Valentina no quería doler

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Summary

Valentina nunca pidió ser fuerte, simplemente no le dejaron otra opción. Esta es la historia de una niña que fue ignorada por quienes debieron protegerla, marcada por heridas que no se ven pero que gritan desde dentro. Nadie notó su dolor, ni cuando dejó de comer, ni cuando se esforzaba por ser perfecta, ni cuando ya no quería existir. Este no es un cuento de superación, es un grito silencioso, una pregunta que queda suspendida en el aire: ¿por qué nadie hizo nada?

Genre
Other
Author
Valerit
Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1:El mundo comenzó sin mí

El mundo comenzó sin mí

No recuerdo una sola mañana donde me haya sentido realmente bienvenida.

Dicen que todos llegamos al mundo con un llanto, un grito instintivo que anuncia que estamos vivos. Yo siento que el mío se ahogó en silencio. Que nací, sí, pero sin ruido. Sin aplausos. Sin emoción. Solo fui un cuerpo más, una cifra nueva en las estadísticas de los nacimientos. Mi llegada no cambió nada. Ni a mis padres, ni al mundo, ni a mí misma.

Desde que tengo memoria, todo me pareció demasiado frío. Como si la vida estuviera ocurriendo detrás de una ventana y yo solo pudiera mirar desde afuera. Mi casa era eso: un lugar lleno de paredes, de puertas cerradas, de voces ausentes. Mamá estaba, pero nunca estaba del todo. Papá... bueno, papá era una sombra que entraba y salía, sin dejar más que el eco de su silencio. Nunca supe si me quiso. O si siquiera me vio.

Mi infancia fue una sucesión de días idénticos. Me despertaba, me vestía sola, desayunaba lo que hubiera, si es que había algo. Aprendí a preparar café antes de aprender a atarme los cordones. No porque me gustara, sino porque él lo tomaba, y yo pensaba —con una esperanza rota— que si se lo preparaba tal vez me miraría. Que si lo endulzaba como a él le gustaba, tal vez diría mi nombre.

Nunca lo hizo.

Cuando me enfermaba, no había manos que midieran mi fiebre. Cuando tenía miedo por las noches, no había nadie que corriera a abrazarme. El monstruo debajo de la cama era más amable que los monstruos reales que me rodeaban: la indiferencia, la distancia, el abandono.

Jugaba sola. Me hablaba a mí misma. Me inventaba padres imaginarios que me cuidaban, que me preguntaban cómo estaba, que me leían cuentos y me daban besos en la frente. Pero a medida que fui creciendo, incluso esos padres se fueron desvaneciendo. No por elección, sino porque entendí que era inútil. Que nadie iba a venir.

A veces, cuando iba a la escuela, miraba a otras niñas. Cómo corrían hacia sus madres al salir. Cómo se colgaban de sus brazos, cómo les contaban lo que habían hecho. Yo caminaba sola. Siempre sola. Las profesoras preguntaban por mis padres en las reuniones, y yo inventaba excusas. “Están trabajando”, decía. Nunca me creyeron, pero tampoco les importó demasiado.

Recuerdo una vez que dibujé a mi familia para una tarea. Pinté una casa vacía, con las luces apagadas. La maestra me preguntó si era una broma. No lo era.

No sé en qué momento empecé a pensar que yo era el problema. Que algo en mí debía estar roto para que no me amaran. Para que nadie se quedara. Tal vez era demasiado callada. Tal vez nací fea. Tal vez mi llanto, ese que nunca salió, era tan molesto que nadie quiso escucharlo. Me convencí de que si no me querían... era porque no lo merecía.

Y así crecí. Sin cumpleaños celebrados. Sin notas en la lonchera. Sin abrazos después de una pesadilla. Aprendí a existir sin hacer ruido. A no molestar. A ser la hija que no reclama, que no pregunta, que no necesita.

Pero el vacío... ese sí creció. Se hizo enorme. Me acompañaba a todas partes. Dormía conmigo, comía conmigo. A veces, lo sentía más cerca que a mi propia sombra.

Porque el mundo empezó sin mí. Porque cuando llegué, ya estaba todo armado. Ya estaba todo decidido. Y yo... yo solo fui una más. Una niña invisible. Una niña sin aplausos. Sin bienvenida. Sin amor.

Y lo peor de todo es que... con el tiempo, comencé a pensar que eso era lo normal.