Una Jugada Maestra

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Summary

Noa Levin nunca fue la heredera obvia del legendario equipo de fútbol americano de su familia. Mientras sus tres hermanos se preparaban para ocupar el trono, su padre vio en ella lo que nadie más quiso reconocer: una mente estratégica, un carácter indomable y la valentía necesaria para convertir la franquicia en una dinastía. Pero el mundo no está listo para una mujer al mando y menos cuando el escándalo golpea a su puerta. Su prometido, Ethan mariscal de campo estrella, la traiciona con la única persona que no esperaba: su media hermana. Destrozada y más peligrosa que nunca, Noa decide atacar donde más duele: en el campo de juego. Para destruir a su ex, necesita un nuevo líder. Y solo hay uno con el talento suficiente: Killian Graves, el enemigo eterno de Ethan. Killian, no solo es una estrella caída, es todo lo que Noa detesta; arrogante, impulsivo y dueño de una reputación cuestionable. Él tampoco la soporta. Pero cuando ella le ofrece la oportunidad de redimirse con la condición de ser su novio. Sabe que está aceptando el trato más incómodo y necesario de su carrera. Mientras Ethan intenta destruirla y la liga entera apuesta por su fracaso, Noa descubre que ganar el campeonato no será su única batalla. Porque el pasado de Killian está a punto de explotar y podría arrastrarlos a ambos. En tanto, él tendrá que pelear por su carrera, y la única mujer que jamás pensó que podría querer.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Noa

El olor a sudor, césped mojado y desinfectante me golpeó en cuanto crucé la puerta y las piernas me temblaron de tal forma que por un momento creí que iba a caer redonda.

Había cometido el error mortal de presenciar el entrenamiento. Y, esa, sin duda, no fue mi idea más brillante. Solo bastaron unos minutos observando a mi objetivo, para que la cabeza comenzase a darme vueltas.

Mi respiración se había agitado notablemente al ver caer al suelo a Killian Graves, al menos una docena de veces, y mi corazón se detuvo, sin excepción cada vez que se puso de pie bufando como un toro bravo.

En mi defensa, tendría que haber sido de piedra para no sentirme afectada por ese machote caliente, sudoroso y golpeado.

Verlo tomar la parte baja de su camiseta para secarse el sudor del rostro, dejando a la vista la piel, tensa y dorada por el sol de ese abdomen esculpido por horas de entrenamiento. Simplemente, me privó de todo pensamiento racional que me quedaba y tuve que poner todas mis neuronas en marcha, para recordarme como hablar.

Así que, podía adivinar que no iba a ser tan fácil como yo creía al llegar al predio.

Sin embargo, no podía simplemente echarme atrás. Por lo que, tragué saliva y avancé con paso firme, intentando disimular lo afectada que estaba.

Nunca había estado en un vestuario lleno de jugadores semidesnudos, y si había algo peor que el calor sofocante del lugar, era la sensación de que todos los ojos estaban sobre mí.

—Vaya, vaya —dijo uno de los Conerbacks del New York Storm. Un tipo bajito, aunque increíblemente rápido al que papá ya le había puesto el ojo —. Miren lo que tenemos aquí —silbó con una sonrisa ladina, azotando la toalla en el aire—. ¿Es la hora de la inspección o qué? —Movió las caderas de un lado al otro, en tanto sus compañeros reían y silbaban, apoyándolo.

Sabía que no era el tipo de mujer que esos gañanes perseguían, pero aun así, su ego masculino, los empujaba a hacer idioteces. Algunos incluso se acomodaron mejor en sus bancos, ensanchando los músculos como si estuvieran en exhibición. Sentí el ardor subiéndome por el cuello, aunque no me detuve y me limité a poner los ojos en blanco.

—No eres tan bueno como para que te inspeccione personalmente, Wilkins —dije, manteniendo mi voz firme y mostrándole mi dedo de corazón con una sonrisa petulante.

—¡Uhhh! —Los murmullos se elevaron, cuando sobrepasé el grupo y fui directamente hacia Killian que se encontraba, alejado del resto.

—Killian, hermano, ¿qué hiciste para que la pequeña de los Levin en persona venga a buscarte? —Bromeó otro.

Sin hacerles caso, apreté los dientes y fui directo hacia él.

Se encontraba, apoyado contra los casilleros, con una toalla colgando peligrosamente de sus caderas, el cabello aún húmedo de la ducha. Parecía el maldito dios griego de la guerra, después de haber dejado una matanza a su paso.

Lo peor de todo, era que sabía exactamente lo que provocaba. Podía adivinarlo por su expresión desinteresada. Estaba acostumbrado a que las mujeres se lanzasen a sus pies.

Lo que no me sorprendía en lo absoluto, porque tenía veintitrés años. Era, estrella de los New York Storm. Tres veces MVP. 44 touchdowns en una temporada.

Más de 3,000 yardas aéreas antes de cumplir los veintidós.

Era el mejor. Mi padre lo sabía, mis hermanos lo sabían…, y yo lo sabía mejor que nadie.

Desde que comenzó había seguido su carrera. Había estudiado sus jugadas, admirado su talento, celebrado sus victorias a escondidas de mi familia.

Lo admiraba profundamente.

Hasta ese momento.

La comisura de sus labios se curvó en una sonrisa burlona cuando su mirada descendió lentamente por mí, sin ningún disimulo, y me vi obligada a tragar saliva con fuerza.

—¿No me digas que vienes a ofrecerme lo mismo que tus hermanos? —Su voz era baja, arrastrada, arrogante.

Y de no haber sido Killian Graves, su forma de actuar me hubiese irritado muchísimo.

Sin embargo, no podía, porque estaba frente al mejor Quarterback de la historia de lo New York Storm y podía permitirle toda la arrogancia que desease. Entonces, simplemente, respiré hondo, y alcé el mentón. Porque que lo admirase, no significaba que dejase intimidarme.

—Mis hermanos son unos imbéciles, que solo cumplen órdenes —repuse, fingiendo una seguridad que tambaleaba en su presencia.

—¿Tú, no? —Se cruzó de brazos, los músculos de su torso, se marcaron aún más y no pude evitar abrir los ojos impresionada —. No me hagas reír, princesita.

¿Princesita?

Me atraganté con mi propia lengua, aunque no por el calificativo en sí. Fue más bien por la forma en la que lo dijo: despectiva.

Como si mi único mérito fuese haber nacido en la familia correcta.

Respiré hondo y conté hasta diez.

«No puedes cortarle las bolas por ser un fanfarrón».

Me recordé.

Ya que era Killian Graves, el Quaterback que necesitábamos con desesperación en los Dallas.

—No soy una princesa —gruñí.

—Claro que sí —se burló—. Una princesa jugando a ser ejecutiva, intentando meterse en un mundo de hombres. Un mundo que no entiendes. Solo con un objetivo —. Se inclinó y acercó su rostro al mío —. Caerle mejor a papi —una sonrisa se amplió en su rostro —. Porque a papi, le gusta mostrarle el negocio a tus hermanos mayores, quienes serán sus herederos, y te pide que te quedes en casa, poniéndote linda, sirviendo té. Porque nunca vas a dirigir el negocio, preciosa y sabe que necesitas un esposo.

Las risas volvieron a estallar. Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago, sin embargo, no me permití tambalear y me mordí la lengua para no terminar con la negociación, antes de comenzarla. Después de todo, yo sabía que era un hueso duro de roer.

—¿Sabes qué sí entiendo, Killian? —levanté la barbilla—. Que tu carrera, no estará para siempre en la cima. Les pasa a los mejores —la sonrisa petulante, se esfumó de golpe y su expresión se volvió seria —. Un día simplemente serás reemplazable para el New York Storm y ese día ninguna franquicia querrá arriesgarse contigo. Pero si firmas con nosotros, nunca te soltaremos la mano, siempre serás nuestro Quaterback y podrás retirarte como un héroe.

Por un instante, algo en su mirada cambió. Un destello de furia, provocado por mi osadía al recordarle lo inevitable. La suya, como la de todos, era una carrera corta.

Una estrella fugas que pronto se extinguiría.

No obstante, nosotros estábamos dispuestos a exprimir hasta su última gota de potencial si aceptaba firmar.

Tuve que concederle que se recuperaba rápido porque, de inmediato, acortó más la distancia entre nosotros con la certeza que tiene un depredador, y su aliento rozó mi piel.

—Vaya, qué discurso más efectivo —. Se irguió, antes de cruzarse de brazos —. Si de estadísticas vamos a hablar, princesa, tal vez deberíamos enfocarnos en las de tu equipo.

Sentí un nudo en el estómago y la bilis subiendo por mi garganta.

—Los Dallas Titans llevan ocho años sin pasar de la primera ronda de los playoffs —su tono era puro veneno—. Desde la última vez que llegaron al Super Bowl, han cambiado de entrenador cuatro veces y han sido el hazmerreír de la liga en más de una ocasión.

Entrecerré los ojos, furiosa y humillada.

—La línea ofensiva es un colador, su defensa no puede frenar ni a un grupo de niños y, por si fuera poco, su Quarterback titular tiene menos precisión que un borracho jugando dardos.

Las carcajadas resonaron a nuestro alrededor y mi orgullo se incendió.

—Y ahora quieren que yo, Killian Graves, me una a ese desastre. ¿Sabes lo que eso haría a mi legado?

—Tú podrías ayudarnos a cambiar eso —le concedí.

Me lanzó una sonrisa triunfante y un hoyuelo se formó en su mejilla izquierda.

—No gracias. Prefiero deslumbrar los años que me queden y luego veremos —. Me miró de arriba abajo —. Quizás podrías convencerme —. Escuché las risas contenidas zumbando a mi espalda y me negué a mirarlos —. Si fueses más de mi tipo —chasqueo la lengua —. No lo eres —se encogió de hombros —, y no me pareces mucho más tentadora que alguno de tus hermanos.

Mi respiración se agitó, mi piel ardía. Por la rabia y la humillación.

Y quise replicar, pero antes de que pudiera responder, Killian me dio la espalda.

—No tengo tiempo para perderlo contigo. Dile a tu papá que se meta su contrato en el culo y no vuelvas a aparecer por aquí. Ni tú, ni nadie de tu familia, porque los haré sacar con seguridad.

Y con eso, desapareció en las duchas.

Me quedé ahí, congelada. Avergonzada. Con el sonido de las carcajadas a mi alrededor.

Killian Graves me había menospreciado y burlado de mí. Nunca iba a perdonárselo y no importaba, cuanto tiempo pasase. Un día, pondría a mis pies su presumido trasero.