Prólogo – Ecos de Trapalanda
Una flota que nunca regresó,
una ciudad que nunca fue encontrada.
Allí donde las leyendas se niegan a morir, comienza esta historia.
Prólogo – Ecos de Trapalanda
En la noche del 12 de octubre de 1307, cuando la Orden del Temple fue perseguida y sus caballeros apresados, una flota zarpó desde La Rochelle.
Sus velas blancas se desvanecieron en la oscuridad del océano, y jamás se volvió a saber de ellas.
Algunos dicen que buscaron refugio en Escocia; otros susurran que se ocultaron en Portugal.
Pero hay quienes afirman que, guiados por un mapa vikingo, cruzaron el Atlántico, siglos antes de los imperios europeos.
Consigo llevaron tesoros y secretos que nunca serían entregados ni a la corona ni a la Iglesia.
En el confín austral del mundo, otro mito aguardaba:
la Ciudad de los Césares, también llamada Trapalanda.
Se la describía como un enclave oculto en la Patagonia, levantado entre montañas y ríos, donde el oro brillaba como un sol eterno y su gente vivía apartada del mundo.
Durante siglos, expediciones la buscaron, pero solo hallaron rumores, huellas borradas por el viento y promesas de abundancia.
¿Qué pasaría si ambos mitos fueran uno solo?
¿Qué pasaría si la flota templaria, perdida en la noche de Europa, hubiera encontrado su destino en las tierras australes, descubriendo una ciudad atemporal que los cronistas llamaron Trapalanda?
¿Qué secretos se ocultan allí?
¿Qué pactos se han sellado entre fuego y agua, tierra y aire, fe y poder, tejidos a los pies de los Andes?
Este relato nace de esa unión imposible: la flota que nunca regresó y la ciudad que nunca fue encontrada.
Dos mitos que, al entrelazarse, revelan que la verdad no siempre se oculta en los libros, sino en las leyendas que se niegan a morir.