No eres ella

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Summary

En esta casa vivimos tres personas: Gabriel, yo... y el recuerdo que no le deja respirar. Gabriel tiene 29 años y una obsesión por el orden. Yo tengo 19 y un caos en la cabeza. Él intenta reconstruirme, pero sus manos tiemblan cada vez que se acercan. Hay habitaciones cerradas, objetos prohibidos y un filtro gris que parece cubrirlo todo cuando cae la noche. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero en esta casa el tiempo se detuvo el día que ella murió. Ahora, atrapada entre sus reglas y su mirada aterrorizada, tengo que descubrir qué pasó realmente antes de que el pasado de Gabriel acabe consumiéndome a mí también. ¿Qué haces cuando la persona que te cuida te confunde con la que le destruyó?

Genre
Drama
Author
RainBoy22
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1: El museo del silencio

El silencio era lo único que Gabriel había logrado conservar intacto en aquella casa. Lo cuidaba con el mismo celo con el que un curador protege una pieza de museo invaluable y frágil; era su posesión más valiosa porque era la única que no le exigía nada.

Sentado en su sillón de lectura, bajo el cono de luz ámbar de la lámpara de pie, Gabriel pasó la yema del dedo por el borde de la página. El libro descansaba sobre sus rodillas. Leía porque las historias de otros eran territorios seguros. En el papel, el dolor tenía un principio, un nudo y un desenlace previsible. En el papel, si la angustia te llegaba al cuello, siempre podías cerrar la tapa.

Fuera, el cielo de la tarde se había cerrado en un gris plomizo, una de esas tormentas de otoño que parecen diseñadas para ahogar el ánimo. Gabriel inhaló despacio el olor a papel viejo y polvo asentado, disfrutando de ese instante de suspensión. Nadie entra. Nada sale. Solo el roce casi imperceptible de la hoja al pasar.

Estaba a punto de empezar el siguiente capítulo cuando el sonido rajó el aire.

Ding-dong.

El timbre no sonó como una llamada; sonó como una intrusión.

Gabriel se quedó petrificado, con la mano aún suspendida sobre el libro. No miró hacia el pasillo que conducía a la entrada. No hizo falta. Sabía exactamente qué, o quién, estaba al otro lado de la madera. Sintió cómo los músculos de la mandíbula se tensaban, un reflejo condicionado que llevaba meses intentando desactivar sin éxito.

—Ya está aquí —murmuró. Su voz sonó ronca, ajena, como si llevara días sin usarla.

Cerró el libro con un golpe seco y lo depositó sobre la mesa auxiliar. Se tomó tres segundos, ni uno más ni uno menos, para alinear perfectamente el lomo del libro con el borde de la mesa. El orden. Necesitaba orden desesperadamente. Si los objetos geométricos permanecían en su sitio, quizás el caos que estaba a punto de cruzar su puerta no se contagiaría a las paredes.

Se levantó. El pasillo se extendía ante él, largo y devorado por las sombras de la tarde. Mientras caminaba hacia la entrada, las viejas vigas del suelo crujieron bajo sus pies, despertando los ecos de una casa que nunca terminaba de estar vacía del todo, aunque él fuera el único habitante vivo.

Recuerda lo que prometiste, se dijo a sí mismo, sintiendo un nudo frío y duro en el estómago. Es solo la hermana de Marcos. Es una niña rota que necesita un techo. Un par de meses. Solo hasta que se peguen sus pedazos.

Pero cuando su mano tocó el metal frío del pomo, la lógica se evaporó.

Abrió la puerta.

El viento húmedo le golpeó la cara, cargado de olor a lluvia y asfalto mojado. Y allí estaba ella.

Alma.

Parecía minúscula bajo el dintel de piedra. Estaba empapada, con el cabello oscuro pegado a la frente y una maleta enorme a su lado que parecía pesar más que sus propias ganas de vivir. Tenía los ojos hinchados y rojos, la mirada perdida en algún punto de sus zapatillas embarradas, temblando ligeramente. No parecía una invitada. Parecía un náufrago que la marea había escupido en su orilla.

Gabriel la miró y, por una fracción de segundo, el mundo se inclinó. La luz gris de la tarde pareció teñirse de un tono rojizo, enfermizo, en los bordes de su visión. El miedo le subió por la garganta como bilis. No vio a Alma; vio el desastre volviendo a casa. Vio la misma postura, la misma fragilidad que había jurado no volver a presenciar.

—Hola, Gabriel —dijo ella. Su voz era un hilo de cristal a punto de romperse—. Gracias por... ya sabes.

Gabriel no se movió del marco de la puerta. Su cuerpo actuaba como una barrera física entre ella y el interior.

—Pasa —dijo finalmente. Su tono fue seco, cortante, más duro de lo que pretendía—. Y sécate los zapatos en el felpudo antes de pisar la alfombra.

Alma asintió, obediente, y dio un paso al frente. Arrastró la maleta con dificultad, levantándola en el aire para salvar el escalón de la entrada. Las ruedas chirriaron sobre la madera del recibidor, un sonido agudo que a Gabriel le pareció un insulto personal al silencio de la casa.

Se hizo a un lado para dejarla pasar, pegándose a la pared, cuidando de no rozarla, como si el contacto físico pudiera quemarle la piel.

—Puedes dejar la maleta ahí —señaló Gabriel con la barbilla hacia un rincón oscuro del recibidor—. Luego la subiremos.

Alma soltó el asa, aliviada, y se frotó los brazos. Tiritaba visiblemente. El agua goteaba de su abrigo, formando pequeños charcos oscuros, casi negros, sobre la madera pulida del suelo. Gabriel miró las gotas fijamente. Manchas. Humedad. Deterioro. Tuvo que clavar las uñas en las palmas de sus manos dentro de los bolsillos para no ir corriendo a buscar un trapo en ese mismo instante.

—La casa... —Alma miró a su alrededor, con los ojos muy abiertos, absorbiendo el entorno. La luz tenue del pasillo alargaba las sombras de los muebles antiguos, dándoles formas espectrales—. La casa sigue igual.

—No —corrigió Gabriel rápido. Demasiado rápido. Su voz rebotó en las paredes—. No sigue igual. Está ordenada.

Alma lo miró, confundida por la matización, pero no tuvo fuerzas para replicar. Gabriel sintió la urgencia de establecer los límites. Necesitaba levantar las barricadas antes de que ella se acomodara, antes de que su presencia empezara a alterar el ecosistema que tanto le había costado estabilizar.

—Tu habitación es la del final del pasillo, en la planta alta. La de invitados —dijo, adoptando un tono profesional, casi como un casero hablando con un inquilino problemático—. El baño principal es tuyo. Yo uso el pequeño de abajo. La cocina es zona común, pero...

Se detuvo en seco.

Alma se había acercado a la consola de entrada, donde reposaba un jarrón de cerámica azul cobalto, vacío. Estiró la mano, dudando, con la intención de rozar la superficie rugosa con la punta de los dedos, un gesto instintivo para conectar con el espacio.

—¡No toques eso!

La voz de Gabriel no fue un grito, fue un disparo.

Alma retiró la mano de golpe, asustada, pegándola a su pecho como si se la hubiera quemado. Sus ojos se llenaron de lágrimas nuevas.

—Lo siento, yo solo...

—Es inestable —mintió Gabriel, con el corazón martilleándole contra las costillas. No era inestable. Era el jarrón que Elena había comprado en aquel viaje a la costa tres años atrás. El jarrón donde ella solía poner flores silvestres que luego olvidaba regar hasta que se pudrían. Si Alma lo tocaba, dejaría de ser el jarrón de Elena. Y él no estaba preparado para eso—. Si necesitas algo, pídelo. No vayas tocando las cosas sin preguntar. Esta casa tiene... sus particularidades.

El silencio que siguió fue denso, irrespirable. Alma bajó la cabeza, avergonzada, encogiéndose hasta parecer aún más pequeña. Gabriel sintió una punzada de culpa, aguda y certera, pero la aplastó rápidamente bajo su necesidad de control. Es por su bien, se dijo, intentando creerlo. Y por el mío.

—Ve a cambiarte —ordenó, más suave esta vez, pero sin calidez—. Estás empapada. Vas a enfermar y no quiero hospitales.

Alma subió las escaleras despacio, sintiendo el peso de la mirada de Gabriel clavada en su espalda hasta que dobló la esquina del rellano. Solo entonces, cuando estuvo fuera de su vista, se permitió soltar el aire que había estado reteniendo en los pulmones hasta que le dolieron.

El pasillo de la planta alta era largo y estaba flanqueado por cuatro puertas cerradas, como bocas selladas. El silencio allí arriba era diferente al de abajo; no era un silencio de orden meticuloso, sino de abandono. Olía a polvo antiguo, a cera para madera y a tiempo detenido.

Caminó hasta la última puerta. Al abrirla, se encontró con una habitación impersonal: una cama individual con una colcha beige, una mesita de noche vacía y una ventana que daba al jardín trasero, ahora invisible bajo la lluvia. Era un espacio frío, anónimo, pero al menos era suyo. Un refugio dentro de la boca del lobo.

Dejó la mochila sobre la cama y se abrazó a sí misma. La ropa mojada se le pegaba a la piel como una segunda capa de tristeza.

—¿En qué te has metido, Alma? —susurró a la habitación vacía. Su propia voz le sonó extraña.

Se quitó el abrigo pesado y lo colgó en el respaldo de una silla de madera. Mientras se desabrochaba las zapatillas embarradas, sus ojos recorrieron la habitación buscando algo, cualquier cosa que le diera una pista de quién era Gabriel ahora, años después de la última vez que lo vio. Pero no había fotos. No había libros olvidados. Las paredes estaban desnudas, pintadas de un color crema que había envejecido mal, amarilleando en las esquinas.

Se sentó en el borde del colchón, que crujió bajo su peso ligero. Le vibraban las manos. No por el frío, sino por el recuerdo de la voz de Gabriel abajo. “¡No toques eso!“. No había sonado enfadado. Había sonado aterrorizado. Como si el jarrón fuera un detonador.

Alma sacó su cuaderno de dibujo y el estuche de carboncillos de la mochila. Era lo único que había salvado conscientemente del naufragio de su vida anterior. Lo abrió por una página en blanco. Necesitaba anclar su mente a algo real, necesitaba traducir el nudo de su estómago en líneas sobre el papel.

Cogió un lápiz de carboncillo. Cerró los ojos e intentó visualizar la expresión de Gabriel en la puerta. Esa mezcla de rechazo y pánico.

Pero cuando el carboncillo tocó la rugosidad del papel, su mano no obedeció. El trazo salió disparado, agresivo, tembloroso. No dibujó los ojos de Gabriel. Dibujó una grieta. Una línea oscura, profunda y quebrada que cruzaba la hoja blanca de lado a lado, manchándola irremediablemente.

Se quedó mirando la grieta en el papel, respirando agitadamente.

De repente, un ruido en la planta baja la hizo saltar sobre el colchón.

CLONC.

Un golpe seco, metálico. Como si una olla hubiera caído al suelo.

Alma se quedó inmóvil, con el lápiz suspendido en el aire, el corazón desbocado. ¿Debía bajar? Gabriel le había dicho que se cambiara, no que bajara a investigar. Había dejado claro que no quería que deambulara. Pero el silencio que siguió al golpe fue aún más inquietante que el ruido mismo. No hubo maldiciones, ni suspiros de frustración. Nada.

Se puso rápidamente un jersey seco de lana gris y unos pantalones de chándal. Abrió la puerta de su habitación con sumo cuidado, conteniendo la respiración para que las bisagras no chirriaran. El pasillo estaba ahora completamente a oscuras. La noche había caído.

Bajó las escaleras de puntillas, pegada a la pared, evitando los escalones que sabía que crujían, como si fuera una intrusa en una casa prohibida.

Al llegar al final de la escalera, vio una franja de luz amarilla saliendo de la cocina, al final del pasillo. El olor a café recién hecho llegaba hasta ella.

Se acercó despacio, atraída por la luz pero repelida por el miedo. Se detuvo justo en el umbral, asomando apenas la cabeza.

Gabriel estaba allí. Estaba de espaldas a ella, sentado a la pequeña mesa redonda de madera que había en el centro de la cocina. Tenía los hombros hundidos, una postura de derrota que no había mostrado antes. Delante de él había dos tazas de café humeantes.

—...no sé si voy a poder hacerlo —decía Gabriel. Su voz era suave, dolorosamente íntima, un tono que Alma nunca le había escuchado—. Es demasiado pronto, El. Te lo juro, es demasiado pronto. Tiene tus mismos ojos cuando se asusta.

Alma sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Dio un paso casi imperceptible hacia adelante para ver mejor.

Gabriel no estaba hablando por teléfono. No llevaba auriculares.

Gabriel estaba inclinado hacia delante, mirando fijamente la silla vacía que tenía enfrente. Le estaba hablando al aire. Le estaba ofreciendo una taza de café a un fantasma.

El carboncillo que Alma aún apretaba en su mano se partió en dos con un chasquido seco.