Capítulo 1: ''Ordena, amo''
La casa estaba sola.No había más ruido que el tic-tac del reloj, y el silencio expectante que dejaba el deseo cuando se sabía a punto de estallar.
Mile esperaba.De rodillas sobre la alfombra del cuarto, los ojos vendados con su pañuelo favorito —ese que Jacob usaba a veces como corbata—, las muñecas unidas por una cinta de raso rojo que le rozaba la piel con cada mínimo temblor. Desnuda. Vulnerable. Caliente.
El aire la rozaba con crueldad.La hacía consciente de cada parte de su cuerpo: sus pezones duros, su sexo húmedo, su respiración entrecortada.
Y entonces, la puerta se abrió.Jacob entró sin decir una palabra. Su sola presencia llenaba el espacio. Podía olerlo. Sentirlo. Como si su cuerpo supiera que él ya estaba ahí... y se abriera solo para él.
—¿Estás lista, mi puta preciosa? —Su voz fue baja, grave, tan lenta que la hizo temblar.
—Sí, amo... —susurró ella, con las mejillas encendidas y el deseo acumulado desde que él le escribió:“Quítate la ropa. Rodillas. Te quiero preparada.”
Jacob se arrodilló frente a ella.Deslizó una mano por su cuello, la apretó apenas con sus dedos firmes. Mile contuvo el aliento. El pañuelo que le cubría los ojos tembló con su jadeo.
—Dime, ¿a quién perteneces?
—A usted, amo... solo a usted.
Jacob sonrió. Esa sonrisa suya que quemaba más que el fuego.Lentamente, comenzó a besarla. Primero el cuello, luego la clavícula, y después bajó, rozando su lengua en espirales húmedos por cada curva de su cuerpo.Cuando llegó a sus pezones, los mordió. Fuerte.Mile gimió como si le arrancaran un secreto del alma.
Sus manos liberaron la cinta de sus muñecas, pero no su control.La giró. La puso boca abajo sobre la alfombra. Con una mano en su nuca y la otra en su cadera, la mantuvo en esa posición de entrega total. Su voz volvió a sonar:
—No te muevas. Quiero que sientas cada cosa que te haga.
Jacob se acomodó entre sus piernas abiertas. Deslizó dos dedos por la humedad brillante entre sus labios.—Estás empapada... —susurró, satisfecho—. Y aún no he comenzado.
Los dedos entraron lento, sin prisa. Su pulgar rozaba su clítoris con movimientos circulares mientras sus dedos se movían dentro de ella.Mile se arqueó, con un gemido sordo que se perdió en la alfombra.Y entonces, sin avisar, su lengua reemplazó a los dedos.
Jacob lamía como si estuviera comiéndose su alma.Lento. Delicado al principio. Luego, más rápido. Más profundo.Mile se retorcía, y cada vez que gemía, él la apretaba más fuerte por la cadera. Hasta que se detuvo.
—Aún no te corras. —le advirtió con firmeza—. No, hasta que yo lo diga.
—Sí, amo... —respondió entre jadeos.
La volteó. Mile estaba roja, los muslos temblorosos, su cuerpo entero brillando de sudor y deseo.Jacob la besó. Con fuerza. Con hambre.Le mordió el labio, le sujetó el cabello, y murmuró contra su boca:
—Hoy, cada parte de ti va a recordar quién es el único que puede tocarte así.
Y ella, sin dejar de mirarlo —ahora sin la venda—, solo pudo sonreír con las pupilas dilatadas y el alma entre sus manos.