Amistades duraderas ©

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Summary

Samuel es un chico que tiene la vida de cualquier adolescente normal de dieciséis años: está enamorado de Rosa, su amor platónico desde la infancia, cuenta con sus dos mejores amigos para todo y su única preocupación es la escuela. Todo eso cambia cuando un chico nuevo entra a su salón. Él se llama Rogelio y tiene pinta de ser un «chico malo»: despreocupado de la escuela, con apariencia desaliñada y una actitud apática; esto hace que no les agrade a sus compañeros. Samuel, que no es un chico prejuicioso, decide darle una oportunidad, incluyéndolo en su grupo de amigos. Todo está bien hasta que Samuel es un chico que tiene la vida de cualquier adolescente normal de dieciséis años: está enamorado de Rosa, su amor platónico desde la infancia, cuenta con sus dos mejores amigos para todo y su única preocupación es la escuela. Todo eso cambia cuando un chico nuevo entra a su salón. Él se llama Rogelio y tiene pinta de ser un «chico malo»: despreocupado de la escuela, con apariencia desaliñada y una actitud apática; esto hace que no les agrade a sus compañeros. Samuel, que no es un chico prejuicioso, decide darle una oportunidad, incluyéndolo en su grupo de amigos. Todo está bien hasta que Rogelio comienza una amistad cercana con Rosa, y Rebeca, una chica que está enamorada de Samuel, aprovecha esto para causar una serie de malentendidos entre los dos amigos..

Genre
Humor
Author
Dianiscfd
Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1. Un nuevo compañero

Samuel suspiró con pesadez al ver a lo lejos a su amor platónico. Sus dos incondicionales amigos, cuyos nombres eran Roberto y Fernanda, lo miraron con una mezcla de angustia y lástima, pues su amor de la infancia, Rosa, parecía un ser de otro planeta que no advertía a la gente a su alrededor.

—¿Piensas mirar toda tu vida a Rosa? —Preguntó Roberto.

—¿Y seguir esperando a que te haga caso? —Secundó Fernanda.

—Ya, amigo, olvídala, te has perdido de la oportunidad de tener novia solo por esa chica que ni siquiera te voltea a ver.

Samuel frunció el entrecejo pero en seguida una expresión de amabilidad sustituyó ese gesto.

—Bueno, bien dicen que el que persevera, alcanza.

—Pero no te pases, Samuel, tú ni le hablas. Es más, ella no le habla a nadie —advirtió Fernanda—. A veces es mejor buscar más opciones.

Roberto comenzó a burlarse, diciendo que Fernanda solo quería que Samuel se fijara en ella.

—¡Claro que no, tonto! —La chica le dio un leve puñetazo en el hombro, hecho que aumentó aún más las risas de su amigo.

Ambos chicos dejaron de discutir al oír una voz chillona y potente dirigirse hacia ellos.

—¡SAMUEEEEEEEEEL! —Gritó la dueña de la voz, Rebeca, una chica bonita, bajita, de cabello largo y rojizo, y algunas pecas adornando su bien cuidada piel blanca. A pesar de que llevaba puesto el uniforme y, según Fernanda, ese atuendo hacía ver mal a cualquiera que lo llevase puesto, Rebeca podía lucirlo con estilo. Era una ventaja innata, ella podía verse bien con cualquier cosa que llevara puesta.

Samuel volteó hacia Rebeca, mirándola con sus potentes ojos azul claro y le sonrió.

—Hola, Rebeca.

Ambos chicos se saludaron de beso. Después comenzaron a platicar y Samuel no pudo pasar desapercibido el hecho de que la chica comenzó a coquetearle. A pesar de que se conocían desde la niñez, hacía algunos meses Rebeca se fijó en él, llegando al punto de que no había día en que no fuera a saludarlo y hacerle plática. Aunque Samuel quería mucho a Rebeca y sus amigos insistían en que saliera con ella para olvidarse de Rosa, él nunca quiso hacerlo, no deseaba jugar con los sentimientos de nadie, mucho menos con los de una amiga de la infancia, ni tampoco quería estar con otra persona que no fuera su amor desde siempre.

Después de que su conversación vaciló un poco y Rebeca se dio cuenta de que se hacía tarde para ir a clase; maldijo en su mente el hecho de no haber tocado en el mismo salón del chico, pues eso significaba no tenerlo cerca mucho tiempo y que otras chicas trataran de coquetearle sin que ella se diera cuenta. Un punto a su favor era que Rosa tampoco estaba el aula de Samuel, así podía vigilarla pero, según ella, un punto en su contra era ver que el chico era muy unido a su mejor amiga Fernanda, así que aunque siempre que la veía le sonreía con hipocresía, también le echaba miradas significativas, como queriéndole decir: «que te quede claro que solo eres su amiga, ¿eh?». Fernanda reía mentalmente por eso. Rebeca sonrió un poco.

—Es tarde, debo ir a clases —comentó.

—Sí, nos vemos luego, salúdame a Javier.

—Va.

De nuevo sonrió, se dio la media vuelta, volvió a voltear hacia Samuel, le dio un beso en la comisura de los labios y salió corriendo. El chico se ruborizó visiblemente, y Fernanda y Roberto estallaron en carcajadas.

—Nuestra Rebequita anda más avivada que de costumbre —dijo Roberto burlón.

—¿Por qué no le dices que sí y ya?

—N-no, y-yo… ¡Ya cálmense!

Ambos chicos volvieron a reír. Se apresuraron para entrar al salón y el maestro les dedicó una mirada reprobatoria cuando llegaron solo por el simple hecho de que él ya se encontraba allí. Tomaron sus asientos en silencio y el catedrático comenzó a dar su clase.

La hora pasó con lentitud y todo empeoró para la mayoría de los alumnos cuando terminó, no solo porque la siguiente clase que les tocaba era matemáticas, sino que, para acabarla, el profesor que impartía esa materia era muy estricto y gruñón. Antes de que llegara el catedrático, se apareció la prefecta con una noticia que sorprendió a todos.

—Buenos días, alumnos.

—Buenos días —le respondieron.

—Quiero presentarles a Rogelio Solís, su nuevo compañero… Pasa, no seas tímido.

El chico entró y todos se quedaron impresionados al verlo. Él era, de cierta forma, atractivo, tenía el pelo algo desaliñado y con algunas partes pintadas de verde, parecía ser fuerte físicamente, el semblante de su rostro era apático, tenía cara de pocos amigos y se notaba disgustado por estar ahí. Se cruzó de brazos, mirando al suelo y con el ceño fruncido.

—¿Les quieres decir algo a tus compañeros? —Preguntó la prefecta.

—No, gracias —respondió sin dejar de enfocar hacia abajo.

—Bueno, démosle una cálida bienvenida a Rogelio —expresó la mujer al notar que el chico en verdad estaba muy incómodo, pues no era común que casi a la mitad del curso ingresaran nuevos alumnos—. Puedes tomar asiento.

Rogelio levantó la mirada y su semblante cambió por completo al mirar a Samuel; levantó una ceja pero en seguida volvió a bajar la vista. Samuel también lo notó, su rostro le parecía familiar pero no recordaba haberlo visto antes, quizás solo se lo estaba imaginando, así que no prestó mucha atención a eso.

—Voy a necesitar que alguno de ustedes le preste sus libretas para que él pueda ponerse al corriente y lo ayude...

—Yo lo ayudo. —Se apresuró a decir Samuel, levantando la mano instintivamente e interrumpiendo a la prefecta, sin saber ni él mismo por qué lo hizo. Se ruborizó un poco al notar que todos sus compañeros lo miraron con extrañeza, incluso Fernanda y Roberto, y hasta el mismísimo Rogelio.

Quizás solo quiso apoyar a un nuevo compañero porque Samuel siempre tenía las mejores intenciones con todas las personas, era un niño muy educado, estudioso, respetuoso y religioso. Llevaba los apuntes al corriente y fue un alivio para sus compañeros, puesto que no tuvieron que echarse un volado para ver quién perdía y tenía que ayudar al nuevo pasándole sus apuntes. La prefecta se despidió y Rogelio se fue a sentar hasta la parte de atrás. Volvió a cruzar los brazos y cuando llegó el profesor de matemáticas, ni siquiera sacó una hoja para apuntar; tanto los alumnos como el profesor se dieron cuenta de esto.

—Jovencito, ¿cuál es su nombre? —El maestro se dirigió a Rogelio al ver que el chico no prestaba atención a su clase.

—Rogelio Solís —respondió de mala gana.

—¿Por qué no está tomando notas de lo que estoy explicando? —Habló, disgustado por la actitud del nuevo estudiante.

—¿Para qué? —Contestó con altanería—. Él se ofreció a pasarme los apuntes de todas las materias. —Señaló a Samuel—. Si él está tomando nota de lo de hoy, no tiene caso que yo también escriba eso, si de por sí le voy a sacar copias a sus libretas.

Tanto el maestro como Samuel se pusieron rojos; Samuel de vergüenza y el maestro por la ira.

—Salga inmediatamente, jovencito —masculló—, no voy a permitir esa clase de insolencia de su parte.

Rogelio se levantó y salió azotando la puerta. Ninguno lo podía creer. El profesor salió del salón y le dijo con una voz dura que llamaría a sus padres; al chico parecía importarle poco la amenaza y se dirigió a los baños de la escuela.

—Híjole, Samuel —le susurró Roberto—. Este chico sí que es de lo peorcito, en seguida se ve; y vas a tener que prestarle tus libretas, a ver si no te las pierde.

Samuel se quedó pensativo.

—Puedo acompañarlo a sacarle copias a la papelería de la esquina —susurró—. Así tendrá todos los apuntes y no perderá mis libretas.

El maestro volvió al salón, parecía muy fastidiado, cuando terminó de dar su clase, salió encolerizado, no sin antes dejar un montón del tarea y diciendo que esos cien ejercicios equivaldrían al treinta por ciento de su calificación final y que el día siguiente era el único para entregar, en su clase, no habría otra hora permitida. Todos los chicos se quejaron, pero obviamente el castigo iba para Rogelio por su comportamiento tan arrogante. Una vez que el profesor salió, el chico nuevo volvió a entrar como si nada hubiera pasado y adoptó la postura que tenía desde el principio. Todos lo voltearon a ver enojados, excepto Samuel, su mirada era más compasiva que de disgusto. Rogelio percibió la ira de sus compañeros y parecía importarle un bledo. Pero cuando vio a Samuel su semblante cambió, mostró un gesto más amable. Este último no disimuló una sonrisa que se dibujó en sus labios de manera inconsciente.

En el receso, Samuel se acercó a Rogelio y le extendió la mano.

—Mucho gusto, soy Samuel.

—Rogelio, pero creo que eso ya lo sabes —le respondió mientras correspondía el gesto.

—El profesor Filiberto encargó mucha tarea para mañana.

—¿Filiberto?

—El de matemáticas, con el que te peleaste.

—Ah. —Se limitó a contestar.

—Nos encargó cien ejercicios que equivalen el treinta por ciento de la calificación final —prosiguió Samuel—, y mañana en la mañana es el único día para entregarlos.

—Supongo que es mi culpa. —Se encogió de hombros.

—Sí, lo es —rio un poco—, pero si quieres te puedo ayudar a hacerlos…

—Lo siento—lo interrumpió—, no quería causarte problemas, y ahora por mi culpa tienes que hacer esos ejercicios…Vas a desperdiciar tu día haciendo tanta tarea.

—Bueno, no solo yo, todos los tendremos que hacer, pero… —Se detuvo un momento y se encogió de hombros—. No son tan difíciles y no es que tuviera planes para el día de hoy, si quieres puedes venir a mi casa a hacerlos.

—No te quiero causar más problemas.

—Está bien, se hacen más rápido cuando somos varios, invité también a Fernanda y Roberto, mis amigos, para ir a mi casa, los haremos entre los cuatro y terminaremos pronto.

—Eres buena persona, gracias, pero no puedo ir, lo siento.

—No es para tanto. ¿No tienes hambre?, yo sí. Vamos a la cafetería a comprar algo.

—Ve tú, yo estoy bien así.

—¿Estás seguro?

—Sí, no te apures.

—Está bien. Te veo a la salida.




Al salir de clases, Samuel junto con Fernanda y Roberto acompañaron a Rogelio a sacarle copias a las libretas.

—Mañana traeré las otras para que tengas las de todas las materias…

—Gracias. —Se limitó a contestar. Parecía más callado que cuando habló con él en el receso, como si la presencia de sus amigos le disgustara. Agarró las copias y las metió con brusquedad en su pequeña mochila, arrugándolas y maltratándolas, pues solo así cupieron. Los tres chicos que lo acompañaban no dijeron nada; se despidieron de su compañero y comenzaron a caminar al autobús para dirigirse a la casa de Samuel.

—Ese chico Rogelio se ve muy raro —comentó Fernanda una vez que se subieron al camión.

—Sí, Samuel, ¿por qué quisiste hablarle? No es por ser mala onda pero no me gustaría que se juntara con nosotros —comentó Roberto.

—No digas eso, Roberto, no se deben juzgar a las personas por las primeras impresiones que den, además no hay que negarle la amistad a nadie.

—Ammm, Samuel —se entrometió Fernanda—, esta vez estoy de acuerdo con Roberto, más que nada porque juntarse con alguien como él nos traerá problemas.

—¿Y cómo saben? No sean así, chicos.

—Bueno, ya —murmuró la chica—. Pero no digas que no, que por su culpa tendremos que hacer esa tarea horrenda… ¡Y yo que tenía ganas de ver una película! —Se quejó.

—Ya, no te quejes, mañana ves la película.

—Está bien —refunfuñó.




Al día siguiente, cuando Rogelio entró a su salón con expresión neutra, notó que sus nuevos compañeros lo fulminaron con la mirada. Ni Samuel ni sus amigos habían llegado todavía. Se sentó en el mismo lugar vacío que encontró el día anterior. La verdad es que estaba hastiado de estar allí y no se molestaba en disimular su malhumor; la mayoría de las personas de ese salón de clases le parecían simples y sin gracia, excepto dos güeritas que se la pasaban cuchicheando entre ellas, pero no tenía interés en hablarles, al menos no en ese momento.

Unos minutos más tarde entró Samuel y al poco tiempo llegaron sus dos amigos inseparables. El chico, al ver a Rogelio, le sonrió un poco y este último le devolvió el gesto.

Rogelio, a pesar de que era altanero, no entregaba las tareas, y a veces hacía enojar a los maestros por sus comentarios, no consiguió más problemas durante el resto de la semana. Sus compañeros, si bien ya no lo miraban con odio, lo ignoraban y no querían integrarlo a sus grupos, pues les seguía pareciendo una mala influencia. El único que deseaba seguir hablándole era Samuel, pero no lo hacía demasiado porque Fernanda y Roberto no se sentían muy a gusto con la compañía de aquel extraño muchacho.

Ese mismo viernes, al ver a Rogelio comiendo solo, Samuel sintió lástima por él y, sin importarle lo que dijeran sus amigos, lo invitó a comer con ellos. Roberto y Fernanda tenían la vaga esperanza de que se negara pero, muy a su pesar, terminó aceptado la invitación. Cuando Rogelio se sentó junto a ellos, surgió un incómodo silencio que no duró demasiado porque Samuel comenzó a hablar para liberar la tensión. En un momento en que comentaba algo acerca de un programa de televisión, escuchó el chillido característico de Rebeca.

—¡SAMUEEEEEEEEEEL! —Vociferó la chica acercándose a él y abrazándolo. En seguida se sentó en la misma mesa de ellos.

—Ho-hola, Rebeca —saludó el chico.

La chica iba a comenzar a revolotear alrededor de él pero en seguida divisó a Rogelio.

—¿Y ese chico?

—Es nuevo, Rebeca, se llama Rogelio —lo presentó—. Y Rogelio, te presento a Rebeca. —La señaló.

—Mucho gusto. —Ambos dijeron al mismo tiempo, aunque ninguno tenía una expresión de agrado. Rogelio parecía aburrido y Rebeca frunció un poco el entrecejo.

La chica de cabello rojizo dejó de prestarle atención a Rogelio y se enfocó en Samuel.

—¡Samuel! —Dijo con su voz animada—. ¿Mañana quieres ir a mi casa? Te queremos invitar a comer. —Sonrió con exageración.

—Emm, y-yo… —No podía negarlo, esa chica lo ponía nervioso pero no de un modo agradable, no del mismo modo que Rosa—. Me encantaría —dijo finalmente al ver el semblante preocupado de su amiga al imaginar una negativa. En seguida se puso contenta.

—¡Está bien, nos vemos mañana! —Se levantó con rapidez y se fue dando saltitos.

Una vez que estuvo lejos, los chicos volvieron a hablar.

—Y como siempre, ignorándonos a nosotros —comentó Roberto.

—Lo admito, a veces es fastidiosa —rio Fernanda—, pero ni modo, si Samuel la quiere, hay que respetarla —se burló.

Samuel, ruborizado por esa situación, iba a comentar algo pero Rogelio lo interrumpió.

—¿Es tu novia?

—¡¿Qué?! No, claro que no —respondió con rapidez.

—Pero pronto lo será —se burló Roberto y en seguida chocó los cinco con Fernanda.

Al oír eso, Rogelio siguió preguntado.

—¿Te gusta?

—No. —Negó con la cabeza—. Es mi amiga, solo eso, siempre voy a comer a su casa y a veces yo los invito a ellos, quiero decir, a ella y a su hermano, somos vecinos, pero no me gusta.

—Ah.

—No le gusta porque Samuel ama a Rosa. —Por un momento, Roberto olvidó que no estaban «en confianza» y se le salió decir eso. En seguida aplanó sus labios y volteó a ver a su mejor amigo. Rogelio notó ese gesto pero no comentó nada. Samuel, en cambio, sí lo hizo.

—Está bien, Roberto. —En seguida se dirigió a Rogelio—. Rosa es la niña que me ha gustado desde que somos niños y, aunque aún no nota mi existencia, sé que si persevero, algún día será mi novia —sonrió.

—Bueno, yo siempre le digo que le haga caso a Rebeca, porque para que Rosa se fije en alguien está difícil.

—Sí, esa niña nunca voltea a ver a nadie —concordó Fernanda—, es medio rara y súper tímida…

En ese momento Samuel la calló, poniéndole una mano en la boca.

—Cállense, ahí viene.

En ese momento los chicos, y todos los demás alumnos que estaban por allí, voltearon y se quedaron viendo cómo la hermosa chica pasaba de largo. Rogelio alzó una ceja al mirarla. Era una chica de hermosa piel canela, cabello castaño y ojos color verde agua, como dos preciosas turquesas. Una vez que se fue, ignorando las miradas molestas de las chicas y las embobadas de los chicos, los cuatro se miraron para reanudar su conversación.

—Es perfecta —suspiró Samuel—. ¿O no, chicos?

—Yo mejor no digo nada —murmuró Fernanda.

—Yo tampoco —secundó Roberto.

Samuel buscó a Rogelio con la mirada, incitándolo a que dijera su opinión.

—Pues es linda. —Se limitó a decir.

Mientras Samuel volvía a suspirar por Rosa, Fernanda y Roberto se miraron al mismo tiempo y después voltearon hacia Rogelio con una mezcla de desconfianza y antipatía.