Confesiones de un alcoho'lico

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Summary

Hay heridas que no se ven… pero crecen contigo. Esta historia nace donde el dolor aprende a respirar.

Status
Complete
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: Nacer entre sombras

Capitulo 1: Nacer entre sombras

No todos los niños nacen bajo el canto de los pájaros. Algunos llegan al mundo con el eco de los golpes como arrullo, y el olor del alcohol flotando en el aire como una maldición antigua. Él nació una noche sin luna, en una casa que no conocía la palabra amor.Su llanto se mezcló con los gritos de su madre, y con el rugido del hombre que debía protegerlos. Un hombre que tenía más botellas que sueños, más heridas que palabras, y que bebía como si el licor pudiera borrar su miseria.Su madre lo sostuvo entre los brazos con el cuerpo lleno de miedo. Tenía el rostro amoratado y las manos temblorosas, pero aun así lo abrazó. Afuera llovía, y el agua que golpeaba el techo parecía acompañar su llanto. Dentro, el aire olía a sudor, humo y rabia. El padre gritaba en el otro cuarto, buscando dinero, buscando paz, buscando algo que hacía tiempo había perdido.La casa era una herida abierta: paredes agrietadas, una bombilla que parpadeaba como un alma cansada, y un suelo que crujía con cada paso como si se quejara de existir. El niño creció escuchando los insultos antes que las canciones, aprendiendo a esconderse debajo de la mesa cuando el sonido de los pasos del padre se acercaba tambaleante.Desde pequeño supo que el amor podía doler. Que los abrazos podían venir después de los golpes. Y que el perdón, en ese hogar, se mezcllaba con el olor del ron.La madre hacía lo que podía. Trabajaba, lavaba ropa ajena, y por las noches se sentaba junto a la ventana, mirando el cielo sin estrellas, pidiendo en silencio que su hijo no terminara como aquel hombre que dormía en el suelo con la botella en la mano. A veces, cuando el padre roncaba borracho, ella se acercaba al niño y le susurraba: —No seas como él… prométemelo.Pero los niños no prometen; solo miran. Y él miraba. Miraba cómo el alcohol transformaba a su padre en un monstruo y en un mendigo, todo en una sola noche.A los cinco años ya sabía lo que era tener miedo antes de dormir. Sabía cómo correr sin hacer ruido, cómo esconderse cuando los gritos subían de tono. Sabía también cómo consolar a su madre cuando el silencio era más pesado que los golpes.El padre, cuando estaba sobrio, era otro. Hablaba de sueños rotos, de trabajos que nunca salieron, de amigos perdidos en las calles. Tenía una tristeza tan honda que ni el licor podía llenarla. Y quizás por eso bebía. Porque en algún punto olvidó cómo ser humano sin un vaso en la mano.El niño lo observaba, confundido, odiándolo y queriéndolo al mismo tiempo. Había algo en esos ojos rojos del padre que le recordaba su propio reflejo: el deseo de desaparecer. El miedo a sentir. La costumbre de aguantar.Esa fue su infancia: un ciclo de promesas, de golpes, de silencios. Aprendió que la vida no siempre te enseña con amor; a veces te moldea con dolor. Y en esa casa sin risas, el pequeño comenzó a crecer con una pregunta que lo perseguiría toda su vida: ¿Estaba destinado a repetir la historia de su padre?Porque aunque la madre le pedía que no fuera como él, en el fondo, el niño sabía que el alcohol ya vivía en su sangre. No lo había probado aún… pero lo sentía llamarlo, desde el eco de los vasos vacíos y las noches de furia. Era como si el destino ya estuviera escrito entre las sombras del hogar.