BAILA BUFÓN

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Summary

En un mundo lleno de burocracia, hay pequeños detalles, momentos, que recuerdan la humanidad que muchas veces la nobleza olvida que tiene. Y baila el bufón, aunque su cuerpo se rompa, porque hay alguien a quien él valora por encima de sí mismo.

Genre
Fantasy
Author
Artemise
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Clavel

En la sala del trono, bailaba un bufón, iluminado por las enormes vitrinas a las espaldas del trono del Rey.

El bufón iba y venía en el espacio central, acercándose a los nobles para mostrarles un clavel rojo. Lo admiraba con curiosidad teatral, como si quisiera que alguien le explicara por qué una simple flor era tan importante.

El salón resonaba con las campanillas de su traje. Su camisa grande y pomposa flotaba al ritmo de su baile, y las cintas rojas seguían con elegancia sus gestos.

Sus compañeros bufones seguían el ritmo de la música de los bardos, pero él seguía su propio número; admirando el clavel como si no hubiera nada más bello.

Entre tanto, el Rey deliberada con su mano derecha cuál de todos los prospectos era el ideal para su hija. Algunos tenían poder militar, otros tenían tierras fértiles y abundancia de comida, otros venían de tierras ricas en minerales y piedras preciosas.

Junto al Rey estaban la Reina y la princesa. Esta última, rodeada de regalos pomposos y una variedad abismal de flores. Margaritas, rosas, lirios, crisantemos, hortensias y no-me-olvides, pero eran todas blancas, propias de la imagen que se tenía de ella.

Su piel pálida como la nieve estaba teñida por los colores detrás de ella, y sus cabellos rubios se asemejaban al reflejo de un diamante. Sus dulces ojos verdes seguían al bufón, pero en su rostro no había reacción alguna porque no había reacción permitida más allá de una simple sonrisa cortés.

Ella no deseaba casarse con un extraño, pero sabía que no tenía voz ni voto en el asunto. Todos aquellos que fueron a ofrecer regalos a cambio de su mano era al menos 10 años mayores que ella y, hasta donde los rumores llegaban, varios tenían concubinas a montones.

Había escuchado que aquellos hombres que compartían cama con muchas mujeres enfermaban y contagiaban a sus esposas. Ella temía enfermar y morir. Temía ver su cuerpo lleno de aquellas llagas de las que hablaban las sirvientas del castillo.

Y de pronto, la música empezó a construir su camino hacia el final, así como el bufón hizo su camino hacia la princesa.

Los guardias lo interceptaron, pero el bailó con timidez y mostró el clavel e hizo una reverencia como quien pide clemencia.

El Rey lo permitió con un simple gesto. Él se acercó a la princesa, y esta descubrió que la mano izquierda le temblaba mientras le tendía la flor, con su otra mano sobre su corazón. El único regalo que tenía para ella.

Ella aceptó y sonrió, y aquella fue la única sonrisa genuina de la mañana. Olfateó la flor con ternura, mientras el bufón se alejaba sin apartar la mirada de ella.

Su dulce sonrisa no abandonó su rostro en ningún momento, pues era su flor favorita y la admiraba con vehemencia. Tocaba sus pétalos como quien toca la piel de un recién nacido y sus ojos se humedecieron ligeramente.

El bufón se fue a un costado del salón junto al resto de sus compañeros y los bardos. Intentaba recuperar el aliento en silencio. Le dolían los pies y sus piernas ardían por el esfuerzo. Se quitó los guantes y parte de su traje, sin dejar nada a la vista porque llevaba varias capas de ropa encima. Reveló entonces que su mano izquierda tenía tres dedos de madera, desde el corazón hasta el meñique. Todo por un viejo castigo. Pues hacía muchos años, cuando él aún era un niño, faltó a las normas de la nobleza. Sujetó la mano de la princesa con aquellos tres dedos y, por eso, el Rey mandó a mutilar la mano de un joven de 12 años.

Aquel niño creció y se hizo hombre, y trabajaba ahora en la corte con una mascara. Recordaba todavía cada detalle de la princesa y bailaba para hacerla reír.

Sabía que la princesa estaba próxima a irse y él estaba triste por su partida. Pero se hizo una promesa a sí mismo, hacerla reír para que ella tenga recuerdos felices de su hogar. Así, cuando esté lejos, en un reino que no sería tan amigable con ella, donde sólo sería una mujer más que debía darle hijos al Rey, pudiera recordar con dulzura que alguna vez ella rio y fue feliz.

Si es que no había más para él. Su meñique, el dedo de las promesas, fue mutilado. Su anular, el dedo de la alianza y compromiso, cercenado. El corazón, el del amor y los sentimientos verdaderos, amputado y arrancado sin piedad. Y todos aquellos enormes dolores fueron dados a su princesa. Debajo de su mascara, su dolor humedecía la porcelana, pero su mascara sólo se la quitaba en su soledad.

Y el bufón llora, canta el bardo, pero no importa, porque la princesa ría. Y mientras en ella haya una sonrisa, el bufón tendrá un motivo para bailar.