Prólogo
La vida de las personas siempre está en constante avance, siempre evolucionando… y a veces, decayendo.
A mí me pasó. No avancé. No evolucioné. Solo caí.
Recuerdo ese día con gran amargura y dolor, pues fue el día en que mi vida acabó. Regresaba después de doblar turno en la fábrica de piezas para naves interestelares. Todo parecía estar bien. No tuve problemas en el camino y la producción fue buena, así que, con una sonrisa en el rostro, avancé hasta la puerta de mi hogar, donde mis dos niños —Clara, de seis años, y Martín, de nueve— estarían dormidos, y mi bella esposa, Alexsa, estaría en cama esperando mi llegada. Sin embargo, todo fue una absoluta mierda.
Al entrar, vi trozos de algo en el suelo. Al encender la luz, vi a mi esposa… destrozada, como si un animal salvaje la hubiera devorado. Con el corazón palpitando tan fuerte que creí que se me saldría del pecho, tomé mi machete y avancé hasta el cuarto de los niños, donde vi una figura humanoide sobre la cama de mi hija. Encendí la luz, y ahí estaba: ese vecino reptiliano que recién se había mudado a dos casas de la mía.
—Juan —dijo mi nombre y se puso de pie—. Yo... quiero más...
Se abalanzó hacia mí, y con dos golpes en la cabeza, mi machete logró matarlo, dejando su cuerpo inerte en el piso. Observé con horror la carnicería que había en mi casa. Salí para alejarme de ese color horrible que me inundaba la nariz, pues la sangre de esos monstruos era tan ácida que quemaba los vellos nasales. Llamé a los oficiales y les conté lo sucedido. Tardaron cinco minutos en llegar y acordonaron toda el área. No pude evitar llorar al ver cómo sacaban los cuerpos de mi familia.
La Unión Intergaláctica hizo que la familia de ese maldito reptiliano me compensara con cien millones de créditos, lo que me permitiría una vida simple, sin necesidad de trabajar el resto de mis días. Les agradecí y me disculpé por la muerte de su ser querido. Sin embargo, no sentía nada de eso en mi interior. Yo solo quería a mi familia, pero nada los iba a regresar.
Al poco tiempo, cansado de vivir en esa casa vacía, decidí venderla para poder viajar en mi auto y conocer otras ciudades y pueblos de esta nueva Tierra Unida, donde ahora convivíamos más de treinta especies diferentes de humanoides inteligentes, quienes pasaban su día a día con paz y tranquilidad. La noticia del asesinato de mi familia causó revuelo por todas partes, provocando que algunos reptilianos tuvieran que escapar del planeta y buscar asilo en la Gran Estación Intergaláctica, donde podrían estar sin ser acosados.
Viajé por al menos cincuenta ciudades y bebí en cada bar que decían ser el mejor, hasta que, en una ciudad llamada Euclides IV, un grupo de traficantes y ladrones me reclutó para hacer trabajos nocturnos. Me pareció algo interesante, pues durante mis cuarenta años de vida siempre había sido un fiel seguidor de la ley, pero ahora ya nada me importaba. Así que decidí aceptar su propuesta.
Esa misma noche nos dirigimos a lo que antes solía ser una estación espacial, en la que habían dejado grandes cantidades de baterías de uranio y cargamentos de armas y municiones. Por alguna razón, hacía tiempo que no tenía tanta vigilancia. Ellos tenían un contacto dentro que les confirmó el trabajo: aún había todo lo que buscaban, armas y baterías para abastecer su base subterránea.
Llegamos en mi auto y lo dejamos al menos dos kilómetros alejado de la base, oculto con un sistema de camuflaje electrónico resistente a las PEM, por lo que podríamos mantenerlo a salvo hasta nuestra llegada.
Fuimos en silencio y en línea. Yo, al ser el nuevo, iba hasta atrás, cuidando que nadie nos siguiera. Por una abertura en una reja cercana al almacén, accedimos al perímetro. Los guardias eran escasos, pero estaban muy bien equipados, por lo que el sigilo absoluto era primordial para completar la misión.
Llegamos al tesoro: cientos de cajas de armamento militar, baterías de uranio y municiones, además de otras cosas que ni idea teníamos de qué eran. Nos limitamos a tomar lo que fuimos a buscar.
La misión fue un éxito. Logramos salir y volver con al menos quince cajas de cada cosa. Tuvimos que incapacitar a un guardia, pero todo salió como se esperaba. Después de entregar todo, el líder me felicitó por ser de gran ayuda y me invitó a beber con él y los demás ladrones en un bar de la ciudad que era de su propiedad. Ahí nos emborrachamos, peleamos, y yo conocí a una mujer de unos treinta y cinco años que se me insinuó varias veces, hasta que nos fuimos a su casa y acabamos teniendo sexo gran parte de la noche.
Cuando desperté, ahí estaba ella: acostada, desnuda y con una sonrisa en el rostro. Quise irme, pero no me pareció correcto, así que solo me levanté al baño y luego bajé a la cocina para preparar el desayuno.
Los días pasaban, las misiones también, y mi relación con Amanda se fortalecía. Dejé de beber, y ella también, por lo que ahora éramos más conscientes de lo que hacíamos en cada momento de nuestros días. Hasta que llegó esa misión.
—Muchachos, hoy tenemos una misión muy grande e importante. La Farmacéutica Sello Verde ha desarrollado exitosamente un suero que nos podría ayudar bastante. Se dice que es el suero de la inmortalidad. Básicamente, detiene el envejecimiento y revitaliza todo el cuerpo. Y hoy, todo lo que tienen en el almacén será robado —dijo el líder.
Algo en mi interior me decía que no era buena idea, pero negarse tampoco lo era. No tenía salida, y ya me estaba cansando de robar. Solo quería ser libre y vivir mi vida con Amanda. Pero justo cuando salíamos de la base, vi cómo ella y el líder se besaban en el escenario, dejándome claro que ya era mi momento de largarme de ahí.
Entramos a los almacenes de la farmacéutica sin problemas. Nuestros sistemas de camuflaje y deshabilitadores de alarmas eran muchísimo más efectivos ahora que habíamos robado suficiente tecnología. Recorrimos pasillo por pasillo, leyendo cada etiqueta de cada caja, pero nada era lo que buscábamos.
—Hay que separarse —dijo Moisés—. Juntos no encontraremos nada.
Cada quien se fue por su lado en busca del dichoso suero. Cuando ya había perdido toda esperanza de hallarlo, encontré una puerta a otro almacén. Sin embargo, esta puerta tenía un candado y una cerradura magnética. Rompí el candado y, con mi celular, hackeé la cerradura. Dos cosas sencillas, pero olvidé la alarma. Esta se disparó, encendiendo las luces y llamando a cada guardia de la zona.
Me encerré en el almacén, y ahí estaba: el poderoso suero de la inmortalidad. Sin dudarlo, tomé varios tubos y corrí hacia donde estaban mis compañeros.
—Tomen. Váyanse, yo los distraeré —dije mientras ellos me agradecían y aseguraban el paso.
Tomé dos botellas del suero y me las bebí. No sabía qué podría pasarme, tampoco me importaba mucho. Cuando el suero hizo efecto, sentí cómo mis músculos retomaban esa fuerza que en mi juventud alguna vez tuve. Sentí cómo todos mis males en los huesos se desvanecían y me sentí más vivo que nunca. Sin embargo, esta sensación vino acompañada de un dolor intenso en cada músculo de mi cuerpo, pues comenzaron a desgarrarse y al mismo tiempo se curaban, dándome un cuerpo más musculoso. Por suerte, no fue tanto.
—Esto está muy chingón.
Los guardias me detuvieron y me llevaron a la prisión de la ciudad, donde me pidieron nombres de los culpables además de los que habían visto escapar. No dije nada. Me dejé vencer por la lealtad.
Afortunadamente para mí, y gracias a mi pasado en la milicia, fueron considerados. Me ofrecieron enlistarme en la empresa minera Recon, dedicada a buscar lunas distantes y minarlas para extraer cualquier mineral o piedra valiosa. En cuestión de dos meses, me convertí en minero y me enviaron a Recon VII, una luna de diamante que podría albergar un diamante morado, más valioso que cualquier otro mineral encontrado hasta ese momento.