CREPÚSCULO EN EL SUEÑO INTENSO
Tuve un sueño del cual no quería despertar, uno que se parecía a aquellas poesías que leía a diario. Cada instante se sentía tan real, como si estuviera envuelta en una atmósfera onírica. La luna brillaba en su punto más alto, y el crepúsculo de la noche me abrazaba.
En ese sueño, mi alma estaba angustiada, con un dolor insoportable que me resultaba aterrador. Solo podía escuchar el crujir de las cañas, mientras el viento acariciaba las hojas de bambú, produciendo un murmullo que, aunque tranquilizador, despertaba un eco de soledad inquietante. Esa melancólica armonía me sumía en un llanto profundo; las lágrimas y gritos brotaban de mí.
Mis vestiduras blancas estaban manchadas de sangre en tonos marrones, como si hubiera vagado en aquel lugar durante tanto tiempo. Verme en ese estado me intranquilizaba, llevándome a un momento de shock. El frío me acariciaba, y el viento me dejaba sin aliento. Pensé que moría en ese rincón, mi cuerpo debilitado, desplomándose sobre las hojas secas de bambú.
Era una sensación extraña, como si la vida pasara lentamente frente a mí, con momentos nunca vividos que se presentaban. Sentí que el mundo se detenía mientras mis ojos se cerraban, sin oportunidad de escapar.
Recuerdo las últimas palabras de mi alma:
-¿Así voy a morir?
-¿Sin probar los dulces de primavera?
-¿Sin conocer al hombre que deseo?
Si muero así, mi padre también moriría de una tristeza profunda. Intenté, con las pocas fuerzas que me quedaban, levantarme, pero mi cuerpo se aferró al suelo. Traté de pedir auxilio, pero la angustia me lo impidió.
Todo había terminado para mí; lo único que podía hacer era aceptar mi destino, aferrándome a la idea de que no había esperanza. Mientras mis ojos se cerraban lentamente, vi a lo lejos un ejército con antorchas encendidas y un hombre cuya presencia me llenaba de certeza. Dije en suaves palabras:
-Ya estoy alucinando,
mientras una lágrima brotaba, deslizándose suavemente por el costado de mi nariz hasta desvanecerse.
Solo podía expresar a mi alma:
-¿Quién es ese que viene hacia mí,
como el amor de invierno que protege al protagonista?
Sentí cómo mi cuerpo se levantaba lentamente, su mano acarició mi rostro, y mi inconsciente respondía a ese acto. Pero antes de ver su rostro, mis ojos se cerraron con un suspiro, como un telón que desciende al final de un acto, dejando solo el eco de lo vivido.
Es un vaivén entre la realidad y el sueño, donde cada parpadeo cuenta una historia.