Dios no vive aquí

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Summary

En Tamara Sat, una ciudad donde la bruma nunca se retira del todo y el mar guarda secretos antiguos, Carys Black ha aprendido a sobrevivir sin hacer preguntas. Vive con su tío, ignora la ausencia de sus padres y soporta el peso de una vida que parece demasiado normal… hasta que empieza a ver cosas que no debería ver. Puentes que no existen. Sombras que observan. Susurros que nadie más escucha. Lo que al principio parece una maldición termina revelándose como un don heredado por generaciones, una marca que lo conecta con fuerzas ocultas que han permanecido dormidas durante siglos. Un legado que otros están dispuestos a reclamar… cueste lo que cueste. Mientras antiguos enemigos resurgen y una hermandad silenciosa mueve sus piezas en la oscuridad, Carys descubrirá que hay verdades que queman al ser miradas, y que algunos destinos no se eligen: se cruzan.

Genre
Fantasy
Author
Dilan
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Primeras grietas

Las ruedas del taxi crujieron sobre el empedrado húmedo de Tamara Sat. A través del vidrio empañado, Carys vio pasar árboles doblados por el viento, niños jugando bajo una lluvia indiferente y adultos que caminaban cabizbajos, como si el cielo les debiera algo. Aquella ciudad no era gris por su color; era gris por lo que hacía sentir.

En Tamara Sat, el mar no relaja: arde. Es un mar frío, sin turistas, con gaviotas que gritan en vez de cantar. La brisa no acaricia, raspa. Todo allí era un contraste doloroso con lo que la costa debería ser. Era como si la ciudad se negara a aceptar su propia naturaleza.

El edificio apareció frente a él sin gloria: tres pisos de ladrillo viejo, con balcones herrumbrosos. Pero había algo de noble en su vejez, como un viejo borracho que aún conserva dignidad.

Carys pagó el taxi, bajó la maleta y subió lentamente las escaleras de concreto. Cada paso resonaba como si Tamara le recordara que había vuelto.

El segundo piso olía a cigarrillo viejo y a café recalentado. Cuando llegó a la puerta del apartamento 202, ya estaba entreabierta.

Ahí estaba su tío favorito... ¿o debería decir hermano?

—¿Te cansaste de la nieve o solo extrañabas mi cara? —la voz de Gabriel lo recibió antes que su cuerpo.

Sonreía con una taza en la mano. Café, seguro. Su tío siempre empezaba el día con cafeína y sarcasmo.

—Definitivamente lo primero —respondió Carys, entrando mientras arrastraba la maleta.

—Auch, directo al corazón —dio un sorbo largo—. Qué manera de decirle “hola” al tío que va a soportarte por los próximos meses.

—¿Soportarte? Pensé que esto era mutuo —soltó Carys, tirando la maleta junto al sofá viejo.

Gabriel se encogió de hombros. Seguía siendo alto, atlético, con ese aire de tipo que no necesita esforzarse para caer bien. Camiseta negra, jeans ajustados, el cabello un poco revuelto. Tenía solo veintisiete años, pero hablaba como si tuviera cuarenta y la vida ya le hubiera pasado factura.

—¿Y bien? —preguntó, cruzándose de brazos—. ¿El vuelo fue tranquilo? ¿Te perdiste en el aeropuerto? ¿Alguien lloró de emoción al verte?

—Sí, no y definitivamente no —respondió Carys con una mueca.

Se sentó en el sofá, aflojando los cordones. El apartamento era pequeño pero cómodo, con plantas en la ventana, un montón de libros en desorden y una guitarra en la esquina.

—Estás más flaco —Gabriel lo observó como quien evalúa un cuadro conocido que nota cambiado—. ¿Te estás saltando las comidas allá, o solo estás cultivando el look de poeta trágico?

—Un poco de ambas, supongo.

Gabriel soltó una risa seca.

—No quiero meterme mucho, pero... ¿todo bien contigo? O sea, más allá de lo evidente.

—¿Lo evidente... como que vuelvo a vivir aquí después de cuatro años?

—Eso y más. Tú no volviste porque querías. Se te nota en la cara.

Carys se quedó callado. En realidad, no sabía qué decirle. Y Gabriel tenía razón.

—No vine a buscar nada —dijo al fin—. Solo... no tenía a dónde más ir.

La mirada de Gabriel cambió por un instante. Se volvió más blanda.

—Aquí siempre tendrás dónde llegar, sobrino. Aunque no lo parezca, este cuchitril también es tu casa.

Hubo un silencio cómodo. O tal vez solo resignado.

—¿Y ella? —preguntó Carys, mirando la foto en la repisa, donde salía Gabriel abrazando a una mujer de cabello rizado.

Gabriel se tensó apenas. Luego apartó la mirada.

—Se fue. Literalmente. Se llevó hasta el microondas.

—Duro.

—Más que duro... silencioso. Como si se hubiese borrado sola. Pero ya da igual. Tengo otras prioridades ahora —lo miró—. Como evitar que mi sobrino se convierta en un cavernícola antisocial.

—Muy noble de tu parte.

—Lo intento.

(Dakota del Norte – Carys, 13 años)

El salón de clases estaba helado. Todos llevaban abrigos gruesos y el aire olía a humedad y a ropa mojada. A través de las ventanas se veía caer la nieve lenta, pesada, como si el mundo se estuviera apagando por capas.

Carys estaba sentado al fondo, con la capucha puesta, intentando que nadie lo viera.

La maestra de inglés, la señora Hammond, lo señaló con la regla desde el frente del aula.

—Mr. Black, ¿quiere compartir su opinión con la clase?

Las risas no se hicieron esperar. Un grupo de chicos en la fila de adelante ya se estaba girando hacia él. Josh, el más molesto de todos, hizo un gesto exagerado de bostezo.

—¿Puede hablar inglés el colombiano, profe? ¿O solo sabe decir “chimba”?

Las carcajadas estallaron.

Carys bajó la mirada. Tenía las manos heladas, las uñas mordidas, las palmas empapadas de sudor. La frase escrita en la pizarra parecía clavarse como una espina:

Who am I?

¿Quién soy?

Buena pregunta.

—Soy... —empezó a decir, pero la voz le tembló.

—¡Dice que es un zombi! —gritó uno desde atrás—. ¡Un zombi latino!

El aula explotó en risas otra vez.

Ese día no contestó. Ese día aprendió que a veces el silencio también duele. A veces el silencio es un cuchillo que uno mismo se clava para no escuchar cómo los otros lo afilan.

Esa noche, en casa, su madre le acarició el cabello mientras le servía una sopa caliente. El vapor le empañaba los anteojos y le enrojecía las manos.

No dijo nada. Solo lo miró como si pudiera curarle las heridas con los ojos.

—Algún día no te va a doler tanto —le dijo en voz baja.

Pero dolía. Y seguía doliendo.

(De vuelta al presente)

La puerta sonó con tres golpes rápidos, como una clave secreta. Gabriel ya se había ido a jugar ultimate y Carys estaba solo, acostado en el sofá, mirando el techo como si allí estuviera escrita alguna respuesta.

—¡Carys, papi! ¡Abre, que vine con todo el Caribe en la voz!

La voz era inesperada, pero inconfundible.

Carys se levantó con una ceja arqueada, sin saber si reír o buscar una escoba. Caminó hasta la puerta y la abrió.

Allí estaba.

Short, camiseta sin mangas, sandalias y una sonrisa capaz de vender helado en el Polo Norte. Tomás Vega en todo su esplendor: rizos despeinados, una mochila al hombro, gafas de sol que no usaba y un colgante de concha en el cuello que siempre juró que tenía “energía lunar”.

—¡Increíble! —dijo, entrando sin esperar invitación—. Te desapareces cuatro años y ni un mísero mensaje. Pensé que te habías muerto o que te habías metido a seminarista.

—La segunda no estuvo tan lejos —respondió Carys.

Tomás dejó caer la mochila junto a la mesa y lo miró fijamente.

—Estás... diferente.

—Gracias por notarlo.

—En serio. Tienes cara de funeral y ni siquiera hay música. ¿Dónde están los parlantes? Este apartamento necesita vida.

—Gabriel no es muy de fiestas —mintió Carys.

—Entonces llegué justo a tiempo. Porque yo sí soy de fiestas. Y de reírme fuerte. Y de sacar a pasear ese lado oscuro que llevas dentro —lo señaló—. Y tú, Carys, necesitas salir un poco.

Carys soltó una risa mínima.

—Sigues siendo igual de insoportable.

—Y tú igual de reservado. Pero te extrañé. De verdad. Y no lo digo en broma.

Hubo un breve silencio. De esos que no incomodan, sino que pesan.

—Yo también —dijo Carys en voz baja.

Tomás se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, y sacó de su mochila una bolsa de mango verde con sal.

—¿Quieres?

—Sí.

—¡Sabía que seguías siendo el mismo! Allá en el extranjero no tienen estas cosas, ¿cierto? No saben lo que es disfrutar lo simple.

—Allá no saben ni mirar a alguien sin sospechar.

—Eso fue... duro.

—La verdad.

Tomás masticaba con la calma de quien no tiene prisa por entender al otro. Y eso se agradecía.

—Mira, sé que te fuiste porque tocó, no porque quisieras. Y también sé que volviste por lo mismo. Pero ya que estás aquí... aprovecha. Esta ciudad tiene sus problemas, sí, pero también hay gente buena. Música. Espacios donde uno no se siente solo.

—¿Y tú eres uno de esos espacios?

—Yo soy el mejor —se señaló—. Hermano, estás en once. Eso significa clases, dramas, profesores raros, romances intensos y momentos que te marcan. No puedes venir aquí a esconderte como si estuvieras en retiro espiritual.

—No estoy buscando nada.

Tomás lo miró sin sonreír, por primera vez.

—A veces lo que no estás buscando... igual te encuentra.

Carys bajó la mirada.

—¿Y tú? ¿Sigues con el mismo grupo?

—Claro. Los mismos de siempre. Música, playa, conversaciones hasta tarde. Unas personas que valen la pena, otras que no tanto. Pero ahora que volviste, tienes pase libre a todo eso. Solo dime cuándo.

—Dame una semana. Tal vez dos.

—Te doy tres días. Y ya es mucho.

Carys rió. Esta vez, sin forzarlo.

Tomás se levantó, sacudiéndose las manos.

—Bueno, me voy. Vine a comprobar que estabas vivo. Ahora que lo sé, puedo dormir tranquilo. Te dejo eso ahí —señaló la mochila—. Hay unos dulces, un encendedor con tu signo, un cuaderno y unos audífonos. Pensé que los necesitarías.

—Gracias. En serio.

—No tienes que agradecerme. Para eso estamos. Ah, y antes de que se me olvide... —se acercó—. Si algún día necesitas hablar, llorar, gritar o simplemente... estar en silencio, también puedo hacer eso.

—¿Estar en silencio?

—Ser un buen amigo. Con o sin palabras.

Y se fue. Cerró la puerta con cuidado, como si no quisiera romper el ambiente que había dejado atrás. Pero algo quedó flotando en el aire: una sensación distinta. No incómoda. No dolorosa. Solo... humana.

Carys volvió a sentarse en el sofá y miró la mochila. Dentro, el cuaderno tenía una portada negra con letras doradas:

“Todo lo que no dije”.

Lo abrió. Página en blanco.

-Perfecto.

(Primer día en la escuela Tamara Sat Superior)

El aula 4B del segundo piso olía a papel viejo, café mal hecho y desinfectante barato. Las paredes tenían grietas discretas que intentaban disimularse con afiches sobre lógica, ética y frases de autores que la mayoría apenas recordaba.

Carys estaba en la última fila, con los brazos cruzados, mirando por la ventana mientras la lluvia comenzaba a golpear los techos de lámina con dedos insistentes. Era su primer día oficial en la escuela Tamara Sat Superior, pero no había saludado a nadie. Solo entró, se sentó... y esperó a que todo pasara.

Entonces lo vio entrar.

No parecía un maestro.

Camiseta blanca, saco de lana con coderas grises, jeans gastados y botas de cuero. El cabello completamente blanco, atado en una coleta discreta. La barba, del mismo color, ordenada pero sin rigidez. Sus ojos eran serenos, casi tristes, como si llevaran demasiados inviernos encima.

—Buenos días —dijo sin levantar la voz.

Su tono era grave, tranquilo, con la pausa de quien piensa antes de hablar.

Caminó hasta el escritorio y dejó un libro grueso sobre él. Luego se giró hacia los estudiantes.

—Soy Ricardo Maestre. Maestro de filosofía, y probablemente el único adulto aquí que no los va a tratar como niños. Aunque eso dependerá más de ustedes que de mí.

Nadie respondió. Algunos miraban sus celulares debajo del pupitre. Otros garabateaban sin atención.

—No voy a presentarme con una lista de reglas. Ni voy a obligarlos a pensar. Solo les voy a pedir algo.

Tomó una tiza y escribió en el tablero una sola palabra:

¿Por qué?

—Si alguna vez logran responder esa pregunta con sinceridad, estarán más cerca de conocerse.

El silencio se volvió incómodo. Algunos rieron por lo bajo. Carys no.

—No vine a enseñarles lo que está en los libros —continuó—. Vine a mostrarles cómo se cuestionan. Cómo se rompen por dentro para ver qué queda después.

En algún punto, la mirada del maestro se cruzó con la de Carys. No supo si fue casualidad, pero lo sintió.

—Hoy no habrá clase tradicional. Hoy hablaremos —se sentó en el borde del escritorio—. Alguien que quiera compartir algo. Lo que sea. Un pensamiento, una duda, una rabia.

La mayoría bajó la mirada.

—¿Nadie? ¿Nada que decir?

—¿Y si no queremos hablar? —preguntó un chico desde el medio del salón con tono burlón.

—Entonces escuchen —respondió Maestre—. Escuchar también es parte del diálogo.

Silencio otra vez.

Carys se mordió el labio. Un impulso le recorrió el pecho. No sabía si hablar, pero algo en la calma del maestro le dio valor.

—Yo tengo una pregunta.

Las miradas se giraron de inmediato. El chico nuevo hablaba. Eso parecía raro.

—¿Por qué seguimos buscando sentido cuando ya sabemos que no todo tiene uno?

El profesor sonrió. No como alguien complacido, sino como alguien que llevaba años esperando oír algo así.

—Porque buscar sentido es lo único que nos hace humanos —respondió sin dudar—. No porque vayamos a encontrarlo, sino porque el intento nos define.

—Pero si no lo encontramos, ¿no se vuelve inútil?

—¿Dejas de respirar solo porque el aire no tiene sabor?

Eso lo desarmó.

—Entonces... ¿seguir preguntando es lo importante?

—Exacto. La filosofía no es una respuesta. Es una herida abierta. Y tú —lo señaló con suavidad— pareces tener muchas.

A Carys le incomodó la precisión de su mirada. No era hostil. Era como si viera cosas que él aún no entendía.

—¿Cuál es tu nombre?

—Carys. Carys Black.

—Bien, Carys. Gracias por tu pregunta. No todos tienen el valor de dudar en voz alta.

La campana sonó.

Los demás salieron sin prisa, como si nada importante hubiera ocurrido. Carys guardó sus cosas con lentitud.

—Carys —lo llamó la voz del profesor cuando ya estaba en la puerta.

Se giró.

—No estás solo. Aunque lo parezca.

Carys asintió. No dijo nada más.

Y salió.

(Tamara Sat, hace un par de años)

Tamara Sat tenía un extraño encanto de ciudad antigua: entre sus lluvias, sus calles empedradas y sus balcones oxidados, había una vida que resistía al frío. El mismo frío que Carys llevaba por dentro.

Salió del colegio caminando. No tenía planes. Gabriel le había dicho que no llegara muy tarde, pero nunca había definido qué era, exactamente, “tarde”. Tomó rumbo a casa, con la mochila colgándole de un solo hombro, cuando una voz detrás de él lo detuvo.

—¡Hey, tú! ¡El filósofo depresivo!

Carys se giró. Tomás Vega venía trotando, mochila al hombro, con una sonrisa que parecía iluminada desde adentro. Se detuvo a su lado, respirando agitado.

—¿Vas pa’ tu casa?

Carys asintió apenas, con una mueca.

—Perfecto. Yo también. Bueno, más o menos. Vivo por ahí cerca. Caminemos juntos, ¿sí?

No esperó respuesta. Ya caminaba a su ritmo.

—Eres... ¿cómo decirlo? Intenso. Eso está bien, supongo. Aunque también medio triste. ¿Siempre fuiste así o Tamara Sat te volvió así?

—Siempre fui así —respondió Carys.

—Uf. Qué duro. Yo no podría vivir conmigo mismo si fuera así.

—No tienes que hacerlo.

Tomás soltó una risa breve.

—Me agradas, bro. Eres raro. Me gusta la gente rara. La normal me aburre.

Siguieron caminando. El cielo estaba nublado, pero sin lluvia. Las nubes parecían ceniza flotando sobre las tejas de barro. Tomás sacó una botella de agua de su mochila y bebió con tranquilidad.

—¿Sabes? Hay un lugar que me gusta. Queda cerca de aquí. ¿Te lo muestro?

—No me interesan los lugares.

—Perfecto, así no te decepcionarás si no te gusta.

A Carys se le escapó una sonrisa mínima. Tomás lo notó de inmediato.

—¡Eso fue una sonrisa! ¡Lo vi!

—No lo fue.

—¡Sí lo fue! ¡Estás rompiendo personaje!

—No estoy actuando.

—Sí lo estás. Todos actuamos. Unos mejor que otros.

Doblaron por una calle angosta, luego por otra. Cruzaron un puente oxidado y finalmente llegaron a lo que parecía ser un muelle abandonado. Unos tablones de madera húmeda colgaban sobre el mar gris, azotados por el viento constante.

—Aquí vengo cuando no quiero pensar —dijo Tomás, sentándose en el borde—. Y sí, ya sé lo irónico que suena eso viniendo de mí.

Carys se sentó a su lado, sin acercarse demasiado.

—¿Qué haces aquí?

—Nada. Ver el agua. Escucharla. A veces gritarle. A veces reírme. Depende.

Guardaron silencio. El mar golpeaba las rocas con un ritmo lento. El salitre le picaba la nariz a Carys. No era un lugar bonito, pero era auténtico. Crudo.

—¿Sabes por qué me acerqué a ti? —preguntó Tomás de pronto.

—No.

—Porque estabas solo. Y yo no creo que nadie deba estarlo.

—Algunas personas prefieren estarlo.

—Sí. Pero no por gusto —dijo Tomás—. Sino por heridas.

Carys lo miró. Tomás ya no sonreía. Su rostro estaba sereno, casi triste. Por primera vez, lo vio real.

—Tú también estás roto, ¿no? —dijo Carys sin pensarlo.

Tomás se encogió de hombros.

—Todos lo estamos. Solo que yo no ando escondiéndolo.

El viento los despeinó a ambos. La tarde comenzaba a tornarse de un gris más profundo.

—Me gusta hablar contigo —dijo Tomás después de un rato—. Aunque no digas mucho.

—No sé si eso es un cumplido o una crítica.

—Es una invitación. A seguir hablando.

Volvieron caminando sin prisa. No había necesidad de correr. Por primera vez, el frío no molestaba tanto.

La amistad, entendió Carys ese día,no siempre nace de las risas ni de los gustos compartidos.A veces nace del silencio.De caminar al lado de alguien que no intenta salvarte, sino acompañarte mientras caes.

Y por alguna razón,ese día,no se sintió tan solo.

(Dakota del Norte)

Las cicatrices no siempre están en la piel. A veces se esconden detrás de una sonrisa. O de una nota en la libreta.

El timbre sonó.Las risas de los niños llenaron el pasillo.El olor agrio del almuerzo escolar se impregnó en las paredes.

Carys tenía trece años y una mochila más pesada que sus propios hombros. No por los libros, sino por lo que cargaba dentro. Por todo lo que no decía.

Ese día llovía. Allá, siempre llovía.

—Ey, ¿me pasas la tarea? —dijo una voz detrás de él. Suave. Educada.Demasiado educada.

Carys se giró.

Dorian Vance.

El nuevo. O eso creía. Piel morena, uniforme planchado al milímetro, y una de esas sonrisas que no muestran los dientes, pero dicen demasiado. Su rostro estaba marcado por una antigua cicatriz de quemadura que le recorría el pómulo izquierdo como una grieta seca en la piel. Y, aun así, no parecía avergonzarlo. La llevaba como un recordatorio: ya había estado roto... y sobrevivido.

—No la hice —respondió Carys con un hilo de voz.

Dorian inclinó la cabeza.

—Yo tampoco. Pero tú sí pareces el tipo que la hace. Te espero después de clases, ¿sí?

No era una pregunta.Y tampoco una amenaza.Era una orden disfrazada de cortesía.

Carys asintió sin pensarlo.

Y ahí comenzó todo.

El patio estaba vacío. Carys estaba sentado en una banca de cemento, con su cuaderno abierto sobre las piernas. No sabía si temblaba por el frío o por el miedo.

Dorian llegó tarde. No se disculpó. Se sentó a su lado, hojeó el cuaderno con parsimonia, arrancó la hoja y sonrió.

—¿Sabes qué me gusta de ti, Carys? —dijo—. Que no hablas mucho. Eso es raro. Y útil.

—¿Útil para qué? —preguntó Carys, tenso.

—Para sobrevivir. Callar a veces es mejor que gritar.

Carys no entendía.O tal vez entendía demasiado.

Dorian lo observó con una serenidad espeluznante.

—Vas a darte cuenta pronto. Todos aquí buscan un enemigo. Mejor que elijas tú al tuyo antes de que ellos lo hagan por ti.

Se levantó sin mirar atrás.

Lo dejó solo...y comenzó el silencio más largo de su vida.

No fue el puñetazo.Fue el silencio después.No fueron las risas,fue la complicidad muda.

Dorian nunca necesitó gritarle.Solo tuvo que señalarlo.Y todos obedecieron.

(Nuevamente en al presente)

El calor empezó a colarse por las esquinas de Tamara Sat como un intruso inesperado. En una ciudad donde el frío era parte del alma, aquel cambio de temperatura se sentía extraño. Todo parecía moverse más lento, más pesado, como si el verano hubiese desajustado el ritmo natural de las cosas.

Carys caminaba junto a Gabriel por las calles del centro, con el sudor pegado a la nuca y la incomodidad clavada en la espalda.

Gabriel, en cambio, avanzaba como si el calor no le afectara. Saludaba a cada persona que pasaba, como si todos lo conocieran, como si fuera una pieza vital del ecosistema de Tamara Sat. Mientras Carys se ocultaba en su silencio, él se expandía.

—Vamos a ir al Donde Silva Café —dijo Gabriel con una sonrisa que casi lo cegó—. Te voy a presentar a algunos de los míos. Ya es hora de que empieces a soltarte.

—No necesito conocer a nadie —murmuró Carys, sin mucha energía para discutir.

Gabriel le lanzó una mirada de reojo.

—No se trata de necesidad, Carys. Es cuestión de adaptación. Esta ciudad no va a esperarte.

Carys no respondió. No porque no tuviera qué decir, sino porque sabía que sería inútil. Gabriel ya tenía su plan y él solo era una extensión de ese plan.

Se sentaron en una de las mesas de la terraza del café. El lugar estaba lleno: camisas elegantes, gafas de sol caras, risas amplias, copas de vino blanco a medio tomar. Gente que parecía vivir en otro ritmo.

—Mira quién llegó —dijo una voz a sus espaldas—. ¡El Black menor y su misterioso sobrino!

Carys se giró.

Un hombre de barba perfectamente delineada, gafas oscuras y un peinado excesivamente cuidado se acercó con una expresión confiada. A su lado venía una mujer de cabello cobrizo, vestido rojo y una presencia imposible de ignorar. Se sentaron sin pedir permiso.

—Carys, ellos son Javier y Dana —presentó Gabriel, cruzándose de brazos con satisfacción—. Viejos amigos. Confianza plena.

—¿Y tú hablas? —preguntó Dana entre risas, mirándolo con una ceja alzada—. Nos dijeron que eras un tipo silencioso, ¿pero así de silencioso?

—Habla cuando tiene algo que decir —respondió Gabriel por él, rápido.

—¿Y qué te trae por Tamara? —preguntó Javier, removiendo su café con una cucharilla de plata—. ¿Vacaciones? ¿Exilio voluntario? ¿O huyes de algo?

—Vivo aquí ahora —respondió Carys, intentando sonar más firme de lo que se sentía.

—Buena respuesta —rió Javier, dándole un sorbo a su taza—. Pero eso no responde nada.

—Déjalo en paz —intervino Gabriel sin dureza—. No todos tienen que explicarse a cada segundo.

Dana entrelazó los dedos sobre la mesa.

—Gabriel siempre hablaba de ti como si fueras un prodigio filosófico. “Mi sobrino piensa demasiado”, decía. ¿Qué tan cierto es eso?

Carys la miró sin sonreír.

—Lo justo.

—Eso suena a que es completamente cierto —comentó Javier, divertido—. A ver, Carys... ¿la gente es buena por naturaleza o la civilización es lo único que nos frena de destruirnos?

Carys exhaló despacio.

—La civilización no es un freno —dijo, apoyando los codos en la mesa—. Es un disfraz. Nos enseñan a comportarnos, pero debajo sigue siendo lo mismo: miedo, necesidad, ego. Solo lo maquillamos.

Hubo una pausa breve.

Dana lo observó distinto.

—Me gusta. Oscuro, pero interesante.

—Te lo dije —añadió Gabriel con orgullo—. El pelado no habla mucho, pero cuando habla...

—...lo destruye todo —completó Javier alzando su taza.

Se quedaron un rato más. Historias que a Carys no le importaban, negocios que no entendía, nombres que probablemente olvidaría. Pero en medio de todo ese ruido, Gabriel parecía en casa. Sonreía, dirigía la conversación, lanzaba chistes que hacían reír a los demás, incluso cuando eran terribles. Y entonces Carys lo entendió: Gabriel no solo sabía moverse ahí... dominaba ese mundo.

—¿Vas a ir al evento del sábado, Gabo? —preguntó Dana, acomodándose el cabello con una uña perfecta.

—Claro. Y quiero llevar a Carys.

—¿Un evento? —preguntó él, girándose hacia su tío.

—Una reunión en la casa de los McAllister. Gente con visión. Quiero que empieces a ver el panorama. Conocer. Estar.

—No sé...

—No tienes que hacer nada. Solo estar. Ver cómo se mueve el mundo real.

El “mundo real”. Así lo llamaba siempre.

Suspiró.

Terminó aceptando sin decir que sí.

Más tarde, caminaron por el malecón. El atardecer derramaba sus colores sobre el agua como una pintura vieja. Gabriel avanzaba con las manos en los bolsillos, relajado.

—¿Qué piensas? —preguntó al cabo de un rato.

—Pienso que no encajo.

—Te estás probando una talla nueva. A veces hay que usarla un rato antes de saber si te queda.

—¿Y si no me queda?

Gabriel lo miró sin sonrisa.

—Entonces te haces tu propia talla.

Esa noche, mientras Tamara Sat se sumía en su caos nocturno y el calor se asentaba lentamente sobre los tejados, Carys entendió algo con una claridad incómoda:Gabriel no quería cambiarlo. Solo quería que sobreviviera.

Pero él no quería sobrevivir en el mundo de su tío.Quería entender el suyo.Aunque aún no supiera cuál era.

(Departamento de Gabriel)

El televisor estaba encendido, pero nadie lo miraba realmente.

El sonido llenaba el apartamento como un zumbido constante: voces de presentadores, cortinillas de noticias, imágenes de una ciudad que parecía moverse sin alma detrás de una pantalla.

Gabriel estaba de pie en la pequeña cocina, revisando su celular mientras calentaba algo en el microondas. Elbiprepetido del aparato se mezclaba con la voz grave del noticiero.

Carys estaba sentado en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas, mirando fijamente el suelo. La visita al café seguía repitiéndose en su cabeza como un eco incómodo. El “mundo real”. La gente elegante. Las sonrisas entrenadas.

—Atención a esta última hora... —anunció la presentadora.

Carys alzó la mirada sin saber por qué.

En la pantalla apareció la imagen de una calle acordonada. Luces rojas y azules bañando las paredes. Un cuerpo cubierto por una sábana blanca en medio del asfalto mojado.

—Hace apenas unos minutos se confirmó el asesinato de un joven en el sector norte de la ciudad, cerca del muelle abandonado. —La voz de la presentadora era firme, distante, quirúrgica—. Testigos aseguran haber escuchado una discusión antes de los disparos.

El microondas se detuvo con un pitido.

Gabriel se quedó quieto.

Carys sintió que el aire se volvía espeso en sus pulmones.

—La víctima fue identificada comoMatías Calderón, de diecinueve años. Las autoridades investigan posibles vínculos con redes ilegales que operan en la zona—

Carys se levantó de golpe.

—¡Es el muelle de Tomás! —dijo, con la voz quebrada.

Gabriel se acercó al televisor, frunciendo el ceño.

—¿Estás seguro?

—Sí. Estoy seguro.

La cámara mostró el lugar desde otro ángulo. Los tablones húmedos, las rocas negras, el mar golpeando con su insistencia enfermiza.

El mismo muelle.El mismo donde, años atrás, había aprendido que el silencio podía ser compañía.

—Esto no es casualidad... —murmuró Carys.

Gabriel lo observó con atención. Por primera vez en toda la noche, su expresión dejó de ser confiada.

—Carys... ¿qué sabes de esto?

Él abrió la boca para responder...pero el peso de Dakota del Norte cayó sobre su lengua como una cadena.

Las risas.Los empujones suaves.Las órdenes disfrazadas de cortesía.El nombre de Dorian como un susurro venenoso cruzando los pasillos.

—Nada —mintió.

Gabriel lo miró sin creerle.

Pero no insistió.

Esa noche, Carys no durmió.

Las imágenes del noticiero regresaban una y otra vez. El cuerpo cubierto. La cinta policial. El nombre del muerto resonando como un martillo dentro de su cabeza.

Y entonces lo entendió.

El mundo que Gabriel le estaba mostrando —el del café, los eventos, la gente “importante”— no estaba separado del muelle.No estaba separado de la violencia.No estaba separado de Dorian.

Todo formaba parte del mismo entramado invisible.

Ese pensamiento le erizó la piel.

En la madrugada, se levantó en silencio y fue hasta la ventana. La ciudad dormía bajo una capa de luces débiles y neblina vieja. Tamara Sat parecía tranquila... demasiado tranquila.

Carys apoyó la frente contra el vidrio frío.

Y por primera vez en mucho tiempo, pensó algo con absoluta claridad:

El pasado no había venido a buscarlo.Nunca se había ido.