Relatos Desde Ningún Siglo

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Summary

En algún lugar de la geografía que nadie reconoce existe un pueblo que no aparece en los mapas. Sus habitantes celebran festividades que ningún forastero ha presenciado y hablan de tradiciones que parecen haber nacido fuera del tiempo. Cuando un grupo de hermanos recibe la orden de viajar allí para recoger suministros, descubren que alcanzar el destino es apenas el primer misterio: nadie en las zonas cercanas quiere nombrarlo, y la Gobernación afirma que el sitio nunca ha existido. Conforme los caminos se vuelven más inciertos y el ambiente más opresivo, los viajeros comienzan a comprender que el pueblo no solo está oculto… sino que parece protegerse a sí mismo. Y una vez que entren, quizá no podrán marcharse. Una novela atmosférica sobre lo que ocurre en los lugares que se resisten a ser encontrados, y los secretos que guardan quienes aún viven en ellos.

Genre
Horror
Author
Yhonnel
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Archivo Cero: Aniversario

Los tambores y maracas retumban por todos lados. Los colores vibrantes de adornos y vestidos, vislumbraba la vista, los bailes alegres de las comparsas alegraban las vías y niños corriendo por las calles sin preocupación hacían reír. Los adultos reuniéndose en las plazas, cantinas y casones para festejar con vecinos y seres queridos. El ambiente no era ajeno a la ocasión puesto que, esta semana se celebrará la fundación del pueblo.

Sin embargo, a pesar de la festividad tan esperada y tan aclamada, no se sabía con certeza el día en que se instauró de manera oficial. La historia de un año completo no había sido registrada y muchos de los primeros fundadores, según dicen, han muerto o se terminaron yendo de aquí. Muchos de los que habitamos actualmente el pueblo, vinimos aquí pero ofertas de trabajo jocosas publicadas en los periódicos, las cuales fueron ofrecidas por terratenientes que compraron gran parte de estas tierras en subastas.

A pesar de todo, ni los terratenientes sabían el pasado del pueblo. Los subastadores obtuvieron los papeles del terreno gracias a una apuesta y el anterior propietario las compró a un mercante nómada. Después de eso, se pierde el rastro de las escrituras.

Los habitantes sabemos dicha historia, pero hacemos caso omiso gracias a las buenas pagas de los capataces. Nos importa poco o nada el pasado del pueblo mientras podamos ganar algunas monedas para comprar comida.

Además, el mismo ambiente festivo del pueblo hace que ese tipo de cosas se pasen por alto.

–¡Claudio!-oí mi nombre gritar.

Giré mi cabeza en dirección de la voz para visualizar quién era la persona que me llamaba. Una figura alta, robusta y morena se acerca a mí, vistiendo unos ropajes coloridos con un sombrero de paja bordado con cinta azul. Era Paulino Rojas, mi jefe de sector en el trabajo.

–Esas vestimentas no pegan contigo, Rojas– exclamé mientras servía una taza de café para el desayuno. Paulino rió de manera exagerada y se acercó a la ventana de mi cocina.

–El capataz manda un recado: Tenemos el día libre para asistir a los festivales que se harán hoy– aquello fue dicho con un tono bastante despreocupado y con cierta alegría. A pesar de ser mi jefe, Paulino no era la persona más proactiva ni responsable de todas.

Me tomé un tiempo para procesar dicha información, preferiría ir a trabajar para ganar algunas monedas que no hacer nada en todo el día. Pero, muchos de los terratenientes que compraron las tierras, han respetado las tradiciones del pueblo de manera inquietante y esta vez no sería la excepción.

–Tendré que ver qué hacer...- pensé unos instantes-. Hoy es el festival de disfraces, ¿no? ¿Por eso vas de esa forma, Paulino?

–¡Claro! Tenía que ir combinado con la ocasión.

Asentí sin responder. Dándole un par de sorbos a la taza de café y masticando un pan duro, Rojas y yo continuamos la conversación con temas triviales. Salí a dar un paseo por el pueblo en donde ya tenía unos meses viviendo y ya estaba acostumbrado a su ambiente tranquilo y rural. Sin embargo, había zonas del terreno que eran bastante extrañas... Por así decirlo.

Una de ellas era la Plaza Central. Un sitio concurrido, verde, lleno de animales, ruidos y variedad de olores, transmitía cierta atmósfera extraña. La estatua situada a mitad de la plaza, era lo más raro del lugar. Un hombre sosteniendo en su mano derecho, la cabeza de un gato y en la izquierda, una serpiente. Pero la estatua no tenía cabeza, se sabía que era de un hombre porque esta no tenía camisa y los músculos estaban bien definidos.

Nadie sabía quién era el autor de dicha estatua ni que materiales la componían, no tenía síndromes aparentes de óxidos y las aves no defecaban en ella, además que la placa de la base era ilegible. Pasar por allí era tortuoso y, hoy, no fue la excepción.

Me dirigí a la Plaza Central debido al festival de artesanías que se desarrollaba en las calles de tierras inmediatas. Toldos y carpas de varios colores se posaban una al lado de la otra para formar una calle colorida y bulliciosa. De cada lado de la calle, había un vendedor en su pequeña tienda ofreciendo y vendiendo algo: collares, abanicos, ropa, sombreros, bolsos, zapatos, adornos e incluso, mecedoras.

Me detuve en el puesto de una mujer ya mayor. Dicho lugar estaba adornado con distintas plantas y partes de animales secas, anunciando brebajes y remedios para todo tipo de peste. No me detuve ahí por casualidad, mi esposa había sufrido un corte en la mano mientras cortaba cuero y dicho corte se había infectado.

–Joven, no sea tímido, pregunte sin miedo que le daré buen precio- dijo la anciana mientras se sentaba en su cojín.

Dudé un momento, el puesto estaba casi al final de la calle, donde la gente no pasaba casi. Además... Aquella inquietante estatua estaba justo detrás de nosotros. La situación no era normal, en absoluto, pero necesitaba curar la herida de mi esposa.

–Necesito medicina para un corte infectado.

No terminé de hablar cuando la mujer agarró un par de plantas de olor nauseabundo y una pata de gallo para envolverlas en un periódico amarillento y mohoso.

–Haga una infusión de todo esto y aplíquela estando tibia justo antes de dormir durante tres días. Serían diez monedas de cobre.

La anciana no me dió tiempo de procesar tal información repentina, tardé unos segundos en caer en cuenta de la situación.

–¿Diez monedas de cobre por esto? ¡Es muy caro!- contesté eufórico ante el elevado precio-. Estas plantas seguro se pueden conseguir en el monte de al lado. Bajale más.

La anciana no respondió. Levantó su mirada y la postró en la estatua. Se quedó observándola por alrededor de dos minutos enteros.

–Lléveselo sin darme nada.

Aquella respuesta me sorprendió.

–No me refería a eso, claro que le pagaré pero diez monedas no. ¿Le parecen bien la mitad?

La anciana se levantó de su cojín y empezó a recoger sus cosas. En ese momento la sujeté del brazo para evitar que siguiera, a pesar de todo, no quería ir sin pagar. Aquella acción fue respondida con un manoteo bastante fuerte y un grito diciendo que me largara del lugar. Las pocas personas que pasaban por ahí nos vieron de reojo y siguieron con su camino.

Me fui corriendo de ese lugar. Pasé el resto del día dando vueltas por el pueblo, visitando amigos y compañeros de trabajo. Tomé un par de bebidas en la cantina y jugué dominó hasta el anochecer. Seis campanadas sonaron desde lo alto de la iglesia. Ya era de noche y el festival de disfraces ya iba a comenzar. Personalmente era indiferente a esta tradición, no era para mí, así que me dirigí a casa a prepararle la infusión a mi esposa.

–Felicia, ya llegué.

Ella se encontraba en la cocina preparando la cena. Me respondió desde la cocina y me dirigí al cuarto para cambiarme a una ropa más ligera. Al terminar, fui a donde se encontraba ella y dejé las medicinas en la mesa. La luz de una lámpara alumbraba toda la habitación y el calor del fogón de leña era reconfortante.

–¿Cómo sigue tu mano, Felicia?

Aquella pregunta salió por instinto. Ella se giró hacia mí y me mostró cómo su mano derecha estaba hinchada, roja y entumecida. La zona del corte estaba amarillenta, sucia y excretan una especie de agua verdosa.

–Carajo Felicia, eso no se vé nada bien. Traje estas medicinas a ver si con eso se cura. Si no, llamamos al doctor.

–No quiero que venga ese pelele. La otra vez nos cobró veinte monedas de cobre por una medicina para la gripe.-ella hizo una pausa-¡Por esto nos cobrará mínimo cinco monedas de plata! ¡Y hoy ni siquiera fuiste a trabajar!

Me quedé en silencio un rato. Ella siguió haciendo lo suyo. Cenamos y descansamos en la terraza de la casa, mientras veíamos cómo a lo lejos el festival de disfraces iluminaba la Plaza Central.

–¿Por qué no fuiste al festival, Claudio?- preguntó mi esposa mientras su mano izquierda se deslizaba rodeando mi cuello.

–Sabes que está en específico no me gusta. Las máscaras, disfraces, vestimentas que uno vé allí, son bastante extrañas. Algunas ni las reconozco. No sé si son tradicionales del pueblo o de otro lugar- un suspiro largo y fuerte salió de mi boca-. Me inquieta no saber el por qué de las cosas.

Volteé a ver a mi esposa y noté como su cara estaba mirando con horror un punto fijo en el horizonte. Dirigí mi vista hacia el mismo punto, y observé una columna de fuego elevándose entre las casas que interrumpen la vista. La Plaza Central se estaba incendiando en plena noche festiva.

Fin del Archivo Cero.

Epílogo.

"Diario de *** del día 21 de septiembre del año ****"

Anoche ocurrió un incendio en la Plaza Central en pleno Festival de Disfraces. Según reportes oficiales, la cifra de muertos ronda las 25 personas y los heridos que fueron trasladados al hospital, ascienden a casi 200. Sin embargo, el diagnóstico preliminar no es esperanzador.

Informamos de igual manera, que las festividades posteriores seguirán desarrollándose con normalidad a pesar del suceso y, además, milagrosamente la estatua del pueblo sigue intacta.”