PROLOGO - El eco de los dioses muertos
> *“Cuando los dioses murieron, nadie escuchó su último aliento.
Los templos siguieron encendiendo velas,
las plegarias siguieron alzándose,
pero no hubo quien respondiera.
Así nació el silencio,
y en el silencio floreció la fe.”*
— Fragmento del Evangelio del Vacío, texto prohibido en Elyndra
El aire no se respira.
Se mastica.
Se adhiere a la garganta con sabor a óxido y ceniza.
El incienso nunca deja de arder, y el olor a carne vieja se mezcla con el de la sangre seca, creando una fragancia tan densa que podría cortarse con un cuchillo.
Las paredes están tan cerca que mi aliento rebota antes de salir.
A veces creo que este lugar no es una celda, sino una garganta de piedra que me digiere lentamente.
Hay un goteo constante desde el techo; no sé si es agua, sudor o lo que queda de los que estuvieron antes.
Cada gota cae sobre mi piel con la paciencia de un verdugo.
Intento mover los brazos, y las correas me responden con dulzura, como si quisieran recordarme que pertenezco aquí.
El metal está tibio, húmedo, casi vivo.
Mis huesos crujen al menor intento, y la carne se abre donde la piel ya no cicatriza.
En algún punto de la oscuridad, alguien reza.
La voz es baja, monótona, sin emoción; una plegaria que se ha repetido tanto que perdió su propósito.
El sacerdote no reza por mí, sino a través de mí.
Soy su altar y su condena al mismo tiempo.
Los pasos se acercan.
Lentos.
Metódicos.
Arrastran el silencio consigo.
Reconozco el sonido de las sandalias contra la piedra: siempre el mismo ritmo, siempre la misma pregunta.
La antorcha rompe la oscuridad con una luz sucia.
El sacerdote se detiene frente a mí, observa las heridas que aún no cierran, y sonríe con esa calma que solo tienen los verdaderos creyentes.
Su voz suena cansada, pero satisfecha.
—¿Aún vives?
No respondo.
No porque no pueda, sino porque ya no tiene sentido.
Él siempre hace la misma pregunta, y siempre espera la misma respuesta: el silencio.
Mi silencio es su confirmación de fe.
Mi respiración, su prueba de que los dioses aún observan.
La luz de la antorcha llega tarde.
Se arrastra por las grietas, como si también tuviera miedo.
En las paredes hay símbolos tallados con mis huesos.
Algunos aún gotean.
Brillan débilmente, respirando con un ritmo que no me pertenece.
Él toma una pluma de hierro, la moja en algo espeso y se acerca.
Siento el filo abrirse paso en mi pecho.
No grito.
No porque sea fuerte, sino porque ya gasté todos los gritos.
La voz solo regresa cuando estoy solo…
esa voz mía, rota, que me habla desde dentro del vacío:
> “Morir no duele.
Lo insoportable es volver.”
Cada vez que despierto, lo primero que siento es el frío.
No en la piel, sino en el alma, si es que aún tengo una.
El frío del que ha visto todos los finales y ninguno le pertenece.
El frío de quien ya no puede morir.
El sacerdote termina su trabajo y apaga la antorcha.
El fuego se apaga con un suspiro, y la oscuridad respira conmigo.
Puedo oírla.
Puedo sentirla palpitar dentro de mis venas.
> “He muerto más veces de las que hay estrellas,
y cada vez que regreso, el mundo está un poco más podrido.”
Silencio.
Luego el goteo.
Luego nada.
El vacío me abraza, y por un momento… casi parece misericordia.