Davinia, y el legado de lo que no debería unirse.

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Summary

Davinia, una joven bruja con un linaje ancestral único marcado por un pentágono, estudia en la Academia Aeternalis. Descubre que su poder está conectado con fuerzas antiguas y con Alec, un mago de otra escuela. Juntas, sus amigas y él enfrentarán pruebas mágicas, descubrirán secretos sobre su linaje y escaparán de peligros, con el gran objetivo de romper la principal regla de su mundo: Brujas y magos no deben coexistir.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El grito ahogado me arrancó del sueño. Abrí los ojos de golpe y mi corazón latía tan fuerte que sentí que iba a reventar en mi pecho. Estaba empapada en sudor, como si acabara de atravesar una tormenta invisible. Otra vez la misma pesadilla. Otra vez ese fuego.

Respiré entrecortada, intentando convencerme de que todo era mentira, que solo había sido un sueño. Pero no lo parecía. Nunca lo parecía. Allí estaba, de nuevo, atada a un poste. Un vestido blanco manchado de hollín cubría mi cuerpo, prendiéndose casi al contacto con el aire ardiente.

A mi alrededor, una multitud enfurecida gritaba con una furia que me atravesaba los huesos:

—¡Matad a la bruja! ¡Matadla!

Sus rostros eran como sombras deformes, ojos sin pupilas que me juzgaban. Un hombre vestido de negro, de rostro afilado y ojos vacíos, acercaba una antorcha a la paja seca a mis pies. En un instante, las llamas crecieron con un rugido, como si el fuego llevase siglos esperando devorarme. El humo me llenó los pulmones, espeso y amargo, obligándome a toser hasta sentir que me ahogaba. El calor me envolvía; mi piel ardía como si miles de agujas incandescentes se clavaran en mí al mismo tiempo.

El dolor era tan real que despertó conmigo. Me levanté tambaleándome y avancé hasta el baño casi a ciegas. El agua fría de la ducha cayó sobre mi cuerpo tembloroso, borrando el sudor, calmando la quemazón fantasma. Apoyé la frente contra los azulejos húmedos, cerrando los ojos con fuerza. Necesitaba olvidar. Necesitaba dormir al menos una noche completa, sin sentir que moría una y otra vez.

Cuando finalmente me atreví a mirar mi reflejo en el espejo, me recibió la imagen de una chica con cabello castaño largo, pegado a la piel húmeda. Sus ojos azulados parecían más claros de lo normal, enmarcados por ojeras profundas. Apenas me reconocía. Si seguía así, pensaba, terminaría perdiendo la cabeza.

Me vestí con el uniforme del instituto: falda oscura, camisa blanca, chaqueta. Apenas tenía fuerzas para peinarme; recogí el cabello en un moño desordenado, dejando mechones sueltos sobre mis mejillas. El cansancio me aplastaba.

Bajé a la cocina, amplia y luminosa, con el aroma del café impregnando el aire. Allí estaban mis padres, esperándome con sonrisas demasiado amplias para la hora que era.

—¡Feliz cumpleaños! —dijeron al unísono, abrazándome.

Me quedé un segundo en silencio. Cierto, hoy cumplía diecisiete. Lo había olvidado por completo.

—Gracias —murmuré, intentando sonreír. —Diecisiete años ya… —dijo mi madre, con un brillo de emoción en los ojos—. Qué rápido pasa el tiempo. —Pronto tendrás que teñirte —añadió mi padre con fingida seriedad—. Creo que ya te vi una cana. —¿¡Cómo!? —exclamé, corriendo al espejo del recibidor en busca del hilo plateado.

La puerta se abrió y la voz que tanto me tranquiliza me sobresaltó.

—¿Qué buscas, princesa? —preguntó Damion, mi novio, apoyado en el marco.

Su sonrisa bastó para que el mundo pesara menos. Sus ojos castaños vibraban de calidez, su cabello oscuro se desordenaba con naturalidad. Con él todo era sencillo; crecimos juntos, nuestras vidas entrelazadas desde la infancia.

—Mi padre dice que tengo una cana —dije. Damion rió suavemente y me rodeó por detrás frente al espejo. —Seguro fue una broma de cumpleaños —susurró, clavando sus ojos en los míos a través del reflejo.

—No estoy para bromas… —respondí. Él me observó unos segundos, luego preguntó con voz baja: —¿Otra vez esa pesadilla?

Asentí, y sentí cómo me acariciaba el cabello, besándome en la coronilla. —Es solo un sueño, Davinia. No puede hacerte daño.

Quise creerle. Pero cada vez parecía más real.

El día en el instituto pasó deprisa, entre clases que apenas escuchaba y el murmullo de voces amigas que no conseguía registrar. Afuera, Sevilla hervía bajo el sol de mayo; el verano estaba al caer, con su promesa de descanso.

De camino a casa, aún atrapada en la pesadilla, me tropecé con una mujer de porte elegante. Llevaba un vestido oscuro perfectamente entallado, y un perfume intenso que me envolvió al chocar con ella.

—Lo siento —me disculpé, bajando la vista. —No tienes por qué, Davinia —respondió con calma, pronunciando mi nombre con familiaridad.

Me quedé helada. —Era inevitable que nos encontráramos. Después de todo… somos lo mismo.

La miré sin comprender, con un escalofrío recorriéndome la espalda. Y corrí. Corrí sin mirar atrás.

Al llegar a casa, mi madre me recibió en el pasillo.

—Cariño, ya has llegado. Tenemos visita —me dijo, dándome un beso en la frente.

Mi corazón se encogió cuando entré al salón y la vi allí, sentada frente a mi padre: la misma mujer elegante. La misma que me llamó por mi nombre.

—Buenas tardes, Davinia —dijo, firme, casi solemne—. Tenemos mucho de qué hablar.

La tensión en el aire era tan densa que apenas podía respirar. Mi madre llegó con café y pastas, como si todo fuera normal.

—¿Nunca habéis oído hablar del colegio para brujas? —preguntó de pronto.

El silencio fue sepulcral. Mi padre se rió nervioso. —Debe de ser una broma.

—No bromeo con estas cosas —replicó ella, clavando sus ojos oscuros en mí—. A los diecisiete, toda bruja debe ingresar al instituto de hechicería. —Aquí no hay brujas… —susurró mi madre, apretando el mandilón entre los dedos.

La mujer sonrió con frialdad. —Oh, claro que sí. Lo siento. Aquí. En ti.

Me señaló y mi pecho se oprime. Pronunció unas palabras indescifrables, y un aura plateada me envolvió, elevándome suavemente en el aire.

—Esto… esto no puede estar pasando —balbuceó mi padre, pasándose las manos por la cara. —Está equivocada. Yo no soy… no soy una bruja —logré decir.

Ella me miró con seriedad. —¿Acaso no sueñas cada noche con el fuego? Esa hoguera es la señal de tu despertar. Tus poderes han emergido. Y si no aprendes a controlarlos, te consumirán.

Mis pulmones se vaciaron. Sabía lo de la pesadilla. Sabía todo.

Mi madre gritó: —¡No se la llevará! ¡Es nuestra hija!

La mujer frunció el ceño. —Toda bruja es descendiente de otra. Así ha sido siempre. A menos que… —hizo una pausa, con un destello de comprensión en sus ojos— …sea adoptada.

Mis padres se quedaron helados. Su silencio lo decía todo. —¿Es cierto? —pregunté con voz quebrada—. ¿Soy adoptada?

Mi padre me miró, derrotado. —Sí, Davinia. Queríamos esperar a que fueras mayor para decírtelo.

El mundo se rompió en mil pedazos. Todo lo que era seguro, todo lo que creía mío, se desvaneció.

Horas después, cuando acepté al fin lo inevitable, la mujer —Miriam, así se llamaba— me dio de plazo hasta medianoche para despedirme. En el parque de María Luisa, bajo la sombra de los árboles, reuní a mis amigos y a Damion. Inventé una mentira apresurada: una beca de estudios en Uruguay.

Mis amigos se miraron sorprendidos, pero Damion fue quien más me dolió. Su mano soltó la mía. —¿Y nos lo dices ahora? ¿Así, sin más? —su voz tembló. —No podía antes… —intenté explicar, pero él apartó mi mano—. Me ocultaste todo, Davinia. Creo que lo mejor es que lo dejemos.

El suelo desapareció bajo mis pies. Sentí que volvía a arder en aquella hoguera, pero ahora el fuego nacía dentro de mí.

A medianoche exacta, con las maletas listas, me despedí de mis padres. Miriam me esperaba en la puerta, con la paciencia implacable de alguien que ya lo sabía todo desde el principio. —¿Estás preparada? —preguntó.

Asentí, aunque por dentro estaba rota.

En el aeropuerto nos recibió un pequeño avión privado. Dos jóvenes nos dieron la bienvenida: Mimi, una azafata pelirroja con pecas y ojos verdes brillantes, y Lorrenain, la piloto, de cabello negro y mirada profunda como la obsidiana.

—Bienvenidas, hijas de la luna —dijo Mimi con una sonrisa cálida—. El vuelo estaba a punto de despegar.

Me acomodé en el asiento, mientras Sevilla se alejaba bajo nosotros, desvaneciéndose entre luces y sombras. El fuego aún ardía en mi pecho. Una nueva vida me esperaba.