Un Rey, Una reyna y un caballero
Después de que el caballero fuera nombrado escolta de la futura reina, la acompañó durante toda su estadía como prometida. Inequívocamente, comenzó a sentir algo más profundo que simple cariño. Sabía que esos sentimientos estaban prohibidos: en un mundo de reyes y linajes, lo suyo no era más que un anhelo imposible. Aun así, conservaba una pequeña esperanza, creyendo que quizá el destino sería misericordioso con él.
El caballero era un soñador, pero los soñadores caen como plumas, y él lo vivió en carne propia. Observaba con impotencia cómo la mujer que amaba vestía un velo blanco que armonizaba con las flores que sostenía. Flores que no eran para él, sino para el hombre de la corona, cuya diadema de oro con rubíes brillantes proclamaba su lugar en el mundo. Pero para el caballero, no había brillo que igualara el de su amada.
Mientras la miraba, pensaba en lo que pudo haber sido. Su único pecado fue no haber nacido con la suerte de ser rey. Contenía su llanto, pero una lágrima pura como un lago cristalino escapó de sus ojos rojos por la impotencia. La amada, erguida y decidida, vaciló un instante; su mirada se cruzó con la del caballero. En ese brevísimo encuentro, ambos se vieron transportados a otra realidad.
Se imaginaron en un salón de baile, vestidos con sencillez. Ella, con un vestido simple; él, con una armadura desgastada por las batallas que habían librado juntos. Frente a frente, tomados de las manos, se movieron con suavidad en un basse dance. Sus miradas ardían con un sentimiento que no necesitaba palabras. Poco a poco, sus almas se acercaron, y en un segundo que se sintió eterno, sus labios se unieron.
Pero así como sucedió, desapareció. Retrocedieron. Cada paso borraba la ilusión, desvanecía el beso que había sido una promesa nacida del fondo del alma. La amada apartó la vista; continuar con la fantasía solo los rompería.
Ante ella, el sacerdote se preparaba para sellar el destino que no deseaba. Cada palabra que debía pronunciar le desgarraba el corazón. El caballero sabía que debía decidir entre aceptar el destino o caer en el impulso más egoísta de su vida.
Por otro lado, el hombre de la corona buscaba con la mirada algo más que a su futura esposa. Buscaba a su estrella. Aquella con quien había compartido lágrimas, silencios y una conexión que él quería negar. Recordó la pequeña marca en forma de estrella en su cuello, y así encontró a la escudera. Aunque endurecida por la guerra, seguía siendo tan hermosa como cuando la conoció siendo una simple chef del castillo.
Al verla, el hombre de la corona imaginó una vida sencilla junto a ella: una casa humilde, hijos corriendo entre mesas, ambos cocinando mientras el sonido del fuego era el eco de sus almas en armonía. Cada corte, un sueño cumplido; cada especia, una risa compartida. Incluso la escudera, tan acostumbrada a contenerse, no podía evitar sonreírle.
Sabía que esa visión era imposible. La rompió de inmediato. Observó a la escudera: aunque no lloraba, estaba rota. Ambos conocían muy bien las grietas del otro. A cada palabra del sacerdote, sus máscaras se fracturaban.
Y entonces, el caballero dejó de ser caballero. Preso de su deseo más profundo, tomó su espada —la que debía proteger— y la levantó en contra de el hombre de la corona. La amada lloró lágrimas tan claras como el cristal, pero sonrió con la certeza de que tal vez sería su último baile juntos.
Huyeron, acompañados por la escudera, perseguidos por los demás caballeros. El hombre de la corona sonrió y comenzó a guiarlos por los pasillos de la catedral del castillo. Llegaron a una enorme puerta. Antes de que se cerrara por completo, la escudera, ya sin armadura, saltó hacia ellos vestida solo con ropa sencilla.
Peleó con el caballero convertido en bandido, pero el hombre de la corona la apartó y, en un instante que desafió al tiempo, le robó un beso. La puerta se cerró. No había escapatoria.
Fue entonces cuando decidieron bailar.
La amada y el bandido; el hombre de la corona y la estrella. Bailaron al ritmo de los golpes desesperados contra la puerta, tarareando con la melancolía de quienes saben que el final ha llegado, pero que por primera vez están completos.
En el centro, el hombre de la corona tomó la daga de la escudera y dejó caer su corona. Ella lo entendió. Decidió dejar de brillar. Cuando la puerta cedió, una lluvia plateada cayó sobre ellos, adornando el último baile del hombre que juró proteger, pero no amar, y de la amada que juró no amar, aunque lo hiciera.
Así terminó su historia: unidos por fin, aunque solo fuera en el final.