I Mister Music
Odio. Con toda mi alma, odio los vuelos largos. Al menos tengo el consuelo de que Hanna está aquí, a mi lado, respirando con la boca abierta. Si no viniera conmigo, juro que ya estaría entrando en la locura.
Estamos aterrizando. El centro del país. Elegimos esta universidad porque el campus es prácticamente una ciudad con todas las carreras que pudieras imaginar. Yo voy a estudiar Comunicación Social, y Hanna, con su espíritu de activista, se meterá de lleno en Derechos Humanos.
Gracias al cielo, ya estamos en el taxi, rumbo al piso que compartiremos. Cuatro chicas, primer año. Hanna y yo conseguimos un apartamento con otras dos. Cruzo los dedos para que sean amables, porque la idea de llevarme mal con mis compañeras de piso me da un escalofrío existencial.
El edificio es moderno, color beige y elegante. Nos metemos en el ascensor. Sexto piso. Todo es blanco, crema y con una iluminación que parece sacada de una revista de decoración. Al tocar la puerta del 25, una chica con el pelo de un intenso color rosa nos abrió, con una sonrisa amplia y contagiosa.
— Hola. Me imagino que son Hanna y Bianca — dijo, extendiendo una mano.
Era preciosa, ojos de café fuerte, labios carnosos, y vestía una pijama de...
Spiderman. Definitivamente, Spiderman.
— Sí, hola. Yo soy Hanna y ella es Bianca — respondió mi amiga, siempre más rápida.
— ¡Pasen, chicas! Adelante, dejen sus cosas donde puedan.
El apartamento era enorme. Una sala de estar sorprendentemente grande, la cocina al fondo y un pasillo misterioso con cinco puertas.
— Oye, Lili, me escri... — Una chica rubia de cabello corto salió del pasillo, también en pijama. — ¡Ah, hola!
— Mia, ellas son Hanna y Bianca. Nuestras nuevas compañeras — explicó la pelirrosa.
Mia nos saludó con un gesto casual mientras Lili continuaba.
— Sus habitaciones son las de la derecha. Elijan a su gusto, son exactamente iguales, así que no hay pelea.
Entramos en las puertas que nos indicaron. La mía era simple: paredes gris claro, una cama individual con sábanas blancas inmaculadas, un clóset y un escritorio. El lienzo perfecto.
Dos horas después, ya había ordenado mi vida entera en el armario. Me puse mi pijama más cómoda y salí a la sala. Las tres estaban instaladas en los sofás.
— Oye, Bibi, estamos pensando en ir a una fiesta - me soltó Hanna, sin preámbulos.
— Hanna, acabamos de llegar, y ¿ya vamos a una fiesta? — le dije, aunque me reí por dentro.
— ¡Sí, vamos, Bibi! Estamos aburridas aquí y las clases empiezan en dos días — intervino Mia con un tono de súplica.
Una fiesta... en realidad, no era una mala idea. Cuando empiece la universidad de verdad, no tendré tiempo para esto.
— Está bien, chicas. Vamos a divertirnos.
Una hora más tarde, estábamos deambulando entre habitaciones, prestando ropa y maquillándonos en equipo. Las chicas me cayeron increíblemente bien, y a Hanna, por su expresión, también. Lili era puro brillo y glamour (no por nada estudia Moda). Mia era más tranquila, discreta, pero con un carácter de acero, digno de su carrera de Derechos.
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Ya en el auto de Lili, sentí el primer aleteo de nervios. Mi primera fiesta universitaria. He ido a fiestas, claro, pero esta era... diferente. Hanna ya había anunciado que pensaba emborracharse, aprovechando que mañana no teníamos nada que hacer. Mia se iba a encontrar con alguien (imagino que es quien nos invitó), y Lili, bueno, solo quería pasarlo bien. ¿Se puede pedir más?
El sitio era una casa de ladrillo rojo, enorme, con ventanas de madera por donde se escapaban destellos de luces de colores. Había muchísima gente y estilos por doquier. Al entrar, la sala de estar se había convertido en una pista de baile improvisada. Los sofás estaban repletos de gente en distintos estados de euforia. Pero lo que me hizo detenerme fue la zona del DJ.
Espera un segundo... ¿Un DJ?
¿En una fiesta universitaria? Primera vez que lo veía. Siempre era un chico con un teléfono y unos parlantes. Este tipo, en cambio, tenía una cabina profesional, aparatos de sonido y gadgets por todas partes. Llevaba gafas de sol y audífonos de diadema. A su lado, dos personas, un chico y una chica, lo secundaban.
— ¡Bibi, voy por tragos! — gritó Hanna por encima de la música. — ¿Vienes o nos esperas?
— ¡Las espero en esos sofás! — levanté la voz, señalando el único sitio libre.
Ellas se fueron hacia una cocina mientras yo me abría paso. Apenas me senté, un chico rubio se instaló a mi lado.
Lili había dicho que los chicos se acercan si quieren ligar. No me disgusta. Vamos a ver qué tal.
— Hola, Bianca — dijo, después de darle un sorbo a su cerveza
Eso sí que me resulta extraño.Lo detallé, pero no lo recordaba de ninguna parte. Debió notar mi cara de confusión porque se aclaró la garganta.
— Disculpa, soy Derek. Soy el hermano de Mia, ella me dijo que vendrían.
Ah, vale. Con razón sabe cómo me llamo.
— Hola, puedes decirme Bibi. Nadie me llama Bianca - dije algo apenada.
El chico seguía bebiendo de su cerveza cuando me volvió a hablar.
— ¿Acaban de llegar, verdad? — preguntó. — La fiesta la estamos organizando mis amigos y yo. Es la bienvenida al nuevo curso de este año.
— ¿En qué año de carrera vas?
— Estoy en segundo de Medicina - dio otro trago y siguió hablando — pero si te hablan de mí, solo te dirán que organizo las mejores fiestas de toda la Uni.
Segundo año. Y organizaba las mejores fiestas del campus. Eso significaba que tenía que conocer a todo el mundo. Era mi oportunidad para investigar lo que realmente llamaba mi atención.
— Oye, ¿cómo consiguen contratar un DJ para una fiesta universitaria? — pregunté, señalando la cabina.
Él levantó una ceja, y después una sonrisa pícara apareció en sus labios.
— No lo contratamos. Él es mi mejor amigo, J (Jota) -dijo con orgullo—. Es estudiante, sí, pero esta es su otra pasión. La música.
Vaya que tenía que gustarle para tener todo ese equipo. Giré para ver la cabina otra vez, pero ya no estaba allí.
—¿"J"? ¿Es una clase de apodo o por qué nombre? —inquirí, levantando una ceja con curiosidad.
—Se llama Jonathan. Todos lo llaman JJ o solo J. Pero yo, solo por bromear, le digo Míster Music.
De repente, las voces de mis amigas sonaron justo a nuestro lado.
—Derek, no la molestes —dijo Mia, poniendo los ojos en blanco con fastidio.
Derek levantó las manos en señal de rendición, levantándose del sofá.
—No la molesto, Mia, solo estábamos hablando de la fiesta y de J.
Mia me miró y levantó las cejas, genuinamente sorprendida.
— ¿Estás preguntando por J?
— ¿Quién pregunta por mí? — Una voz grave y ronca se escuchó justo detrás de mí.
Todas nos callamos de golpe. Derek rompió el silencio, dirigiéndose a su amigo.
J estaba de pie, con sus gafas de sol puestas, una cerveza en una mano y la otra hundida en el bolsillo de sus jeans.
—Las chicas, J. Tenían curiosidad por la zona de la música. Sabes cómo es, a todo el mundo le extraña que tengamos algo tan "excesivo" — dijo Derek, haciendo el gesto de las comillas con los dedos, restándole importancia
Me di la vuelta para detallarlo. Tenía el cabello negro y unos rasgos faciales muy marcados. Sus brazos estaban bien formados, y uno de ellos estaba casi completamente cubierto de tatuajes.
Chico guapo y tatuajes. Mmmm. Mi cerebro se quedó en pause.
J volvió a hablar y sentí que, incluso a través de las gafas, me estaba mirando.
— Ah, ¿sí? Es solo porque Derek es mi amigo. Cualquier otra persona tendría que pagar — dijo, antes de girarse hacia Mia—. Hola, Mia. ¿Quiénes son tus amigas?
Mia lo abrazó y se paró justo a su lado, señalando nos.
—Bueno, ellas son Lili, que ya la conoces, tonto —él sonrió—. Hanna y Bianca. Pero a Bianca la llaman Bibi.
—Hola, chicas. Es un placer. Espero que la estén pasando bien. Solo me acerqué a saludar — dijo, y para sorpresa de todas, se quitó las gafas de sol y las guardó en sus bolsillos traseros.
Sus ojos eran algo grandes y tenían unas pestañas lindas. Ya tenía que dejar de mirarlo.
Él se marchó por donde vino y Derek se fue con él.
Hanna se aclaró la garganta, con la mirada clavada en mí.
— Madre mía, Bibi. Ese chico se quitó las gafas solo para que lo miraras bien. Si que está bueno.
— Bueno, el chico está guapísimo, no lo voy a negar, pero eso de que me miraba ya es exagerar, Hanna — dije, intentando sonar lo más convincente posible.
Mia me miró y luego intercambió una mirada cómplice con Lili.
— En realidad, sí se los quitó para que lo vieras bien. Él te detalló, tú lo detallaste —dijo Mia —. Y mira que eso sí es raro; J no es tan sociable.
—¿J? —preguntó Hanna, dándole un trago largo a su vaso—. ¿De dónde conocen a ese chico?
—Es el mejor amigo de mi hermano Derek desde... espera, desde que tengo memoria. Le dicen J, pero su nombre completo es Jonathan Johnson.
—Es un pesado. Talentoso, sí, pero pesado —aclaró Lili.
Yo me giré y otra vez estaba dentro de la cabina con Derek. Se reían. Sentí que su mirada y la mía se cruzaron de nuevo, y me dio una punzada en el estómago.
—Oigan, guapas, muy lindo el momento de declarar la tensión, pero ¡quiero bailar! —Hanna se puso de pie, impaciente.
Nos dirigimos a la pista y bailamos muchísimo. De verdad que el "Niño Música" tenía talento, porque casi nadie quería dejar de moverse.
Bebí bastante, claro, no hasta emborracharme, pero fue una noche increíble.
En varias ocasiones sentí la mirada de alguien sobre mí. Me giraba, pero no veía a nadie en particular. Varios chicos quisieron bailar conmigo, pero justo en esos momentos la música fallaba. Se pausaba, la cambiaban bruscamente, la quitaban y arreglaban algo muy rápido. Era incómodo quedarme parada frente a chicos que ni siquiera sabían sacar una conversación decente.
—¿Es idea mía o la música está fallando muchísimo?
—Sí, qué raro. J casi nunca tiene estos problemas. Ni siquiera cuando estaba empezando —gritó Lili por encima del hombro.
—Bueno, ya después yo se lo comento a Derek —
comentó Mia, sin dejar de bailar.
Después de una noche larga y muy buena, regresamos a casa. Me duché, me puse el pijama y me acosté a revisar las fotos que nos habíamos etiquetado en Instagram.
Mientras estaba en el perfil de Lili, ella subió una story de la cabina con la música de fondo y etiquetó a... J.
Bueno, no pasa nada si husmeo un poquito, ¿o sí? Tampoco pasa nada si lo sigo; al fin y al cabo, es un DJ.
Su perfil estaba bien armado, con pocas fotos. Casi todas eran de fiestas, de sus equipos de trabajo, y de cosas de... ¿Odontología? Vaya, eso no me lo esperaba. En fin, le di a seguir. Solo es un follow.
Dejé el móvil a un lado y me acomodé en mi cama. Después de unos minutos, llegó una notificación.
Me había devuelto el follow.
Bueno, interesante.
¡¿Qué interesante ni nada?! Es solo una red social. Nos seguimos porque nos conocemos y eso es todo.
¿Verdad?
Ay, Niño Música. No pareces tan asocial como dicen.
Bueno, bostecé. Podía sentir el cansancio y el poco alcohol recorriendo mi cuerpo. Me volví a acomodar y me quedé dormida.
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El lunes, en cuanto terminó mi última clase de la tarde, mi móvil vibró sin parar.
Hanna (Grupo 'Chicas en Crisis'): ¡SOS de hambre!
Mia (Grupo 'Chicas en Crisis'): ¡Encontramos un sitio! Se llama El Dragón Dorado. ¡Estamos aquí, ven!
—Ya voy, stalkers de comida —escribí, guardando el móvil.
El restaurante chino El Dragón Dorado estaba cerca del campus, y era la primera vez que lo visitábamos. Al entrar, vi a mis amigas sentadas en una de las mesas grandes del fondo, ya examinando unos platos humeantes. Caminé hacia ellas, pero me detuve en seco al darme cuenta de que la mesa no era solo nuestra.
En la misma mesa, con un plato de arroz tres delicias entre las manos, estaban Derek y, por supuesto, J.
—¡Llegas justo a tiempo, Bibi! —exclamó Mia, señalando la silla vacía justo en medio de Hanna y... J.
Jonathan levantó la cabeza. Llevaba una gorra negra girada hacia atrás y la misma camiseta oscura. Se había quitado las gafas, y sus ojos grandes y claros se fijaron en mí.
—Hola, Bibi.
—Hola a todos —respondí, ignorando el pequeño cortocircuito que me produjo su mirada. Me senté, tratando de enfocarme en la carta. Genial. Primera vez aquí y ya me toca al lado de Míster Música.
—Pedimos extra de rollitos primavera. Dicen que son los mejores —dijo Lili, dándome un codazo.
Derek se inclinó hacia J y le susurró algo que no alcancé a oír, pero J sonrió de medio lado.
—Así que, ¿cuándo van a arreglar el desastre de la música del sábado? —preguntó Hanna, cruzando los brazos y mirando a J.
J ni se molestó en mirar a Hanna. Siguió examinando el arroz con los palillos antes de hablar, dirigiéndose a mí con un tono arrastrado.
—¿Desastre? No sé de qué hablas. ¿Qué vas a pedir, Bianca? Los platos picantes son lo mejor de aquí.
—No sé, la música falló mucho, J —intervino Derek, poniendo el dedo en la herida—. Varias veces se detuvo...
J rodó los ojos, fastidiado.
—Hay un montón de razones técnicas por las que un track puede fallar. ¿Te molestó de verdad, Bianca? —Me desafió con la mirada, y su tono sugería que mi molestia era insignificante.
—No me molestó —respondí, sintiéndome estúpida por tomarme su pregunta tan en serio—. Pero arruina el flow cuando estás... bailando.
—Ah —J se encogió de hombros, volviendo a su plato—. Entendido. Tendré más cuidado de ahora en adelante con los errores del equipo. La próxima vez, que bailen mejor o que la gente se queje directamente con el técnico.
Un silencio incómodo se instaló en nuestra esquina de la mesa. Me di cuenta de que mi mandíbula estaba tensa. Es un pesado, de verdad.
—Bueno, ¡cambiando de tema! —intervino Mia, con su tono de abogada de Derecho Penal tratando de controlar el jurado—. ¿Qué tal su primer día completo de clases, chicas?
—Fue eterno —se quejó Hanna—. Pero las clases de Derechos Humanos con la profesora Márquez parecen que serán geniales. ¿Y tú, Lili? ¿Qué tal Moda?
—Increíble, pero agotador. Mañana tengo que entregar un moodboard y mi cerebro solo da para arroz frito —respondió Lili.
Aproveché la oportunidad. Había un elefante en la habitación y tenía nombre: Odontología.
—Oigan, ¿saben? Siempre me ha parecido curioso —dije, elevando la voz para que me escucharan todos, pero dirigiendo mi mirada a la nada en particular—. ¿Qué lleva a alguien que estudia algo tan metódico como la salud, como Odontología, a dedicarse a la vida nocturna? ¿No es un contraste demasiado grande?
J detuvo sus palillos a mitad de camino, sin mirarme.
—La gente tiene más de una ambición, Bianca —dijo, usando mi nombre completo con una lentitud que me hizo sentir que me estaba regañando—. No todo en la vida es la teoría de Comunicación Social que lees en los libros.
—¡Cierto! —saltó Derek, sin captar la indirecta—. Es como yo con la Fisioterapia. Necesitas liberar el estrés de estar todo el día arreglando huesos.
J se limitó a sonreír de lado y continuó comiendo.
—Hablando de liberar el estrés —intervino Mia—. ¿Qué harán ustedes dos esta noche?
—Nah —respondió Derek—. Pero mañana hay un partido de baloncesto. ¿Ustedes van?
—¡Sí! Queremos ir a todos los eventos del campus —dijo Hanna, emocionada.
J alzó una ceja, pero habló hacia Derek.
—Si no hay nada interesante en el menú de la noche, supongo que habrá que ir. Tal vez necesiten un poco de ambiente para que la gente no se aburra. ¿Quién sabe si el equipo de sonido se estropea otra vez?
Yo me tensé. Él no se dirigía a mí, pero el "estropicio" del equipo era un tema mío.
—Espero que el staff de sonido se ponga las pilas, la verdad —comenté, dando un sorbo a mi refresco, esta vez mirando directamente a Derek—. Es una pena que un buen evento se arruine por falta de profesionalismo.
J dejó caer los palillos en el plato con un golpe seco, pero su tono era ligero.
—La próxima vez, si le preocupa tanto el "profesionalismo", Bianca, podría quedarse en casa y grabar un vídeo de crítica. Es lo que hace la gente en tu carrera, ¿no?
Una sonrisa genuina, rápida y casi imperceptible, cruzó el rostro de J. Solo la vi yo. Él disfrutaba de este pequeño duelo.
—Tomaré nota, Bianca.
El camarero llegó con más platos, y la conversación se dispersó entre el menú y los chismes. La tensión entre nosotros seguía ahí, pero ahora estaba envuelta en un juego sarcástico de indirectas.
Nos despedimos de Derek y J en la acera del restaurante. Derek se despidió con su habitual efusividad, pero J solo nos dio un asentimiento de cabeza, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans.
Apenas cerramos la puerta del apartamento, el silencio se rompió en una explosión de comentarios.
—¡Ay, por Dios! —exclamó Hanna, tirando su mochila al sofá y dejándose caer sobre ella.
—¡No tienes que decir nada, lo vi! —chilló Mia, dándome un codazo.
Lili se fue directo a la cocina, pero nos gritó desde allí: —¿Vieron la forma en que el señor "mi equipo se estropea" le contestaba a Bianca?
Me llevé las manos a la cara. —¡No entiendo por qué es tan sarcástico! Yo solo le pregunté sobre las fallas.
—¡Claro que entendemos por qué! —Hanna se incorporó con entusiasmo, como si estuviera exponiendo un punto de Derechos Humanos crucial—. Primero, se puso súper a la defensiva cuando Derek lo mencionó, y luego, cada vez que contestaba, te miraba a ti. ¡A ti, Bibi!
Mia asintió con fervor, sacando bebidas de la nevera. —Y lo de la música... "La próxima vez, que bailen mejor o que la gente se queje directamente con el técnico". ¿Qué estaba haciendo en la fiesta? ¿Un live stream para saber con quién bailabas?
—Oigan, no es para tanto —intenté minimizar, pero la sonrisa tonta que se me escapó me delató.
Lili, volviendo con un paquete de galletas, se puso seria (o tan seria como permite una estudiante de Moda).
—Es para tanto, amiga. J no es un chico que pierda el tiempo en el drama social. Te está picando. Es su versión de coqueteo. Además, lo del flow... Él te estaba diciendo que estaba pendiente de tu flow.
—Y lo mejor de todo —añadió Hanna, bajando la voz con picardía—, ¿vieron cómo te llama?
—¿Cómo me llama? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—¡Bianca! —dijeron Mia y Hanna a la vez—. Nosotras, sus amigas y la gente del campus, somos Bibi. Para él, solo tú eres Bianca. Es como si quisiera mantenerte separada del resto. ¡Exclusiva!
Me tiré al lado de Hanna, sintiendo mis mejillas arder. —Ustedes ven novelas hasta en el arroz chino. Es solo un nombre.
—No, Bibi, esto es la realidad —Lili se sentó en el suelo, abriendo las galletas—. Y el sarcasmo, y el apuro por saber si irás al partido mañana... está jugando. Y lo pillaste.
—Entonces —preguntó Mia, con un brillo en los ojos—, ¿vamos a ir al partido de baloncesto mañana?
Miré a mis tres amigas, que esperaban mi respuesta con complicidad y alegría. La verdad, no tenía ganas de baloncesto. Pero sí de ver qué otra indirecta musical o sarcástica se le ocurriría al Niño Música.
—Claro que vamos —respondí, aceptando el juego—. Pero no es por J. Es por el flow del equipo.