Eliminé tu luz por miedo a que iluminara quien soy
Había algo en la forma en que Deku pronunciaba mi nombre que me hacía temblar por dentro... y era justamente eso lo que más odiaba. Odiaba no poder controlar lo que me estaba ocurriendo, aquello que se encendía en mi pecho cada vez que él sonreía como si el mundo fuera menos cruel de lo que yo sabía que era.
Y sobre todo, odiaba que me diera miedo.
Un miedo profundo y absurdo, que no tenía forma, pero que me devoraba igual.
Durante días traté de convencerme de que no era nada, de que podía aplastarlo como si fuera otra emoción inútil que estorbaba. Pero Deku, maldita sea... Deku tenía esa forma delicada de abrir espacios donde nadie más podía entrar. Y nada me aterraba más que alguien lo descubriera, que vieran lo que se movía bajo mi piel cuando él estaba cerca.
No quería que nadie lo supiera.
No podía permitirlo.
Por eso dije lo que dije.
Recuerdo su rostro cuando las palabras salieron de mi boca.
Ese instante en que la luz que llevaba se quebró.
Y aunque yo mantuve la mirada fría y los brazos cruzados como si nada pudiera tocarme, por dentro sentí el golpe... uno seco, brutal y doloroso golpe dirigido justo al lugar donde había empezado a crecer todo eso que me negaba a aceptar.
"Esto que teníamos se terminó"
Mencioné mirándolo de la manera más cruel que podía, mientras mi pecho se comprimía dentro de mí, un pinchazo directo a mi pecho cuando observé su mirada buscando la mía sin comprender lo que sucedia
-Eh... K-Kacchan... Es una broma, cierto... ¿Cierto?
Mencionó intentando alcanzar mi mano que retiré rápidamente sin permitir que me tocara.
"Yo no te amo, Deku. ¿Qué clase de idiota pensaría eso? Solo estaba jugando contigo."
La mentira me salió como una explosión contenida, rápida, violenta...
Y él, tan ingenuo, tan bueno, creyó cada palabra.
O tal vez no la creyó del todo, pero aun así retrocedió como si mis palabras fueran chispas capaces de quemarlo.
No lo detuve, no pude...
Ni siquiera cuando sus ojos se volvieron vidriosos, ni cuando apretó los labios tratando de sostenerse.
Lo dejé ir, lo vi marcharse sin decir nada.
Y me quedé allí, quieto, con un puño cerrado y los nudillos blancos, alrededor de un dolor que yo mismo había creado.
Era más fácil destruir que admitir. Más fácil herirlo que enfrentar lo que sentía.
Y así, con esa cobardía disfrazada de orgullo, lo perdí, no pensé que me dolería tanto haber tomado esa decisión...