Chapter Capítulo 2 | El Despertar Del Eco by Andy Wes at Inkitt
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El despertar del Eco

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Summary

La humanidad esta al borde de la extinción. Victoria forma parte de La Aldea, una comunidad oculta en lo profundo del bosque. Allí vive con su hermano, un pequeño especial que esconde poderes que nadie debe descubrir. La llegada de un extraño cambiará sus destinos para siempre. Entre secretos, promesas y verdades prohibidas descubren que nada es lo que parece y que dentro que ella duerme algo que podría alterar el equilibrio del mundo.

Genre
Scifi
Author
Andy Wes
Status
Complete
Chapters
37
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 2

Al día siguiente, toda la aldea estaba revolucionada. Ya se había corrido la voz de que habían atrapado a un hombre en el bosque. La mayoría tenía miedo y no sabían qué hacer; las caras eran de desazón y angustia.

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Yo decidí que no me iba a dejar vencer por el miedo. Tenía esperanza y confiaba plenamente en nuestro líder. Sabía que Sebastián nos protegería y no iba a permitir que ese hombre —fuera humano o no— nos destruyera.

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Me encaminé hacia la cabaña de mi tía. Hacía varios días que no la veía; sabía que estaba ocupada con sus obligaciones y no quería distraerla. Al llegar, noté que la puerta estaba entreabierta, así que empujé suavemente y entré.

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—¡Hola, tía! —le dije acercándome para darle un abrazo.

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Estaba sentada en la mesa del comedor, rodeada de papeles. Se la veía preocupada.

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—¡Hola, cariño! Qué alegría verte —me respondió con una sonrisa—. Pasa, te preparo una taza de té. —No, tía, no tengo tiempo para quedarme. Solo pasaba a saludarte y ver cómo estabas. Me está esperando Brenda en el taller de sanación, tenemos que terminar unas pociones nuevas. —Ah, bueno, cariño. Estoy con mucho trabajo, pero siempre es una alegría verte. Cada día estás más hermosa… me extraña que todavía no tengas ningún candidato dispuesto a desposarte. —¡Tía! Soy muy joven todavía, apenas cumplí dieciocho años. No pienso casarme en un futuro cercano —le dije riéndome de su ocurrencia. —Te lo digo porque sé que Julián está muy interesado. Aunque también escuché que no es correspondido… es un buen muchacho, podrías darle una oportunidad. —Julián es solo un buen amigo, nada más.

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—Quería preguntarte si sabías algo del hombre que capturaron ayer en el bosque —le dije cambiando de tema.

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Ella me miró sorprendida. —¿Cómo lo sabes? —Tía, todo el pueblo ya lo comenta. —No sé nada… —respondió poniéndose seria—. Pero debemos tener cuidado. No podemos confiar en nadie. Espero que Sebastián sepa cómo manejarlo. —Estoy segura de que sí, tía. Él sabrá qué hacer —le dije para tranquilizarla—. Bueno, me voy corriendo al taller antes de que Brenda me rete por llegar tarde. Solo pasaba a saludarte.

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Me acerqué, le di un beso y salí de la cabaña.

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Brenda me esperaba en el taller. Estaba concentrada cortando raíces y mezclando hierbas, con el delantal lleno de manchas verdes. Cuando me vio entrar, levantó la vista enseguida.

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—¿Ahora vas a contarme lo que pasó ayer? —me dijo con una cara de desconfianza—. Ya toda la aldea sabe que atraparon a un hombre en el bosque. Ahora entiendo por qué volviste con esa cara y temblando de miedo. —Me miró con reproche—. Te dije que no era una buena idea, Viky...

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—Bueno, está bien, lo lamento… no quería preocuparte. —Suspiré—. Ayer vi cuando lo atraparon. Por suerte estaba Popi y me avisó para que corriera, así que nadie me vio y no saben que yo estuve ahí. Por favor, no digas nada.

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—¡Viky! —exclamó llevándose una mano al pecho—. Casi me muero del susto cuando me enteré. Dicen que todavía no saben si es humano… ¡Que hubiera pasado si te encontraba sola en el bosque! —su rostro se llenó de terror solo de pensarlo.

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—Bueno, pero no pasó nada —le respondí intentando restarle importancia—. Tuve suerte. Popi me dijo que hoy Sebastián lo va a interrogar. Si alguien sabe cómo manejar estas cosas es él. Por algo es nuestro líder. Tenemos que confiar en que hará lo correcto.

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—Sí, tienes razón —asintió con un suspiro—. Siempre nos mantiene a salvo.

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Seguimos trabajando toda la mañana, preparando pociones y medicamentos, experimentando con nuevas hierbas y anotando los resultados en el cuaderno grande de hojas amarillentas. El aroma a lavanda, menta y eucalipto llenaba el aire del taller.

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Cuando llegó la hora del almuerzo, guardamos todo y salimos con la canasta que habíamos preparado temprano. Nos sentamos en los escalones frente al taller, comiendo nuestros sándwiches mientras observábamos a la gente pasar. Había un aire raro en la aldea, como si todos respiraran más despacio, esperando noticias.

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Justo cuando estábamos terminando de comer, vimos que alguien pasaba frente al taller. Era Julián. Sonrió al vernos y se acercó saludándonos.

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—¡Hola, chicas! —dijo—. ¿Están esperando a escuchar alguna noticia sobre el hombre del bosque?

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—Sí —contesté—. Me enteré que fue todo un caos. Popi me dijo que hoy lo iba a interrogar Sebastián.

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Julián asintió, con el ceño fruncido—. Yo estuve allí también… lo perseguimos hasta atraparlo. No fue nada fácil. El tipo tiene una fuerza descomunal, se nota que está muy bien entrenado. —Se encogió de hombros—. Eso es lo que más nos hizo dudar cuando dijo que era humano.

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Brenda y yo lo escuchamos fascinadas, pero a la vez con miedo. —¿De verdad es tan fuerte? —preguntó Brenda. —Sí, y no solo eso, tuvimos que reducirlo entre cuatro luchadores nuestros —continuó Julián—. Fue complicado, pero lo logramos. Lo importante es que ahora está seguro y nadie salió lastimado.

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Después de unos minutos, Julián se despidió y siguió su camino con una sonrisa, se lo veía muy alegre a pesar de lo que había presenciado el día anterior, se fue dejando un rastro de confianza y seguridad detrás. Nos dejó más tranquilas con sus palabras, él también estaba seguro que Sebastián se ocuparía del problema.

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—Sabes que está enamorado de vos desde hace mucho tiempo, ¿no? —me susurró Brenda mientras guardábamos la canasta.

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—Ahora no estoy interesada en el amor —le respondí, mirando el bosque a lo lejos—. Lo único importante es sobrevivir. Todo lo demás puede esperar.

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Brenda asintió, con una media sonrisa. Sabía que no me equivocaba: en estos tiempos, incluso el corazón debía mantenerse a salvo.

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Continuamos nuestro trabajo en el taller, atendiendo a varios pacientes durante la tarde. Nada grave: algunos niños con golpes por correr y caerse, adultos con dolores de cabeza, y algunas de nuestras pacientes más ancianas con dolor en los huesos. También había quienes recibían tratamientos semanales para ciertas dolencias.

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Cuando finalizó la jornada, Brenda juntó sus cosas rápidamente y me miró con una sonrisa pícara:

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—¿Puedes quedarte a cerrar todo? —me dijo—. Yo tengo una cita esta noche… algunas sí estamos interesadas en encontrar el amor, ¿sabes?

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—¿Estás hablando en serio, Brenda? —pregunté, sorprendida, abriendo los ojos como platos—. Nunca me habías contado que estabas interesada en alguien.

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—Te lo contaré… depende de cómo termine la cita esta noche —me dijo riéndose.

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—Tendré que esperar hasta mañana entonces para que me cuentes todo.

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—No te preocupes ve a alistarte para tu cita… que yo cierro todo acá.

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—¡Gracias, amiga! ¡Te quiero! —me dijo mientras salía disparada por la puerta.

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Terminé de guardar los frascos y acomodar las cosas. Cuando estaba por salir yo también, vi a Popi entrar. Su cara me hizo detenerme en seco.

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—Popi, ¿estás bien? ¿Te pasó algo? —pregunté, preocupada.

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—Sí, Viky, todo bien —me aseguró—. Pero necesito que vengas conmigo. Sebastián me mandó a llamarte. Necesita una sanadora… es para el hombre del bosque.

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—Pero… ¿pasó algo? —pregunté, con el corazón acelerado.

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Popi asintió con gravedad. —Sí… el hombre intentó escapar esta tarde. Estaba amarrado a una silla, y de algún modo consiguió un pedazo de vidrio. Quiso cortar las sogas, pero terminó cortándose las muñecas. Cuando lo encontramos estaba sangrando mucho.

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Sin pensarlo, agarré mi maletín de curaciones y salí detrás de mi hermano, corriendo hacia los calabozos donde lo tenían detenido.

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Llegamos al lugar, que parecía una cueva alejada de la parte poblada de la aldea. Las paredes eran rugosas, cubiertas de musgo, y el aire olía a humedad y tierra mojada. Apenas entrábamos, la oscuridad nos envolvía; el eco de nuestros pasos resonaba contra las piedras, recordándome que estábamos lejos de cualquier lugar seguro.

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Al entrar, lo encontré: Sebastián estaba sentado en una silla, con las manos sosteniendo su cabeza. Al levantar la mirada, se veía el cansancio acumulado en él. Era alto, muy alto, con un cuerpo fornido y atlético que parecía desafiar su edad, aunque unas profundas ojeras marcaban su rostro y su postura reflejaba días de fatiga y preocupación.

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—Victoria, gracias por venir —dijo, con voz grave—. Necesitamos que lo cures. Todavía no pudimos interrogarlo bien y necesitamos respuestas. No podemos dejarlo herido… y tenemos miedo de que se desangre. Las heridas que se hizo son muy profundas y ya perdió mucha sangre.

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Suspiré y abrí mi maletín, tratando de calmarme a mí misma antes de acercarme.

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—Prometo hacer todo lo que esté a mi alcance —le dije, con la voz temblorosa.

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Me acerqué a la celda. Allí, en un camastro improvisado, estaba el hombre. Parecía dormido… o quizá desmayado por la pérdida de sangre. Le habían hecho unos vendajes para detener la hemorragia, pero no estaban funcionando. El olor a sangre, metálico y penetrante, me invadió los sentidos y me hizo respirar con dificultad.

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Su vestimenta era rústica: pantalones gruesos de tela resistente, unas botas gastadas que habían visto mejores días. Estaba desnudo de la cintura para arriba, dejando ver un torso musculoso, definido, como el de un luchador entrenado. Su pelo oscuro y ondulado se pegaba a la frente húmeda por el sudor.

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Sin perder tiempo, me arrodillé frente a él. Tomé sus muñecas entre mis manos y retiré con cuidado los vendajes ensangrentados. La piel estaba marcada por cortes profundos y rojizos, y un hilo de sangre seguía escapando. Tomé agua limpia, mojé unas gasas y empecé a limpiar la herida, removiendo la suciedad y la sangre reseca, mientras mis manos temblaban ligeramente.

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Saqué del maletín unos ungüentos especiales para detener la hemorragia y comencé a aplicarlos, masajeando suavemente los bordes del corte para que la sangre dejara de brotar. Cada vez que presionaba, él respiraba con dificultad, emitiendo un leve gemido.

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De repente, abrió los ojos. Tan rápido y profundo que me sobresalté. Me tomó las manos con fuerza, y al levantar la mirada hacia mí, me encontré con sus profundos ojos azules… igual que aquel día en el bosque. Una sensación helada me recorrió la espalda; mis piernas temblaron de miedo y no pude apartar la vista.

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Era como si me penetrara hasta lo más profundo de mi ser, y por un instante, sentí que todo mi mundo se reducía a esa mirada intensa y extraña, que al mismo tiempo despertaba algo desconocido dentro de mí.

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Me quedé completamente quieta, perdida en sus ojos. El miedo me recorrió de pies a cabeza.

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—Yo te conozco —dijo él con una voz grave y profunda.

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En ese momento, Sebastián se acercó rápidamente y le gritó:

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—¡Quédate quieto y no hagas ninguna estupidez! ella es una sanadora, solo está curando tus heridas para evitar que mueras desangrado.

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El hombre se volvió a recostar en el camastro, y en silencio permitió que yo terminara mi trabajo. De vez en cuando me lanzaba miradas curiosas, como tratando de recordar dónde me había visto antes. Yo, por mi parte, estaba extremadamente nerviosa, pensando: OJALÁ QUE NO ME RECUERDE DEL BOSQUE… POR FAVOR, QUE NO DIGA NADA…

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Terminé de curarlo lo más rápido que pude. Respiré hondo, tratando de calmar mi corazón, y salí de la celda evitando mirarlo de nuevo.

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Salimos de los calabozos juntos, Popi y yo. Antes de alejarnos, me despedí de Sebastián.

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—Gracias por venir, Victoria —dijo con seriedad, aunque sus ojos mostraban cansancio—. Mantente alerta y cuida de Popi.

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Asentí y nos dirigimos a nuestra casa, caminando por los senderos del bosque con el maletín de curaciones en mi espalda. El silencio entre nosotros estaba cargado de tensión hasta que Popi rompió el aire con su voz:

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—Sigo sin poder penetrar la barrera mental de ese hombre… —dijo preocupado—. Pero Sebastián ya hizo varias pruebas y comprobó que, al parecer, es humano. No estamos completamente seguros, pero al menos en su mayor parte sí. Eso nos deja un poco más tranquilos.

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—¿Por qué dijo que te conocía? —preguntó, confuso.

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Suspiré, recordando aquel momento en la celda:

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—Nos vimos en el bosque aquel día cuando lo atraparon. Yo salí corriendo cuando me avisaste, pero no pude resistir mi curiosidad y lo miré… estaba arrodillado. Me vio, me reconoció.

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Popi se quedó en silencio unos segundos, luego murmuró:

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—Viky… espero que no le diga nada a Sebastián…

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Asentí sin hablar, con la mente todavía reviviendo sus ojos azules y la extraña sensación de aquel encuentro. Caminamos en silencio el resto del camino, cada uno inmerso en sus pensamientos, mientras la tarde caía lentamente sobre nuestro bosque escondido.

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