Una promesa oxidada
Lo que define a un caballero es su deber, su juramento y su lealtad; pero eso no significa que simplemente sean de metal o que no sientan el miedo ni la sangre. Nuestro caballero, un día, simplemente partió a la batalla: una guerra que no entendía ni quería, pero que al final solo era un llamado.
Frente a él, miles de centenares se reunían con un solo propósito: caer en aquella batalla sin fin. No quería llorar, pues las lágrimas se habían perdido en el camino. Él esperaba que un héroe viniera, como en los cuentos que le contaba su madre cuando era pequeño. Él quería ser un caballero, y su madre, entre risas, le decía:
—¡Claro que sí, mi dulce caballerito!
Ahora, frente a él, pudo ver el verdadero significado de aquella palabra. Mientras oraba a sus dioses para que algo ocurriera, no escuchó respuesta: solo silencio. Sabía que en aquel lugar no regía la voluntad divina, sino la de los humanos. Pensó que quizá esta ola de destrucción habría llegado incluso a los cielos, pero rezó para que no fuera así.
Solo entonces, mientras a lo lejos se acercaba la muerte inminente, dejó de rezar y comenzó a marchar, empuñando una espada de metal tan oxidada que le recordó a su abuelo. Él una vez le dijo:
—Algún día yo no estaré. Te encargo que cuides a tu madre y a tu hermana, pues a tu padre tampoco le queda mucho.