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La enfermedad de quererte [lookism] [<Gungoo]

Summary

El Hanahaki no es una flor en la garganta, sino el latido que se rompe en silencio cuando amas a alguien que nunca te mira. Es un jardín nocturno dentro del pecho, donde cada sentimiento florece sin esperanza de ser visto. Un amor tan profundo que duele, tan bello que hiere, tan tuyo que te consume. Y aun así, sigues guardando la flor, esperando -contra toda razón- que algún día alguien note su perfume antes de que termine por marchitarte.

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1
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n/a
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16+

Único

Dicen que uno no elige a quién amar.

Goo cree que sí.

Cree fielmente que uno elige justo al que más duele.

Porque si no... ¿por qué habría elegido a Gun? ¿Por qué habría permitido que su nombre se volviera un filo que se entierra cada vez que respira?

Goo ama como pelea:

con belleza, con caos, con una devoción que nadie debería mirar de frente. Pero Gun... Gun solo ofrece distancia, esa frialdad elegante que corta más hondo que cualquier cuchillo.

El amor por él es una flor nocturna, un jardín que se alimenta de lo que no tiene,

de lo que nunca tendrá.

Gun camina, respira, ordena,

y él se quiebra un poco más,

tragándose palabras que jamás sabrán convertirse en voz.

Ridículo.

Él, Goo Kim, hombre y corazón hecho para el caos,

consumiéndose por un hombre que ni siquiera sabe que existe más allá de su utilidad.

Y aun así, Gun es... una luz cegadora de la que no puede apartar la vista, por más que lo intente. Pero ¿cómo podría vivir sin mirarlo? Sin esa sonrisa siniestra al pelear, capaz de llevarlo a la muerte?

"La muerte sabrá bien en sus manos."

Así que guarda su tragedia detrás de una sonrisa. Una sonrisa rota, brillante, cruel: la única máscara que le permite seguir a su lado sin desmoronarse.

La gente piensa que no siente nada, que siempre está riendo,

que nada le duele. Pero ¿qué sabrán ellos del peso que tiene un nombre cuando se vuelve la raíz de todas tus heridas?

Puede que sea su culpa que los demás vean esa parte de él;

las bromas y su indiferencia son excusas baratas para ocultar lo que verdaderamente siente.

A veces piensa en decirlo.

Solo un "mírame". Un "no me dejes atrás". Pero sabe cuál sería su respuesta: una indiferencia tan perfecta que podría matar a cualquiera. A Goo solo le haría florecer más espinas alrededor de la garganta.

Si las palabras atoradas en lo profundo de su pecho salieran a la luz, ¿qué tan terrible sería?

No importa ahora. No importará después.

No porque el mundo explote,

sino porque Gun no tiene que saberlo. Es mejor así... porque no soportaría la idea de no verlo más.

El sentimiento por él lo desgasta lento, como una flor negra abriéndose dentro de sí. Una flor que no pide ser correspondida: solo ser recordada cuando finalmente termine de consumirlo.

Y aun así, incluso con toda esta oscuridad, si le dieran a elegir...

si pudiera arrancarse este sentimiento, si pudiera por fin respirar sin él... no lo haría.

Porque incluso en su tragedia,

incluso en el dolor, él es lo único que alguna vez lo hizo sentirse vivo.

No le importa llorar su tragedia en los brazos de su único "amigo",

el único que no lo juzga ni lo hace menos. Samuel lo escucha, y quizá por eso le fue tan fácil aceptar su propio amor no correspondido al verlo hablar.


"El amor no correspondido, el peor de los males."


Para Goo, su Hanahaki no es una flor; es un crimen lento,

una autodestrucción que lleva con orgullo. El amor que siente por Gun no busca ser correspondido;

solo busca devorarlo.

Y lo hace bien.

Hay noches en las que imagina su voz —no la real, no esa voz seca y distante que usa con él, sino una versión que nunca existirá—.

Una voz que lo llama por su nombre como si importara.

Ridículo.

Ni siquiera en sus fantasías lo ama. Solo lo mira.

Y aun así su corazón tiembla como si fuera suficiente.

Sabe que él nunca sentirá nada por él. Si muriera hoy, Gun ni siquiera frunciría el ceño.

Quizá diría su nombre con esa neutralidad con la que habla del clima.

Quizá ni eso.

Y duele. Duele de una forma tan absurda que a veces piensa que nació para sentirlo.

Es un vicio, una adicción que lo está matando y que no quiere dejar. Su ruina favorita.

Su infierno privado. Su única verdad.

A veces lo mira y piensa:

"si tan solo dieras un paso hacia mí, solo uno..." Pero Gun no da pasos. No mira atrás.

No se desvía.


"Al mundo solo le importan los resultados."


Y él, Goo, es la desviación.

El error estadístico. La sombra que camina dos pasos detrás esperando que un día él se gire.

Nunca lo hará.

Y aun así, Goo sonríe.

Porque incluso si Gun nunca lo amara, prefiere arder por él

antes que apagarse sin su sombra.

A veces cree que su pecho fue hecho para romperse en silencio.

Que nació con este vacío en las costillas solo para que él —Gun— pudiera pasar por su vida sin detenerse.

Sabiendo que este amor lo destruye, no lo cambia, no lo arranca, no lo suelta.

Porque si él no lo quiere,

si no lo mira, si no siente...

al menos el dolor le recuerda

que una vez, aunque fuera en silencio, lo amó demasiado.

Demasiado para vivir sin él.

Demasiado para sobrevivir consigo mismo.


"Estoy bien, puedo con eso."


No miente cuando repite esa frase mientras se limpia el alcohol de las comisuras de los labios rotos.

No miente cuando dice que es feliz con solo estar en su presencia o verlo sonreír mientras pelea.

Aunque sus amigos no le crean, aunque Samuel lo mire con esa estúpida expresión de lástima.

Él es feliz. Es feliz por Gun y no necesita nada más.

No importan las espinas alrededor de su garganta, ni la rosa marchita que florece en su pecho cada que Gun abre la boca, cada que lo mira con esos ojos fríos y distantes.

No importa.

Que él esté bien es suficiente para vivir.

Melodramático.

Reflexiona cada que recobra la conciencia.

Después de todo el alcohol y el dolor, viene la rabia.

Odia en lo que se ha convertido; se desespera porque no puede reaccionar ante algo tan simple.

No puede tener esta dependencia.

"Todos nacemos solos, Goo", se repite como un mantra.

Es irracional necesitar a alguien más para vivir. No debería desearlo. Pero sigue ahí, una y otra vez. No puede parar.

Y no desea hacerlo ya.

"El amor no es complicado; las personas lo son."

Y cuando llega la noche y la tormenta en su cabeza se calma, Goo entiende algo que siempre estuvo allí, escondido en lo profundo de su pecho: su amor nunca fue una súplica. Nunca fue un deseo. Fue una decisión.

La autodestrucción elegida con la misma devoción con la que otros eligen sobrevivir.

Y entonces Gun pasa cerca.

Nada más.

Un roce en su brazo cuando pasa, un fragmento de aire compartido.

No lo mira directamente, pero dice su nombre, neutro. Como si su presencia fuera una herramienta que necesita mover de lugar.


"Goo..."


No dice nada más.


Y aun así, la flor negra en su pecho se contrae como si quisiera vivir un día más, como si ese mínimo reconocimiento le bastara para detener el veneno durante unas horas.


No es amor.

No es afecto.


Pero para él... es suficiente para morir tranquilo.


Porque mientras lo observa alejarse sin voltear, Goo siente el sabor amargo del alcohol mezclándose con el eco de ese nombre pronunciado sin importancia, y la verdad lo golpea tan fuerte que casi lo derriba:

No es Gun quien lo mata.

Es él mismo, eligiéndolo.

Eligiendo ese filo, esa frialdad, esa indiferencia que lo recorta por dentro.


"El amor no es complicado", se repite. "Yo lo soy."


Porque si su corazón va a romperse, que sea por él.

Si debe morir un poco cada día, que sea con su nombre atorado en la garganta.

Y si algún día la flor negra termina por abrirse del todo, que al menos Gun haya dicho “Goo” una última vez, aunque fuera solo para apartarlo del camino.

Para Goo, el Hanahaki no es una flor en la garganta, sino el latido que se rompe en silencio cuando amas a alguien que nunca te mira.

Es un jardín nocturno dentro del pecho, donde cada sentimiento florece sin esperanza de ser visto.

Un amor tan profundo que duele,

tan bello que hiere, tan tuyo que te consume.

Y aun así, sigues guardando la flor,

esperando —contra toda razón—

que algún día alguien note su perfume antes de que termine por marchitarte.

Ese es su final.

Su tragedia elegida.

Su infierno favorito.

Y mientras sonríe —esa sonrisa rota, cruel, perfecta— sabe que mañana volverá a arder por él.

Aunque nunca lo mire.

Aunque nunca lo ame.

Aunque lo destruya.

Porque al final, hay verdades que no se pueden negar:

Goo nació para romperse.

Y Gun nació para no detenerse.

Y aun así… él lo sigue. Él lo elige.

Incluso sabiendo que ese amor nunca será suficiente para salvarlo.

Solo para consumirlo.

ᥫ᭡ 𝓜𝓨 𔓘

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