Capítulo 1
☆LA INVITACIÓN ☆
Era una noche fría y lluviosa. La tormenta golpeaba el techo mientras mi hermana y yo intentábamos mantener el calor junto a la chimenea, que apenas sobrevivía con la poca leña que quedaba.
Nuestros padres habían salido a comprar mercadería y más leña. No fuimos con ellos porque hacía demasiado frío, y además… alguien debía quedarse en casa. Teníamos ocho años; no era la primera vez que nos dejaban solas. O eso creía yo.
Me llamo Emilie Flower, y mi hermana gemela es Elena. Vivimos en una casa modesta: no somos ricos, pero tampoco pobres. Esa noche la televisión estaba apagada; solo se escuchaba la lluvia y el silencio pegado a las ventanas.
De pronto sonó el timbre. Un sonido seco, extraño, casi fuera de lugar.
Al abrir, apareció un hombre alto, vestido de negro de pies a cabeza. La lluvia le pegaba en la capa como un telón. No distinguía su rostro; solo vi sus ojos cuando un relámpago lo iluminó: eran claros, casi blancos, con algo frío dentro.
—Vengo a entregaros esto —dijo con una voz antigua, como si perteneciera a otro tiempo—. Una invitación a la Gran Mansión Cash. Venid con traje de gala y máscara. No lleguéis tarde: se os espera esta noche.
Elena me miró, sorprendida por la forma tan rara en la que hablaba.
—E-está bien… —respondí—. Se lo diremos a nuestros padres cuando vuelvan. No faltaremos.
—Ojalá cumpláis la promesa —murmuró—. Me marcho.
Un relámpago iluminó la entrada y, por un segundo, vi algo que me heló la sangre: una sonrisa demasiado ancha, demasiado fija.
No solo era un hombre vestido de negro… y no, no como en la película, sino algo peor: apenas pude distinguir su rostro, pero esos ojos casi blancos brillaron de un modo inhumano.
Cuando reaccioné, el hombre ya se había ido. La puerta quedó abierta como una boca oscura.
—¿Quién era ese tipo? —preguntó Elena, cruzándose de brazos.
—Nadie… creo —logré decir, todavía tensa—. Solo dejó esta carta.
El sobre era amarillo dorado, con letras cursivas elegantes y un sello rojo con una C grabada. Al abrirlo, las letras negras parecían de otra época:
> **“Queridos invitados:
Se les invita cordialmente a una gala y subasta el día 13 de enero en la Gran Mansión Cash, situada cerca del Mar de los Muertos.
Ustedes forman parte de los 100 seleccionados con el honor de asistir.
Requisito: llevar máscara.
La gala comenzará a medianoche.
Para llegar, buscad el Mar de los Muertos; la mansión se encuentra en la montaña cercana, por el camino de tierra.
Atentamente,
Los Cash.”**
Nos quedamos inmóviles. Nunca habíamos ido a una subasta, y menos a una en la famosa Mansión Cash.
No alcanzamos a reaccionar cuando volvieron a golpear la puerta.
Pero esta vez no era el hombre de negro.
Eran policías. Empapados. Tensos. Sus rostros no mostraban seguridad, sino miedo.
El más joven se agachó para hablarnos.
—¿Ustedes son… las hijas de Edalyn y Erick Flower? —miró su libreta—. ¿La pareja Flower?
—Sí —respondió Elena—. Son nuestros padres.
Hubo un silencio que me perforó el pecho.
Se miraron entre ellos como si no quisieran decirlo.
—¿Mis padres… están muertos? —pregunté, con un nudo en la garganta.
El silencio fue la respuesta. Luego, un asentimiento lento, doloroso.
Explicaron que habían tenido un accidente de auto. Que no sobrevivieron. Que la investigación seguía. Que quizás no había sido un simple accidente. Que todo estaba bajo investigación.
—Ustedes irán al orfanato —dijo uno de los oficiales—. Orfanato Villa Libre.
Nos llevaron esa misma noche.
Conseguimos no separarnos, pero el vacío era enorme.
Era 13 de enero.
Deberíamos estar en casa.
Faltaban tres meses para cumplir nueve años.
Y aun así… parecía que habíamos envejecido de golpe.
—Dejá de mirar por la ventana —me dijo Elena—, como si fueras una presa viendo su libertad escaparse.
—¿Qué libertad? —respondí—. No tenemos nada. Nadie va a venir. No tenemos tíos, ni primos, ni nadie…
—Aún tenemos la carta —dijo Elena, bajito.
—¿En serio estás pensando en eso?
—¿Por qué no? —insistió—. Si vamos y ganamos… podríamos recuperar todo. La casa. El dinero. Quizás alguien nos adopte.
No me gustaba. Tenía un mal presentimiento.
Pero su esperanza… era lo único que quedaba.
—Hazlo por mí —pidió ella—. Si perdemos, volvemos. Pero si ganamos…
Respiré hondo.
—Bien —cedí—. Esta noche, cuando todos duerman… iremos a la mansión.