Capítulo 1.1
—¡Eres una pinche inútil!
El sonido de la cachetada resonó por toda la habitación. Algunas chicas de juvenil aspecto se encontraban arrinconadas en una esquina mientras temblaban. Otras, ya de una edad mayor y con mirada cansada e indiferente, se encontraban sentadas en un par de sofás acomodadas cerca de las paredes. En el centro, un tipo de camisa roja arrugada, peinado medio corto hecho hacia atrás, pantalones de mezclilla y un par de perforaciones en la oreja izquierda y la ceja derecha; miraba a una pobre chica de pelo corto café. Se veía pequeña y estaba completamente desnuda. Se le podían ver varios moretones a lo largo de su cuerpo. Esta chica lloraba.
—Papi, te juro que lo intenté. Sé que dije que haría cualquier cosa, pero…
La chica fue interrumpida por otro golpe de mano abierta por parte del sujeto de las perforaciones. No se sabe si porque había usado más fuerza o porque la chica desnuda ya se encontraba debilitada, pero con ese impacto la chica cayó al suelo.
—No entiendes, pendeja. Ese cabrón es un cliente muy importante, y desde hace un chingo que me tiene una petición especial que al fin podía cumplir contigo y por la cual voy a poder asociarme con un grande. Y ahora resulta que la estúpida que traje para ayudarme está saliendo con sus pendejadas.
—¡Pero es que no puedo! Yo no quería vomitar, pero cuando empecé no pude evitarlo. Ese hombre no se baña seguido y cuando me pidió eso, no podía más. —la chica empezaba a sollozar mientras se sostenía sobre sus rodillas en señal de súplica.
El tipo se apoyó en una rodilla mientras se agachaba para estar, en cierta forma, a la altura de la joven. A pesar de ello, debido a lo delgada y frágil que se veía la chica, el tipo seguía viéndose gigante e intimidante a sus ojos.
—Escucha, cabroncita. Cuando me imploraste llorando que te ayudara a alejarte del puto alcohólico de tu padre, me prometiste que, no importa lo que fuera, harías todo lo que yo te pidiera o si no te dejaría en la calle. Pero ya lo decidí. —El tipo sujetó fuertemente tanto la barbilla como las mejillas de la chica con una sola mano— Si no vas en este momento a suplicarle perdón al señor Alfarez y te quedas ahí hasta que ese hombre esté satisfecho, no te voy a dejar en la calle. —El tipo apretó aún más su mano mientras acercaba el rostro de la chica al suyo, al punto que ella podía sentir su aliento a alcohol y cigarro— Te voy a vender a la puta Noxa.
Toda la habitación quedó en un silencio sepulcral. Hasta las mujeres que ya tenían experiencia, tanto lidiando con los clientes malos y extraños como con las cosas de su padrote, sintieron escalofríos. Todo el que estuviera en el bajo mundo, especialmente en la industria del sexo, sabía de la productora Noxa Entertainment. Y todos en ese lugar sabían que el tipo de las perforaciones era alguien violento e impulsivo. Pero nadie podía concebir que tuviera la crueldad tal como para entregar a alguien a esa dantesca compañía.
Al escuchar eso, la chica se quedó paralizada por un segundo. Conocía a un par de mujeres sumamente morbosas que de vez en cuando las encontraba viendo videos pertenecientes a esa productora. Un solo clip podía quedarse días en su cabeza sin poder dejarla dormir. La sola idea de que ella tuviera que participar en uno de esos videos era tan horrible que su cerebro se negaba a procesarlo. O tal vez, a pesar de las tristes circunstancias que la habían llevado a esta vida y de que no le era completamente ajena la crueldad de las personas, no poseía una imaginación lo suficientemente oscura y torcida como para poder concebir qué le podría suceder si era entregada a esa empresa.
De cualquier forma, instintivamente, sabía que lo que el padrote le ofrecía era un destino mucho peor que la muerte, por lo que su parálisis se detuvo y dio paso a que todo su cuerpo temblara mientras sus ojos se llenaron de lágrimas.
En cuanto el tipo soltó a la chica y terminó de ponerse de pie, aquella joven golpeada se arrastró hacia las piernas del sujeto para abrazarlas con todas sus fuerzas y comenzó a llorar y suplicar completamente desesperada.
—¡Papi! ¡Papi! ¡Te prometo que haré lo que sea! ¡Soy solo tuya! ¡Por favor, te amo! ¡Te amo! —La chica restregaba su rostro contra el pantalón del sujeto.
El hombre hizo un gesto de cansancio y se apartó bruscamente, con lo que la chica cayó al suelo. Acto seguido, se puso en posición fetal y continuó llorando mientras seguía repitiendo “Haré lo que sea”. Un par de las chicas asustadas caminaron tímidamente hacia ella e intentaron consolarla torpemente, mientras aquel hombre se dirigía a la salida. Al abrir la puerta, volteó ligeramente la cabeza hacia atrás, dirigiéndose a una mujer que, aparentemente, solo era mayor que la chica en el suelo por unos dos años, pero que su expresión y facciones la hacían parecer mucho mayor. Por ello, no era tan extraño verla sentada junto a las mujeres de mayor rango en el local.
—Adela, limpia a esta perra y límpiate tú también para que regresen a la habitación. Más te vale que la chica cumpla con lo que debe o tú también te las verás conmigo. Ah, y dile al señor Alfarez que me tiene un pase libre con cualquiera de nuestras chicas los siguientes dos días.
Adela respondió de forma afirmativa y desganada, mientras apagaba su cigarro en un cenicero que se encontraba en el antebrazo del sofá. Al levantarse, se quitó su bata roja con caracteres de una lengua muerta oriental, quedando su cuerpo desnudo casi en su totalidad, siendo su entrepierna la única parte cubierta por una tanga de encaje negra.
—A ver, niña. Levántate, que tenemos cosas que hacer. —Fue lo último que escuchó el tipo de las perforaciones antes de dejar la habitación y dirigirse a su oficina.
Para poder llegar a ella, tuvo que recorrer un pasillo de varias habitaciones con alfombra roja, bajar por unas escaleras, atravesar una especie de pista de baile/antro donde, al pasar, siempre se cuestionaba por qué tuvo que hacer habitaciones en primer lugar cuando toda clase de actos se llevaban a cabo en ese lugar. Luego recordaba que siempre había clientes un poco más importantes que preferían la privacidad para sus propios asuntos, además de que ciertos actos harían que todo el local terminara vaciándose si fueran contemplados, como lo eran las exigencias del señor Alfarez.
Una vez cruzó la pista de baile y atravesó una gran puerta que parecía una salida de emergencia, de no ser porque específicamente tenía un letrero que prohibía el paso al personal no autorizado; para terminar pasando por una sala llena de escritorios con gente haciendo fajos de dinero y colocando números en sus computadoras; finalmente llegó a otra gran puerta que, a diferencia de las otras, se abría automáticamente en cuanto se acercaba.
La curiosa oficina constaba de una habitación de aproximadamente 7 metros de largo por 5 de ancho. Poseía una alfombra roja, un gran escritorio de aproximadamente dos metros de largo por 90 centímetros de ancho, donde se podían ver papeles, fajos de billetes, pastillas, polvos, fotografías de mujeres desnudas de varias edades, además de un extraño artefacto que parecía una versión futurista de una pistola de duelos: poseía un cañón cuadrado y cromado que medía aproximadamente 30 centímetros, en la parte superior trasera tenía un compartimiento que medía 12 centímetros de largo por 5 de altura. Cerca de esta parte parecía tener atornillado algo que podría interpretarse como una muy extraña culata, solo que parecía más bien un brazalete.
El sujeto de las perforaciones se sentó en su silla reclinable mientras se apretaba la parte superior de la nariz y cerraba los ojos fuertemente.
—Es increíble que tenga que depender de estos jodidos degenerados y de estas estúpidas niñas. —decía mientras servía una extraña bebida en un pequeño vaso de cristal— Lo que uno tiene que hacer para tener un poco de respeto por aquí.
El tipo estaba a punto de darle un sorbo a su trago cuando el intercomunicador de su escritorio sonó.
«Señor Fitz, ya llegó», dijo la voz en el intercomunicador.
—Ok, dile que pase. —dijo Fitz al presionar el botón para responder.
«Lo lamento, señor, pero el caballero insiste en que lo reciba en la sala VIP. Se niega rotundamente a ir a su oficina.»
Fitz se llevó su mano a su frente al escucharlo.
—Está bien, está bien. Ya voy para allá.
En lugar de un sorbo, tomó de golpe todo el contenido del vaso, tomó el extraño cañón, que al empuñarlo la extraña culata se adhirió a su brazo y se volvió completamente rígida, y terminó colocándosela en el elástico del pantalón. Al soltar el mango, la culata soltó su brazo y nuevamente se veía sin rigidez. Se puso un abrigo morado largo con peluche en la capucha, pareciéndose a la indumentaria de lo que fue el estereotipo del “chulo” hace mucho tiempo. Una vez listo, salió a su encuentro.
Caminó por una serie de pasillos con varias puertas que daban a habitaciones modestas. Algunos clientes caminaban por ellos; algunas chicas con muy pocas prendas o de plano ninguna también se intercambiaban entre las habitaciones, algunas llevando botellas de alcohol, otras fumando, unas pocas llorando.
Una vez que llegó nuevamente a la pista de baile, caminó por el perímetro hasta llegar a una entrada custodiada por un enorme sujeto que vestía un traje negro que parecía quedarle apretado. Lo único que impedía su avance, además del tipo de dos metros y un cuarto de alto, era una simple cadena que colgaba de dos pequeños ganchos incrustados en el marco de dicha entrada.
Sin hacer mayor gesto, en cuanto este tipo vio a Fitz, descolgó uno de los extremos de la cadena para dejarlo pasar. Al cruzar la entrada, apareció ante él una fila de 7 cuartos, cada uno con una puerta que tenía dibujada su respectiva numeración en un gran tamaño, cubriendo prácticamente la totalidad de la puerta. El pasillo en general era oscuro, siendo iluminado únicamente por la luz rojiza que salía de una pequeña ventana ubicada en la parte central superior de la puerta. En la esquina superior derecha de cada marco de la puerta había dos focos, uno color verde y otro color rojo. En las habitaciones numeradas del 1 al 3, el foco rojo estaba encendido, mientras que en el resto de las habitaciones los focos encendidos eran los verdes. Sin embargo, el cuarto número 7 era diferente, ya que la ventana no emanaba una luz rojiza, sino blanca, como si de una oficina normal se tratase. Esto rompía tanto con el extraño ambiente erótico que se trataba de emular en este apartado del lugar como con la secuencia. Es así como supo Fitz que su visita lo esperaba en ese lugar.
Al abrir la puerta, pudo ver que, fuera de la luz blanca que iluminaba el cuarto, la cual utilizaban únicamente para poder limpiarlos de forma correcta, la habitación era prácticamente la misma, con sus mismos tres sillones puestos en cada lado, siendo la única excepción la pared donde se encontraba la puerta. Además de ello, el cuarto tenía su característica mesa central, solo que ahora, en vez de estar vacía, tenía un cenicero y una colilla de cigarro en ella. Por último, pudo notar al joven sentado en uno de los sillones, específicamente en uno de los sillones largos.
—Por un segundo pensé que me dejaría plantado —dijo un joven de traje negro, camisa gris y corbata roja.
No era poco común encontrar personas trajeadas en un establecimiento como este, pero su pulcritud contrastaba con la media de los clientes ejecutivos que tenía el local.
—Una disculpa. Tenía que resolver algo. Ya sabes, el trabajo nunca acaba. —contestó Fitz de forma tensa mientras se sentaba frente a él— ¿Ya te atienden?
—Por supuesto. —dijo el joven mientras alzaba su vaso de cristal con un líquido transparente y un par de hielos— Es agua sorprendentemente limpia, considerando el tipo de lugar en el que me encuentro. —el tono que usó denotaba prepotencia digna de alguien de alta alcurnia lidiando con gente que consideraba de menor clase.
El tono de aquel chico molestó mucho a Fitz, ya que él detestaba a la gente creída y especialmente a la gente que se sentía de sociedad cuando se movía en los mismos sucios círculos que él, pero que creía que sus supuestas cantidades mayores de dinero los hacían diferentes. Sin embargo, Fitz sabía que este sujeto no era cualquier don nadie, así que prefirió tragarse el orgullo y seguir la conversación.
—Se hace el esfuerzo. Pero, ¿no gusta algo más fuerte o de mejor categoría? No todos los días tenemos a alguien tan cercano al de arriba con nosotros.
—No, gracias. —El joven dejó el vaso en la mesa— A decir verdad, prefiero consumir lo que tengo en casa. Dudo que posean algo digno de mi gusto.
Mientras decía esto, el joven arreglaba una pequeña parte de su cabello lacio y plateado para ponerlo detrás de su oreja. Acto seguido, metió su mano en su bolsillo interior para sacar un compartimiento delgado y metálico. Al abrirlo, tomó lo que parecía un cigarrillo casero y se lo colocó en los labios. Posteriormente, volvió a meter este compartimiento en su traje y lo intercambió por un encendedor de mecha con un grabado igual a una araña.
Fitz se impacientaba cada vez más. Le molestaba tener que tratar con este “chiquillo rico” que se creía mucho solo por probablemente ser el amante del líder de la organización Epsilon. Suponía esto de él debido a que nada en él podía decir que era alguien con un historial criminal importante. Consideraba que seguramente era hijo de algún empresario que ayudaba a la organización con lavado de dinero o algo así y que el jefe lo había solicitado para acompañarlo debido a su gran atractivo, al punto que, por ratos y desde ciertos ángulos, parecía un ser sobrenatural. Pensar esto lo enojaba todavía más, ya que significaba que, a ojos de la organización, él valía tan poca cosa que habían mandado al equivalente de su prostituta favorita para encontrarse.
Una última vez, Fitz dejó de lado estos sentimientos para poder terminar la conversación sin mayores incidentes.
—Bueno, si no quiere tomar algo, entonces, ¿por qué no mejor me cuenta el motivo por el que quería verme? —dijo Fitz mientras forzaba una sonrisa.
El joven tomó una bocanada profunda de su cigarrillo casero. En ningún momento infló sus cachetes ni hizo ningún gesto particular más allá de cerrar los ojos. Casi parecía como si el humo del tabaco fuera ya parte de su anatomía. Posteriormente, lo exhaló por la boca con muchísima calma. Cuando lo último del humo salió de sus labios, abrió los ojos y dijo sin mirar a Fitz:
—La organización ha decidido que dispondrá de sus servicios y se hará cargo de este establecimiento de ahora en adelante.
Por un momento, Fitz no se movió ni un milímetro.
CONTINUARÁ...









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