Capítulo 1: La primera vez que lo vi, el inicio del año y la presión académica
A veces la vida guarda ciertos momentos como si fueran escenas de película. No siempre lo sabemos en el instante, pero hay miradas que marcan el comienzo de algo que aún no tiene nombre.
Era segundo curso. Un día cualquiera, una clase más. Valentina estaba en su pupitre, como siempre: ordenada, con sus cuadernos bien decorados, bolígrafos de colores, y la calculadora justo al lado, porque había terminado la clase de matemáticas. Siempre llegaba con todo. Era de esas alumnas que los profesores miraban con alivio porque sabían que, al menos con ella, no habría problemas. Era perfeccionista, responsable, con esa energía fuerte que muchos no entendían, pero pocos se atrevían a ignorar.
El recreo llegó y mientras transcurría tranquilamente hasta que, de repente, alguien entró. Era un chico de otro curso —el mejor amigo de alguien a quien ella aún no conocía— y venía a prestar una calculadora. No cualquier calculadora: la suya.
Valentina se levantó rápido, como siempre que alguien le pedía algo académico. Caminó hacia el chico y justo detrás de él... venía Jacob.
Un segundo. Eso fue todo lo que duró la escena. Pero bastó.
Jacob no dijo nada. Solo la miró. Y esa mirada... no fue cualquier cosa.
Ojos chinitos, serenos pero intensos. Moreno, alto, con una expresión entre seria y curiosa. No era un chico que hablaba mucho —al menos no en ese momento—, pero su presencia llenó el pasillo como si el aire hubiera cambiado de golpe.
Valentina le sostuvo la mirada apenas un par de segundos antes de bajarla, incómoda. No porque él la intimidara, sino porque algo en su estómago se revolvió sin permiso. Fue una mezcla entre cosquilleo y electricidad. Como si su cuerpo supiera algo que su mente aún no entendía.
Jacob solo recibió la calculadora de manos de su amigo y se fue. Sin una palabra, sin una sonrisa, sin un gesto. Pero ella se quedó ahí parada un par de segundos más de lo normal. Algo había pasado. Algo leve, pero imposible de ignorar.
Durante las semanas siguientes, Valentina lo volvió a ver unas cuantas veces. A veces en el recreo, otras en los pasillos. Nunca solos. Siempre entre grupos, risas, conversaciones. Nunca hablaban. Nunca se saludaban. Él ni siquiera sabía su nombre.
Ella no se atrevía a preguntar por él, aunque le nacía. Tenía curiosidad. Una de esas que se sienten más fuerte cuando no tienes ningún motivo real para sentirla.
“Debe ser mayor”, pensó alguna vez. “Quizás tiene 17 años.”“No me va a ver jamás”, se decía otras veces, intentando convencerse de que era solo una tontería.
Y así pasó un año. Un curso entero. Un par de miradas cruzadas y muchas preguntas sin respuesta.Hasta que llegó el tercero.
Ese año, el colegio hizo lo que hace siempre: mezclar, reorganizar, cambiar a todos de curso. Valentina perdió a varios compañeros, hizo nuevos, y se encontró en un salón que no conocía bien. El primer día de clases, se sentó en la tercera fila —como siempre—, sacó sus útiles, respiró hondo y se preparó mentalmente para el último año antes de graduarse.
Y entonces lo vio entrar. Jacob.
Él también había sido reubicado. Pero no como su mejor amigo, que había terminado en otro curso. No. Jacob estaba en el mismo salón que ella. Ahora sí. De frente. A pocos metros. Ya no era una mirada ocasional en un pasillo. Ahora compartían el mismo aire cada día.
Él entró tranquilo, como si no fuera la gran cosa. Con una mirada seria y de pocos amigos, la mochila a medio cerrar, y esa forma de caminar que parecía decir “sí, vine... pero no me importa mucho estar aquí”.
Valentina lo miró sin que él lo notara. O eso pensó ella.
Porque apenas se sentó en el pupitre de la esquina, él levantó la vista... y la miró. Como si la recordara. Como si, quizás, ella tampoco hubiera pasado tan desapercibida como pensaba.
Pero aún no se hablaban. No eran nada. Solo dos personas compartiendo un curso. Solo una historia esperando a ser escrita.