Veil Of Madness

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Summary

Un vacío. Ni tiempo, ni lógica. Solo un grupo de niños atrapados en un infierno de espíritus malignos y horrores psicológicos diseñados para quebrar su voluntad. Este lugar no solo alberga criaturas; refleja sus miedos más profundos, forzándolos a enfrentar el dolor de las pérdidas y los secretos que juraron olvidar. Cuando un enigmático superviviente se une a su causa, la desesperación se convierte en una oportunidad: Juntos, deberán descender al corazón del abismo para desentrañar su oscuro enigma. ¿Podrán escapar de este vacío... o se convertirán en otro de sus ecos perdidos?

Genre
Horror
Author
DAshwyn
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

La Desaparición

El aire olía diferente aquella mañana. No era un aroma reconocible; era más bien un vacío silencioso que se filtraba entre los árboles, como si el bosque respirara por sí mismo. Jinex ajustó la mochila sobre sus hombros y se obligó a avanzar. Frente a ella, Jenn canturreaba una melodía olvidada, intentando ignorar la sensación de que algo estaba fuera de lugar. Josh, como siempre, fruncía el ceño, sus ojos siguiendo cada sombra, cada movimiento que parecía más rápido de lo que debería ser.

Ale se detenía con frecuencia, inclinando la cabeza, observando las ramas y las hojas que no caían con la lógica de la gravedad, y cada crujido del suelo lo hacía estremecerse. Shas caminaba detrás, en silencio, sintiendo una presencia invisible que parecía estudiar sus pasos. Kia y Mari se aferraban de las manos de los demás, intentando sentirse seguras en un mundo que aún parecía normal, aunque sus instintos les gritaban que no lo era.


"¿Sienten eso?", preguntó Josh, con un hilo de voz que apenas podía contener su temor.

"¿Qué cosa?" respondió Jinex, intentando proyectar fuerza que no sentía del todo.

"Como si alguien nos estuviera mirando... como si algo estuviera justo detrás de nosotros," añadió Ale, con un temblor que traicionaba su intento de calma.

Antes de que pudieran reaccionar, la niebla llegó. No era bruma común: era densa, oscura, viscosa, fría, y parecía absorber la luz. Jinex avanzó un paso más, pero la tierra bajo sus pies cedió como si se hubiera transformado en un líquido espeso. Mari chilló y se abrazó a Kia, quien respondió con un abrazo que parecía inútil frente al frío creciente que los rodeaba.

La niebla los envolvió. No había viento, ni manos, ni nada visible que los empujara. Solo vacío. El silencio se volvió ensordecedor. Un tirón invisible los arrastró, como si fueran marionetas en manos de un titiritero cruel, y sus voces se perdieron en la neblina. Un segundo después, todo se extinguió.

Cuando despertaron, ya no estaban en el parque ni en la ciudad.

El mundo que los rodeaba era otra cosa: sombras imposibles se alargaban, la tierra parecía respirar bajo sus pies, y un silencio absoluto reinaba, roto solo por sus propios corazones acelerados. Jinex fue la primera en levantarse, sus ojos recorriendo cada esquina del lugar con alerta máxima.

"No... no estamos solos," murmuró Shas, su voz apenas un susurro, pero cargada de miedo.

El Vacío los había reclamado.

El suelo bajo ellos parecía cambiar con cada parpadeo. Árboles con ramas torcidas que no seguían ninguna lógica se mezclaban con estructuras antiguas y fragmentos de edificios que flotaban en el aire. La luz provenía de ninguna parte y a la vez iluminaba todo con una claridad enfermiza.

"Esto... no tiene sentido," dijo Josh, con la voz quebrada.

"Sí lo tiene. Es solo... diferente," respondió Jinex, tratando de mantenerse firme, aunque su corazón latía con fuerza.

Shas caminaba un paso detrás, notando cambios que nadie más percibía: las sombras parecían alargarse y contraerse, y había figuras fugaces que desaparecían si uno parpadeaba. Jenn sostuvo la mano de Jinex. "Tenemos que mantenernos juntas," dijo con firmeza. Kia abrazaba a Mari, mientras ambas intentaban ignorar la sensación de que algo las seguía desde atrás.

El primer indicio de peligro llegó sin previo aviso: un susurro, apenas audible, que parecía salir del aire mismo. Los niños giraron en todas direcciones, pero no había nada. Ale notó unas marcas en el suelo que antes no estaban allí: huellas que no parecían humanas, con dedos extraños y alargados. Jinex dio un paso hacia adelante. "No podemos quedarnos quietos. Hay que movernos."

El primer encuentro con los horrores del Vacío no fue físico, sino mental. Ilusiones comenzaron a aparecer: recuerdos de miedo, voces que imitaban a familiares, sombras que se doblaban de manera imposible. Cada niño reaccionó distinto:

Jenn intentó racionalizar todo, hablando en voz alta para mantener la cordura.

Josh gritaba, intentando huir de algo que solo él parecía ver.

Ale observaba cada detalle, buscando patrones que explicaran lo que sucedía.

Shas susurraba advertencias vagas, percibiendo presencias que los demás ignoraban.

Kia y Mari lloraban, aferradas a cada mano amiga que encontraban.

Jinex los guiaba, enfrentando su propio miedo para mantener al grupo unido.

La primera prueba física fue cruzar un puente que parecía hecho de nada, flotando entre sombras. Cada paso era una batalla contra el vértigo y la sensación de que algo los empujaba al vacío. Jinex tomó la delantera, alentando a los demás mientras las sombras parecían moverse hacia ellos con intenciones desconocidas.

Al llegar al otro lado, un silencio aún más pesado los envolvió. Algo los estaba observando, acechando, y ninguno de ellos estaba seguro de si sobrevivirían la siguiente noche.

Mientras exploraban más del Vacío, comenzaron a surgir horrores menores:

Figuras humanoides sin rostro que desaparecían cuando uno intentaba mirarlas.

Susurros que imitaban las voces de sus padres o amigos.

Caminos que cambiaban de dirección, haciendo que el grupo se desoriente.

Los niños comenzaron a recordar momentos de sus vidas pasadas:

Jinex recordó la vez que protegió a su hermano menor de un accidente y el miedo a fallar nuevamente.

Jenn recordó la enfermedad de su madre y la impotencia que sintió.

Josh recordó la primera vez que se perdió solo y cómo el mundo parecía cruel.

Ale recordó a su padre criticándolo por ser demasiado observador y sensible.

Shas recordó sueños extraños que no podía explicar.

Kia recordó sentirse invisible en la escuela, y Mari recordó un accidente que casi le cuesta la vida.

Estas memorias no eran solo recuerdos: el Vacío las usaba en su contra, recreando sus miedos y distorsionándolos.

Después de horas de deambular por los paisajes imposibles del Vacío, Jinex decidió que necesitaban un refugio, aunque fuera temporal. "Si seguimos andando sin rumbo, vamos a agotarnos y podemos separarnos", dijo, su voz firme a pesar del miedo que todos sentían.

Cerca, entre la niebla, vislumbraron un edificio: una escuela vieja, con ventanas rotas y la puerta principal colgando de sus bisagras. La fachada estaba cubierta de musgo negro y líquenes que parecían palpitar como si respiraran.

"Podemos intentar entrar, solo para refugiarnos un rato," dijo Jenn, tratando de calmar los nervios del grupo.

El interior estaba oscuro y húmedo. Los pasillos olían a polvo, a madera podrida y a un olor metálico extraño, como sangre seca mezclada con óxido. Los ecos de sus pasos rebotaban en las paredes mientras exploraban cada aula en busca de algún objeto útil o lugar seguro para descansar.

De pronto, un ruido los hizo detenerse: un chillido rasposo, desgarrador, que parecía venir del piso superior, seguido de un arrastrar de pies que rompía el silencio.

"¿Qué fue eso?" murmuró Ale, sus ojos ampliados.

"¡No lo sé... pero debemos estar preparados!" gritó Jinex.

La bestia

Apareció entonces, como una sombra que se movía en el pasillo al final de la escalera. Lo que vieron los dejó paralizados:

Su rostro estaba partido en dos desde la frente hasta la barbilla, como si alguien hubiera abierto una grieta con un cuchillo, dejando la carne expuesta, brillante y sangrante.

Los ojos estaban desigualmente alineados, uno colgando ligeramente de la hendidura de su cara, el otro hundido en la oscuridad de la grieta.

La piel de la cara parecía estirada y desgarrada, con vetas negras como tinta seca, y la boca se extendía más allá de lo natural, mostrando dientes quebrados y retorcidos.

Sus manos eran largas, huesudas, con uñas quebradas, y se movían con una lentitud inquietante pero segura, como si olfateara su miedo.

La bestia avanzaba lentamente, emitiendo un sonido que era mezcla de gruñido, susurro y grito humano, como si estuviera cantando un dolor eterno.

Los niños sintieron que el aire se volvía más pesado, cada respiración era un esfuerzo y el terror los paralizaba un instante.

Jinex agarró un bate que encontraron apoyado en un aula, Jenn tomó una silla rota, y Josh y Ale improvisaron palos y tubos de metal que estaban en un taller de manualidades. Kia y Mari se quedaron cerca de Shas, quien susurraba que podían sentir la intención del monstruo: no solo quería atraparlos, quería asustarlos hasta romperlos.

"¡Muévanse hacia la escotilla!" gritó Jinex, señalando un acceso en la esquina del aula, parcialmente cubierto por escombros.

Mientras corrían, el monstruo giraba lentamente su rostro partido hacia ellos, y sus pasos resonaban como si el piso entero estuviera a punto de colapsar bajo su peso. Mari tropezó, y Kia la levantó en un abrazo rápido antes de que el ser pudiera notar su retraso.

El grupo logró abrir la escotilla con esfuerzo. Bajaron con cuidado por el estrecho túnel de metal, sus corazones latiendo como martillos. El aire estaba húmedo y olía a tierra mojada y a moho. A lo lejos, los golpes y gruñidos del monstruo retumbaban por la escuela, resonando como un eco que los perseguía mentalmente incluso mientras descendían.

Finalmente, llegaron a un claro que desembocaba en un bosque cercano. Los árboles eran altos y retorcidos, con hojas negras que apenas dejaban pasar la luz grisácea del Vacío. No había tiempo para descansar: Jinex los guió a través de la maleza, cada paso pisando raíces húmedas y hojas que crujían.

Shas, caminando unos pasos atrás, se detuvo de repente. "Siento que no hemos escapado... solo hemos cambiado de cárcel."

El grupo avanzó en silencio, cada sonido del bosque aumentaba la sensación de amenaza. Los ojos de Jinex recorrían cada sombra, esperando ver aparecer nuevamente esa cara partida que se grabaría en su memoria por siempre.

El bosque se volvía más espeso con cada paso, y la niebla se pegaba a sus cuerpos como un sudor frío. Jinex lideraba, con la respiración contenida y los sentidos tensos. Cada crujido de hojas bajo sus pies parecía amplificado, como si un ejército invisible se moviera con ellos.

Fue Ale quien lo vio primero: entre las raíces de un árbol, un montón de cartas amarillentas, dobladas y manchadas de humedad. Jinex se agachó y las recogió. Las cartas estaban escritas con letra infantil, torpe, a veces borrosa:

"Si estás leyendo esto... corre. Ellos no te dejarán escapar. Cuando uno de nosotros muere, no se va... se convierte en lo que nos persigue."

Jenn tomó una hoja arrugada de un cuaderno roto. Entre manchas de sangre seca y páginas arrancadas, había fragmentos de un libro antiguo que hablaba de niños atrapados en el Vacío:

Que los muertos no descansan.

Que los miedos se materializan.

Que al morir, los niños se transforman en monstruos, cuerpos y mentes deformados por el dolor y la desesperación.

El aire se volvió más pesado con cada palabra que leían. Jinex cerró los ojos, intentando no pensar en la posibilidad de que ellos mismos podrían transformarse en aquello si algo les sucedía.

Y entonces los ojos de Mari se abrieron con horror. Entre las hojas y la maleza, un cuerpo reciente yacía medio cubierto de tierra húmeda: su piel pálida, ojos abiertos y vacíos, boca torcida en un grito eterno. Kia gritó, pero su voz fue un susurro roto por el miedo.

"No... no puede ser real..." murmuró Shas, mientras un escalofrío recorría su espalda.

"No... tenemos que seguir," dijo Jinex, apretando el bate con fuerza, aunque la mano le temblaba.

El grupo siguió avanzando, y entre la niebla apareció una carretera rota con un túnel al final y vieja, cubierta de maleza y piedras. El asfalto estaba rajado, con huecos enormes que parecían absorber la luz. Entre los escombros, un túnel oscuro se abría hacia lo desconocido.

"Podemos investigarlo... tal vez haya un refugio dentro," sugirió Ale, tratando de sonar seguro.

"Sí... pero con cuidado," advirtió Jinex, mientras encendía una linterna que apenas penetraba la oscuridad.

El túnel olía a humedad, metal oxidado y algo más... algo que olía a muerte reciente. Cada paso reverberaba en las paredes, como si el túnel tuviera conciencia propia, escuchando sus movimientos.

A mitad del trayecto, un grito desgarrador los detuvo. Era la bestia de la cara partida. Su voz era un chillido humano mezclado con algo más, algo que no podía existir en el mundo. El eco del grito rebotaba en las paredes del túnel, haciendo vibrar sus huesos.

Jinex sintió que el corazón le explotaba en el pecho.

"¡Corre!" gritó, y el grupo empezó a retroceder, buscando la salida, pero el túnel parecía infinito.

El pánico los consumía. Cada sombra parecía moverse, cada sonido parecía más cercano de lo que realmente estaba. El monstruo estaba cerca, y su presencia se sentía en la piel, en la respiración, en los pensamientos.

Jinex y Jenn corrieron juntas hacia una salida lateral, encontrando un agujero en la pared que daba a un pozo de drenaje.

Josh y Ale, desorientados, tomaron otro camino, siguiendo la luz que creían que venía del final del túnel.

Shas, Kia y Mari se quedaron un momento atrás, paralizadas por el grito del monstruo, hasta que Shas las arrastró hacia un túnel más pequeño que apenas podían atravesar.

El sonido del monstruo se intensificó: su cara partida apareció en la penumbra detrás de ellos, cada paso resonando en sus mentes como martillazos. Sus gruñidos y susurros parecían penetrar sus recuerdos más dolorosos, mostrando imágenes de sus peores temores y fracasos.

"¡No puedo... no puedo seguir corriendo!" gritó Mari, tropezando.

"¡Sí puedes! ¡Debemos hacerlo juntas!" insistió Kia, tirando de ella mientras Shas mantenía la vigilancia hacia atrás.

Al final, cada grupo encontró una salida diferente:

Jinex y Jenn emergieron al bosque, jadeando y con las manos sangradas por los escombros.

Josh y Ale llegaron a un claro distinto, cada uno temblando por el terror que habían sentido.

Shas, Kia y Mari lograron salir a un riachuelo oscuro, donde el eco del grito todavía vibraba en sus mentes.

Por primera vez, se dieron cuenta de algo terrible: el Vacío los había separado intencionalmente, y el monstruo no solo los perseguía físicamente, sino que los estaba moldeando psicológicamente. Cada grupo sentía que estaba solo, aunque sabían que los otros estaban en algún lugar cercano, enfrentando los mismos horrores.

El bosque alrededor era silencioso, pero no pacífico. Cada sonido, cada rama que se rompía, cada sombra que se movía, era una amenaza potencial. Jinex miró hacia la dirección de donde habían escapado Josh y Ale, pero la niebla lo cubría todo.

"Tenemos que mantenernos juntas," murmuró Jenn, abrazando a Jinex, "pero... ¿y los otros?"

Shas, en su grupo, sentía que algo la llamaba desde la oscuridad del bosque. Kia temblaba, recordando la cara partida del monstruo, y Mari no dejaba de mirar hacia atrás, como si esperara que algo la atacara desde la nada.

Cada grupo estaba solo, pero el terror psicológico los mantenía unidos a la sensación de amenaza invisible. Cada pensamiento, cada miedo, cada recuerdo doloroso, se volvía tangible, como si el Vacío pudiera leer sus mentes y crear horrores a partir de sus traumas más profundos.

El suspenso era absoluto:

Nadie sabía si la bestia los había seguido a los bosques.

Nadie sabía si los otros grupos sobrevivirían.

Nadie sabía si, al caer, podrían convertirse en otro de los horrores que infestaban el Vacío.

El silencio era insoportable. Cada sombra parecía observarlos. Cada hoja que crujía parecía un presagio de muerte.

El terror no era solo físico: era mental, emocional, eterno. Y el Vacío apenas comenzaba a mostrarles su verdadera naturaleza.