Capítulo 1 – La siesta de mamá
A las cuatro en punto, el mundo cambiaba de ritmo.
Las cortinas se cerraban para mantener la casa fresca, el ventilador giraba lento como si también se quedara dormido, y mi mamá apagaba la televisión para echarse su siesta diaria. Yo lo tenía cronometrado: desde que cerraba los ojos hasta que despertaba, tenía exactamente treinta y siete minutos de libertad.
Treinta y siete.
Ni uno más, ni uno menos.
Empujé mi bicicleta hacia la vereda cuidando que la puerta no chirriara. El sol de la tarde estaba perfecto: ni muy fuerte, ni muy débil. Pedaleé por la cuadra, respirando ese aroma a tierra caliente que siempre me hacía sentir que el mundo era mío.
Al principio, hice el recorrido de siempre.
Las mismas casas, los mismos perros, el mismo árbol al que siempre saludaba como si fuera una persona.
Pero ese día, todo lo familiar me pareció aburrido.
—Quiero ver más —susurré, como si alguien me escuchara.
Y entonces decidí hacerlo.
Doblé en una calle por la que nunca había pasado.
Luego en otra.
Y otra.
Mi corazón latía rápido, pero no de miedo… sino de emoción.
“Quedan treinta minutos”, pensé, mirando el cielo para calcular la hora como siempre.
El tiempo estaba bajo control.
O eso creía yo.
Pedaleé y pedaleé hasta que los sonidos del barrio desaparecieron.
De repente, los arbustos eran más altos, más verdes, casi brillantes bajo la luz del sol. El aire se sentía más suave, más ligero. Y sin darme cuenta, dejé atrás todo lo que conocía.
Frené.
Miré a mi alrededor.
No reconocía nada.
El camino de tierra por donde venía ya no estaba.
Solo una hilera de árboles extraños que parecían observarme.
Se me erizó la piel.
Pero todavía no tenía miedo.
Solo una extraña sensación de… estar donde no debía.
Tomé aire, me acomodé la mochila y dije en voz baja:
—Está bien… puedo regresar. Aún tengo tiempo.
Pero al girar la bicicleta para volver sobre mis pasos, algo dentro de mí supo la verdad.
Por primera vez en mi vida, estaba perdida.