Herencia amarga.

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Summary

Santiago Montes y Emiliano Herrera no se casaron por amor. Ambas familias, dueñas de dos grandes tequileras en Jalisco, acordaron el matrimonio como una alianza que asegurara el futuro de sus negocios. Emiliano acepta por deber, aunque su corazón pertenece a Gabriel, el capataz del rancho, un hombre noble y silencioso que ha trabajado en la hacienda desde joven. Santiago, por su parte, llega al matrimonio con la esperanza de construir un amor con el tiempo, convencido de que la vida compartida puede encender lo que las promesas no. Pero el amor no siempre florece donde se siembra. Entre los campos de agave, donde el sol quema y el tequila fermenta los secretos, Santiago descubrirá la verdad: su esposo ama a otro. Y en lugar de destruirlo, elegirá liberarlo, aun cuando eso signifique quedarse solo en la tierra que los unió. Una historia de amor, dolor y libertad, donde el sacrificio se convierte en la forma más pura de amar.

Genre
Lgbtq
Author
Yoss_bl
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo.

Eduardo Montes y su esposa, Rosaura, avanzaron por el camino empedrado que conducía a la hacienda de los Herrera. Caminaban con la mirada al frente y el mentón en alto. Tenían un propósito, y no pensaban irse sin conseguir lo que buscaban.

—Señor y señora Montes, el señor Héctor los espera en la sala —anunció una de las sirvientas, visiblemente nerviosa.

La joven los guio hasta la estancia principal. La sala, decorada con muebles de cuero oscuro y una gran mesa de madera coronada por un florero con flores silvestres del campo, tenía ese aire de poder que imponía respeto.

Héctor Herrera y su esposa, Elena, se encontraban sentados en el sillón central. Al verlos entrar, se pusieron de pie.

—Buenas tardes. Sean bienvenidos —saludó Héctor, extendiendo la mano.

El apretón fue firme, pero la cordialidad escasa. Aquello no era una visita entre amigos, sino un asunto de negocios.

—Por favor, tomen asiento.

Los Montes se sentaron frente a ellos. La tensión era palpable.

—Iré al grano —dijo Héctor con su voz grave, sin perder tiempo en rodeos—. Sé que hemos tenido desacuerdos por el tema de nuestras tequileras competidoras, pero estoy atravesando algunos problemas económicos. Quiero proponerte un negocio, Eduardo.

Eduardo lo miró con frialdad.

—Vaya, ahora sí necesitas mi ayuda. Qué conveniente, Héctor. Tan típico de ti: solo buscas a los demás cuando te conviene.

Héctor frunció el ceño, conteniéndose. Sabía que debía mantener la calma si quería cerrar aquel trato.

—Lo que te propongo puede beneficiarnos a ambos.

—¿Y qué es exactamente lo que quieres?

—Unir nuestras tequileras —respondió Héctor, seguro de sí mismo—. Una colaboración en la que ninguno pierda su nombre ni su producción, pero que fortalezca ambas marcas. Y, para darte una garantía de que cumpliré, propongo un lazo familiar entre nuestras casas: que mi hijo, Emiliano, se case con el tuyo.

Eduardo lo miró incrédulo.

—¿Estás escuchando lo que dices? Nuestros hijos son varones.

—Por Dios, Eduardo, estamos en otros tiempos —replicó Héctor con un deje de impaciencia—. Ya no es tan mal visto. No te niego que tampoco lo apruebo del todo, pero es lo más conveniente. He escuchado que tú también tienes problemas con la distribución de tu tequila. Yo puedo ayudarte con eso, y tú con mis deudas. El matrimonio sería solo una garantía de la alianza.

Eduardo negó con la cabeza, sin dar crédito a lo que oía.

—Lo que me pides es una locura. No pienso obligar a mi hijo a casarse con otro hombre, y mucho menos por dinero.

—Sé razonable —insistió Héctor—. Podemos mantener nuestras tequileras a flote. Solo sería por un tiempo, hasta que ambos negocios se recuperen.

Eduardo guardó silencio. Sabía que, por más absurda que sonara la propuesta, Héctor tenía un punto. Las ventas de su tequila habían caído y la “Casa Herrera” tenía buenos contactos. Unir fuerzas podría salvarlos.

—Está bien —cedió al fin—. Pero esto solo durará tres años. Si no funciona, se acaba.

—Perfecto —respondió Héctor con una sonrisa satisfecha.

—Aun así, no estoy de acuerdo con ese matrimonio, pero lo aceptaré como garantía.

—No te arrepentirás, Eduardo. Ganaremos más de lo que imaginas.

—Eso espero, Héctor, porque si tú o tu hijo incumplen, te juro que lo pagarás caro.

—Mi hijo hará lo que yo le diga. Pero te advierto que, si tu familia rompe el trato, también sabré hacerte pagar.

Ambos hombres se estrecharon la mano con fuerza. Las dos esposas permanecieron en silencio a su lado. Elena, resignada, aprobaba en silencio la decisión de su marido; para ella, mantener las apariencias era más importante que cualquier sentimiento. Rosaura, en cambio, sintió un nudo en la garganta: no podía creer que su esposo hubiera condenado el futuro de su hijo por dinero. Pero, como siempre, calló. No tenía voz en aquel pacto sellado entre hombres.

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Cuando ambos muchachos recibieron la noticia, el desacuerdo fue inmediato.

Santiago Montes no quería casarse con un desconocido. Aunque era bisexual, detestaba la idea de que su vida fuera una moneda de cambio. Soñaba con enamorarse primero, no con ser un sacrificio para los negocios de su padre.

—Padre, no puedo casarme con Emiliano. No lo conozco… y además, es un hombre.

—Las cosas cambian, hijo. A veces hay que hacer sacrificios por el bien de la familia y el patrimonio.

—Pero yo quiero casarme por amor, no por conveniencia.

Eduardo suspiró con fastidio.

—El amor no da de comer. Yo también me casé por conveniencia, y no es tan malo como parece. Solo serán tres años.

—Tres años pueden ser una eternidad, padre.

—No hay opción, Santiago. Lo harás, y punto.

El joven bajó la mirada. Sabía que discutir era inútil. Su destino ya estaba escrito.

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Emiliano Herrera, por su parte, sintió el mundo derrumbarse. Aunque ocultaba su homosexualidad, su corazón pertenecía a Gabriel, el capataz del rancho.

—No puedo casarme con él —dijo con firmeza.

—No te estoy preguntando, Emiliano. Te estoy diciendo que lo harás —respondió su padre.

—No puedo, padre. Amo a alguien más.

El rostro de Héctor se endureció.

—Pues terminas con esa estupidez y te casas con Santiago Montes. Es una orden.

—No lo haré —replicó Emiliano con rabia contenida—. No puedes obligarme.

—¡Claro que puedo! —rugió Héctor antes de abofetearlo con fuerza. El golpe resonó en la habitación.

Emiliano apretó la mandíbula, con la mejilla ardiendo.

—Te casarás con él y punto —sentenció Héctor antes de marcharse, dejando tras de sí un silencio denso, lleno de resentimiento.

Emiliano quedó solo, furioso y herido.

Sabía que su padre jamás entendería. Él solo quería ser libre, amar sin miedo. Pero el destino —y el apellido que llevaba— tenían otros planes para él.

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El día acordado para el compromiso, la hacienda de los Herrera se llenó de murmullos y pasos. El sol caía sobre los campos de agave, tiñendo el horizonte de un dorado melancólico.

Santiago Montes bajó del carruaje con el corazón acelerado, tratando de ocultar su incomodidad detrás de una sonrisa cortés. Frente a él, en la entrada de la casa, lo esperaba Emiliano Herrera, erguido, vestido con traje oscuro y una expresión imposible de descifrar.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

Dos desconocidos, atados por las decisiones de otros, se miraron por primera vez.

Ni uno ni otro dijo palabra. No había necesidad: en el silencio de sus miradas se entendía todo.

Santiago vio en los ojos de Emiliano una tristeza profunda, un fuego contenido que no sabía si era enojo o dolor. Emiliano, en cambio, reconoció en el joven Montes una nobleza que lo desarmó, una inocencia que lo hacía sentir aún más culpable.

El viento sopló entre los agaves, llevando consigo el aroma dulce de la tierra húmeda y el eco de lo inevitable.

Ese día no hubo promesas ni sonrisas.

Solo dos destinos que, sin quererlo, quedaron entrelazados bajo el mismo cielo, entre el agave y el fuego.