Chapter 1
El temperamento de los Weasley era famoso por una razón, y en ese momento Ron Weasley era un remolino de furia en la sala común de Gryffindor.
La rabia le ardía en el estómago, subiéndole por la garganta como fuego líquido. ¿Cómo podía ser? De todas las criaturas del mundo, Hermione Granger había tenido que elegir justamente un gato. Y no cualquier gato, sino aquel monstruo naranja, enorme y chillón cuyo pasatiempo favorito parecía ser acosar—o comerse—a Scabbers.
Ron se había cansado de advertírselo. Le había pedido, rogado incluso, que tuviera cuidado. Pero Hermione, tan segura de sí misma, tan convencida de que siempre tenía la razón, lo había ignorado. Y Ahora Scabbers ya no estaba Se había ido y Hermione ni siquiera había considerado ofrecer una disculpa.
El pensamiento hizo que Ron apretara los puños hasta que los nudillos le blanquearon. Sentía que si se quedaba un segundo más allí, acabaría diciendo algo de lo que se arrepentiría. O peor, gritando delante de todos.
Necesitaba aire. Se abrió paso por la sala común sin mirar a nadie y salió por el retrato casi a empujones. No tenía idea de a dónde iba, sólo sabía que el corazón le latía demasiado rápido y que la garganta le dolía de intentar contener las palabras que no había dicho.
Caminó sin pensar, dejando que la ira lo guiara por los pasillos, bajando escaleras, atravesando puertas, hasta que el aire frío le golpeó la cara. Había salido del castillo sin darse cuenta.
El cielo estaba gris, el viento cortante, y el lago, cubierto por una capa fina de hielo, brillaba a lo lejos. Ron siguió avanzando, con pasos rápidos, sin fijarse dónde pisaba, sólo queriendo alejarse de todo.
No se dio cuenta de que el hielo bajo sus botas no era tan sólido como parecía.
Ron avanzó sin rumbo fijo, la respiración formando nubes blancas frente a él. A sus espaldas, unos pasos apresurados lo siguieron.
—¡Weasley! —la voz nasal de Malfoy le taladró los oídos.
Ron cerró los ojos un segundo. Perfecto. Justo lo que necesitaba. Apretó el paso, pero Malfoy no se rindió.
—¿Acaso no tienes nada mejor que hacer, Malfoy? —soltó finalmente, ya harto, girándose para encararlo.
Malfoy cruzó los brazos con esa arrogancia típica suya, el viento agitándole la bufanda de Slytherin.
—La verdad, pensé que ver a un Weasley hacer el ridículo sería un buen entretenimiento —respondió con una sonrisa cortante.
Ron bufó, dándose la vuelta con intención de ignorarlo.Pero Malfoy volvió a hablar, siguiéndolo de cerca:
—Aunque ahora que lo pienso, esto es aburrido. Ni siquiera estás gritando. ¿Qué pasa, Weasley? ¿Te quedaste sin chispa? ¿O—?
De pronto, Malfoy dejó la frase a medias. Su expresión cambió de burla a algo tenso. Muy tenso. Su ceño se frunció de forma abrupta.
Ron levantó una ceja, confundido.
—¿Qué pasó? ¿Te quedaste sin ideas? —preguntó con sarcasmo.
Malfuy no sonrió.
—Weasley… no te muevas.
Ron soltó una carcajada incrédula.
—¿Te volviste loco ahora?
—Weasley, por una vez en tu vida, usa tu cerebro —escupió Malfoy, con la voz temblándole apenas—. No. Te. Muevas.
Ron abrió la boca para volver a insultarlo, pero su protesta se cortó de golpe cuando sintió cómo el pie derecho se le deslizaba ligeramente. Resbaló apenas unos centímetros.
Y entonces lo oyó un crujido fino, delicado
Con creciente horror, Ron bajó la vista y vio cómo una red de grietas se extendía bajo sus botas, abriéndose como pequeñas telarañas a través del hielo.
Ron sintió cómo la sangre se le helaba aún más que el viento que le golpeaba la cara. Mierda. No podía moverse… pero tampoco podía quedarse quieto. El hielo seguía resquebrajándose bajo sus pies, delgado como vidrio. Estaba demasiado lejos del castillo, y tampoco lo suficientemente cerca de la orilla. Eso sólo podía significar una cosa: el agua bajo él era honda. Muy honda.
Y aunque Malfoy quisiera ayudarlo —cosa que Ron dudaba profundamente— tardaría demasiado en ir a buscar un profesor y volver. Para entonces, Ron ya habría desaparecido bajo el hielo.
Tragando saliva, respiró hondo y decidió probar con un movimiento mínimo. Levantó un pie lentamente, milímetro a milímetro, conteniendo la respiración…
Pero antes de asentarlo de nuevo, escuchó a lo lejos:
—¿¡Eres idiota o qué, Weasley!? —bramó Malfoy, la voz quebrándose por algo que no era burla.
Ron levantó la cabeza, irritado y asustado a la vez.
—¡No, tarado! —respondió con un temblor que intentó ocultar—. ¡Pero no puedo quedarme quieto! ¡El hielo se está disolviendo!
Dio otro paso con extremo cuidado. Contuvo el aliento. Nuevas grietas se abrieron bajo sus botas como si intentaran alcanzarlo.
—¡Maldita sea, Weasley, no pises más, carajo! —gritó Draco, avanzando un poco hacia él con desesperación real en los ojos.
Ron iba a contestarle, ya con los nervios desgarrándose en el pecho, cuando la voz se le cortó de golpe.
Un sonido seco, violento, lo atravesó como un latigazo.
CRACK.
Fue como si el mundo se partiera debajo de él.
Ron sintió cómo el hielo se rompía de golpe bajo sus botas y, antes de poder procesarlo, su cuerpo cayó hacia abajo. El aire se le escapó del pecho en un alarido silencioso cuando el agua helada lo envolvió por completo.
El frío fue tan brutal que le arrebató el pensamiento. Dolía. Dolía como si miles de agujas le perforaran la piel. Trató de nadar hacia arriba, pero sus ropas empapadas tiraban de él, pesadas como piedras. Sus pulmones ardían. No encontraba el agujero por donde había caído; todo era oscuro y confuso.
Arriba, Draco vio a Ron desaparecer bajo el hielo.
—¡RON! —el nombre salió sin un rastro de burla, tan fuerte que le raspó la garganta.
No pensó. No midió las consecuencias. Simplemente corrió.
—¡Maldita sea, maldita sea! —jadeó mientras avanzaba, sintiendo el crujido amenazante bajo sus propios pies.
Sabía que era una estupidez, que probablemente debería irse y dejar que Weasley se ahogara. Eso era lo que un Malfoy haría. Sabía que él mismo podía hundirse igual.
Pero no podía. Weasley estaba ahí abajo. Hundido. Solo.
Draco corrió, maldiciendo por lo bajo:
—Joder, Weasley… me vas a deber una muy grande —masculló.
Sin pensarlo más, se arrodilló al borde del agujero y sumergió la cabeza. En un segundo, vio un destello rojo hundiéndose cada vez más hacia el fondo del lago. Sacó la cabeza para tomar aire, respiró hondo… y esta vez se metió medio cuerpo bajo el agua, dejando las piernas afuera para no deslizarse del todo, estirándose cuanto podía para alcanzar el brazo de Weasley antes de que desapareciera.
El choque del agua helada fue como un puñetazo en todo el cuerpo. Draco jadeó, pero se obligó a seguir. Sus manos buscaban desesperadas, tanteando la oscuridad líquida hasta que, finalmente, rozaron un brazo.
Lo tengo.
Lo sujetó con todas sus fuerzas. Draco tiró de él hacia arriba, sintiendo cómo el agua le robaba el calor del cuerpo a una velocidad aterradora. Sus músculos temblaban, se le entumecían los dedos, pero no soltó.
No podía soltarlo.
Con un último esfuerzo desesperado, logró sacar la cabeza de Ron del agua. Se echó hacia atrás, sentado en el hielo inestable, y lo abrazó por detrás para poder arrastrarlo fuera del agujero. Los dos estaban helados, temblando violentamente, pero Ron no reaccionaba.
Draco sintió el pánico mordiéndole el pecho. Le tomó la muñeca con manos entumecidas, conteniendo la respiración. Por un momento creyó que no sentiría nada.
Pero ahí estaba. Débil. Muy débil… pero estaba.
—Vamos, Weasley… —susurró, con una mezcla de alivio y miedo que no entendía.
Sin pensar en lo extraño que era todo aquello, arrastró el cuerpo inerte de Weasley por el hielo hasta la orilla del lago. Lo dejó un momento sobre la nieve, jadeando, intentando recuperar la fuerza en sus brazos. Luego lo alzó sobre sus hombros como si fuera un saco de papas, tambaleándose bajo el peso mojado y helado del pelirrojo, y comenzó a caminar de vuelta al castillo.
Tenía que llevarlo a la enfermería. Rápido.
Y por primera vez Draco Malfoy corrió con desesperación por alguien que no fuera él mismo.