Yo lo sabía, pero...

All Rights Reserved ©

Summary

Esta es la historia de como morí en vida.

Genre
Romance
Author
K. A.
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

¿EL FINAL O EL PRINCIPIO?

Fija. Siempre la mirada fija sobre algo que me ayude evitar afrontar la realidad del momento. Una zapatera pandeada fue lo que sostuvo mi quiebre, pudo ser peor pero mi mente logró distraerse. Es parte de mi déficit de atención, pero igual ya no quería moverme ni decir nada. Con la garganta seca, la nariz tapada y los labios partidos, lagañas en los ojos y sollozos de fondo.

Eran las 8 de la mañana del Domingo, yo ya había despertado como a las 7:00 y 7:30 a.m. pero quería seguir durmiendo, no quería afrontarlo, otra vez y aparte ¿para qué?

Ya no nos entendemos como antes, no solucionamos los problemas como antes, pero, sobre todo, ya no nos amamos como antes. Amar, ¿qué significa eso? yo pensé que lo sabía, pero al parecer no. Pelear, dialogar, discutir (porque no podemos llegar a nada), dudar, sobre pensar, llorar, sexo. La etapa de estar bien después de una pelea se volvía cada vez más corta, pasamos de querer involucrarnos con la mejora por meses, semanas, días, a cuestión de horas y luego sólo minutos. Qué pesadumbre el voltear atrás.

2 meses y 11 días bastaron. 25 días fueron más o menos, el resto fue un campo de batalla, la cual llevaba en realidad 11 años avanzando y ganando terrenos, se podría decir que era un empate, bueno, hasta ese punto creí eso. Yo, realmente iba perdiendo, no tenía ni la más mínima oportunidad de igualar...

El sábado no estuvimos juntos, él se fue desde temprano con su papá a una manifestación por la ciudad y por la tarde se reunió con sus compañeros del trabajo. Me gusta la individualidad, creo totalmente que podemos ser sin la pareja, que es parte de una vida saludable el poder disfrutar individualmente, pero a este punto yo ya no sentía que me estaba desplazando cada vez más, estaba huyendo de mí, de mis quejas, reclamos y frustraciones... rompió nuestro acuerdo de comunicación y tuve que rogar para poder rastrearlo en tiempo real, a pesar de que yo ya se lo había pedido. La regla era “podemos salir con amigos y divertirnos siempre y cuando avisemos dónde estamos y con quienes, la hora de llegada y de partida, por seguridad de ambos”, pero parece que lo olvidó, a kilómetros de distancia, sin saber a dónde o su estado vital, siquiera aviso de la hora de llegada a nuestro “hogar”, nada.

Por eso lloraba la mañana del domingo, para pedirme perdón manipulándome, quería enmendar su falla, pero, para mí ya había sido suficiente. No se trata de lo que no hizo, si no lo que evitó a propósito a pesar de haber llevado esta dinámica como rutina por años. No fue orgullo, rompió un límite que fácilmente romperá a futuro más veces si dejo pasar una vez más una más... le pregunté por qué, le pedí explicaciones, y muy fácil me dijo, perdón no vuelve a pasar.

Qué fácil se les hace la vida a los hombres cuando se acostumbran a obtener nuestro perdón. Era momento de asumir las consecuencias de ser tan alcahueta. Dejé de ver la zapatera y lo volteé a ver.

- ¿Qué te pasa? me desprecias, me haces sentir desplazada y ahora me haces sentir engañada, traicionada. Estoy agotada, no, a este punto me siento derrotada. Míranos, otra vez peleando en la recámara que se supone debería estar llena de recuerdos de intimidad, sobre la cama que se supone nos daría descanso y calma, ahora todo es enojo y rencor.

-Dalia, entiendo que estés enojada conmigo, la cagué, pero te prometo que todo va a estar bien, voy a hacer el desayuno, lo que tú quieras mientras descansas porque por mi culpa no dormiste bien, y te acompaño al funeral de...

Claro, encima tenía el funeral del señor Francisco, amigo de la familia que trabajó por años conmigo y mi familia, su muerte fue clave en este eterno duelo. El viernes previo a este fin de semana, su hermano me dio la noticia por la mañana, de hecho, su llamada me despertó a las 9:19 a.m. y lloré, él entró a consolarme, pero su apapacho duró aproximadamente 1 minuto, evidentemente él ya no sabía cómo procurarme y no tenía ni la más mínima intención de esforzarse en ello.

- ¡No quiero que me acompañes!, y si te soy honesta, ya me quiero ir a casa de mi mamá, ya no quiero estar aquí, sólo tengo malos recuerdos a donde sea que voltee... tu ya no me amas, pero no te has dado cuenta porque nunca antes habías dejado de amar mientras estabas en la relación.

Me paré de la cama, me puse mis sandalias y fui al baño, mientras me alejaba, lo escuché llorar, y estando ahí adentro lavándome los dientes, escuché como pararon los sollozos, seguido de una sonada de nariz; se había movido de habitación para alimentar a nuestro perro, “Apolo”. Hice mucho tiempo en el baño al propósito, un aproximado de 20 minutos.

No quería salir, pero nuevamente tuve que ser valiente y afrontar lo más difícil, agarrar mis cosas e irme, por primera vez, decidida, sin mirar atrás, con la cabeza en alto y con la poca dignidad que me quedaba. Empecé a guardar lo esencial, mi maquillaje, mi cargador, audífonos, mi computadora y su cargador. Ya tenía cosas en bolsas porque la semana pasada me había “ido” pero estaba en estado de negación e ira.

Me asomé al estudio por última vez después de tomar mis herramientas de trabajo, lo ví, todavía estaba dándole de comer al perro:

- ¿Todavía no termina?

-No, es que lo estoy obligando a masticar.

Los perros de raza pug, sí que son difíciles de mantener comida, incluso a la hora de comer ponen sus vidas en riesgo.

-Leandro, ya me voy.

Le dio la última croqueta en el hocico y lo metió a su corral. Salí caminando de la habitación y él tras de mí.

Tome varios pasos de distancia para evitar contacto entre nosotros, puesto que tenemos una dinámica a la cuál llamaré “sabotaje de la ruptura”. Consiste en que después de una plática que termina en la conclusión de que tenemos que terminar, lloramos y mientras nos despedimos, tarde o temprano uno corre a los brazos del otro, impidiendo la separación para simplemente dejarlo pasar. Eso evidentemente nunca estuvo bien, pero era parte de la insana rutina de esta tóxica relación. Un círculo vicioso que estaba dispuesta a terminar.

Lo miré por última vez y le dije:

- ¿Por qué lloras? ¿Si tanto te duele, entonces por qué estás dejando que me vaya?

-Porque quiero que seas feliz... dijo entre sollozos y evitando mirarme a los ojos.

-Entonces, por favor dímelo. Acepta que ya no me amas, y te juro que me voy para siempre.

-No puedo hacer eso...

Al fondo, nuestro cachorro chillaba, sólo puedo pensar que, sin querer, le transmitimos parte nuestra tristeza, o tal vez sintió la tensión del momento y se estresó. En un movimiento precipitado y de desesperación, él cerró la puerta del estudio para que no lo escucháramos más.

-Si no me lo dices, voy a quedarme esperándote toda la vida, voy a esperar que me busques para que regresemos, voy a esperar a que cambies, pero sabes que eso nunca va a pasar. Por favor dímelo.

No aguanté tragarme el nudo de la garganta, y también empecé a llorar.

-No puedo decírtelo, es como darte un balazo

- ¿Sabes qué? me va a dolor más que un balazo el verte seguir tu vida como si nada, el verte con alguien más porque pensaré que sí me amabas, pero tus acciones ya me dicen lo contrario, por favor, por favor, dime que ya no me amas, necesito escucharlo salir de tu boca. Yo me sé ir, lo he hecho antes, necesito poder irme tranquila también de aquí...

Casi me arrodillo, pero sin más, con la voz cortada, los ojos rojos y las mejillas húmedas, lo dijo

-Ya no te amo.

Apreté los ojos para permitir la salida de mi última lágrima, pasé mi mano por mi nariz para remover cualquier secreción restante en ella, cerré los ojos y levanté la cara al techo para poder respirar profundamente. Inhalé y exhalé brevemente, bajé la cara para mirarlo nuevamente, y ya sin lágrimas

-Gracias, gracias por ser honesto, aunque solo haya sido una vez en todo este tiempo, siempre estaré agradecida contigo por haberme dicho la verdad. Me voy. Desde ahora inicia mi contacto cero contigo, por favor no me busques, no me llames, yo a partir de este momento, ya no existo.

Esto se lo decía mientras confirmaba mi viaje de Uber, a pesar de que estaba a unos cuantos minutos, no quise quedarme más, agarré mis bolsas y me salí. Sin dudarlo más, me puse los lentes y me paré al pie de la calle a esperar. De fondo, seguía escuchando al perro, en eso, el carro llegó y al empezar a meter mis bolsas al asiento trasero, recordé una bolsa que no agarré, le pedí al conductor que por favor aguardara un momento, corrí, toqué la puerta desesperadamente, abrí la cortina, puesto que la ventana estaba abierta y él salió presuroso, lo volví a ver, tenía los ojos rojos, pero en definitiva ya estaban secos.

- ¿Puedes pasarme el tote bag que está bajo la cama? Está de mi lado, por favor...

No tardó ni un minuto, abrió la puerta, extendió su mano con la bolsa, bajé la mirada a la altura de su pecho, lo tomé, dije “gracias” apresuradamente y salí corriendo, mientras más cerca estaba del carro, escuché cómo cerraba la puerta y como el perro continuaba llorando. Me subí, cerré la puerta y volteé mi mirada al otro lado de la calle, no quería voltear más al lugar donde imaginé que pasaría el resto de mi vida.