dictó Sam, callando sus propias risas y las de su mujer—. Hemos ganado los últimos quince años, podemos hacer una excepción. Esos fantasmas no van a ganar el siguiente. Para la próxima cena de gracias, tendremos nuestro propio as bajo la manga. Dudo mucho que los Johnson se atrevan a sacrificar a otro hijo. Por eso, recuperaremos nuestro lugar, al deshacernos de Jessica.
La confesión pesó en mi cabeza. Mis pies se debilitaron y terminé tropezando con algunos de los vidrios esparcidos en el suelo. Los señores Rogers tardaron en emitir alguna palabra, pensé que era mi fin. Sin embargo, fue como si no hubiesen escuchado.
Continuaron con su conversación como si nada.
¿Estás diciéndome, que tendremos que cuidar de la mocosa, todo un año? —pidió saber la mujer en la habitación.
—Solo imagínalo, Liv: "Los Rogers asesinan a la hija de los Johnson". Será un titular que nadie se espere. Que le dará mil vueltas al infanticidio de esos astutos dementes.
—¿Pero, qué tal si nos echan? Saltar la calle y molestar a los vecinos... ¿qué no estaba prohibido?
—La regla, mi amor, dicta que el asesino no puede buscar víctimas fuera de su hogar. Nosotros no tenemos la culpa de que la pequeña conejita haya entrado en la cueva del lobo por equivocación... Ha sido un paquete sorpresa.
Nunca pensé que unas risas pudieran ser tan aterradoras, pero estas fueron distintas. Podía imaginar a los señores Rogers dentro de la habitación. Sus caras retorcidas, sus ojos brillando tras una oscuridad paralizante. Cada vez que las carcajadas comenzaban, sentía que me iban quitando la vida poco a poco. Era claro que no podía quedarme ni un segundo más en ese infierno, por lo que comencé a correr. Lo hice aunque mis piernas estuviesen cansadas y a punto de rendirse.
Al salir de la casa de los Rogers, Bruce comenzó a ladrar desde el jardín alertando a sus dueños. Sam y Liv se asomaron a la puerta, viendo furiosos como huía lejos de ellos. Sin embargo, por alguna razón, el señor Rogers también empezó a sonreír. No quise darle mucha importancia. Tan solo me concentré en correr y no mirar atrás. El destino era incierto pero, al menos sabía a donde no debía volver.
Corrí por horas hasta perder de vista la casa de los Rogers. Conseguí llegar a las intercepciones del pueblo. A mí alrededor veía, un sin fin de luces rojas y azules proyectándose en la calle. Quise ignorarlas y continuar corriendo. Sin embargo, sin darme cuenta, las sirenas de la policía se fueron escuchando mucho más fuerte. Mucho más cerca. Cuatro patrullas aparecieron entonces. Tres de ellas rodearon mi cuerpo contra aquella barrera de metal. Tres oficiales salieron de las mismas apuntando sus pistolas en mi dirección, pidiéndome que soltara el arma en mis manos.
Un escalpelo que ni siquiera había utilizado.
Confusión, miedo, incomodidad. Mi corazón acaparaba tantos sentimientos que no podía centrar mi atención en solo uno de ellos. Al menos no sin pensar que iba a explotar en el proceso. Me sentía igual que una mariposa, presa en un exhibidor. Con sus alas oprimidas bajo filosos alfileres.
—¡Ella es oficiales! ¡Ella es la asesina! —confesó el señor Rogers sin fundamento alguno, saliendo de la cuarta patrulla junto a su esposa, con una expresión arrogante. Se acercaba escondiendo las manos en los bolsillos de su gabardina. De seguro para ocultar los rastros de sangre y piel muerta bajo sus uñas.
—¿Cariño? ¿De qué estás hablando? ¿No habías quedado en que...?
—¡Ella asesino al joven Justin Johnson, junto a su familia! —Exclamó Sam, interrumpiendo a su esposa de decir alguna estupidez comprometedora. Una vez recuperado el control, el señor Rogers continuó con su actuación: —¡También quiso entrar en nuestra casa! ¡Quiso atacar, a nuestros hijos! ¡Pero se lo impedimos! —Gritaba el victimario, atrayendo la atención del resto de vecinos de la cuadra. Los cuales, salieron a la calle confundidos, pero también viéndose fijamente unos a otros con connivencia.
Todos eran conscientes de sus actos. Solo decidieron callar y aceptarme como el chivo expiatorio perfecto.
Y eso hice.
Desconocía qué atrocidades me esperaban fuera de Slaket Valley. Solo estaba segura de que ninguna se compararía con esta. Y por eso me entregué a la policía.
—¡Yo...! ¡Yo tengo la culpa! —Confesé con inseguridad, dejando caer el bisturí al suelo de entre mis manos temblorosas. —¡Yo los maté! —Sabía que lo que estaba diciendo, me estaba condenando por completo. Pero ya no había ninguna otra salida además de la muerte.
El miedo es impredecible. Nos conduce a actuar fuera de nuestras propias expectativas cuando queremos sobrevivir. En esa ocasión, el miedo fue lo único que pudo salvarme. No quería ser culpable de un crimen que no me correspondía. Tampoco quería perder la cordura, y las piernas, en un lugar como este.
—Dale gracias a Dios que tu preciosa cabecita, ideó un plan de contingencia para sacarte de este pueblo —Sam comenzó a susurrarme al oído, segundos antes de que me subieran a la patrulla—. No tienes ni idea, de cuánto ibas a sufrir al año siguiente. Un dolor indescriptible, que estoy seguro de que acabarías por suplicarme para que te matara.
Me gustaría decir que las palabras del señor Rogers, fueron la última gota de sadismo que se derramó aquella noche en Slaket Valley. Pero ninguna persona podía escapar de una crueldad tan grande:
"¿Su hijo, en serio? De seguro ganarán una fortuna". "¿Ya recibieron el dinero?" "No puedo creerlo, iban a ganar este año seguro". "¿Están locos? ¿Quién demonios llamó a la policía?" "¿Por qué no me escuchaste...? Habríamos tenido un bebé, y al asesinarlo, de seguro nos habrían pagado más por él que por un mísero afroamericano".
A veces deseo, pensar que todas esas frases fueron mentiras, o palabras que mi cabeza malinterpretó. Pero no era el caso. Había pasado nueve años de mi vida rodeada por sociópatas, e irónicamente, estaba tan ensimismada con los problemas de mi familia, que solo observé a mis vecinos de manera superficial. Había pasado nueve años, soñando y envidiando unas vidas, iguales o peores que la mía.
—No te preocupes, sé que tú no eres culpable de esto —señaló un hombre de negro que subió a la patrulla. No parecía un oficial. De hecho, no se parecía a ninguna otra persona que hubiese visto antes. Ocultaba su rostro bajo una máscara sin dibujos. Y el resto de su cuerpo estaba escondido con una sotana oscura.
Era como si, quisiese dejar en claro que no pertenecía al mundo real. Como si su existencia misma fuese una fantasía a pesar de lo tangible que se mostraba.
—No... —me costaba articular las palabras. Había alcanzado mi límite y solo estaba cansada de hablar—. No lo entiendo. ¿Qué...?
—El conservadurismo es una plaga silenciosa —habló el supuesto oficial sin apartar sus ojos del camino. Nos desviamos de la carretera demasiado rápido, pero ya no me importaba. Mi mente ya no quería soportar más sorpresas—. Los seres humanos son egoístas. También son cobardes. Y aterradores cuando sienten miedo. Aunque comenzamos con la avaricia, unos pocos fajos de billetes que llovieron sobre sus cabezas, no fueron suficientes para llevarlos al extremo de... asesinarse unos a otros. El hambre, por otro lado, carece de integridad. Así que volvimos a Slaket Valley un pueblo fantasma. Los incomunicamos del resto del mundo y comenzamos a vaciar los supermercados. Dejándolos a su suerte y a la buena voluntad de los vecinos. Sin embargo, eso nunca pasó. Todos en el pueblo se volvieron dependientes del futuro. Descartaron cualquier necesidad que el presente les mostraba. Se encerraron dentro de sus casas, acaparando recursos y comida para sí mismos. Todo eso, mientras apestaban a la gente del exterior que moría de hambre. Personas que, aunque lucían demacrados y famélicos, se negaron a sobrevivir.
Y fue así que la competencia empezó.
Mi cabeza estaba por estallar. No sentía mis manos ni mis piernas. El latido de mi corazón se silenció de golpe después de esas palabras. Incluso empecé a recordar un anuncio de hace años como si aún lo estuviera sincronizando en casa, desde mi habitación. Confundida y hambrienta, igual que la primera vez:
"Ciudadanos de Slaket Valley, acepten este mensaje como una señal divina. ¿No están cansados de salivar? ¿Por qué se limitan a las ratas y cucarachas que habitan sus hogares, cuando hay mucha más comida en sus camas? ¿Frente a sus televisores? ¿En sus trabajos? Tienen de donde escoger pero no se atreven a hacerlo. Nosotros podemos ayudarles. Cada año, en vísperas de Navidad, cada habitante de Slaket Valley podrá asesinar a un miembro de su familia, o amigos que se encuentren dentro de su propiedad durante las 24 horas del día de acción de gracias. Será como una purga restringida. No podrán salir de sus casas durante ese tiempo, tampoco podrán molestar a sus vecinos. Sean creativos para sobrevivir. La mejor de las muertes recibirá una compensación de cinco millones de dólares, y toda la comida que puedan desear. Desafortunadamente, el resto de habitantes continuará en la miseria. Y también serán despojados de sus alimentos, hasta que la competencia vuelva a comenzar".
Estar sentada a pocos metros del precursor de una masacre, siendo la víctima, sin duda debía constituir una revelación traumática. Pero ni siquiera un dato así tuvo algún efecto sobre mi persona. Solo fui capaz de preguntar por la identidad de aquel desconocido.
"¿Quién era ese monstruo disfrazado de hombre, que había convertido mi ciudad en un infierno?"
Soy alguien que te puede mostrar cómo se maneja el caos en la tierra. —contestó. Y no pude entender nada de lo que decía. No quise hacerlo. Me rehusaba a seguir desvelando secretos. Estaba cansada.
—Por favor —sollocé recostando mi cabeza sobre el asiento delantero. Justo donde aquel ser se encontraba. Justo donde su garganta relucía bien expuesta ante mis diminutas manos—. Mi familia se ha ido. Mi casa, es un lugar al que no puedo regresar. Tampoco puedo, confiar en las personas como antes... ¿Qué me queda, exactamente?
—... Nada —indicó—. Ya no tienes nada que perder. Ya no tienes porqué sentir miedo. Nunca más.
A veces me pregunto qué habría pasado conmigo, si hubiese aceptado los macabros planes de las personas en ese podrido pueblo. Si me hubiera quedado sentada, tranquila, y hubiese comido la cena esa noche con mi familia. ¿Qué habría pasado exactamente...? ¿De no haber desvelado los secretos? ¿De haberme rendido ante lo más cercano que tuve a una utopía? Quizás esta historia hubiese sido diferente.
Quizás no habría perdido, la fe en la humanidad.
"He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas" Mateo 10:16