La Reina sin Trono

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Summary

«Dicen que Killian Volkov no se arrodilla ante nadie. Que es el rey intocable del inframundo ruso, el hombre que hace temblar a carteles enteros con solo una mirada. Que mata sin pestañear y nunca, jamás, ha pronunciado la palabra “por favor”. Hasta que apareció ella. Valentina Ivanova. La chica de ojos hielo y sonrisa afilada que todos creían una simple estudiante de criminología. La misma que una noche lo apuntó con su propia pistola en la sien y le susurró: —“Arrodíllate, Volkov… o te mato yo misma”. Y él, por primera vez en su vida, obedeció. Porque Valentina no es quien dice ser. Es la jefa máxima de la Bratva Albanesa, la organización que mueve los hilos de TODAS las mafias del mundo… incluida la de él. Es “La Reina”, el fantasma que todos buscan y nadie ha visto. Y ahora Killian es su nueva obsesión… y su peor error. Ella vino por venganza. Él la quiere muerta… o debajo de él. Pero entre balas, sangre y noches donde ella lo monta hasta que él ruega su nombre, los dos descubrirán que odiarse nunca fue tan adictivo. Él es el diablo. Ella es el infierno entero. Y cuando la verdad salga a la luz… uno de los dos tendrá que arrodillarse para siempre.»

Genre
Romance
Author
doirenn
Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 La primera vez que me apuntó a la cabeza… y me gustó

Moscú, 03:17 a.m. Club Nocturno «Czar»

El humo era tan denso que cortaba la luz de los estrobos rojos. Abajo, en la pista, cientos de cuerpos se retorcían al ritmo de un techno oscuro que hacía vibrar las costillas. Arriba, en el palco VIP blindado, yo observaba todo como Dios: sentado en mi trono de cuero negro, con un vaso de vodka puro en la mano y tres guardaespaldas a mi espalda que matarían por menos de una mirada.

Nadie subía aquí sin mi permiso. Nadie.

Por eso cuando la puerta se abrió sin que nadie la anunciara, alcé una ceja. Mis hombres se tensaron, manos ya en las armas.

Y entonces entró ella.

No la esperaba. Nunca la había visto en mi vida.

Alta, piernas interminables, vestido negro tan corto que era casi ilegal. Cabello largo color ébano cayendo en ondas perfectas sobre una espalda que pedía ser marcada. Y unos ojos… joder, unos ojos azul hielo que me miraron como si yo fuera la presa.

—¿Quién coño eres tú? —pregunté en ruso, voz baja y letal.

Ella sonrió. Lentamente. Y habló en un ruso perfecto, pero con un acento que no logré ubicar.

—Valentina Ivanova. Encantada, Volkov.

El nombre no me dijo nada. Pero mi cuerpo sí reaccionó. Algo en su forma de pronunciar mi apellido me puso en alerta… y algo más al sur también.

—Nadie entra aquí sin invitación —dije, levantándome despacio. Dos metros de puro músculo y malas decisiones acercándose a ella—. Última oportunidad para salir por tu propio pie.

Ella no se movió. Solo ladeó la cabeza y me observó como quien mira a un niño haciendo un berrinche.

—¿Sabes qué es lo más divertido de los reyes, Killian? —susurró, dando un paso hacia mí—. Que siempre creen que el trono es suyo… hasta que llega alguien y se lo quita.

Antes de que mis hombres pudieran reaccionar, su mano derecha salió de la nada. Una Glock 19 plateada con silenciador. Apuntándome directo a la frente.

El clic del seguro quitándose resonó más fuerte que la música.

Mis guardaespaldas levantaron sus armas… y se quedaron congelados. Porque la otra mano de Valentina sostenía un pequeño mando negro. Pulgar sobre el botón rojo.

—Un movimiento y este edificio salta en pedazos —dijo con calma—. C4 en los pilares. Lo coloqué yo misma mientras tus idiotas miraban tetas en la pista.

Silencio absoluto. Solo se escuchaba mi pulso en los oídos.

Y entonces hice algo que nadie vivo había visto jamás.

Sonreí.

Porque nadie, NUNCA, me había apuntado con un arma y salido vivo para contarlo. Y mucho menos una mujer.

—Eres valiente —murmuré, dando otro paso hasta que el cañón rozó mi frente—. O estúpida.

—Las dos cosas —respondió ella—. Ahora dile a tus perros que bajen las armas.

Los miré. Ellos esperaron mi orden. Y yo… yo obedecí.

—Bajadlas.

Las armas cayeron al suelo.

Valentina sonrió más amplio. Con la mano libre me agarró la corbata negra y tiró de mí hasta que nuestras caras quedaron a centímetros.

—Buen chico —susurró contra mi boca—. Primera lección: aquí la que manda soy yo.

Y entonces hizo algo que me dejó sin aire.

Bajó la pistola… y la deslizó lentamente por mi pecho, por mi abdomen, hasta detenerse justo sobre mi bragueta. Presionó. Fuerte.

Sentí cómo me endurecía al instante como un puto adolescente.

—Joder… —se me escapó.

—Segunda lección —dijo, voz ronca—. Nunca subestimes a una mujer que sabe exactamente dónde disparar para que duela… y para que te guste.

Y antes de que pudiera reaccionar, me empujó contra mi propio trono, se sentó a horcajadas sobre mí con la pistola aún entre nosotros y me besó.

No fue un beso. Fue una declaración de guerra con lengua.

Me mordió el labio hasta que probé sangre. Y yo la dejé.

Cuando se apartó, sus labios brillaban con mi sangre.

—Esto recién empieza, Volkov —susurró—. Y cuando termine… vas a rogarme de rodillas.

Se levantó con la misma elegancia con la que había entrado. Guardó la pistola en su muslo (sí, tenía una funda ahí, joder) y caminó hacia la puerta.

Antes de salir, giró una última vez.

—Ah, por cierto… Sonrió como el mismísimo diablo. —Tu padre está muerto. Yo lo maté.

La puerta se cerró.

Y yo me quedé ahí, sentado en mi trono, con el sabor de su boca, sangre en el labio y la erección más dolorosa de toda mi vida.

Por primera vez en veintisiete años…

Killian Volkov había sido dominado.

Y lo peor de todo…

Quería más.

CONTINUARÁ…